Pornmutaciones, de Diego Luis Sanromán (Stirner) | por Juan Jiménez García

Diego Luis Sanromán | Pornmutaciones

Yo, que nunca tomé notas de nada y que cada libro sobre el que escribo es volver a subirme a un alambre y tambalearme vertiginosamente (esperando ese accidente del que hablaba Francis Bacon: aquí, no caerse), ahora tengo un fichero de esos antiguos para guardar tarjetitas pautadas, como si fuera Michel Leiris, pero sin África, sin fantasmas y sin nada. Entonces, aplicadamente, cuando leo algún que otro libro (no siempre, todo hay que decirlo) escribo con mi caligrafía olvidada palabras y gestos. Y en eso estuve con Pornmutaciones, el último libro de Diego Luis Sanromán. Y ahora miro las tres tarjetitas, e intento descifrar aquello que hay. Y todas esas palabras, si me olvido del libro, me parecen el historial clínico de un mundo que está muy mal o muy bien. Entonces vuelvo a aquella conversación que tuvimos al hilo de su anterior obra (Ladran los hombres) y busco sus palabras: cómo hacer que las páginas rezumen, sean viscosas, que rezumen semen y sangre. Decía él. Y ahora me parece que algo de eso está aquí. O todo. Curiosamente, un nombre surgió de pronto en mi cabeza (un nombre que ni me es ajeno a mí ni a Diego): Jan Švankmajer. Y ya tenemos el lío armado, porque es como si se me hubiera caído el libro al suelo y se me hubiera hecho pedazos. Escribir sobre él sería como recoger todos esos pedazos e intentar reconstruirlo a través de aquello que recuerdo o anoté, un montón de palabras sueltas con letra temblorosa, fragmentos de conversaciones, Georges Bataille, el Marqués de Sade y un surrealista checo. Y sabes que te faltan piezas y que con algunas de las que tienes no vas a saber qué hacer. Pero todo está bien, porque uno espera ese accidente y de un accidente rara vez se sale ileso. Probemos.

Empecemos por Jan Švankmajer. En el propósito de Diego de una literatura líquida (o de líquidos), una escritura para provocar reacciones en los cuerpos de los otros. Erecciones, humedades o que se te ericen los cabellos, yo encuentro una parte tal vez no muy conocida de la obra del artista checo, pero a la que dedicó buena parte de sus esfuerzos: el arte táctil. Como bien sabemos, en todas las cosas que se han hecho en el mundo del arte, el sentido del tacto no ha sido especialmente reclamado. Es más: ha sido rigurosamente prohibido. Me pregunto hasta que punto Pornmutaciones es un libro táctil. Cierto. Si pasamos nuestras manos por él o nos pasamos el libro por nuestro cuerpo, poco vamos a conseguir (tampoco me voy a poner a comprobarlo), pero precisamente ahí está la dificultad. Conseguir un libro que provoque reacciones físicas en nosotros sin necesidad de tocarlo. Cada cual que sustituya esas reacciones físicas por aquellas que más le convengan o motiven. Y es esa la mutación pornográfica esencial del libro: ya no se necesitaría sujetarlo con una mano. Ahora, sin manos. Porque la literatura pornográfica (que decía Diego que le interesa más que el erotismo) es mucho de equilibrismos lectores.

En Pornmutaciones los géneros también mutan. Desde una reinterpretación del cuento de Cenicienta, convertida en una peluquera que ve la vida pasar hasta que llega una cabeza con ínfulas de órgano sexual, hasta un relato quirúrgico que ahora se me cruza con aquel Tetsuo de Shinya Sukamoto, y su taladro, en una (re)construcción minuciosa del sexo, a través del lenguaje, la palabra, el gesto y el acto. El asesinato como forma de amor (necesariamente no correspondido), obra de kabuki con un Dios lejos de la eternidad (tengo anotado).

Sigo. Una historia del cine pornográfico rarito, con personajes memorables que escapan a la rutina del mundo. Sigo (retrocedo). Los peligros de ser un actor porno o cosas que pasan. Retahíla de vidas y pocos milagros. Ahora viene una confusión de apuntes en las fichas (como siempre, he logrado ser caótico dentro de un orden). Leiris, cubo sucio, violento, tierno, carne vuelta del revés, Francis Bacon. Es usted el mago de los vértigos. Autoplacer y autorrepresentación, alimentarse de su propio semen, de su propio placer. Paréntesis. Gabrielle d’Annunzio se quitó varias costillas para poder autosatisfacerse sin necesidad de tirar abajo las puertas de las habitaciones en las que hospedaba a sus víctimas, allí en el Vittoriale. La falta de esa necesidad no excluía que siguiera intentándolo. Cierro paréntesis. Vértigo, éxtasis, posibilidades de huir, autarquía.

Como si fuera una extraña broma que nos hemos gastado, recuerdo ahora el último (no) relato de Pornmutaciones. Es un glosario elemental. En él también se han caído por el suelo los términos y sus significados y Diego ha preferido el caos al orden, porque el caos es siempre más revelador o, cuanto menos, sorprendente. Lo cual es motivo más que suficiente para ser caótico (que extraña similitud física hay entre caótico y católico… no había caído en esa posibilidad de errata). Creo que el escritor estará contento de que, finalmente, haya logrado escribir una reseña sobre un libro suyo sin citar a Topor (ya no, claro). Ah, pero no. Tenebris Iptineus. Estampa toporiana, humor negro, unión de los cuerpos, grotesco, narrativo, la idea de una cosa. No es el principio ni es el final. Está ahí y completa el retrato de familia. Y Pornmutaciones es un retrato de familia de la pornografía, desde la perspectiva de un tipo raro que ha entrado para mover el aire estanco y aportarnos un algo de inquietud. Teorema.




El amor de Mitia y otros relatos, de Iván Bunin (Pre-Textos) Traducción de Victor Gallego | por Juan Jiménez García

Iván Bunin | El amor de Mitia y otros relatos

Extraño escritor, Iván Bunin. Podríamos decir que estuvo siempre en el lugar equivocado. Ruso blanco, acabó en París y en Suiza, y se llevó un Premio Nobel que seguramente nadie celebró (o atacó) por lo que debía ser celebrado: su calidad literaria. Ahí, en tierra de nadie, se ha convertido en un completo desconocido al que nada ha salvado. Nació demasiado tarde, sus convicciones son demasiado fuera de tiempo para los nuevos años soviéticos y tampoco estuvo en contra de nadie, lo cual le llevó hasta a ser recuperado por el régimen comunista. Maneras de ser invisible. Pero ¿dónde quedaron sus libros? Quién sabe. Una de esas pérdidas que no echamos de menos hasta que nos encontramos con un libro como El amor de Mita y otros relatos. Entonces, se produce una extraña alineación con lo conocido. Movemos un poco los dioses en el altar para hacerle un hueco. Lo ponemos a la sombra de Antón Chéjov, al que debió de leer mucho y bien. Rodeado de cielos grises y días amenazando lluvia. Persiguiendo una dama con un perrito. Sí, ahí está bien.

