El olor humano, de Ernő Szép (Gallo Nero) Traducción de Eszter Orbán | por Juan Jiménez García

Ernő Szép | El olor humano

La cuestión judía no fue solo un asunto alemán en un escenario de exterminio y campos de concentración. Tal vez, eso sea solo lo sencillo. Lo complicado es entrar en la complicidad de muchos países y gobiernos, acercarse al colaboracionismo y a otros modos de aniquilación, en los que ni tan siquiera acaba uno muerto. Otros gobiernos fascistas tanto o más entusiastas que los nacionalsocialistas alemanas y que ahora, en estos tiempos, vuelven a estar presentes. Tal vez porque nunca se afrontó con la suficiente valentía el papel que jugaron y, desde luego, no fue algo a recordar, sino una piedra más en la vergüenza colectiva de una Europa en ruinas (no solo físicamente). El olor humano, editado por Gallo Nero, es el retrato en primera persona de ese drama colectivo lleno de intimidades (otro grave asunto: entre millones de víctimas, ¿dónde queda una sola persona?). Ernő Szép trazó en él su propia deriva. La de un hombre viejo que atrapado en un mundo antiguo en plena aniquilación. No es una cuestión judía o no solo. Es el fracaso del ser humano como ser humano frente a otros seres humanos.

Se acerca el otoño de mil novecientos cuarenta y cuatro. Las cosas no van bien para Hitler (que además acaba de sufrir un atentado), y la única duda es cuándo acabará todo. Estamos en Hungría, una Hungría invadida por los nazis sin demasiado esfuerzo. Miklós Horthy es el regente y se resiste a las deportaciones de judíos. Mientras puede. Con los soviéticos a las puertas, intenta un cambio de bando que lo único que consigue es su propia caída. Le sucede Ferenc Szálasi, versión local, con sus Cruces flechadas, de los fascismos de su tiempo, que estaban por todos lados, esperando poder ondear sus trapos al aire. Nadie le da más de una semana, pero durará unos meses. Tiempo suficiente para hacer méritos deportando judíos o, como en el caso de Szép, enviándolos a trabajos forzados. Tiempo suficiente para acabar con los otros. Física o anímicamente.

El relato de Ernő Szép es terrible porque no es demoledor. No hay cámaras de gas, montones de cadáveres, trenes que parten hacia la muerte. Sí, todo eso está ahí, en el aire, como una amenaza más. Es terrible porque nos revela que la muerte no es lo único que te podía pasar y que había muchas otras maneras de hacerte desaparecer. Como persona. Como ser. Y también porque frente a esto nos muestra como intentamos conservar algo que hemos decidido llamar dignidad, convertido en el grado cero de la existencia. Algo que no se puede destruir ni aún atentando directamente contra ella. Una dignidad que está en los gestos, en las actitudes, en la manera de afrontar ese descenso no al infierno, sino a todos los infiernos. El cansancio, el sueño eterno en el que todo parece increíble, improbable aunque lo sepamos cierto. La vuelta a la fragilidad del niño y la aproximación al salvaje. Todo esto dice el escritor. Ese escritor que ya no puede escribir y eso es tal vez lo más terrible de todo, porque lo despoja no de su trabajo sino de sí mismo.

Y entre todo, Ernő Szép construye la poesía. Entre las cenizas de tantos incendios, entre los paisajes devastados, entre tantas vidas pisoteadas, la belleza surge aquí y allí, como algo inevitable, algo con lo que nada acabará mientras haya una voluntad de resistir. Y esa es su victoria. Sobrevivir, escribir. Permanecer.

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Japón especulativo. Relatos asombrosos de fantasía y ciencia ficción (Satori) Traducción de Alexander Páez | por Juan Jiménez García

Japón especulativo. Relatos asombrosos de fantasía y ciencia ficción

Reunidos por Gene van Troyer y Grania Davis, siguiendo los pasos de Judith Merril, los quince relatos que conforman Japón especulativo nos entregan una visión fascinante de la narrativa de ciencia ficción y fantasía japonesa. Fascinante, en primer lugar, por desconocida. En segundo, porque una vez establecido ese conocimiento, aquello que parecía ser es otra cosa, y, de nuevo, nuestras distantes observaciones y nuestras suposiciones chocan con la realidad de las cosas. Las recopilación tiene algo de pionera, en el sentido de que cuando se realizó (pensando en los lectores anglosajones) poco o nada se conocía, más allá de algunas cosas sueltas. Y también por su aproximación a la traducción del género, algo nada sencillo. De todo eso dan cuenta prólogos y epílogos, así como de la vida y obra de los escritores aquí reunidos. De modo que nos quedaremos con los relatos, no sin antes advertir que si hay un género que me es extraño es la ciencia ficción, de modo que las distancias se multiplican. Pero, como tantas veces quieren que olvidemos, la literatura es literatura, y la aquí reunida va más allá de cajones y clasificaciones.

A veces tenemos la sensación de que hablar del futuro en Japón tiene algo de incongruente. Ellos son el futuro. Cuando pensamos en esos años que vendrán, la imagen de ese Tokio hipertecntificado aparece instintivamente ante nosotros (y antes muchos cineastas, como bien hemos podido comprobar). Mezcla fascinante de lo viejo y lo nuevo, la ciencia ficción solo puede ser la realidad de sus días. Pero, eso, de nuevo, no dejan de ser impresiones construidas en el aire de nuestros pensamientos. La primera sorpresa que nos entrega esta antología es que para ellos los otros mundos están en este y el futuro es un presente dislocado.

