Mi vida en barco, de Tadao Tsuge (Gallo Nero)  Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés | por Juan Jiménez García

Tadao Tsuge | Mi vida en barco

La relación de Tadao Tsuge con Yoshiharu Tsuge va más allá de una simple relación de hermanos. Podríamos decir incluso que en ellos confluye una cierta manera de entender la vida, el dibujo, las historias y el manga. Sí, cierto. Cada uno con sus temas (alguno, tal vez los más importantes, comunes) pero con un mismo sentido de la vida, incluso de sí mismos, todo ello con la mítica revista de vanguardia de fondo: Garo, años sesenta. Gallo Nero ya había publicado una parte importante de la obra de Yoshiharu y ahora le llega el turno a Tadao, con serie monumental (e interrumpida por el cierre de la revista en la que se publicaba, Comic Tsuritsuri), Mi vida en barco. Una obra que se podía haber llamado perfectamente El hombre sin talento, si no fuera porque su hermano ya utilizó aquel título (e incluso hay una alusión directa a él, por las dudas). Publicada entre 1997 y 2001, es decir, en el paso de sus cincuenta años a los sesenta, su componente autobiográfico es importante, al menos en sus dudas existenciales y en su referencia constante al yo.

Tsuda sigue intentando escribir una novela. Mientras tanto, le piden algunos textos sobre pesca (en los que siente que se repite) e intenta ayudar en la tienda de ropa vaquera que montó con su mujer, para intentar sobrevivir, y de la que ahora se ocupa fundamentalmente su hijo. Él sigue intentando escribir esa novela, ser aquel escritor prometedor de su juventud. Lejos de todo, también de él mismo, sin saber qué hacer realmente, la pesca parece ser su única vía de escapatoria, el único lugar en el que si no ser algo, al menos no echar de menos eso que no se es. Surge la oportunidad de comprar una barca y la aprovecha. No es gran cosa, pero le vale. Allí se construye un pequeño refugio, al que escapa cada vez con mayor frecuencia. Quiere pensar que allí escribirá, pero está más interesado en pescar carpas mayores de cuarenta centímetros que en otra cosa. Ese exilio se irá poblando de personajes que, como él, se apasionan o bien por la pesca o bien por la huida. Un pescador con cierta tendencia a la bebida, un monje con cierta tendencia a las mujeres, un vendedor de piedras (otra vez el hombre sin talento, la obra de su hermano), un viejo amigo con el que comparte recuerdos y pesca, un joven y un viejo alejados del mundo (terrenal y espiritual), un extravagante artista, un gato.

Los días pasan. La inquietud, la paz interior de algunos momentos, la enfermedad, aquella generación hija de una guerra perdida (con una importante reflexión sobre qué supuso aquello, sobre el castigo y el perdón), el oficio de escribir, la crisis (económica, existencial, familiar), la angustia, la obsesión por pescar una vieja carpa herida de más de sesenta centímetros, el paisaje urbano, el río, su vida matrimonial, los hijos. La oscuridad. A ratos la luz. Tadao Tsuge es más que consciente de la negrura de sus reflexiones. Cuando tiene que interrumpirlo y darle un final (porque le da un final y además un final de una belleza terrible, síntesis de todas esas búsquedas vanas pero necesarias), habla de él como un manga sombrío. Qué duda cabe. Aún con sus destellos de humor y  toda esa humanidad. Tsuda, entre la derrota y lo innecesario. Entre lo superfluo y la soledad. Entre la comprensión y la incomprensión. Entre las dudas que no dejan lugar a ninguna certeza. Entre el azul del cielo y la lluvia y los tifones. La pesca como definición del mundo. Y entonces me acuerdo de Ota Pavel, escritor checo. Tan lejos, tan cerca.




Nejishiki, de Yoshiharu Tsuge (Gallo Nero)  Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés | por Juan Jiménez García

Yoshiharu Tsuge | Nejishiki

Parece que en nuestra relación con Yoshiharu Tsuge (siempre a través de las ediciones de Gallo Nero) sube en intensidad con cada entrega. Cuando leímos El hombre sin talento creíamos transitar por el infierno particular de su creador y de su protagonista, que venía a ser lo mismo. Pero no. Realmente estábamos en el paraíso, como ya nos demostró La mujer de al lado. Y ni tan siquiera ese era un último infierno. El infierno estaba en Nejishiki. Y tal vez estaba ahí porque mientras el primero transitaba para la realidad, por la vida, por la vida propia, el segundo tal vez transitaba por lo imaginado. Pero es que Nejishiki transita el territorio más peligroso, la caída libre, el territorio de los demonios y de los tormentos: los sueños. Sueños soñados o imaginados, poco importa. El sueño se convierte en una figura de estilo oulipiana. El disparadero para que las imágenes y las historias desborden todos los márgenes. Para que abandonen los caminos más o menos transitados y se lancen a las cunetas, a los terrenos baldíos, donde no crece nada, sino que todo muere.