Chéjov. Amo tanto a Chéjov, desde hace tantos años (tal vez siempre), que me resulta inevitable verlo un poco en todas partes. Yendo hacia él, viniendo de él. Contra él. Al empezar a leer los relatos de Iván Bunin, en especial hasta Natalie (de 1941), el referente es casi inevitable. No porque quiera escribir como él y sus relatos sean una continuación de los relatos del otro, sino porque Bunin (que creo entender tenía sentimientos encontrados hacia el otro) se instala en un lugar preciso con respecto a la narrativa del otro: los espacios vacíos, los tiempos muertos. En Chéjov, los relatos se construyen a través de la acción, del diálogo, fundamentalmente. Sus personajes rara vez se definen por algo que no sean sus palabras y sus actos. En Bunin, el argumento es de una levedad casi conmovedora, y los estados de ánimo, sus relaciones, están más definidas por los lugares y el clima que por ellos mismos, a menudo presas de sus silencios y convenciones, disfrutando de la posibilidad de encontrar y la certeza de perder. En Bunin, la acción está en los tiempos muertos, en ese instante en el que sus protagonistas no hacen nada, más que esperar y desesperarse, y la vida pasa a través de ellos y se queda a su alrededor. Todo respira y les hace respirar o ahogarse. En esos espacios vacios, en esos anuncios de tormenta, en esas estancias, en esos gestos, tantas veces mínimos, tantas otras lo suficientemente imprecisos para abrirse a cualquier anhelo.

Iván Bunin persigue a esa dama del perrito de Chéjov. Muchos de sus argumentos (al menos en este El amor de Mitia y otros relatos) nos remiten a aquel otro: el encuentro casual, la belleza deslumbrante, la inocencia, el amor eterno, la promesa de un nuevo encuentro, de una nueva vida, el olvido, la derrota. La derrota por esa incapacidad de perderlo todo para encontrar mucho más. El vértigo. El estudiante que se marcha con la certeza de que perderá el amor de aquella muchacha, nueva actriz del Teatro del Arte (ay, Chéjov), infidelidades y víctimas, algunas mortales. En Avenidas sombrías encontramos la prueba definitiva de nuestras sospechas: todo pasa, todo lo bueno, todo lo malo y ya no nos acordaremos de nada. Pero no es así. Nada se olvida, nada se pierde.

Bunin, que odiaba el simbolismo y sus trabas, deja fluir su escritura en busca de una belleza aterradora, siempre melancólica, siempre fugaz. La búsqueda del instante adecuado, del color preciso, de esa atmósfera que se pegará a sus personajes como una piel más, hasta elevarlos, con la mayor de las ligerezas. Qué apuesta tan arriesgada la escritura de Bunin. Qué complicado llegar hasta ahí, sostenerla, libre de asperezas. Es hermoso pensar que todo lo que nos rodea puede alcanzar tal nivel de intimidad con aquello que sentimos interiormente. En una escritura del recuerdo, Bunin se iba disolviendo poco a poco. En fin, pienso. Los últimos relatos del libro carecen de las inspiración arrolladora de los anteriores, y el último, una historia de rusos en París, es la triste reunión de todas sus derrotas. Atrás quedaba la cumbre, Natalie, tras un estremecedor viaje de relato en relato, entre el amor y la muerte.




Los europeos, de Rafael Azcona (Pepitas) | por Juan Jiménez García

Rafael Azcona | Los europeos

He entrado en una extraña rayuela. Pensando en qué escribiría sobre Los europeos, última entrega de esa biblioteca Azcona en Pepitas, mi cabeza se ha perdido en divagaciones, búsquedas y encuentros. Pensaba que era bien extraño que Los europeos no se hubiera llevado al cine (quién sabe, tal vez había algún proyecto). Pero que, siendo un libro tan, pero tan español, no podía dejar de pensarlo como una comedia neorrealista italiana de finales de los cincuenta principios de los sesenta (y eso está bien, porque de 1960 es el libro de Azcona). Pensaba que no está muy lejos (y sin embargo, el escritor español se adelantó en dos años) de Il sorpasso, y que esta probable adaptación debería pasar también por Dino Risi, que se le daban mejor las playas que a Monicelli o cualquier otro. Que incluso ahí tenía que estar Vittorio Gassman haciendo de Antonio, aunque no veo a Trintignant, porque le falta mala leche para hacer de Manuel y mucho desencanto. Pienso en Marcello Mastroianni, porque con Nino Manfredi nos pasaríamos de largo, aunque quién sabe (porque Manuel no es más que otro verdugo más). Hubiera sido una película digna del libro, es decir, enorme. Y la demostración de que España e Italia estaban muy cerca y solo les separaba una dictadura y la posibilidad de hacer. Cuando el libro reapareció en 2011, Rafael Azcona lo revisó. Y eso es lo que nos llega ahora, de nuevo.  El retrato no del sueño de una noche de verano, sino del eterno invierno español, que nos gusta pensar franquista pero va a ser que no. Y hasta ahí puedo leer.

Estamos en 1958. Miguel Alonso es un delineante que trabaja para un arquitecto. El arquitecto tiene un hijo que no es ni delineante, ni arquitecto, ni nada. Solo tiene una cosa en la cabeza y son las mujeres, y para él es más que suficiente y a eso consagra su vida y, desde luego, su cuerpo. Ibiza se ha puesto de moda. Y las extranjeras, presas fáciles para el reglamentado y hambriento español. El hijo se llama Antonio. Antonio le propone a Manuel irse para allá a pasar un par de meses con la paga extra y alguna bonificación, mientras el padre anda por ahí, por Estados Unidos. El argumento es estudiar la arquitectura ibicenca pero lo cierto es que solo se quedan con la fauna autóctona y los cuerpos extranjeros. Antonio con más entusiasmo, porque es un libertino español, especie que poco tiene que ver con los libertinos de toda la vida, franceses y todo eso, pero que para el caso vale igual. Manuel es un tipo más serio y, como tipo serio, acaba liado con una valenciana del montón pero que perdió su virginidad en una de esas (lo cual la hace una femme fatale, versión nacional), hasta que se encuentra con Odette, una francesa que lee libros y no quiere líos, lo cual la convierte en una bicho raro, casi sobrenatural, a los ojos de los cazadores de cuerpos.

El retrato de esa España encerrada en ese microcosmos ibicenco que hace Rafael Azcona, es digno de sus mejores obras y tiene la misma piedad: ninguna. La mala leche que destila su retrato es brutal y sin embargo es complicado pensar que podía ser de otro modo. Como en las mejores comedias de aquellos años (de ahí que sean herederas de las tragedias del neorrealismo), el problema (o el espanto) es que son tan reales que nos producen un ligero escalofrío. Sus protagonistas (y sus secundarios, porque siempre fueron obras con una galería de secundarios maravillosa) no solo podrían haber existido, sino que seguramente existieron, porque lo que sí que existía, indudablemente, era ese mundo que habitaban, escondido en milagros económicos que solo eran alfombras bajo las que esconder la miseria. Se puede ser pobre de muchas formas, y lo fuimos de todas. Después, nos preguntamos si todo esto forma parte de algún tipo de pasado o simplemente hemos cambiado de ropa pero no de cuerpo. Y entonces miro por la ventana. El cielo es azul mar, porque el mar no está muy lejos. Es más: está muy cerca. Hasta aquí llega la brisa y también el escándalo de las gaviotas reidoras. Pienso que no me costaría mucho ir a comprobarlo, aunque esto no sea Ibiza (pero ahora Ibiza lo es todo). Y pienso que mejor me quedaré aquí, alimentando una pequeña duda. La duda de si habremos avanzado, porque la certeza es que no.