En el mejor relato del libro (tal vez), Yano Tetsu nos enseña que lo extraterrestre puede ser una simple nave espacial de papel (La leyenda de la nave espacial de papel). Apenas un misterio, alrededor de la vida de una pobre loca y de su hijo de innumerables padres (o ninguno). O Kaijo Shinji y su irónica La Caja Universo de Reiko, en el que eso, el universo, queda reducido a un fascinante objeto, desde luego mucho más atractivo que la vida real y el propio universo a escala 1:1. En ellos, todo es normal salvo ciertas cosas. Y esas cosas son las que nos permiten sobrevivir.

También está el camino inverso. En Hikari, de Kōno Tensei, los hombres se transforman en seres de luz impulsados por un triste deseo de perfección general, ante el que solo se puede echar de menos el dolor de la carne (y de ser). Seres no muy distintos de aquel al que aspira el propietario de el extraño artilugio que se lleva nuestros pesares con solo apretarlo (Me desharé de tu pesar, de Mayumura Taku). Hay algo de terrible y premonitorio: en una sociedad que solo aspira a eliminar todo lo malo, todos los pesares, ¿qué nos queda? Ese no es el Japón de las máquinas, ni tan siquiera el de los hombres-máquina, sino el de los hombres que han renunciado a serlo no por superación sino por sustracción.

Las guerras se han vuelto algo necesario, pero no entendidas como ahora sino convertidas en un deporte más (Otro Prince of Wales, de Toyota Arisutne) y cruzarse con un pájaro puede ser cosa de otra dimensión. Los pájaros son otra cosa como son otra cosa las flores de La vida de las flores es corta (Fukusima Masami) o tantos otros personajes que nos encontramos en la página de esta antología. Como la vida de una caja, simple contenedor que solo entiende de plenitudes (Caja de cartón, de Hanuma Ryō). Con todo, relato tras relato, historia tras historia, vida tras vida, se impone que aquel temor que habita en la ciencia ficción japonesa no es ninguna invasión del más allá, ninguna sociedad tecnificada hasta el abuso, ningún mundo dominado por robots o máquinas. Es más bien el de la pérdida del hombre o, mejor, de la humanidad (no como algo colectivo, sino personal). Como nuestros sentimientos serán sustituidos. Con temor o sin él. O, peor, por necesidad.

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Sex Criminals 1. Un truco sucio, de Matt Fraction y Chip Zdarsky (Astiberri) Traducción de Santiago García | por Juan Jiménez García

Matt Fraction y Chip Zdarsky | Sex Criminals 1. Un truco sucio

Los franceses, que siempre han tenido un cierto sentido poético de las cosas, como los alemanes lo podían tener filosófico, llaman al orgasmo, a ese instante, la petite mort, es decir, la pequeña muerte. Al contrario de aquel señor Parvulesco (que se parecía tanto a Jean-Pierre Melville), no es una cuestión de ser inmortal para después morir, sino siendo un poco superlativos, de morir para ser inmortal. Lo cierto es que ese instante, por el que tantas tragedias han sucedido (creo recordar a Louis-Ferdinand Céline), es el protagonista de Sex Criminals. Con guión de Matt Fraction y dibujo de Chip Zdarsky, Astiberri publica su primera entrega, Un truco sucio, y por todo, por el conjunto, ganaron, allá por el 2014, el Premio Eisner y el Harvey, lo cual ya nos anticipa cosas.

Volvamos a esa muerte en pequeño con resurrección incluida. En Sex Criminals no es la vida lo que se detiene (al menos no la propia), sino el tiempo. Suzie descubre un día, que, al llegar al orgasmo, alrededor suyo todo queda suspendido en ese preciso instante. Lo descubre bien temprano, pero tarda algo más en encontrarle un sentido, en entender que está ocurriendo. Lo que está ocurriendo es que mientras ella sigue, los demás se han detenido. No es cuestión de un segundo, sino que tiene algo de tiempo, no mucho, para habitar en un mundo congelado lleno de posibilidades por descubrir. Las posibilidades las descubre cuando se encuentra con Jon. Jon tiene la misma habilidad (uno no debe sentirse nunca demasiado original) y, juntos, empiezan entregarse al deseo y a la búsqueda de esa suspensión de aquello que les rodea. Y, por qué no, aprovecharla. Para robar, por ejemplo. Pero, ya sabemos aquello de que no hay dos sin tres y seguramente tres sin cuatro cinco o seis, y, como en este mundo tiene que haber de todo, a sus instintos delictivos les salen al paso los instintos policiales de otros.

Bajo tal argumento, la primera entrega de este Sex Criminals se instala en la exploración del deseo. La infancia y juventud de dos superhéroes con un solo poder, pero suficiente para dominar el mundo, aunque solo sea brevemente. Dos superhéroes que responden a las características de un supervillano, pero que no aspiran a conquistar el mundo, sino el placer, lo cual ya sería un motivo para estar de su parte. Ni que decir tiene que Matt Fraction se aproxima al tema con todo el humor del mundo y, no exento de erotismo, este es el verdadero motor del relato. Una tierna pero picante ironía, que entronca con el dibujo de Zdarsky y sus ensoñaciones, sus accesos a una realidad mágica, algo boreal, próxima a la ensoñación.