Después de todo, los sueños están íntimamente ligados a la vida. Tal vez tan solo el espejo deformante en el que esta se mira, libre de ataduras morales. Pienso en Noches sin noche y algunos días sin día, de Michel Leiris. Si esto es así (y carezco de cualquier base teórica para sostenerlo, como carezco de la necesidad de tenerla o adquirirla), Tsuge debió temer aquello que esos sueños revelaban. Ya no es solo el paisaje apocalíptico en el que nos instala la primera historia, que da título al libro, tiñendo de rojo sus páginas, sino esa especie de horizonte de violencia y sexo, sin que sean dos elementos separados, sino una sola cosa, causa y efecto, efecto y causa. El elemento perturbador (que no provocador) se multiplica historia a historia, sin que Tsuge consiga (ni quiera) despertarse, sino que nosotros podamos abandonar esas páginas que nos tienen ahí, prisioneros, como un papel atrapamoscas. Escribo causa y efecto, y entre lo uno y lo otro, no hay una corriente, un flujo que los atraviese, sino una descarga eléctrica, fulminante. Entre el deseo y su materialización, no hay nada. Como en los sueños, no existe la necesidad de una razón. El sexo es la materialización del instante.

La melancolía que parece instalarse en sus obras posteriores aquí no existe. Melancolía ¿de qué? Está el furor, la rabia, la inexistencia del pasado y la imposibilidad del futuro. Aquí, ahora. Y después, la indiferencia. El despertar. El dibujo de Tsuge se calma. Unas viñetas. Mientras tanto, sus trazos son igual de agresivos que sus historias, igual de impactantes, igual de rotundos. No hay descanso. En la brevedad de sus narraciones, hay que golpear rápido. Y él no falla. La forma se acomoda. No hay nada definitivo, tampoco el estilo. Uno llega exhausto al final. Lleno de golpes, la nariz sangrando, el estómago revuelto tras un viaje lleno de curvas, descensos y ascensos vertiginosos. Una temporada en el infierno. Nejishiki no puede dejar indiferente a nadie. Por lo que cuenta, por cómo lo cuenta, por el trabajo de Yishiharu Tsuge, para lograr darle una forma a todo esos instantes magnéticos, que os atraen con violencia y nos retienen con aún mayor violencia. Tras él, solo queda el vacio. Y ese cielo rojo que anunciaba una tormenta que llegó, arrasándolo todo. Lo exterior y lo interior.




Pescadores de medianoche, de Yoshihiro Tatsumi (Gallo Nero)  Traducción de Yoko Ogihara, Fernando Cordobés | por Juan Jiménez García

Yoshihiro Tatsumi | Pescadores de medianoche

Yoshihiro Tatsumi ha tenido fortuna en nuestro país. Bueno, al menos ha sido publicado por editoriales como La Cúpula, Astiberri o Ponent Mon. Por eso un nuevo libro suyo, no es cualquier cosa. Y más si ahora lo publica Gallo Nero, editorial no de cómics pero si con un gusto exquisito por ellos. Y es que cada vez que publica un manga, es una noticia. Tatsumi, que murió hace apenas un par de años, es una de las figuras más emblemáticas de otra manera de entender el manga japonés. O, para ser más exactos, el gekiga, término que él mismo creó para poder distinguirse, precisamente, del manga. Una distinción de su tiempo (años cincuenta) ahora no tan necesaria, fundamentada en la edad de sus lectores objetivos y un atrevimiento underground. El caso es que nuestro dibujante se aplicó a darle un sentido al término a través de su propia obra. Y Pescadores de medianoche es un buen ejemplo.

Pescadores de medianoche reúne un conjunto de breves historias, apuntes fugaces pero intensos, trozos de vida (de vidas a la deriva), reflejo de una época, los setenta, en la que fueron creadas. Los sueños revolucionarios de los sesenta habían pasado, la posguerra quedaba muy lejos, el futuro más lejos aún. En el relato que da título al libro, uno de los personajes se gana la vida (o la posibilidad de una muerte) lanzándose delante de los coches. En el Japón del milagro económico las posibilidades de ser un pobre desgraciado se multiplican. Como el jugador de Bienvenido a casa, papá, al que el destino da una nueva oportunidad, pero no por ello va a dejar de ser lo que es: un miserable. No todo es triste. También hay un lugar para el humor (y un saludo para la profesión). En El amanecer del porno, historieta con dibujantes que se ganan muy bien la vida, cediendo lo necesario, y otros que solo aspiran a que les dejen un lugar donde pasar unos días.

El expreso de medianoche es un irónico retrato de las nuevas tonterías sociales. Tener un lugar en el mundo al que poder retirarse para escuchar aquellos animales voladores que cantaban y de los que ya es complicado hasta recordar el nombre. Pero qué hacer con esa libertad comprada con deudas, con ese terreno de hierbajos y sueños de días por venir. Solo queda la coherencia de Mis tetas. La de esa diva del estriptis, que se debe a su público. Visto lo visto, El palacio de la mujer ya no es ni tan siquiera una historia de ciencia ficción, en la que dejaremos a las personas mayores al cuidado de robots. Robots aún más ancianos que ellos. Pero, ¿quién se acuerda ya de quien? Las víctimas. Y las víctimas son tantas. Por eso, quedarse un dinero robado, como en Apropiación indebida, solo causa ligeros trastornos, en nada comprables con ser alguien, finalmente. Como ese pez linterna del relato final, que muere si sube a la superficie, los personajes de Tatsumi no logran mantenerse a flote fuera del común de sus días, de esa mediocridad existente o de ese mundo de esperanzas que se han creado para intentar esconder, como bajo una alfombra, el polvo, la suciedad de sus días. Dias y noches en la tierra. Una tierra que podría ser cualquier otra. Unas personas que podrían ser también otras. Ya lo decía alguien, tal vez equivocadamente (diría Tatsumi): la gente corriente no tiene nada de excepcional.