Mi vida en barco, de Tadao Tsuge (Gallo Nero)  Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés | por Juan Jiménez García

Tadao Tsuge | Mi vida en barco

La relación de Tadao Tsuge con Yoshiharu Tsuge va más allá de una simple relación de hermanos. Podríamos decir incluso que en ellos confluye una cierta manera de entender la vida, el dibujo, las historias y el manga. Sí, cierto. Cada uno con sus temas (alguno, tal vez los más importantes, comunes) pero con un mismo sentido de la vida, incluso de sí mismos, todo ello con la mítica revista de vanguardia de fondo: Garo, años sesenta. Gallo Nero ya había publicado una parte importante de la obra de Yoshiharu y ahora le llega el turno a Tadao, con serie monumental (e interrumpida por el cierre de la revista en la que se publicaba, Comic Tsuritsuri), Mi vida en barco. Una obra que se podía haber llamado perfectamente El hombre sin talento, si no fuera porque su hermano ya utilizó aquel título (e incluso hay una alusión directa a él, por las dudas). Publicada entre 1997 y 2001, es decir, en el paso de sus cincuenta años a los sesenta, su componente autobiográfico es importante, al menos en sus dudas existenciales y en su referencia constante al yo.

Tsuda sigue intentando escribir una novela. Mientras tanto, le piden algunos textos sobre pesca (en los que siente que se repite) e intenta ayudar en la tienda de ropa vaquera que montó con su mujer, para intentar sobrevivir, y de la que ahora se ocupa fundamentalmente su hijo. Él sigue intentando escribir esa novela, ser aquel escritor prometedor de su juventud. Lejos de todo, también de él mismo, sin saber qué hacer realmente, la pesca parece ser su única vía de escapatoria, el único lugar en el que si no ser algo, al menos no echar de menos eso que no se es. Surge la oportunidad de comprar una barca y la aprovecha. No es gran cosa, pero le vale. Allí se construye un pequeño refugio, al que escapa cada vez con mayor frecuencia. Quiere pensar que allí escribirá, pero está más interesado en pescar carpas mayores de cuarenta centímetros que en otra cosa. Ese exilio se irá poblando de personajes que, como él, se apasionan o bien por la pesca o bien por la huida. Un pescador con cierta tendencia a la bebida, un monje con cierta tendencia a las mujeres, un vendedor de piedras (otra vez el hombre sin talento, la obra de su hermano), un viejo amigo con el que comparte recuerdos y pesca, un joven y un viejo alejados del mundo (terrenal y espiritual), un extravagante artista, un gato.

Los días pasan. La inquietud, la paz interior de algunos momentos, la enfermedad, aquella generación hija de una guerra perdida (con una importante reflexión sobre qué supuso aquello, sobre el castigo y el perdón), el oficio de escribir, la crisis (económica, existencial, familiar), la angustia, la obsesión por pescar una vieja carpa herida de más de sesenta centímetros, el paisaje urbano, el río, su vida matrimonial, los hijos. La oscuridad. A ratos la luz. Tadao Tsuge es más que consciente de la negrura de sus reflexiones. Cuando tiene que interrumpirlo y darle un final (porque le da un final y además un final de una belleza terrible, síntesis de todas esas búsquedas vanas pero necesarias), habla de él como un manga sombrío. Qué duda cabe. Aún con sus destellos de humor y  toda esa humanidad. Tsuda, entre la derrota y lo innecesario. Entre lo superfluo y la soledad. Entre la comprensión y la incomprensión. Entre las dudas que no dejan lugar a ninguna certeza. Entre el azul del cielo y la lluvia y los tifones. La pesca como definición del mundo. Y entonces me acuerdo de Ota Pavel, escritor checo. Tan lejos, tan cerca.




El sueño de una cosa, de Pier Paolo Pasolini (Mardulce)  Traducción de Guillermo Piro | por Juan Jiménez García

Pier Paolo Pasolini | El sueño de una cosa

El sueño de una cosa no se publicó hasta 1962 pero es uno de los primeros libros de Pier Paolo Pasolini. De ese Pasolini friulano, que escribía poesía dialectal, allá, en Casarsa. Allí, en casa, con la madre. La guerra acababa apenas de terminar, Italia se enfrentaba a sus fantasmas, que eran los del mundo de entonces (el comunismo o buscar nuevas formas para viejas cosas, utilizando algo tan antiguo como el miedo o la esperanza), y el escritor italiano estaba en todo, hambriento. Tantas cosas perdidas (el hermano, el padre), tantas cosas por encontrar. Así, la novela no deja de ser una rareza que contiene todas las cosas de su tiempo y algunas de su obra, pero poco de aquello con lo que lo relacionamos (quizás): los ragazzi di vita, la homosexualidad, la periferia romana. La homosexualidad no le era ajena (ahí están, también de aquella época, finalmente incompletos, finalmente publicados póstumamente, Amado mío y Actos impuros), lo otro sí. Todavía. Pero en este El sueño de una cosa, encontramos algo, como un presagio, una intuición, como una versión rural, igualmente pobre, más amable, no menos política pero más contemplativa, de todo aquello que vendrá.

Pese a ser una novela hay un cierto tono de relatos unidos por unos personajes y una historia común, que se alarga en el tiempo. Estamos en 1948 y llegará hasta 1949, a través de las historias de algunos muchachos, en aquel Friuli norteño, fronterizo. Un grupo de amigos intentan sobrevivir (ellos y sus familias) en esos años de la posguerra, entre la idea del comunismo y los bailes, entre la política y las mujeres, entre patronos y trabajadores. En ellos está toda la vitalidad de los muchachos de sus futuras borgate, pero estos aún buscan un futuro que a los otros les resulta inimaginable y ni tan siquiera deseable. Una vida tranquila, mujer, hijos, comida. Y pensar que eso es lo justo y que, como es justo, debería ser así. Cuando no lo encuentran en sus pueblos, incluso deciden pasar clandestinamente a Yugoslavia, aquella Yugoslavia de Tito, que como país comunista, debía ser un pequeño paraíso para desgraciados como ellos. Pero no, no es tal, y Pasolini, comunista él mismo (con sus dudas, pero comunista), nos viene a decir que en Yugoslavia son igual de pobres pero ni tan siquiera se pueden permitir el comer.