Finalmente la historia se decanta más por los criminales que por el sexo. Pero, sobre todo, por divertirse (cosa que se trasmite en cada detalle del cómic). Lejos de encerrarse en su premisa orgásmica (que no hubiera ido muy lejos y más habiendo renunciado a lo explícito), Matt Fraction y Chip Zdarsky se instalan en el humor desenfadado y desprejuiciado, en dirección hacia el enfrentamiento de dos mundos: el placer frente a su contrario (o sus contrarios). Buenos cómics por venir.

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Basti, de Intizar Husain (Armaenia) Traducción de Jacinto Pariente | por Juan Jiménez García

Intizar Husain | Basti

La historia de Pakistán es una de esas tantas heridas abiertas por la Historia (y la decisión de los hombres). Conocemos la época colonial británica de la India y nos quedamos en Gandhi, pero raramente vamos más allá, hasta ese punto en que, en 1947, el país consigue su independencia en un escenario que contenía ya todos los gérmenes de la violencia posterior, una violencia que no tardó en aparecer. Aquella división en dos países (o dos religiones) creaba un Pakistán musulmán y una India hindú, y para ello no dudó en desplazar a catorce millones de personas, provocar una guerra inmediata, dejar en tierra de nadie (o de todos) a los sijs y un Pakistán del este que no tardaría en convertirse en Bangladés, allá lejos, muy lejos, del oeste. Esta es la Historia. La grande, atrapada en unas cuantas líneas, como esos cables de electricidad contra los que se electrocutaban los monos, desconocedores de todo. Luego, en algún rincón, bajo los escombros, están los hombres y sus historias; personas, siempre pequeñas, insignificantes. Y sobre esos hombres es sobre los que escribe Intizar Husain, el escritor más grande que ha dado la literatura pakistaní.

Husain se instala en un territorio entre el mito y la realidad. Ciudades imaginarias conviven con aquellas que no lo son, igual que el pasado convive con la tozuda realidad del presente. El protagonista, Zakir (el que recuerda) abandona la India y la ciudad de Rupnagar para instalarse en Pakistán. Pero en esa ciudad, que acabará por ser un lugar fantasma, un espacio de la memoria, se quedan muchas cosas. Sabirah, con quien debía casarse y que será esa presencia femenina que recorre toda la novela, y esos recuerdos encerrados bajo llave, una llave que custodia el padre y en la que piensa la madre. La figura del padre, piadoso, religioso, justo, se impone como un referente que hace que no se pierda algo esencial en ese recorrido por el Pakistán que va de una guerra a otra. El mundo cambia, él permanece.

Retrato de grupo con Pakistán y la India al fondo, Basti se convierte en una crónica de los días pasados y de los días que pasan. Un intento de entender la pérdida, que es seguramente aquello que recorre todo el libro. Ahí, una frase: Me puse a recordar mis árboles perdidos. Árboles perdidos, pájaros perdidos, caras perdidas. Todos han perdido algo y ni tan siquiera es aquella casa abandonada, convertida en símbolo. Y esa pérdida no ha dejado espacio para el encuentro. No siempre la destrucción deja lugar a una nueva construcción. A veces solo queda el vacío.

Basti no es solamente una magnífica novela, el clásico de las letras paquistaníes, sino también un libro necesario en estos tiempos, que nos permite entender, un poco más, nuestro tiempo, desde una óptica no occidental. O aquello que hubiera sido ese tiempo sin nosotros, lejos de nosotros. Escapar de las imágenes para encontrar las palabras. Del ruido para encontrar el silencio. Del odio para encontrar una tranquilidad de espíritu capaz de arrojar algo de luz sobre tantos misterios que no son tales. Vidas de hombres enfrentados a un destino a la espera de una revelación, que llegará… quién sabe cuándo.

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Granta 6: Tierra (Galaxia Gutenberg) | por Juan Jiménez García

Granta 6: Tierra

La tierra. Lo físico. La piedra. Hay algo de cierto en todo esto, poco de abstracto. Es como si siempre hubiéramos estado ahí, como si en ello hubiera no solo una cierta estabilidad, sino también la presencia de un mundo que está ahí desde siempre, que forma parte del principio de los tiempos, de un pasado que ni tan siquiera llegamos a imaginar, a visualizar. Como en aquella Roma de Federico Fellini, tal vez todo desaparezca al ser descubierto. O tal vez no. Ahí están aquellas catedrales prehistóricas, las cuevas, con aquellos pintores anónimos que no esperaban ninguna posteridad. En Granta, número seis, Judith Thurman escribe sobre ellos y sobre si aquellos hablaban de nosotros, seres igualmente desconocidos e inimaginables. Es un bonito para abrir un bonito número. Las cuevas de Lascaux, de Chauvet, en un texto que luego inspiraría a Werner Herzog. Sobre la piedra escribió Roger Caillois mucho. Y aquí hay un poco de ello. También de su colección. Roger Caillois, el hombre que amaba las piedras, escribió Marguerite Yourcenar. Caillois. Esa lejana obsesión.