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El jardinero apasionado, de Rudolf Borchardt (Gallo Nero) Traducción de Paula Aguiriano | por Francisca Pageo

Rudolf Borchardt | El jardinero apasionado

Rudolf Borchdardt fue un notable escritor, poeta, traductor y conferenciante alemán que dio a su tiempo una intelectualidad sin precedentes. Una intelectualidad muy cultivada que trasladaría al papel y a la gente de manera apasionada y digna de admirar. Con el libro que tratamos aquí, El jardinero apasionado, Borchardt se vuelca de lleno en los jardines y es de destacar cómo se relacionaría con ellos durante su vida y estudio, ofreciéndonos así un libro peculiar e intenso sobre cómo la humanidad ha tenido un vínculo con ellos a lo largo de la existencia del ser humano. Es un libro de la historia del jardín. Y no sólo de ella, sino también del reino vegetal, pues Borchardt expone todo un tratado que contiene aromas y contiene semillas y raíces.

Un jardín es obra de un creador. No sólo Dios dedicó un día entero a hacerlo, sino que es el propio hombre el que cultiva, el que equilibra y el que ordena. Los jardines comenzaron siendo creación de la aristocracia, pero poco a poco empezaron a pertenecer tanto a los humildes como a la clase media, a la mujer, al agricultor o al obrero. Los jardines ahora los podían apreciar y poseer todos.

Pareciera que el lenguaje que tienen los jardines es la contemplación y evolución que tienen ellos de sí mismos. Porque los jardines, aquí, no sólo son creados por el hombre, sino que también poseen una existencia propia. Fueron creados para crear, tanto belleza como vidas de plantas, flores y árboles. Los jardines son el triunfo total de la flor. Borchardt nos habla de cómo el jardín pasaría a ser parte de coleccionistas. El jardín, groso modo, es como un herbario vivo que hay que catalogar, describir y denominar. De ello se encargarían los botánicos. Y también se traerían flores de Oriente a Occidente con el fin de estudiarlas en tierra propia. Y también de cultivarlas. En el libro se muestran las diferentes gentes y plantas que viajarían por el mundo para este propósito.

Resulta todo un logos cromático lo que aquí leemos. No podemos sino imaginar las plantas y flores aquí mencionadas, sino que, además, nos entran ganas de tener una enciclopedia botánica para saber de qué nos habla Borchardt. Su conocimiento y estudio es extenso y profundo y hacen de este libro un manual teórico imprescindible y necesario para conocer no sólo los jardines, sino el mundo vegetal en diferentes formas, incluso antropológicamente.

El autor aborda las diferencias entre los jardines ingleses con los barrocos, los franceses e, incluso, los que serían más personales y particulares. Podría decirse que aquí hallamos el porqué de la naturaleza. Mientras el ser humano retiene, ella sólo fluye. En ella, «todo aquello que ha creado ha afluido, ha confluido, se ha separado y se ha modificado para volver a fundirse». Quien ama los jardines, ¿ama también lo silvestre? Borchardt nos responde a ello y ninguna de las dos son excluyentes. La manera que tiene el autor de escribir estos ensayos es evocativa y poética. Nos transporta allá donde se crean las metáforas. Esto hace que El jardinero apasionado no sea un tratado cualquiera. Borchardt recorre el mundo y nos habla de las flores de todo el mundo. Aquí damos la vuelta a la Tierra sólo conociendo sus plantas, con sus colores y los paisajes que la habitan. Se dispone cómo deben ser cultivadas y todos los elementos necesarios que hay que tener en cuenta para que estas germinen.

De este modo, El jardinero apasionado es todo un sueño. En él encontramos todos los colores que habitan el mundo y toda clase de plantas que jamás imaginaríamos si Borchardt no nos las hubiera dicho. Y, como él mismo dice: «hay que considerar el jardín, al igual que todo aquello que atañe al ser humano, como una representación de la unidad e indivisibilidad del espíritu humano.»

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Hotel Madrepatria, de Yusuf Atilgan (Gallo Nero) Traducción de Mario Grande | por Juan Jiménez García

Yusuf Atilgan | Hotel Madrepatria

Entonces, todo da un vuelco. La monotonía de todos los días, todos los meses y años, se rompe. Se rompe porque esperaba ser rota y cualquier cosa vale. Una catástrofe o el más mínimo misterio. Como si en nosotros se escondiera una grieta, que, golpeada (aun tímidamente) fuera capaz de reducirnos a añicos. Zebercet está ahí, en el Hotel Madrepatria, una casa de burguesía venida a menos convertida en hostal, apenas eso, hotel. Todo se cae a pedazos, todo se diluye en el tiempo transcurrido. Él sucedió a su padre pero a él nadie le sucederá. No es una certeza, solo una intuición. Cuando escribí sobre otro libro de los pocos de Yusuf Atilgan (igualmente publicado por Gallo Nero), Un hombre ocioso, escribí sobre la atracción por la soledad que sentía su protagonista. Como no volver ahí. Y no es que aquí ese sentimiento sea algo buscado, sino más bien el producto de una deriva, de una búsqueda inconsciente del vacío.

Entonces, decía, aparece una mujer en el Hotel Madrepatria. Su presencia es un misterio. También su nombre. Zebercet no insiste. Se quedará unos días. Habrá tiempo de saber. Pero a la mañana siguiente se marcha y de ella solo queda una toalla y la espera de alguien más que tiene que llegar a su encuentro. La relación de Zebercet con las mujeres es follarse a la de la limpieza mientras duerme. Es un ritual más en su mundo lleno de rituales vacíos. Vanos rituales. Los mismos clientes, las mismas habitaciones. Por eso, cuando decide inventarse los clientes, no hace más que repetir los que vinieron el año pasado. Sus clientes, esas personas de paso, esos encuentros ocasionales, prostitutas, prostitutos, algún viajante. Todo seguía el orden imperturbable, establecido desde el principio de los tiempos. Hasta ese encuentro.