Como si recorriera todas las posibilidades que le quedaban a un campesino (de obra o espíritu) de escapar a ese destino, también nos cuenta una historia de emigración a Suiza, que no es mucho mejor, aunque allí se coma, eso sí. Queda volver a casa, a cultivar esas tierras que no les pertenecen, a tratar con los terratenientes, a esperar la eficacia de unas leyes que no funcionan, a pensar en una revolución allí (aunque la palabra revolución sea muy fuerte para aquel que lucha, después de todo, por comer, no necesariamente por cambiar el mundo, un mundo siempre lejano). Sindicatos, protestas, policía, patronos, ejército. Y luego: familia, comida, mujeres, muerte. Trabajo, sobrevivir. Podríamos pensar que Pasolini nos da algún rayo de esperanza con esos jóvenes y esas jóvenes, con el amor. No. Algo, tampoco mucho. Uno piensa que aquí, en el pueblo, tal vez puedan ser algo, construir una vida. Algo que no conseguirán sus equivalentes urbanos, en unas ciudades arrasadas y no solo por las bombas y no solo después de la guerra. Tal vez, la única diferencia sea la esperanza. Esa esperanza sin la que no pueden plantarse olivos, que decía Sciascia.

Con esta obra, anterior a todas sus inquietudes, Pier Paolo Pasolini en realidad se instalaba próximo a la literatura de aquellos años, la literatura de Cesare Pavese, entre otros. Una literatura no neorrealista, de una manera cinematográfica, si no de una nueva realidad. Una nueva realidad no desoladora (por mucho que esté ahí) si no una especie de continuidad con la guerra, la destrucción, el caos, el hambre. Una literatura de posguerra, plenamente, de deriva. La deriva de unos personajes que intentan encontrar su lugar en ese nuevo mundo, un mundo que no ha cambiado lo suficiente. Sin en Pavese estaba la melancolía que da el regreso, en Pasolini encontramos la voluntad de ser. Frente al volver a un mundo que ya no existe, estos  jóvenes, vigorosos, marchan hacia otro que está por construirse y que incluso piensan que pueden construir según sus sueños. El sueño de algo.




Mujeres del Zodiaco 1, de Miyako Maki (Satori)  Traducción de Marc Bernabé | por Juan Jiménez García

Miyako Maki | Mujeres del Zodiaco 1

Miyako Maki empezó dibujando en la tienda de mangas que sus padres tenían. Simplemente quería hacer algo así, y cogió un puñado de hojas, les dio el formato adecuado y se puso a ello. Su padre le presentó a un editor y este le dijo que aquello era imposible de imprimir. Pero no por su calidad, sino por cómo estaba hecho. Volvió a intentarlo y, a partir de ahí, empezó su carrera, en la que hizo no pocas cosas y hasta hay unas famosas muñecas creadas a partir de sus dibujos. En el compartimentado mundo del manga de aquel tiempo (y seguramente también de este) uno dibujaba sobre temas bien específicos, respondiendo a clasificación exhaustiva de los gustos lectores. Para ella no fue diferente; al contrario. Y por eso no es especialmente extraño que pueda tener una serie de libros dedicados a los símbolos del zodiaco. A los símbolos del zodiaco como hilo conductor, aunque no dejan de tener su influencia en el desarrollo de la acción. En especial, en el carácter de sus protagonistas. Ahora Satori publica estas Mujeres del zodiaco, en tres tomos. En el primero, Réquiem para tres lirios, tres historias relacionadas entre sí a través de sus protagonistas. Sagitario, Leo y Escorpio.

Las tres historias comienzan con el final de la guerra, tras la derrota japonesa. Estamos en un pueblecito, y hasta allí ha ido a parar una viuda de guerra. Allí también está Makoto, un niño que ha perdido a sus padres y que ahora vive con sus tíos. Su tío también ha perdido un brazo y a su mujer. A su mujer no porque se haya ido sino porque tiene otras cosas más importantes o interesantes en las que pensar que en ese manco. La vida de la señora de repente da un giro, las cosas cambian, las relaciones se estrechan, y debe marcharse, lejos de todo. Volveremos a encontrarla en Tokio y allí su vida se cruzará con otra, en el mundo de la prostitución. Y acabaremos con Makoto adulto, convertido en un hombre de éxito y una casualidad que le llevará a encontrarse con su pasado, de algún modo. Lo cual convierte a Réquiem para tres lirios en la vida de tres mujeres alrededor de Makoto, ese huérfano de guerra, a través del retrato de un Japón primero derrotado, luego humillado y, finalmente, renaciendo entre las ruinas de ese mundo.

Todo a través del dibujo estilizado de Miyako Maki, con puestas en página que van desde una extrema languidez a una especie de romanticismo desenfrenado, jugando con los negros, unos negros profundos, nocturnos y dramáticos, como un viaje a través de días atravesados por las noches. La felicidad contra la tristeza, la desesperanza. Y es que sus historias, que podrían abundar en el romanticismo, sin evitarlo, se cruzan con zonas de una extrema oscuridad. Infidelidades humillaciones, celos y hasta violaciones y asesinatos, con una imagen no muy positiva de la ocupación americana y de la guerra. Historias de supervivientes (o no) que intentan encontrar un lugar en ese mundo, entre la destrucción y la esperanza (y la esperanza la da el amor, las relaciones humanas). Unos personajes que parecen condicionados por su signo zodiacal (temática obliga), y en los que todo parece predestinarles a la fatalidad y el desencuentro. Poca suerte da el amuleto conductor de las historias, que le entrega la señora a Makoto, convertido más bien en una manera de reconocerse. Sí, al final todo saldrá bien, pero el retrato que ha trazado Miyako Maki no es nada complaciente y nos trae un Japón posbélico demoledor en una obra rotunda, entregada, crepuscular.




Lealtades y traiciones, de Aleksandar Tišma (Acantilado)  Traducción de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pištelek | por Juan Jiménez García

Aleksandar Tišma | Lealtades y traiciones

Centroeuropa es algo más que un espacio geográfico. Atravesada buena parte de ella por el Danubio hay como un recorrido vital común compartido, también en su escritura. Es más, un estado de ánimo compartido. Esa misma sensación de deriva, de caminar extraviados entre brumas y espejismos. Y la mujer, como destino. Como paso definitivo hacia una derrota igualmente definitiva. Algo. Algo que atraviesa la narrativa de escritores como Danilo Kiš, László Krasznahorkai o el propio Aleksandar Tišma. Este último construyó su obra alrededor del ciclo Ramas entrelazadas, que Acantilado ha publicando con regularidad. Su manera de recorrer la historia de su país. Primero Yugoslavia. Luego Serbia. Su propia historia, en la que sus personajes se entrelazan. Lealtades y traiciones es la cuarta novela de las cinco que forman este ciclo.