En este seis hay un lugar para todo. Como en números anteriores. Herta Müller, siempre tan especial, en Que no se te vaya la cabeza adonde no debe escribe sobre las canciones. Las canciones que cantaba y las que no podía cantar. Porque las canciones son otro arma poderosa. Y eso se sabía en la Alemania de Hitler y también en la Rumanía de Ceaușescu. Harold Pinter escribe sobre Shakespeare. Apunte sobre Shakespeare es el dramaturgo como obsesión y como herida. Hay asociaciones. Ramón Andrés escribe Sonido y piedra. Y como afortunada asociación, pensamos soñadoramente en ello. Frente a la pesadez de la piedra, la Levedad, de Monika Zgustova. Es un relato sobre un encuentro. Hay más relatos. ¿Tienes un rato? es de Kaori Fujimo, escritora japonesa traducida por primera vez a nuestro idioma y de la que nos quedamos con ganas de más. O Tierra no hay más que una, de Jenn Diaz. O Juan Vico y Aquí.

Ken Follet escribe sobre su familia. Sus complejas relaciones con esa familia ultracatólica, fundamentalista (una palabra que asociamos a algunas religiones, pero no a otras). El texto se llama, reveladoramente, Mala fe. Francesc Serés, volviendo a lo físico, a la tierra, escribe sobre Robert Smithson y sus fascinantes imágenes. El peso del mundo (que también era el título de aquel libro de aforismos, de esencialidades, de Peter Handke). Son preguntas en busca de respuestas. O respuestas en busca de preguntas. En el número seis también hay un cuestionario. Sobre Laberintos. Bueno, no exactamente. Ese es el título, pero se buscan lugares únicos para uno, paisajes personales, piedras o minerales. Responde mucha gente. Cada cual entendiendo lo que quiere entender. Desde Enrique Vila-Matas hasta Francisco Goldman. Entre ellos, muchos.

Hay más. Escribir sobre todos no vale la pena, porque lo realmente importante es leerlos. Leer Granta es encontrar un tono, una manera de entender la edición. Hay algo que atraviesa todos los textos y ese algo no es lo evidente. El título, Tierra, no es más que una piedra lanzada al agua, esa agua en la que rebota y rebota, salta y salta, trazando nuevas formas y entre incógnitas y revelaciones.

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El trabajo cultural, de Luciano Bianciardi (Errata Naturae) Traducción de Miguel Ros González | por Juan Jiménez García

Luciano Bianciardi | El trabajo cultural

Luciano Bianciardi siempre fue alguien que vivió en un tiempo que solo le pertenecía a él. Terriblemente independiente, renunció a lo que los demás esperaban de él para encontrar lo que él esperaba de sí mismo. Hizo de todo, pero lo hizo con la convicción de que era eso lo que quería hacer y era ahí donde quería hacerlo. La vida agria, ya publicado por Errata Naturae, le dio su momento de fama, adaptación cinematográfica incluida. Pero para él todo seguía siendo lo mismo, una especie de huida de la monotonía, de la obligación de ser. Aquella fue la tercera entrega de una de esas trilogías seguramente involuntarias. La primera es El trabajo cultural.

Como en las dos siguientes, Bianciardi estará ahí, en una falsa autobiografía o una autobiografía falsa en la que no todo es real, aunque lo parezca. Nos encontramos después de la guerra, de la segunda. O, mejor (en el caso italiano), tras el fascismo. Tras el fascismo llegó ese momento en el que el comunismo toma fuerza (al fin y al cabo fueron, en buena medida, los resistentes) y, a la vez, se hace todo lo posible para que no llegue a ninguna parte. El fascismo, por otro lado, no se había ido a ningún lado, solo disimulaba (como en tantos sitios.. qué nos van a contar). El comunismo, el amigo soviético, las democracias populares, también constituyeron una especie de paisaje sobre el que se movió la vida cultural del país. Tiempos de posicionamientos, de alineaciones, que sufrirían, terriblemente, con la Primavera de Praga y la imposibilidad de mirar hacia otro lado.

La necesaria recuperación de la vida cultural ya no era una cuestión de Estado, sino que se hizo desde cualquier rincón y desde cualquier iniciativa. Estamos en una ciudad de la Toscana como otra cualquiera y hay dinero para intentar recuperar aquellos viejos tiempos que nunca existieron o idear unos nuevos, más justos y bellos. Se puede, por ejemplo, recuperar la biblioteca, tan triste, con ese bibliotecario más triste aún. Nuevos libros, nuevas lecturas, conferencias, debates. Todo es posible. Crear asociaciones culturales, con gente dispuesta a pagar dinero por libros, por ejemplo. U organizar un cineclub, aquellos maravillosos cineclubs, para los que tampoco faltarán expertos, llegados de cualquier lado para instruir al pueblo llano, ávido de conocimiento y, parece, de películas realístico-socialistas. Qué generación. Cuántas ilusiones perdidas, cuántas palabras lanzadas al aire como si uno estuviera subido encima de un tractor recorriendo los campos de trigo.

La mirada de Luciano Bianciardi solo puede ser irónica, con esa ironía melancólica de todo lo que se pudo hacer y no se hizo, y de lo que se hizo pero sin solución. Uno piensa en la necesidad de escritores como él, capaces de pensar en su tiempo y devolverlo desnudo, casi indecente. Y también en qué poco nos hemos movido en estos setenta u ochenta años. Cómo seguimos discutiendo y discutiendo mientras lo más importante (quién sabe ya qué) se pierde ahí, necesitado de esos silencios reveladores. Ya no estamos solos nunca, sino siempre enredados en redes y telas de araña. Ya no sabemos cómo alcanzar esa independencia feroz que alcanzó él. Tal vez libros como El trabajo cultural sean capaces de salvarnos, de revelarnos nuestra ignorancia, de reflejarnos en él. La literatura como testimonio y revelación de nuestros errores. Que son tantos.