Intenta salir a la calle, buscar algo de aire, recorrer esa ciudad que está más allá de la entrada del Hotel. En vano. No vale la pena. Solo encerrado en su pasado, destruido por el presente, puede acabar con su futuro. Un futuro que no le importa nada, un futuro en el que nadie tiene cabida. Tampoco él. Todo sobra. Su esperma se derrama como se derrama su vida. La rutina deja paso a la obsesión, que es una manera de volver esa rutina violencia. La violencia engendra la locura. La locura engendra la violencia. Todo sucede tranquilamente. Eso es lo terrible. Un cartel: Cerrado. A partir de ahí se deja llevar, entre convulsiones, a otro lugar. Alberto Savinio hablaba del “otro”. En algún momento, Zebercet es reemplazado por ese “otro”. O no. Ambos conviven en un mundo precario, de emociones simples, primitivas, demasiado cercano a la muerte.

Hotel Madrepatria es el tránsito de la nada hacia el vacio. Terrible, implacable. Pensé (sin saber que ya había sido llevada al cine en los años ochenta) que Zeki Demirkubuz hubiese realizado una brillante adaptación de ella. El cruce de caminos es Fiódor Dostoyevski. Allí se encuentra un cierto cine turco. Allí está este lugar. La escritura de Atilgan es capaz de construir un laberinto con forma de pasillos y habitaciones. Es capaz de ser atrevida sin perderse en vanas experimentaciones. De sumergirnos en un viaje no solo al final de la noche, sino del tiempo.

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La poética de lo cotidiano. Escritos sobre cine, de Yasujiro Ozu (Gallo Nero) Traducción de Amelia Pérez de Villar | por Juan Jiménez García

Yasujiro Ozu | La poética de lo cotidiano. Escritos sobre cine

Entre mis experiencias más notables como espectador de cine (y ya van muchos años… muchos) siempre quedará aquella del ciclo que le dedicó la Filmoteca Valenciana a Yasujiro Ozu. Cuando se tenía aquel afán totalizador y una cierta ambición. Repito: han pasado muchos años. Los tiempos han cambiado y seguramente no a favor de Ozu. ¿Qué tendrá que ver su cine con estos tiempos? Ese cine tranquilo atravesado por todas las tensiones, aquellos bares perdidos y acogedores, aquellas familias siempre frágiles llegado el momento de su disolución, aquellas habitaciones hacia pequeños jardines infinitos. Cada película se parecía a la anterior. La anterior a una anterior. Esa anterior a alguna por llegar. Como tanto cine japonés, se construía sobre la repetición, las ligeras variaciones. Arte combinatorio. Y sin embargo, nada era (ni es) agotador. Siempre volvíamos a ver aquellas historias por primera vez. Hoy como entonces. Sí. Como el título del libro editado por Gallo Nero, es la poética de lo cotidiano. Es decir, una manera de mirar, de ver. Un paraíso perdido. Otro.

Los escritos sobre el cine de Yasujiro Ozu son más reveladores del hombre que del cineasta. Si es que es posible establecer algún tipo de distinción. Tal vez su cine nos devuelva una idea del hombre que tiene poco que ver con él. Un cine de relaciones familiares hecho por un hombre que no se casó jamás y que vivió con su madre toda su vida. La experiencia como fuente de nada. El misterio como origen de todas las cosas. Sin embargo, leyéndole, no hay nada especialmente extraño. Su cine se construía alrededor de una infinita capacidad de observación. Una capacidad que también llevaba a sus relaciones con el mundo que le rodeaba. Sí, el cine está por todos lados. Sus comienzos, sus influencias, su trabajo con otros cineastas, con otros colaboradores, alguna obsesión. Como si el cine es un lenguaje o, más exactamente, si hay un solo lenguaje, una única manera de contar las cosas (o unas pocas) fuera de las cuales todo sería incomprensible.

El más japonés de los directores de cine japoneses. Cuánto triunfó esa frase y que bien quedaba (y queda, porque aún andamos en esas) por todos lados. Aquello quería decir: el más japonés de los dos o tres que conocemos. Además, ¿cómo siendo japonés se puede ser más japonés que otro japonés? Mejor no me contesto a esa pregunta, que me vienen a la cabeza muchas tonterías con las que convivimos cotidianamente, como si fuera lo más normal. Nosotros, observadores distantes, vemos el exotismo donde solo había una vida normal y corriente, o tan normal y corriente como la de sus personajes. Sus intentos se sobrevivir entre lo cotidiano y lo extraordinario. No, ellos no vivían vidas excepcionales como no la vivíamos nosotros ni Ozu, claro está. Así, en su diario, dicen, abundaban los partes meteorológicos, como cuando no tenemos nada que decir. Lo que hizo grande a Ozu, fue encontrar que eso también era bello. Incluso hasta lo conmovedor.

Leyéndole, nos encontramos con un cineasta que no consideraba hacer nada especial, pero que sí que tenía una idea muy precisa del cine. Una modestia de artesano, que aprendió poco a poco entre los demás y que compartió su tiempo y su vida con alguno de los más grandes directores que ha dado el cine y no solo japonés. Alguien que dejaba pasar la vida y, mientras esta discurría ante su mirada, sacaba fragmentos de ningún sitio para convertirlos en obras de una fragilidad conmovedora. Ya empezadas y a punto de partir, de quedar como un recuerdo más.

