Polen dorado, de Seiichi Hayashi (Gallo Nero) Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés | por Juan Jiménez García

Seiichi Hayashi | Polen dorado

Saltándome el orden natural de las cosas (en un manga japonés, que ya de por sí, se salta nuestro orden natural), decidí empezar Polen dorado por el final. Allí encontramos una introducción, El resplandor del cardo, suerte de relato autobiográfico de su autor. Un relato que atraviesa su infancia, su deseo de dedicarse al cine, su habilidad como pintor, sus intentos de publicar manga o incluso de crear, ingenuamente, una revista de manga. También la relación con su madre y sus problemas mentales. Seiichi Hayashi empieza dedicándose al cine de animación en 1962, en la Toei, coincidiendo con autores como Hayao Miyazaki e Isao Takahata, y no es hasta 1967, abandonada ya esta aventura, que se pasará al manga, publicando en la revista de vanguardia Garo (de la que Gallo Nero está dando buena cuenta, publicando a autores míticos como los hermanos Tsuge o Yoshihiro Tatsumi, entre otros muchos). A partir de ese momento, irá alternando el dibujo y la animación. Su obra llegará a España, en un principio, de la mano de Ponent Mon, con la obra que llevó a la fama, Elegía roja, y más tarde de la mano de Fulgencio Pimentel. Y ahora le ha llegado el turno a Gallo Nero y, como decía, su relación de amor con la revista underground Garo. Días felices.

Polen dorado reúne cuatro relatos de carácter muy distinto, desde ese juego con la autobiografía de Vivir entre las flores hasta el fantástico (o al menos, inquietante) del que da nombre al libro, pasando por La libélula roja o La canción de cuna de Yamanba, que trazan como un tránsito lógico entre el principio y el final. El principio es el joven que busca dedicarse al manga y su relación con la madre. La melancolía, la espera, la enfermedad, el tránsito (¿de dónde a dónde?), entre una intensidad de colores que acaban por encontrarse, confundirse, en una belleza rara. Un manga que conecta con el relato de El resplandor del cardo, en forma de resonancias, de ecos, de instantes suspendidos en el vacío, bien de una vida por construir o bien de una vida que se pierde en los laberintos de la enfermedad.

La libélula roja es otra cosa. La infancia. Y una presencia inquietante (¿el padre ausente?), como una sombra negra en la luminosidad de los días. No como una amenaza, sino como algo indefinible, inimaginable desde su ausencia, con un Seiichi Hayashi que también devuelve, versatilmente, su dibujo a esa época de líneas claras, de pensamientos fugaces, como los días, como los juegos, como las noches. Poco que ver con  La canción de cuna de Yamanba, explosión pop, alucinante y alucinógena, hasta en sus rojos vitalistas, anticipando Polen dorado, una historia entre mitos y demonios, entre misteriosos caballeros y el anuncio de la muerte, entre la vida, de nuevo en un dibujo vitalista, que va a lo esencial con una terrible fuerza de atracción. Un Hayashi capaz de moverse entre los diversos registros con la misma voluntad de mostrar, lejos de la palabra, a la que no se acerca mucho, confiando totalmente en su capacidad para transmitir ese ímpetu que parece animarle, ya sea desde la calma o la intranquilidad de los días que pasan, hasta las historias espectrales.

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