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La apasionada vida de Modigliani, de André Salmon (Acantilado) Traducción de Manuel Arranz | por Juan Jiménez García

André Salmon | La apasionada vida de Modigliani

La primera vez que oí el nombre de André Salmon fue en la radio. Hablaban de la muerte de  Guillaume Apollinaire y él había estado allí, con su amigo André Billy. Era el día del entierro del poeta francés y también el día del final de aquella primera guerra mundial. La gente gritaba feliz contra Guillaume, aquel otro Guillermo, káiser alemán. Hay algo en esta anécdota que me lleva hasta La apasionada vida de Modigliani. Tal vez es el tiempo, su tiempo. Tal vez ese contar la importante a través de lo accesorio. Lo grande a través de lo pequeño. Porque Salmon no escribió una biografía sobre el pintor italiano. O no solo. Escribió un libro sobre una época, una época que le atravesó, que pasó través de él, nunca alrededor. Y la época lo era todo. Eran los años de Montmartre y, más tarde, de Montparnasse. Años para los pintores y los poetas. Para Apollinaire, muerto demasiado joven, y para Picasso, convertido en ese lugar inevitable por el que nadie podía dejar de pasar. Hasta allá llegó Modigliani. Un Modigliani atormentado por la búsqueda, que había dejado su Livorno natal por aquel París en ebullición. Como a tantos otros, su pintura no le permitía más que malvivir o ni eso. Pero quedaban  las mujeres y los artistas.

Salmon fue amigo suyo y su libro debe ser leído como una novela, la novela de una vida (o de muchas). Un paisaje de grupo con pintor al fondo, lleno de luz y de tinieblas, de cafés y de aquellos palabristas que los ocupaban. El mundo estaba hecho de bellas palabras e imágenes. Un tiempo para los poetas. El testimonio de unos años febriles que se dirigían hacia una guerra terrible (Modigliani llegó a Paris en 1906) y la liberación que le sucedió (también del espíritu, palabra tan francesa). El pintor murió poco después, en 1920, sin haber participado, pese a intentarlo, en aquella carnicería. Su apasionada vida fue la búsqueda de una pintura propia, que no encontró hasta haber dado con dos mujeres singulares: Beatrice Hastings, poeta desconocida cuya mayor obra fue revelarle a Modigliani como llegar a su pintura, y Jeanne Hébuterne. La jovencísima Jeanne, que será su mujer y que le acompañará en su muerte, en un gesto trágico. Uno más.

Modigliani, lector obsesivo de Dante, habría vivido su vida atravesando infiernos. La incertidumbre, las drogas, la bebida, las mujeres. Siempre con la muerte dentro de él en forma de tuberculosis, esperando su momento. Un momento que llegó vertiginosamente, confundido con la pintura que había buscado (y finalmente encontrado) y el amor de aquella mujer (revelador de ese estilo). El arte estaba por todas partes. El arte era la vida y  como esta era vivida.

No menos apasionante que todo esto es el retrato de André Salmon, la narración de una época llevada hasta el último aliento. Una evocación nada nostálgica, porque la nostalgia tiene algo de pasado y aquí está todo demasiado presente. Decía Jaroslav Seifert, en un poema terriblemente bello, que todos sus amigos estaban muertos. Cómo no sentir zozobra. Sí, todo aquello ya murió, cómo no sentir que algo, mucho, se quedó allí, enterrado con ellos. Para siempre. Irreparablemente. Y aquellos ecos nos llegan en forma de botella arrojada al mar. Como este libro. Como las cosas maravillosas.

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Buenas noches, dulces sueños, de Jiří Kratochvil (Impedimenta) Traducción de Elena Buixaderas | por Juan Jiménez García

Jiří Kratochvil | Buenas noches, dulces sueños

En Brno nació Milan Kundera, pero también Jiří Kratochvil. No es una asociación al azar (la casualidad es otro nombre para el destino, dice en algún momento de Buenas noches, dulces sueños). Y no es una asociación al azar porque sus obras resultan extrañamente divergentes, respondiendo cada una a las causas del otro. Más joven que Kundera, Kratochvil se pregunta a menudo por el pasado, ya sea con su familia presente o ausente (aunque entonces, como ahora, esté ahí… en alguna parte), mientras que Kundera, más viejo, se pregunta (o se preguntaba, allá en sus años checos) sobre el presente. Su presente. Por lo demás… Cristian Vázquez escribía, en un artículo aparecido en Letras libres, sobre el realismo mágico. Su título era: Si García Márquez hubiera nacido en Praga habría escrito realismo mágico. En él venía a decir algo tan cierto como que, para los colombianos, Cien años de soledad no es realismo mágico, sino su realidad, y que mágica será para los praguenses (aquí entendidos como cualquier otro). Y lo mismo, pero a la inversa, nos serviría para esos checos a los que tan a menudo se les coloca esa etiqueta (precisamente a ellos, que tuvieron a Rodolfo II, emperador alquimista, y su corte de los milagros): la realidad de Kratochvil no es mágica, sino suya y de otros tantos habitantes de aquella Checoslovaquia, tan cómicamente absurda (hasta la tragedia) como parecer sobrenatural. O suprarrealista. Entonces…