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El olor humano, de Ernő Szép (Gallo Nero) Traducción de Eszter Orbán | por Juan Jiménez García

Ernő Szép | El olor humano

La cuestión judía no fue solo un asunto alemán en un escenario de exterminio y campos de concentración. Tal vez, eso sea solo lo sencillo. Lo complicado es entrar en la complicidad de muchos países y gobiernos, acercarse al colaboracionismo y a otros modos de aniquilación, en los que ni tan siquiera acaba uno muerto. Otros gobiernos fascistas tanto o más entusiastas que los nacionalsocialistas alemanas y que ahora, en estos tiempos, vuelven a estar presentes. Tal vez porque nunca se afrontó con la suficiente valentía el papel que jugaron y, desde luego, no fue algo a recordar, sino una piedra más en la vergüenza colectiva de una Europa en ruinas (no solo físicamente). El olor humano, editado por Gallo Nero, es el retrato en primera persona de ese drama colectivo lleno de intimidades (otro grave asunto: entre millones de víctimas, ¿dónde queda una sola persona?). Ernő Szép trazó en él su propia deriva. La de un hombre viejo que atrapado en un mundo antiguo en plena aniquilación. No es una cuestión judía o no solo. Es el fracaso del ser humano como ser humano frente a otros seres humanos.

Se acerca el otoño de mil novecientos cuarenta y cuatro. Las cosas no van bien para Hitler (que además acaba de sufrir un atentado), y la única duda es cuándo acabará todo. Estamos en Hungría, una Hungría invadida por los nazis sin demasiado esfuerzo. Miklós Horthy es el regente y se resiste a las deportaciones de judíos. Mientras puede. Con los soviéticos a las puertas, intenta un cambio de bando que lo único que consigue es su propia caída. Le sucede Ferenc Szálasi, versión local, con sus Cruces flechadas, de los fascismos de su tiempo, que estaban por todos lados, esperando poder ondear sus trapos al aire. Nadie le da más de una semana, pero durará unos meses. Tiempo suficiente para hacer méritos deportando judíos o, como en el caso de Szép, enviándolos a trabajos forzados. Tiempo suficiente para acabar con los otros. Física o anímicamente.

El relato de Ernő Szép es terrible porque no es demoledor. No hay cámaras de gas, montones de cadáveres, trenes que parten hacia la muerte. Sí, todo eso está ahí, en el aire, como una amenaza más. Es terrible porque nos revela que la muerte no es lo único que te podía pasar y que había muchas otras maneras de hacerte desaparecer. Como persona. Como ser. Y también porque frente a esto nos muestra como intentamos conservar algo que hemos decidido llamar dignidad, convertido en el grado cero de la existencia. Algo que no se puede destruir ni aún atentando directamente contra ella. Una dignidad que está en los gestos, en las actitudes, en la manera de afrontar ese descenso no al infierno, sino a todos los infiernos. El cansancio, el sueño eterno en el que todo parece increíble, improbable aunque lo sepamos cierto. La vuelta a la fragilidad del niño y la aproximación al salvaje. Todo esto dice el escritor. Ese escritor que ya no puede escribir y eso es tal vez lo más terrible de todo, porque lo despoja no de su trabajo sino de sí mismo.

Y entre todo, Ernő Szép construye la poesía. Entre las cenizas de tantos incendios, entre los paisajes devastados, entre tantas vidas pisoteadas, la belleza surge aquí y allí, como algo inevitable, algo con lo que nada acabará mientras haya una voluntad de resistir. Y esa es su victoria. Sobrevivir, escribir. Permanecer.

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La mujer de al lado, de Yoshiharu Tsuge (Gallo Nero) Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés | por Juan Jiménez García

Yoshiharu Tsuge | La mujer de al lado

Gallo Nero vuelve, dos años después de la publicación de El hombre sin talento, a publicar a Yoshiharu Tsuge. Y eso es otro momento importante de la edición de manga en nuestro país. Si aquella obra nos enfrentó (esa es la palabra) a la obra de un autor muy especial, esta otra, La mujer de al lado, solo hace que devolvérnoslo como un viejo conocido al que encontramos de nuevo, como si nada hubiera pasado y todo volviera a estar ahí. Todo es toda esa tristeza, todo es la vida de Tsuge, que se encuentra entre cada una de sus páginas, en los márgenes de sus historias. Todo es una nueva obra plena, intensa en emociones pero que fluye tranquilamente con la tranquilidad de saber que va hacia ninguna parte. O hacia todo. Viajes, lugares de destino, que tienden a confundirse.

La mujer de al lado recoge seis historias que Tsuge publicó a lo largo de los años, unos años en los que no se encontraba bien (psicológicamente) y en los que su intención de abandonarlo todo definitivamente debía estar ya presente. Cuando uno se cuestiona su presente, tarde o temprano acaba de aparecer ante nosotros nuestro pasado lejano. Más allá de buscar las razones inmediatas, buscamos en ese paraíso perdido que debió de ser, nos dicen, nuestra infancia y juventud, esas épocas en las que todo, a diferencia de ahora, nos parecía posible. Tsuge buscó ahí y sus historias se encuentran con aquel niño que fue y con aquel mangaka que buscaba hacerse un lugar en el mundo, algo nada fácil de encontrar.

