Alois Nebel, de Jaroslav Rudiš y Jaromír 99 (Gallo Nero) Traducción de Enrique Gutiérrez | por Juan Jiménez García

Jaroslav Rudiš, Jaromír 99 | Alois Nebel

A Jaromír 99 ya nos lo habíamos encontrado con El castillo, novela gráfica. A Jaroslav Rudiš no. Simplemente porque no se le había editado en nuestro país, aunque se puede encontrar Avenida Nacional, en la argentina Tajamar. El caso es que la carrera de ambos es extensa y se encuentra en varios puntos y en muchas inquietudes, nada obvias. De hecho, es posible que su punto de encuentro sea la música. El punk de Rudiš y el rock de Jaromír. Allois Nebel sería la aproximación del primero a la vida de su abuelo, ferroviario. Y para el segundo, la oportunidad de instalarse en universo de blancos y negros intensos, como la vida de aquel y la época o épocas que atravesó, como un destino checo más. Alemanes, comunistas, fronteras difusas. La exitosa adaptación al cine de animación de la obra dejó al cómic ahí, como un paisaje al fondo, pero la publicación del mismo por Gallo Nero nos ofrece una buen oportunidad de ir hasta el origen, con la reunión de las tres obras que, en realidad, componen esta.

En las primeras páginas está todo. El Mudo, ese otro protagonista, avanza entre la nieve, desde la claridad luminosa de esta hacia la oscuridad. Más allá, está la estación de tren Bílý Potok, centro de la vida de Alois Nebel. Sería mejor decir que el centro de la vida de Nebel es su pasado y la niebla como paisaje mental. Por ella, entre esa niebla, desfilan la guerra, la ocupación nazi. Más tarde, el comunismo en el que vive. Como esa estación, está en medio de la nada. Esa deriva mental le llevará hasta la clínica en la que conocerá a ese otro personaje que no dice nada, que parece haber atravesado la próxima frontera polaca. Él se convertirá en ese muro en el que depositar su historia. Y ahí tanto que dejar… La ocupación alemana, los campos de exterminio, los judíos, los checos de origen alemán,… La niebla y esa oscuridad en la que van iluminándose pequeñas zonas en blanco. Un negro tan intenso como aquellos años, esos tiempos, esas vidas, todas esas muertes. Como si la vida se hubiera vuelto del revés, un negativo sin revelar. Y esa revelación, ese desvelamiento, está en la cabeza de Nebel, en ese universo confuso, fragmentario pero cierto.

Todo acabará. Todo tiene un final. También la historia de El Mudo. Acabado el comunismo, Alois Nebel irá a Praga. Quiere ver la estación central. Ese viaje acabará por transformarlo todo, no sin antes atravesar el fin del mundo, un fin del mundo físico, de tormentas, inundaciones, desbordamientos. Fin del mundo físico tras todo ese desfile de mundos sensoriales, emocionales. Como un necesario paso hacia cielos despejados. También la historia del polaco encontrará su sentido. El acomodo de la Historia. Tras tanta muerte y desolación, de esa niebla nacerá algo, un nuevo mundo para Nebel. E incluso el dibujo de Jaromír 99 encontrará un blanco profundo, tan profundo como esos otros negros. La luz. Hay una película que me viene a la cabeza y que, misteriosamente, no había surgido hasta este momento. Comparte un periodo y comparte trenes. E incluso pesadillas. Allí también la oscuridad sucedía a la oscuridad. Europa, de Lars von Triers. Es seguro por edad que no debe ser una película ajena a los autores. Pero también es posible que solo sea una coincidencia y lo que une cómic y película solo sea eso, nuestro tiempo. Ese tiempo presente que no termina nunca.

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