Estamos al final de la guerra. Es 1945. La primavera acaba de empezar, Hitler acaba de morir, y Jidrich regresa a casa. A casa de sus padres. Pero esa casa ha sido ocupada. Brno está a medio liberar, con grupos de alemanes resistiendo, soviéticos avanzando, americanos intentando llegar antes que los soviéticos y comunistas autóctonos intentando establecerse. Ese establecimiento incluye quedarse con las casas de los demás y una cierta prepotencia de vencedores (como si guerras así tuvieran ese tipo de cosas y no estuvieran todos derrotados). Y eso encuentra Jidrich, cuando sus padres no fueron precisamente aliados de los nazis, sino unos muertos más por ellos. Jidrich se encuentra eso y una vieja de otro mundo en este. La vieja de otro mundo en este le entrega un gato y le invita a disfrutar de extraños poderes durante un día. Un día en el que todo se cambiará siempre que no atraviese una línea que separa la ciudad.

Mientras tanto, Kost´a y Kuba, atraídos por la pintura, recorren los escombros, físicos y espirituales, para encontrar a un americano. El americano es Mr. Penicilin y, como su nombre indica, tiene la clave para salvar y sanar a no pocos conciudadanos. Pero nadie sabe muy bien dónde está ni cómo es y eso solo puede servir para encontrarse con todo tipo de personajes, habitantes de un mundo hecho papilla que no alcanza a imaginarse en un futuro, por muy inmediato que este futuro sea.

Cada uno por su cuenta vivirán ese día exacto en el que algo tiene que ocurrir, algo especial. Pero lo especial es que el mundo sigue. Y sigue y sigue. Y ahí están. Brno, ellos, los disparos de los que no se acaban de ir y de los que no acaban de llegar. Y también esa gata palabrista. Un día inolvidable para ellos y olvidable para muchos otros. El azar, la casualidad, el destino. La delirante realidad de los días. ¿Cómo se puede ser irreal en un mundo que estaba saliendo del nazismo? Un nazismo que había hecho cierto lo inimaginable. ¿Qué es más probable? ¿Qué un gato hable o que unos exterminen a millones por una cuestión de raza? Jiří Kratochvil encuentra en sus obras ese humor praguense tras el que se esconde lo terrible, como el polvo bajo las alfombras. Ese humor tras el que solo nos queda preguntar. Y ahora, ¿qué?

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Duelo, de Eduardo Halfon (Libros del Asteroide) | por Juan Jiménez García

Eduardo Halfon | Duelo

De qué estarán hechos nuestros recuerdos… De confusiones, mentiras, pocas certezas. Antes. Antes teníamos una sola fotografía, un solo instante. Ahora son miles. Se acabó la incertidumbre. Es triste. Es triste pensar que ya no podrá existir un Michel Leiris, con esa exposición descarnada de alguien que creyó ser, pero tampoco un Eduardo Halfon, reconstruyendo un pasado de errores, de titubeos, que tiene que ser revisado una y otra vez, libro tras libro. Por un momento pensé en leer las entrevistas que le hicieron. Pero no, no me interesa saber cuánto hay de cierto en estos libros. No quiero conocer más de lo que me dijo el escritor en ellos. Otro producto terrible de estos tiempos: sabemos demasiado. Halfon se ha convertido en un asunto personal y abrir un libro suyo tiene algo de intimidad. Solo son necesarias unas palabras y volvemos a una geografía reconocible. Las mismas sensaciones, el mismo tiempo. Duelo es otro de esos regresos. Uno más. Dicen que cada uno escribe un solo libro. En él solo hay un libro. Porque solo hay una vida. ¿Pero cuál?

Los personajes se repiten. Las dudas son otras. Lo cierto, seguramente también. La memoria es ese material inestable que trabajamos continuamente. Los pasos se pierden y los caminos son andados de nuevo. El narrador, Eduardo, es la interrogación sobre un mundo antiguo que se niega a desaparecer y que pide ser reescrito. La historia de Salomón. Salomón era el hermano mayor de su padre, el primer hijo de sus abuelos. Murió ahogado. Pero no. Tal vez murió en Nueva York. La historia de Salomón no debe ser contada, pero precisamente por ese motivo es necesario que sea escrita. Primero, hay que poner orden en esa memoria, perderse en la niebla de los recuerdos. El narrador viaja hasta aquel lago. Si Salomón murió allí, quiere saberlo. Si Salomón no murió allí, ¿de qué está hecho aquel recuerdo? ¿Quién era aquel ahogado?

La literatura era eso. En aquella historia no está él, pero están muchos otros. Un silencioso desfile en el que lo particular se vuelve universal, convertido en suma de otros particulares. El infinito no existe, solo es la suma de partes. A través de la búsqueda de Salomón, el narrador también se encuentra a sí mismo. Otra vez. La vida es una sucesión de reencuentros con uno mismo. Y, a veces, con los demás. Los padres, el hermano pequeño. Solo un poco más pequeño. Los abuelos. Los tíos. Uno. Otra vez. De nuevo pienso en Leiris, que no quería contar, sino contarse. Qué hermosa búsqueda la de Eduardo Halfon. Cuánta belleza en esa amalgama de culturas, de lenguas, de sentimientos apenas dibujados pero de una intensidad abrasadora. Ese árbol de escritura despojada al que de repente le crecen todas las hojas y surgen todos los frutos. Otros frutos amargos de aquel jardín de las delicias.