Los padres de Sergije Rudić siguen en Novi Sad. Su padre es dentista. Su madre, fuera lo que fuera, ya solo vive obsesionada por las traiciones de su marido, que tan solo intuye y que son más que inciertas. Tal vez inexistentes. No son unos críos y están más cerca de la jubilación que de cualquier otro lado. Sergije ha cógido la costumbre de visitarlos todos los fines de semana. De pasear con su padre, de escuchar a su madre. También de visitar a un viejo amigo, camarada, Eugen, que pasa por idiota porque no hace mucho, más que vivir entre libros y leer esos libros que le van prestando. Sergije estuvo en la resistencia, fue hecho prisionero, intentó escapar, se libró por poco de la muerte. Convertido en héroe (un pequeño héroe), se ganó un puesto en Polonia, ese país amigo en los nuevos tiempos comunistas, y todo salió mal. Acabó con un matrimonio, luego otro, y un pasado turbio. Incluso amenazador. Tiene una hija. Y una mujer. Pero las dos están atrapadas por sus propias circunstancias y miedos. Después de algunas vueltas, Sergije se pone a trabajar revisando novelas, para que sean correctas para los ciudadanos y aceptables para el comunismo. Nada difícil. La vida pasa. Tampoco pretende hacer mucho con ella. Podría decir que ha visto demasiado y ya no quiere ver nada más. Pero entonces ocurre algo. En principio un simple contratiempo. Un cambio de leyes devuelve el piso en el que se sitúa la consulta de su padre a sus propietarios. Y vuelven los fantasmas del pasado, de la ocupación. Pero sobre todo, aparece de nuevo Inge. Ella. Y la posibilidad de una fuga. No hacia alguna parte, sino de uno mismo. Huir de sí mismo.

Sergije es esa extraña mezcla entre convicción y duda necesaria para la deriva. Para poder perderse hay que ir hacia algún lado. Para buscar algo, tener algo que buscar. Para perder algo, tener algo que perder. Estaría cansado de todo si fuera consciente de su cansancio, pero no lo es, como no lo es de tantas cosas. Inge es la oportunidad de romper un círculo cuando finalmente estaba a punto de cerrarlo (aunque podría ser un espejismo más). Inge le devuelve la necesidad de un destino. Pero ese destino puede no ser más que un espacio vacío entre otros espacios vacíos. La escritura de Tišma, esos enormes párrafos que ocupan capítulos enteros, entre el pasado y el presente, entre unos personajes entregados a una idea (a cada cual la suya), nos va entregando los pedazos de esas vidas entre la nada y el todo, siempre con la necesidad de definirse con respecto a los otros. Sí: brumas y espejismos. Y el Danubio, el río que atraviesa también Novi Sad, sus vidas. Y la muerte.




Hijos de Las Vegas. Historias reales sobre lo que significa crecer en el patio de recreo del mundo, de Timothy O’Grady (Pepitas)  Traducción de Enrique Alda | por Juan Jiménez García

Timothy O'Grady | Hijos de Las Vegas

Timothy O’Grady acabó en Las Vegas un poco por azar. Y allí pasó dos años. Era un sitio al que esperaba ir algún día y allí estaba, dando clases. También por azar, un día sus alumnos llegaron sin la lección aprendida. Entonces hablaron. Y de aquellas conversaciones surgió este libro, cuando vio que tras aquella ciudad, todas aquellas luces, toda aquella sobredosis de sueño americano, se escondía otra realidad. Ya no era la de los peligros del juego (en realidad de todos los vicios, confluyendo allá) sino qué quedaba de la gente que alimentaba toda esa maquinaria, entre la arena del desierto. Y lo que quedaba era el horror. Un montón de vidas destruidas para alimentar una ilusión, un espejismo, alimentando por las falsas esperanzas y sustentado en algo muy simple, tan simple como una operación matemática, un cálculo de probabilidades, y algo así como la condición humana. Aunque la única probabilidad que parece cierta en Las Vegas, es que serás alguien durante un instante. Un instante prolongado o no. Y luego, el infierno. Y el infierno imaginado es un triste teatrillo comparado con la realidad de las cosas.

Las historias se repiten a menudo. Familias felices, aunque sea a su manera. Luego la oportunidad de trasladarse a Las Vegas, la ocasión de cambiar de vida, de ganar mucho dinero trabajando allá. Las posibilidades son infinitas, ese dinero está por todos sitios, solo hay que ir y cogerlo. Fácil. Muchos de estos jóvenes llegaron siendo unos críos y se recuerdan felices. Hasta allá. Luego empiezan los problemas. Los problemas de los padres con las bebidas, con las drogas, con el juego, con las deudas. Hay infinitas maneras de destrozarse y muy pocas de llegar a algún lado. Ganar es una cuestión de azar. Pero perder, perder es algo trabajoso. Requiere una dedicación exclusiva. Energía, mucha energía. Convicción. Y ser capaz de desprenderse de todo, de uno mismo de los demás, de mujer, padre, hijos,… Todo sobra en la caída. Estamos equivocados. Para elevarse no hay que arrojar peso: es para caer. Las elecciones equivocadas se suceden. Es como si el espíritu que sustenta el juego sirviera para vivir una vida. Ganar hasta perderlo todo. Cuestión de probabilidades. Y de la imposibilidad de detenerse. Nunca. Cosas de pobres.

Es difícil encontrar una historia medianamente feliz. Tal vez algún final es esperanzador (y parece pasar por huir de aquella ciudad). Lo normal son un puñado de críos abandonados a su suerte, con unos padres arrasados al poco de pisar la ciudad, conforme todo va saliendo mal. Luego es una cuestión de supervivencia, en la que ya pocas cosas importan. Trabajar de puto, violaciones, convertirse en stripper (lo más normal del mundo para una muchacha joven universitaria… para pagarse los estudios, si tus propios padres no se quedan con el dinero para bebérselo o jugárselo), vivir en tuberías en la más completa oscuridad (hay centenares de personas viviendo en esas condiciones), encontrar novios que acaban en la cárcel en el mejor de los casos (bueno, también acaban muertos… esos suelen ser los mejores). Qué contar… No tiene sentido intentar contar nada más de lo que recoge el libro, porque nunca dejarán de ser fragmentos recogidos entre todos los platos rotos. Piensas que lo conoces todo, que has leído las historias más sórdidas, muchas novelas negras, mucho realismo sucio. Y luego está esto: la vida. Imposible de imaginar.

Timothy O’Grady puntea cada texto con sus paseos por la ciudad y sus alrededores, una visión ni tan siquiera amable, pero que aporta algo de luz entre tantas tinieblas. Es difícil imaginarse Las Vegas como una tierra prometida, ese paraíso de la libertad en el que cada uno puede hacer lo que le da la gana porque nadie le va a pedir explicaciones. Dice una de las protagonistas que el lema de la ciudad debería ser damos asco, vengan a vernos. Es el paraíso por un día a cambio del inferno propio y de los otros por el resto. Tal vez esto último no importe mucho. No allá. Ni aquí. Buena parte de nuestra supervivencia se fundamenta en ser capaces de ignorar la desgracia de los demás. Que no nos importe. Y sin embargo…




La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia, de Eric D. Weitz (Turner)  Traducción de Gregorio Cantera y Ana Bravo | por Juan Jiménez García