En conjunto no conforman una obra sobre las dificultades de crear, de ser artista, como podía serlo en mayor medida El hombre sin talento, sino más bien una interrogación sobre los demás. Sobre los otros. Y en esas preguntas, encontrarse uno mismo. Por confrontación, por similitudes, por raras coincidencias. Y digo “el otro” porque decir la sociedad japonesa de aquel tiempo me parece algo muy grande, cuando toda la obra de Tsuge está construida sobre la intimidad y limitada por el alcance de su mirada, una distancia que no está dispuesto a sobrepasar. Un territorio, un tiempo, que es aquel que dejaba la guerra atrás, un poco menos atrás la ocupación americana y se lanzaba a buscar su milagro económico. Una época que en manos de Heinrich Böll sirve para cuestionarse todo un país, pero que en manos de Tsuge se convierte en un asunto de personas. Personas que buscan su lugar en un mundo que va a arrollarles, a pasarles por encima.

Así, el contrabando en La mujer de al lado, el relato que da título al libro, es el  escenario para una relación extraña, en la que el protagonista acaba convertido en mero espectador, lanzando a su propia realidad. Una realidad que se impone, cruelmente, en el caso de Días de paseo, un relato otoñal en el que la vida parece haberse definitivamente detenido. Al contrario que en Niño, donde esta se le desvela al protagonista como un golpe, una carrera perdida antes de empezar. Un autor sin nombre es tal vez la más personal (siéndolo el resto), desde el momento que se instala en el mundo de los dibujantes y sus dificultades para ser autores, algo más que dibujar para otros. También (y uno no puede dejar de pensar en ello) la historia más triste, más cruel. La más próxima a El hombre sin talento en sus pensamientos. Tras ella, Paisaje de vecindario se escapa hacia un relato social de los coreanos que se quedaron en Japón, como ciudadanos de segunda o ni tan siquiera ciudadanos. Y La asociación de los cien lugares de interés de Ikebukuro, otra cara más de la búsqueda infructuosa para escapar de la pobreza, de la miseria de aquellos años. Una miseria que no era solo económica, sino también moral.

Instalada en un estado permanente de melancolía, La mujer de la lado es, de nuevo, una obra esencial. Una obra en la que Tsuge parte al encuentro de sí mismo, perdido entre las brumas, y se encuentra en un mundo lejano, pero tal vez el único. Un tiempo nada heroico y, desde luego, ningún paraíso perdido. Todo está ahí. Todas las derrotas, todas las cosas perdidas.

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Cartas de África, de Arthur Rimbaud, con ilustraciones de Hugo Pratt (Gallo Nero) Traducción de Marta Cabanillas | por Juan Jiménez García

Arthur Rimbaud | Cartas de África

Una vida de aventuras. Eso pedía aquel jovencito Arthur Rimbaud, tal vez soñando con los paisajes, las mujeres y hombres que luego dibujaría Hugo Pratt. Pero no, aquel soñador había dejado toda la poesía en sus libros y ahora se había vuelto más prosaico: solo quería el dinero y en sus cartas desde aquella lejana África hablaba de casarse y tener un hijo, al que esperaba dar la educación necesaria para convertirse en un ingeniero. Arthur Rimbaud, que dejó la poesía a los diecinueve años… Arthur Rimbaud, tras el cual aquella poesía ya no podía ser igual. La había convertido en otra cosa, en una iluminación íntima, tras haber atravesado el infierno. Pero hay otros infiernos y Rimbaud también los conocería bien.

En 1880 llega a África, a Harar, en Etiopía. Trabajará para una compañía que no está en sus mejores momentos. Las cartas que envía a su familia son lamentándose de su poca fortuna, soñando con tiempos mejores y pidiendo cosas. Libros. ¿De poesía? No. Sobre construcción y todo tipo de manuales. El mundo se ha vuelto algo práctico que hay que comprender. El espíritu no sirve para nada. No se come, no da de comer. Cualquier tiempo pasado… no existe. En aquella Etiopía estaban contenidas todas las promesas, entre lluvias durante la mitad del año y un tiempo benigno, allí, en las montañas. No hay caminos, pero está todo por descubrir. Finalmente, esa vida de aventuras. De tristes aventuras.

Se embarca en un proyecto que le hará ganar mucho dinero y poder llevarle hacia esa vida de burgués que tanto ansía. Va a venderle armas al rey de Etiopía, que anda batallando con los egipcios. Pero Menelik II es un tipo algo veleta, y sus compañeros en este negocio acaban muriendo. En Francia, allí,… Más lamentaciones. Cargando siempre con el poco dinero que ha conseguido (unos kilos de monedas de oro), la vida se va. Sigue siendo optimista, a ratos. Sigue esperando su momento, que nunca llega, porque es un hombre sin fortuna, un hombre que habita en el futuro y sobrevive en el presente.

Se disculpa porque va a cumplir treinta años (la mitad de su vida, dice ingenuamente) y no ha conseguido nada en todas esas vueltas por el mundo (él, Arthur Rimbaud, poeta). Dice, aquí allí, en una carta y en otra y otras tantas más, que su vida es disparada, en un mundo absurdo, una auténtica pesadilla. Pero no puede volver. Solo le queda vagar (y esto también es suyo) entre fatigas y privaciones, hasta morir, sin descanso. Con la pierna devastada, a punto de perderla, dice que vendrán días mejores. Volverá a Francia, para morir. Pero antes de partir escribirá, en la última carta, prácticamente en su última línea, sobre lo desgraciada que es su existencia. Él, que había alcanzado la eternidad a los diecinueve años, alcanza a los treinta y siete la muerte física.