Está el título: Duelo. Tal vez por el dolor, pero también por el enfrentamiento de dos. De uno mismo con uno mismo. De uno mismo con su fantasma. De uno mismo con otros fantasmas. Halfon, de nuevo, se mueve a través de cien años como si fueran unos minutos. El instante de una pregunta y el tiempo en que dudamos de su respuesta. La respuesta es solo un intento. Tal vez las páginas finales, en las que nos entramos con todos. Esos todos tan cercanos a la nada. Porque todas las historias son una sola.

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Ladran los hombres, de Diego Luis Sanromán (Pepitas de Calabaza) | por Juan Jiménez García

Diego Luis Sanromán | Ladran los hombres

Al final tal vez todo sea una cuestión de estados de ánimo. Quiero decir: uno ama a un escritor profundamente. Por sus libros y por su manera de ser. Ese escritor es, pongamos, Roland Topor. Luego, un día, nos encontramos con un libro. Y en ese libro, algo nos remite a aquel otro, sin especiales razones. Es una simple cuestión de alineamientos. Escritor, lector, lecturas. Y luego la vida sigue. Hace un tiempo me ocurrió con Diego Luis Sanromán. Y ahora otra vez con él. Al principio está el azar y luego las afinidades electivas. Y entre todo, un gusto por lo raro, sin que sepa muy bien cómo definir ese raro. Pero es justo ¿no? Lo raro es lo que se nos escapa a nuestra precaria razón. Lo raro, tal vez solo sea un simple (pero calculado) desplazamiento de lo real.

Diego Luis Sanromán empieza con Duchamp. Todo acaba por tener sentido. En La muleta, una mujer pone a un pobre diablo en su vida. Como si fuera un perrito callejero, un inquietante indigente la sigue y se instala en su casa. Ocurre que acabo de escribir esto y ya me parece estar desvelando algo, cuando simplemente es un primer instante. Pero es que esos primeros instantes son ese empujón que nos deja fuera del curso de lo corriente, de lo ordinario, de esa vida de todos los días. Un primer instante es algo que cobra vida en una parte de nuestro cuerpo. Es un zapato faldero. Son los hombres perro o los perros hombre. Si la patafísica (y también hay patafísica en este libro, mierdra) es la ciencia de las soluciones imposibles, aquí tenemos el libro de lo extraño posible. Lo extraño es cualquier cosa, también el lenguaje.

Hay un largo relato que atraviesa el corazón del libro. Una Bildungsroman de bolsillo. Se llama Blood Red Roses y sigue la vida de un muchacho que piensa que todo está bien si a él le va bien. Y para que a él le vaya bien, no hay que reparar en medios ni tener especial cariño por nadie. La vida es fácil cuando uno se ocupa de sus cosas y solo de ellas. Sí, está la conciencia y la consciencia, que siempre lo joden todo, pero también de eso se puede huir. En este relato también hay cosas raras. Somos nosotros. Su protagonista, en permanente estado formativo para aprender el mal (el mal, el mal), no se lo pasa mal. Y nosotros miramos por la ventana ese cielo azul del verano y pensamos que nos ha reportado tanta seriedad y tantas cosas bien hechas.

Mientras leía (y también después) pensaba en que Diego Luis Sanromán se había desprendido de cosas, con respecto a sus novelas anteriores. Luego he tenido la imprudencia de decirlo y ahora tengo el deber de pensar en ello y decir algo. Es como si antes esos mundos extraños lo fueran todo. Cuando todo es extraño, nada es raro. Ahora todo es tan banal como nuestras propias vidas. Y es de ahí de donde pueden surgir todos los monstruos. Para ello, su escritura se ha vuelto más eficaz. Esa banalidad, a través de esa escritura, tiene algo de hipnótica, mientras atravesamos espejos y acabamos en otros mundos, ahora sí, de tan imposibles, posibles. Admisibles.

Acaba el libro y se ha desprendido de tantas cosas que se permite diez microminirrelatos de miedo. Un momento liberador. En un mundo de pesadillas, qué podemos soñar que nos asuste. Diego Luis Sanromán ha recogido cosas por el camino y las ha hecho suyas, sacudidas en una coctelera con sus propios fantasmas. Para beber relamiéndose, mientras el tiempo, ahí fuera, pasa.

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Breve manual del perfecto aventurero, de Pierre Mac Orlan (Jus) Traducción de Juan Manuel Salmerón Arjona | por Juan Jiménez García

Pierre Mac Orlan | Breve manual del perfecto aventurero

Llevar una vida de aventuras, como aquella que pedía Arthur Rimbaud para sí mismo. O como esas vidas que hemos soñado, con o sin lecturas. Imaginarnos en otro sitio, lejos de aquí, lejos de nosotros mismos. Tal vez la aventura no exista, sino que es solo una manera de huir. Hay cosas más peligrosas que subir la montaña más alta del mundo y están aquí al lado. Luego no, no puede ser eso que siempre hemos pesando. Pedir una vida de aventuras es solo una manera más de pedir otra vida. Una cualquiera. ¿Y para eso hace falta irse muy lejos, atravesar mares furiosos, selvas exóticas, encontrarse con todo tipo de indígenas? No, que va. Pierre Mac Orlan en su Breve manual del perfecto aventurero desvela nuestras dudas, pone en palabras nuestros pensamientos difusos. Hay aventureros activos, cierto, pero también pasivos. Seamos aventureros pasivos.