Eric D. Weitz | La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia

Han pasado cien años. Cien años desde aquel mil novecientos diecinueve. La Primera Guerra Mundial había acabado el año anterior con la derrota la Alemania y la descomposición del Imperio Austro-Húngaro. El mundo de entonces quedaba hecho pedazos y con él los habitantes de aquellos imperios viejos y polvorientos, pensados para la guerra, una guerra que habían perdido. Cuando has crecido, vivido, con esa sola idea en la cabeza, ¿qué queda? Nada. La derrota fue un desastre total para Alemania, tanto física como espiritualmente. Desde luego, también a nivel económico. Las consecuencias de la guerra, cómo los vencedores administraron esa derrota, instalaron las bases de otra, más devastadora aún. Más terrible. Me gusta el subtítulo del libro de Eric D. Weitz: Presagio y tragedia. Dos palabras para resumir veinte años. Los veinte años entre una derrota y otra. Cómo no ver en las intuiciones de antes las intuiciones de ahora… Sí. Han pasado todos estos años y no hemos aprendido nada. Entiendo que una de las maneras que se ha buscado el ser humano para sobrevivir (para sobrevivirse) es su capacidad de olvidar, asumiendo el riesgo de repetir los errores una y otra vez. No, no vendrá un nuevo Hitler. Porque no es en absoluto necesario. Los poderes de siempre han mejorado sus mecanismos de control. No necesitan figuras mesiánicas y un idiota es suficiente (no es necesario dar ejemplos recientes). Poco más que un espantapájaros. El mismo gusto por la sobreactuación, pero sin la necesidad de la violencia, que puede producir resultados inesperados.

La República de Weimar fue el intento de construir otra cosa y el comienzo de un mundo (y una manera de entender) realmente moderna. Es complicado utilizar ahora la palabra modernidad, otro de  esos términos manoseados que han terminado arrastrados por el fango y cuyo significado es incierto. La transición de ese mundo viejo al intento de algo nuevo fue a todos los niveles. Desapareció la monarquía y se intentó algo parecido a la democracia. Se intentó, además, que ese democracia fuera lo más plena posible. Se reformó el Estado para intentar llegar también a los más desfavorecidos (la jornada laboral de cuarenta horas, el subsidio de desempleo, etcétera) y, mientras tanto, los avances tecnológicos cambiaron incluso el sentido de la vida. En las fábricas la implantación de maquinas y cadenas de trabajo; en el ocio, la aparición de extensión de la radio, del cine, de los medios de comunicación de masas (y de paso, de la masa misma); en la cultura, un periodo de una intensidad poca veces vista en muchos campos. Pero Weimar, que era hija del cuerpo moribundo de un mundo agonizante, llevaba en su sangre todos los venenos. Unos venenos cuidadosamente administrados desde todos los frentes políticos: desde una derecha que nunca la quiso y solo esperaba hacerla desaparecer (hasta que lo logró) hasta una izquierda fragmentada, cobarde, asustada y (como siempre) ahogada por sus propias palabras, incapaz de ver más allá de sus propios intereses del momento.

La complejidad de aquellos años febriles (no olvidemos que la República atravesó es su corta vida tres crisis sin precedentes, capaces de hacer pedazos cualquier sistema) es importante. El resultado es conocido: la llegada del nazismo. Y también ahí no es tan sencillo como nos han querido contar, intentando (como se intentó en otros países) ofrecer una visión amable (dentro del asco general) que intentase salvar algún mueble (en forma de conciencia). Cierto: Hitler no llegó al poder con la mayoría de los votos. Cierto: Hitler llegó al poder de una forma democrática (como parte de una sucesión terrible de malos cálculos y decisiones lamentables, pero los votos estaban ahí). Pero no es menos cierto que Hitler no fue ninguna excepción, ningún bicho raro, sino un claro producto de su tiempo. De la sociedad, de la política, de la economía alemana de aquellos años. Ni tan siquiera sus ideas eran especialmente originales. Ni con respecto a los judíos ni con respecto a nada. Solo supo concretar todo lo que ya estaba ahí y aprovechar el instante (incluso para su propia sorpresa). Cogió aquello que dejaron en sus manos. Lo demás, son cosas que nos contamos para quedarnos más tranquilos. Como otras tantas. La República de Weimar, señala Eric D. Weitz, no se murió por nada. Su fin fue el resultado de un proceso de destrucción orquestado y mantenido por la derecha.

La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia, es el relato de todo esto y mucho más. Su autor evita la narración lineal y seguir una sola línea, histórica, política, social o cultural. Sus capítulos recorren todo, desde la evolución de la economía, hasta los medios de prensa, desde el panorama de distintas artes hasta los medios de comunicación de masas, desde la política hasta el sexo. Todo son piezas que forman parte de la complejidad de aquellos años irrepetibles, que atrajeron sobre ellos todas las tormentas pero también algunos, muchos, momentos esenciales para entender el mundo de entonces e incluso el de ahora. Podemos verlo como un relato poliédrico o como una reunión de fragmentos que incluso pueden ser leídos de forma independiente, según nuestros intereses (aunque como escapar al conjunto, a ese apasionante chocar de esos fragmentos). Weitz no solo intenta contar lo que pasó, sino entenderlo, recorrer esos vasos comunicantes que conformaron aquellos años alemanes. Incluso tomar partido y responder a preguntas eternamente formuladas por todo aquel que se ha acercado de una manera u otra a esos años. El resultado es un libro sobre la fragilidad de la democracia, siempre en peligro, y de cómo esta puede ser utilizada para su propia destrucción o conversión en nada. Y de paso, nos da las claves para entender nuestra época, llena de tristes presagios. En nuestras manos está, tal vez (y tenemos que pensarlo así), evitar nuevas viejas tragedias…




Textos potentes. Atlas de literatura potencial, 2. Edición de Pablo Martín Sánchez (Pepitas) | por Juan Jiménez García

Textos potentes. Atlas de literatura potencial, 2

Ennio Flaiano decía que tener ideas está muy bien, pero lo mejor es llevarlas a cabo. Algo así. Y, siguiendo las palabras de Flaiano, está muy bien un libro sobre el OuLiPo (Ideas potentes. Atlas de literatura potencial) pero no es menos necesario un libro llevándolo a la práctica. Aunque, precisamente, si algo hay que agradecerle al Taller de Literatura Potencial (es decir, el OuLiPo, creado en su momento por Raymond Queneau y François Le Lionnais) es precisamente el sentido práctico que siempre confirieron a sus propuestas, escapando a la mera proposición. Todo lo cual ha creado unas cuantas obras maestras de la literatura (potencial o no) como La vida instrucciones de uso (Georges Perec), Zazie en el metro (Raymond Queneau), Si una noche de invierno un viajero (Italo Calvino) y un notable (y glorioso) etcétera. Matemáticos aficionados, excelentes escritores, gente divertida. Confusión (y conjunción perfecta) para llegar a alguna parte poniéndose trabas.