Cartas de África es como la confirmación de una tragedia: la de aquel que ha llegado pero debe continuar, atravesando una vida que ya no le corresponde. Convertido en un fantasma, Rimbaud recorrió sus años africanos como un espíritu errante, ni tan siquiera un barco ebrio. No, su África, enfermo de alcanzar la fortuna del dinero, no era la de Hugo Pratt, esa Etiopía de colores terrosos, de cielos enrojecidos, bellas mujeres y hombres atravesados por el sol. Nada de toda esa belleza: solo polvo y enfermedades, eternamente defraudado.

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El vientre de Nápoles, de Matilde Serao (Gallo Nero) Traducción de Juan Antonio Méndez | por Juan Jiménez García

Matilde Serao | El vientre de Nápoles

Esa ingenuidad de creer conocer una ciudad extranjera correteando por sus calles un rato, recién bajados de un barco. Conocida por haber visto un museo y haber comido una pizza. Esa ingenuidad que nos lleva a decir “he visto” o “he estado”, cuando realmente ni hemos visto ni estado en nuestras propias ciudades. Todo está siempre por descubrir y el principal papel de los mapas debería ser perdernos sin temor. Por otro lado, hay ciudades que solo conocemos por nuestras lecturas y que son más ciertas que las verdaderas. Es la diferencia entre ver y comprender. El vientre de Nápoles nos traslada, con una escritura fulminante, a una ciudad de hace más de cien años. Una Nápoles que no he pisado nunca y que sin embargo conozco bien. La conozco bien porque amo profundamente a Totò o a Eduardo de Filippo y para mí Nápoles son ellos, entre otros: su alegría, su sentido del caos, una picaresca tal vez heredada de sus años españoles, otras cosas. Y Serao, en un retrato terrible, transmuta esa sonrisa amarga de aquellos otros en un estado de las cosas. Un estado de las cosas frente a un estado de las cosas.

De Matilde Serao ya conocíamos un libro delicioso, publicado por Ardicia: La virtud de Cecchina. Un libro profundamente napolitano ambientado en Roma (pensaba). Un libro minimalista muy alejado de la furia que recorre El vientre… Tal vez es simplemente la distancia entre la novela y la realidad. O entre los sueños y la vida. Serao fue fundamentalmente periodista. A ello dedicó su vida, ya no solo escribiendo en periódicos sino dirigiéndolos. El libro que nos trae Galle Nero surge a partir de su trabajo en ese terreno, a partir de una epidemia de cólera que asoló a la ciudad en 1884. Ahí se instala. Y también veinte años después. En el 1885 el retrato no puede ser más desolador. Recorre cada lugar común, todo lo pintoresco por lo que se conoce a la ciudad, para revelar la tremenda miseria y suciedad (tanto moral como física) en la que esta está sumergida. Las callejuelas infectas, intransitables, la gente que no se muere por puro misterio, el juego como pasión cabalística que los destruye, la usura, la venta callejera de la pobreza. Sí, quedan esas personas devastadas que conviven con toda esa inmundicia y que aún así son capaces de entregarse a los demás. ¿Y el Estado? ¿Y el poder?

Veinte años después aparecerá. Se abre una gran avenida que debe dotar a la ciudad de algo, una esperanza. Pero esa avenida se convierte en un bonito biombo tras el que se esconde, de nuevo, la verdadera ciudad, ese hormiguero de aire irrespirable. Y entonces cabe preguntarse qué sentido tienen esas reformas y porqué hay dinero para un jardín inservible, después de todo, pero no para mejorar la calidad de la gente. Por qué se construyen viviendas para la gente sin dinero pero se les pide un dinero que no tienen para habitarlas. Las cosas dejarán sitio a las ideas. A la política, si se quiere, que es una palabra ahora con un sentido bien diferente, vapuleada por aquellos que creen hacerla.

Matilde Serao ama a la gente. No a toda, pero si a aquellos olvidados por todos, también por ellos mismos. Cree que Nápoles debe ser otro lugar y que ese lugar no se puede hacer prescindiendo de sus habitantes y sin estar junto a ellos. Lo cree con tanta firmeza que su libro es abrumador. Bello, trágico, desesperado con destellos de esperanza, El vientre de Nápoles es un grito en palabras. Una llamada.

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La chica de los cigarrillos, de Masahiko Matsumoto (Gallo Nero) Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés | por Juan Jiménez García

Masahiko Matsumoto | La chica de los cigarrillos

Hay en las historias de La chica de los cigarrillos algo que nos llama la atención. Todos hablan poco excepto la ciudad, que no para de decir cosas. En una competición de palabras y onomatopeyas seguramente ganen esta últimas, y no es extraño, porque las ciudad son ruidos, sonidos que nos llegan de todos lados, desesperados por comunicarnos alguna cosa, mientras nosotros andamos pensando en las nuestras, como los personajes de Matsumoto, que están siempre dándole vueltas a algo. Algo simple pero que sin embargo para ellos representa cruzar una línea en sus existencias no muy trepidantes. Eternamente avergonzados, siempre al borde de enrojecer, viven en un mundo ruidoso en el que no pueden entender demasiado porque, como acabó Federico Fellini La voz de la luna, tal vez necesitemos un poco de silencio para entender algo.