Ciertamente él no lo fue, y desde el momento que no lo fue ni pretendió serlo, su manual debe ser una obra de fina ironía que aquellos que nunca hemos ido muy lejos ni saltado desde muy alto nos tomamos en serio, porque todo nos suena y ese mismo todo nos viene bien. Vivimos en una época en la que hacemos deporte viendo a los demás hacerlo por televisión y jugamos a los videojuegos viendo a aquellos otros en ello. Luego ya nos va bien pensar que lo más cerca que veremos a un león es a unos metros, tras sofisticadas pantallas, como si fuera un presidente del gobierno. Lo real es aquello que no se puede tocar.

Mac Orlan nunca tuvo mucha fortuna en nuestro país y eso debe de querer decir que somos especialmente aburridos. Tampoco la novela de aventuras es que haya triunfado mucho. Ni el cine. Pero eso no le hace menos grande. Patafísico, hombre de acción, su obra es extensa, e igual se leía, que se llevaba al cine (La bandera o Quai des brumes) o se cantaba (Juliette Gréco). Conforme escribo esto pienso que tal vez solo fue una víctima, otra más, de nuevas olas y vanguardias, que pretendieron hacer viejo todo lo que había y nos entregaron a una eterna modernidad que dura décadas. En algún momento cambiamos nuestros sueños por magras realidades (y ahora ni eso).

Su Breve manual del perfecto aventurero no es más (¡no es más!, como si eso fuera poco) que un delicioso libro que nos viene a decir, como gritaba Pippi Calzaslargas, que uno puedo ser lo que quiere ser. Es más, tiene que serlo. Y que no tenemos muchos argumentos para negarnos a ello o pensar en imposibles. Es una reivindicación de la sangre que corre por nuestras venas y una invitación a entregarnos a la imaginación, como verdadero poder creador, incluso de nosotros mismos. Todo nos está esperando, especialmente aquello que no conocemos. Y a ello debemos entregarnos con pasión, una palabra cuyo significado empezamos a desconocer, porque se usa para cualquier cosa, ya sea un perfume o la defensa delirante y desmañada de la última chuchería virtual lanzada. Si Pierre Mac Orlan era aquel mundo antiguo, es ahí donde quiero habitar.

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Kira, de David Llorente (Alrevés) | por Juan Jiménez García

David Llorente | Kira

En la contraportada de Kira, tal vez el propio autor encomienda su libro a tres escritores: Boris Vian, Gabriel García Márquez y un escritor checo suicida (Bohumil Hrabal, para los despistados). Del primero encontramos la historia, del segundo su estilo (qué pegajoso era el estilo del escritor colombiano, y más para aquellos en busca de una escritura), del tercero creo que no mucho, tal vez la voluntad de una forma (pero sí en el futuro David Llorente, aquel de Te quiero porque me das de comer). Kira, no lo he dicho, era su primera novela.  Y ahora que ya es un autor a seguir y no perder de vista, Alrevés la recupera acertadamente. Y además, incluyo un prólogo revelador del propio Llorente. Y no es cualquier cosa, porque dice cosas tan acertadas como que las primeras novelas de todos los autores del mundo, más que los escritores que serían, las escribieron los lectores que fueron. Y ahora este párrafo da vueltas en círculo.

Las babosas, como los nenúfares, son seres peligrosos y no pocas veces intangibles. Igual se comen las dalias que la vida, depende de si se encuentran en un jardín o en el interior de uno mismo. El caso es que el protagonista, un perdedor, el perdedor, no logra dar con ellas, sino tan solo con el rastro devastador de sus incursiones. Además las babosas, el perdedor tiene otro animal salvaje que se come lo que más quiere: el pescadero del pueblo, amante de Felisa. Un perdedor es un perdedor porque pierde siempre. Y como el perdedor no lee a Guillaume Apollinaire no confía en que esas derrotas lleven a una victoria. Los aullidos los pone Kira. Kira es un perra muerta de hambre que anuncia algo. Algo. Pero ¿qué? Mientras tanto (y así completamos su vida) el narrador, profesor de latín de su hija, se revuelca día sí y día también con ella, aspirante a escritora, obsesionada por ganar un premio local, para lo que resultará más práctico su dedicación al sexo que a la narrativa.

Atmosphère! Atmosphère!, gritaba Arletty en aquella película. Y David Llorente debía gritar lo mismo mientras escribía Kira. Dejados los mimbres argumentales a un Boris Vian atravesado por la perversidad y el tormento, quedaba entregarse a la construcción de una atmósfera, una atmósfera de lector. Sí, está Gabriel García Márquez, pero los trópicos están muy lejos. Mucho. Y sí, está Bohumil Hrabal, pero sin palabristas. Y entonces hay que entregarse a algo nuevo. No podía ser tan fácil. Nunca es tan fácil. El escritor se pone a la tarea de enfrascarse con las palabras para obtener algo, una novela. La escritura como algo épico, algo que hay que conquistar, todo resistencia. El oficio de escribir. El resultado tiene ecos de lo que vendrá (pero no se podía saber, ni tan siquiera intuir… ahora es fácil) y sí, es la obra de un lector en la que palpita algo nuevo. Como un primer intento de ir al encuentro de las cosas. Sí, por el camino, desde entonces, han quedado muchas cosas y se ha encontrado muchas más. Y es un ejercicio conseguido, un ensayo general para obras mayores, más ambiciosas. Kira, la perra muerta de hambre, no anunciaba desgracias, sino un brillante porvenir.

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