Esta segunda entrega del Atlas de literatura potencial (habrá una tercera, siempre en Pepitas), está dedicada a los Textos potentes. En definitiva, a poner en práctica unas cuantas ideas o trabas del OuLiPo, en la edición (y con el prólogo, también trabado, como no podía ser de otro modo), de un oulipiano certificado, Pablo Martín Sánchez. La nómina de esforzados ejercitantes es amplia, e incluye desde textos evocadores, como por ejemplo los de Enrique Vila-Matas o Andrés Ehrenhaus, hasta la aplicación efectiva de alguna de las múltiples reglas y experimentos que el OuLiPo ha ido imponiéndose a lo largo de su amplia trayectoria. Una trayectoria marcada, todo hay que decirlo (y esta libro viene a demostrarlo) por Georges Perec. Qué duda cabe que Perec fue su más fiel servidor, con una pasión que rara vez entendía de límites y perfectamente instalado en ese sentimiento de que escribir puede ser divertido, un juego. En Textos potentes aparece abundantemente. Bien en la evocación directa de su (útlima) traductora habitual, Mercedes Cebrián, o el intento de agotar la plaza Rovira (por dos veces) de Enrique Vila-Matas, bien por evocación indirecta, a través de sus más brillantes ejercicios oulipianos. Por ejemplo, el recurso al lipograma (es decir, omitir una letra, como hizo en El secuestro, con la letra e, la más común en francés). Xina Vega, con John Berger de hilo conductor, trae cinco textos lipogramáticos (uno por vocal) y acaba con frases monovocálicas. Y algo así hace María Jacarilla pero aumentando la dificultad, a la sombra de aquel edificio en el número 11 de la calle Simon-Crubellier.

Raymond Queneau tampoco está ausente. Sus Ejercicios de estilo están tras la aportación de Mercedes Marcos Monfort y José Miguel Desuárez, realizando variaciones sobre textos conocidos de la literatura, y sus Cien mil millones de poemas en la de Sofia Rhei, Quevedo mediante, lo cual convierte a este libro en un libro infinito, dado que se necesitarían muchas vidas para poder leer todos los sonetos posibles. No son los únicos homenajes a obras más que reconocidas del Taller, hay más. Pienso en David Roas y su Aurorretrato del filósofo (francés) y que nos remite a Paul Faurnel y su propuesta (hay edición en nuestro país, de La Uña Rota: Es un oficio de hombres). Y los juegos siguen. Con esa sensación de tiempo suspendido, de huida de este mundo de convenciones. Las trabas nos imponen la necesidad de otros caminos que nunca habríamos transitado. Jugar por jugar, sin que haya nada que ganar más que haber resuelto nuestras propias imposiciones. No olvidemos que el OuLiPo también estaba en aquella Invitación al tiempo explosivo. Manual de juegos que nos hacían Julio Monteverde y Julián Lacalle. Y, por encima de todo, si algo nos enseña Textos potentes es que es la propia literatura es algo interminable, ilimitable e ilimitado.




El canto de la alondra, de Willa Cather (Pre-Textos)  Traducción de Eva Rodríguez-Halffter | por Juan Jiménez García

Willa Cather | El canto de la alondra

Hace unos meses, unas semanas, leía y escribía sobre Sherwood Anderson. Greylock publicó El triunfo del huevo, y en él uno encontraba esos Estados Unidos no de los triunfadores, del hacerse a sí mismo, sino de los derrotados que, por meras cuestiones estadísticas, debieron ser (y serán) más que los otros. En ese libro de relatos estaban las sombras del sueño americano atravesadas por una rara luz. Ahora, al leer El canto de la alondra, la novela de Willa Cather, he pensando en Anderson. Y he pensado como se piensa en los contrarios, pero en esos contrarios que están de alguna manera unidos en algún punto, un punto invisible, tan solo intuido. Porque El canto de la alondra es, por el contrario, el libro de aquella América del esfuerzo, del esfuerzo que da sus resultados, y no ese estéril que, por el hecho de serlo, no merece nada, ni tan siquiera ese nombre. En Cather encontramos la luz, aun atravesada por las sombras. Y qué sombras.

El canto de la alondra es la historia de Thea Kronborg, pero tal vez su referente (citado explícitamente) sea la comedia humana de Balzac, en el sentido de que alrededor de su personaje (basado en la cantante de ópera de origen sueco Olive Fremstad y en la propia escritora) encontramos toda una galería de tipos y personalidades que conforman el retrato de algo. Tal vez no de una América profunda, sino del nacimiento de esas raíces que la anclarían (y la tienen anclada) a unos valores, a unas costumbres, a unos ritos de paso. Porque de igual modo que es la historia de Thea (la historia de su triunfo), es también la del doctor Archie, la de Johnny El Español, la de los propios Kronborg, Ray, Fred o la de sus sucesivos profesores, unos personajes que podrían tener su propio libro (si no es que está ya dentro de este). Estamos en un tiempo en el que todo estaba por hacer y los orígenes no eran algo lejano, sino los propios abuelos, padres o ellos mismos, que habían llegado desde Europa hasta aquellos lugares. El trayecto de la niña de once años con una cierta sensación de tener algo especial, hasta su consagración como cantante de ópera, deja varios muertos y varias vidas por el camino. Y sí, podemos pensar que todo salió bien y un nuevo sueño americano llegó a buen puerto, pero, como Howard Archie, nos quedamos pensando donde quedó aquella muchacha. Él la encuentra. Yo, no estoy tan seguro. Y esas son las sombras.

Ya no se trata de la pérdida de la inocencia. Se trata de cuanto estamos dispuestos a perder a cambio de encontrar algo, tal vez todo lo que nos habíamos propuesto. De renunciar a cualquier cosa para llegar. De avanzar en un mundo de confusiones a cambio de atrapar esas oportunidades que solo se darán una vez, tal vez. Y nada podrá detener eso. Una vez en el camino, no debe de ser abandonado, a riesgo de cuestionar toda una vida, nuestra vida. Thea Kronborg es la pasión y la pasión pocas veces responde a reglas y protocolos, a nada que esté establecido. Si todo sale bien, cualquier cosa podrá estar justificada. Todo ese dolor tendrá habrá tenido un sentido y, con él, vivir. Si no se llega, todo aquello que se perdió volverá redoblado, hasta terminar con lo poco que quede de nosotros. Para Thea no hay ninguna duda. Las circunstancias la llevarán ahí, empujón tras empujón. El reto es ser capaz de abandonarlo todo. Y antes que nada, el pueblo de Moonstone, reducto de una sociedad cerrada, mundo de costumbres y prejuicios. Luego, su propia numerosa familia. Su padre, pastor, su madre, ama de casa entregada, extrañamente modernos, porque después de todo entienden lo más difícil de comprender (cuando solo es una niña): que es alguien especial y que no está hecha para un marido, una matrimonio, una vida de familia (y esa es la puerta necesaria por la que logra salir).