Masahiko Matsumoto fue uno de los fundadores del movimiento gegika (leo). Gegika (sigo leyendo en otro lado) sería algo así como dibujos dramáticos. Pero La chica de los cigarrillos no es ningún drama (el drama es vivir) e incluso el humor atraviesa sus páginas, como una hoja llevada por el viento (nada poético… una hoja de un periódico tirada por el suelo). Profundamente urbana, las historias son de urbanitas enfrentados a la soledad de la escandalosa ciudad que parece recordarles esa soledad. Ya sea una chica vendiendo cajas de condones, apelando a las esperanzas de sus compradores en un futuro lleno de posibilidades, o un tipo enamorado de la vendedora de tabaco, aunque él no fume. Personajes que se buscan tímidamente, se encuentran a ratos y acaban rara vez bien, muchas veces de ninguna manera y algunas con la cara arañada por un gato.

Matsumoto no necesita muchas páginas para aportar sus brillantes destellos de humanidad. Ni muchos trazos para una necesaria expresividad. Lo suyo es simplemente una inteligencia que ahora diríamos minimalista (menos es más), pero que aquí daría una visión equivocada, porque asociamos demasiado el minimalismo a la falta de muebles. No, en el autor japonés lo encontramos es un cuidado trabajo de síntesis en el que cada trazo cuenta (suma y expresa). Su dibujo agresivo tiene una asombrosa calidez, tal vez por unos personajes que parecen necesitados de que les quieran (y por qué no íbamos a hacerlo nosotros).

Tokio (¿es Tokio?) como ciudad no muy humana en la que cada cual debe buscar un futuro más brillante que ese presente gris. Una ciudad que no es más grande que aquello que uno es capaz de recorrer (unos recorridos que se repiten hacia unos espacios iguales). Una búsqueda avergonzada del amor, aunque amor sea una palabra que queda muy grande o muy cursi o muy alguna otra cosa. Los protagonistas de Matsumoto (que son personajes secundarios o terciarios del mundo) solo aspiran a que los quieran, por el simple motivo de que ellos sí que quieren. Sin dramas, pero avergonzados. Como una mano encontrándose con otra mano, en ese azar que no existe.

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Un hombre ocioso, de Yusuf Atilgan (Gallo Nero) Traducción de Pablo Moreno | por Juan Jiménez García

Yusuf Atilgan | Un hombre ocioso

Hasta ahora, el nombre de Yusuf Atilgan no nos decía gran cosa, como no nos decía gran cosa tantos otros nombres de ilustres desconocidos, que nunca llegaron aquí porque nadie quiso traerlos. No se puede decir que la literatura turca (como la literatura árabe, por otro lado, por hablar de algo cercano a ella) haya tenido mucho recorrido en nuestro país. Solo la voluntad de unos pocos nos ha permitido conocer a escritores que ahora se nos antojan esenciales. Y Gallo Nero, al editar Un hombre ocioso, nos entrega a un escritor que está llamado a ocupar un lugar entre ellos. Escribió poco (tres novelas), murió escribiendo (una novela inconclusa) y de él solo nos queda su conocimiento de la literatura norteamericana, su voluntad de modernidad y un gusto por la soledad y, dicen, el sentido de la vida. Pero nada de esto era necesario. En esta novela está todo. Sin más.

C. es un hombre ocioso. Así le gusta presentarse. Su padre le ha dejado los recursos suficientes para poder vivir sin tener que recurrir a ningún artificio, a ningún empleo. Si acaso, tiene pasiones puntuales. Una vez los libros, luego los cuadros, siempre las mujeres. En su cabeza habitan muchas cosas y una especie de hastío ante lo inevitable. Lo inevitable, para él, son las mismas personas de siempre con distintas formas, las mismas conversaciones previsibles, los mismos gestos anticipados, reveladores de idénticas cosas. Siempre a la búsqueda de algo no espera encontrar nada. En el libro se suceden las estaciones, pero las estaciones son simples transiciones de una mujer a otra. Unas llamadas que no reconoce como desesperadas a ser rescatado de sí mismo. No sabemos nada de él. Ni tan siquiera su nombre. De ellas conoceremos a dos, dentro de la parquedad de otros encuentros. Güler, una joven estudiante, y Ayşe, pintora. Cada una le ofrece la posibilidad de algo, ese sentido de la vida. En el otro lado de la balanza está la tentación de la soledad, que no es otra cosa que una insatisfacción que se alimenta de oscuridades (en el mejor de los casos, claroscuros).

Atilgan le da voz a todos y también una forma desde la que expresarse. Güler y esa necesidad adolescente de ver su vida como una experiencia única que debe ser compartida epistolarmente con una amiga, o Ayşe, con su inconstante diario, una caja donde guardar sus temores. Solo C. no tendrá voz propia, encajada en la del narrador y también en la ciudad. Las calles, los cafés, el estar o no estar, el encontrarse con perfectos desconocidos o con amigos, serán los escenarios de su sorda lucha con sus fantasmas. Unos fantasmas que poco a poco se van revelando en un sordo desfile desde el fondo de los armarios de la memoria. Y unas manías que se unen a sus voces de dentro, esas voces interiores en constante diálogo existencial con él.

Un hombre ocioso es una obra mayor. Un libro que se instala en su tiempo y que no conoce de países y fronteras pero que es indisolublemente turco. Una prueba más de que esa absurda obsesión por parcelarlo todo, por acotar, o poner etiquetas, está condenada al fracaso con solo acercarse mínimamente a esos otros y descubrir, como decía Jean Renoir, que nos sentimos más cercanos a Yusuf Atilgan y su protagonista que a nuestro vecino de la puerta de enfrente.

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