El resto es ser capaz de escapar para encontrarse en esa huida. Descubrir y ser descubierta. No tener nada y renunciar a lo poco que se tiene. Entender que no basta con ser especial, con sentirse especial, sino ser capaz de convertir en algo todas esas sensaciones que, imprecisas, están ahí. Encontrar un punto geográfico hacia el que ir, un lugar, un espacio que habitar. Y seguir escapando, y renunciando, para llegar. Pero ¿a dónde? El relato se interrumpe cuando se marcha a Alemania para estudiar. Cuando volvemos con ella a Estados Unidos, no es aquella que se fue pero tampoco quién quería ser. Le falta un poco, un último esfuerzo, una oportunidad que solo puede dar la paciencia, pero también la fortuna. Es ahí donde vuelve a encontrar el viejo doctor Archie, ahora también él otra persona. No puede reconocer donde fue a parar toda esa inocencia perdida, derramada. Pero volverá a encontrarla de algún modo, aún sabiendo que nada ha sido gratuito. Atrás ha quedado todo. Lo bueno y lo malo. Sí, será quién quería ser. Y eso es todo, con todas las dudas.

En un momento determinado, Willa Cather pone en boca de Ray (él sí, uno de esos perdedores de Sherwood Anderson) unas palabras sobre cuáles deben ser los requisitos de un buen narrador: ser observador, veraz y afable. Es difícil encontrar una definición así de la escritura, pero lo cierto es que esa es su propia escritura. En la búsqueda de Thea Kronborg por encontrarse a sí misma, encontramos la de propia escritora, la misma entrega, la misma necesidad de escribir, parecidas renuncias. La misma urgencia. Y ahora, después de todo, pienso si El canto de la alondra no es un libro sobre sentirse viva por encima de vivir. Simplemente.




Teatro unido VOL. 1 (1980-1996), de José Sanchis Sinisterra (La Uña Rota) | por Juan Jiménez García

José Sanchis Sinisterra | Teatro unido VOL. 1 (1980-1996)

Seguramente muchos conocen a Sanchis Sinisterra (tal vez sea mucho decir… conocer) por una obra de teatro ya convertida en emblemática: ¡Ay, Carmela! Si hemos de ser sinceros, es más probable que lo que se recuerde sea la película. Como toda reducción, es incierta. Esa reducción del hombre a una obra, con mucho de injusto y mucho más de pintoresco. La Guerra Civil, otra vez. Una aproximación sentimental a la Guerra Civil. Otra vez. Pero es emblemática de otras muchas cosas de su autor y de cómo ese aparente poco tiene que ver con lo cierto. En todo caso, ahí encontraremos tres puntos sobre los que bascula su obra y, desde luego, estos quince primeros años: la política, la palabra y el teatro como representación del mundo. Y todo está aquí, en este Teatro Unido (primera entrega, de 1980 a 1996), que nos devuelve su escritura teatral, como escritura y como teatro (porque en Sanchis Sinisterra uno no puede dejar de pensar que sus obras de teatro también han sido escritas para ser leídas).

La política, porque Sanchis Sinisterra es un hombre político. En ¡Ay, Carmela! podemos quedarnos con esa lectura amable de vencedores y vencidos, de cómicos atrapados por el destino, por las circunstancias. Pero a mí me gusta más pensar en esa historia de fantasmas como en la representación no de un momento sino de un país. Y no de dos Españas, sino solo de una, la de siempre, bicéfala. La España cobarde de Paulino, la España idealista de Carmela, confundidas. Porque Paulino no solo vivió en aquel instante, sino que atraviesa los siglos y llega hasta nosotros. Es nuestra perdición. Nosotros mismos. Esa parte de nuestro carácter que nos carcome, que nos reduce a la anécdota y, por lo tanto, a la permanente derrota. Derrotados pero satisfechos. Incluso chulescos. Sí, él tiene problemas de conciencia. A ratos. Nada que no se cure. Carmela es todo lo que perdimos, todo lo que perdemos constantemente. La inocencia, si alguna vez hubo espacio para eso en este país, construido, muy católicamente, sobre un sentimiento permanente de culpabilidad.

Algo de todo esto podemos encontrar también en El cerco de Leningrado, donde dos actrices guardan la memoria de un director de escena y dramaturgo muerto, pensando en esa obra maestra desconocida que es la que da título a la obra. Esa obra maravillosa perdida que lo hubiera cambiado todo, como si todo pudiera ser cambiado de algún modo. Y ahí, ellas también fantasmas, fantasmas en un desván, en un teatro entero, recuerdan. Diálogos entre muertos o futuros cadáveres. Han perdido y les ganará un aparcamiento, más tarde o más pronto. Ese aparcamiento es el mundo nuevo, que en realidad es más bien viejo, lo mismo de siempre. Porque los perdedores tienden a parecerse mientras los ganadores tienen un armario ropero más amplio. De nuevo, está el teatro, que no nos salvará. Solo dejará constancia de nuestras pérdidas.

Ese teatro enraizado en esos cómicos viejos, polvorientos, devorados por su propio hambre, pero dignos (aunque la dignidad nunca fue mucho). Ríos y Solano discutiendo, atragantándose de palabras, del deleite de pronunciarlas, como si fueran ellos los que están creando el mundo. Cada día, cada representación. Se preguntan si les olvidarán, cuando saben que en realidad ya les están olvidando. De nuevo: cada día, cada representación. Como Chirinos y Chanfalla, acompañados de ese loco conquistador que no conquisto ElDorado, convertido en cómico, porque no hay nada más cómico que lo trágico (y por eso no hay mejor actor trágico que un cómico). Teatro de carreta, de representaciones polvorientas, pero digno. Digno porque está enraizado en las profundidades, en la palabra. Entonces Sanchis Sinisterra escribía sobre aquel mundo antiguo aún por descubrir. Ese ElDorado, Lope de Aguirre, Álvar Núñez,… Es una cuestión política, una cuestión de dar voz, como esa sucesión de monólogos, de testimonios de Lope de Aguirre, traidor, que aspiran a encontrar algo entre los trozos rotos, los escombros.

Hay en todo ello la búsqueda de una forma. Porque aunque haya líneas que atraviesan buena parte de su obra, Sanchis Sinisterra no dejó de estar abierto a todo (y ahí está la Sala Beckett, como espacio y como idea). Obras que planteaban los mismos interrogantes o seguían su búsqueda de distintas formas, como si todo fuera ese juego constante que plantea en Los figurantes, donde uno ya no sabe dónde está la obra, el actor, el director, el dramaturgo o el público. Tal vez en todas partes. Posiblemente en ninguna.

Es interesante que el recorrido por todos estos años se cierre en El lector por horas, tal vez su obra más conseguida, o aquella en la que logra reunir todo lo aprendido, todo lo explorado. De nuevo ese diálogo a dos con un tercero al fondo, aquí mucho más presente (ya no es ese teniente italiano de ¡Ay, Carmela! o ese muerto sin enterrar de El cerco de Leningrado). La búsqueda imposible de la neutralidad, del grado cero, de la palabra que no expresa nada al ser leída, que debe valerse por sí misma, dejando al teatro una triste labor (¿pero no era eso lo que buscaba Bertold Brecht?), una labor de testimonio. Y como nada de eso es posible. Ni el teatro escapará a la representación, ni la palabra a sus matices. Podemos pensar que el lector, que Ismael, es el enésimo perdedor de la obra del dramaturgo, el nuevo derrotado. Pero no. Ni se puede ni se debe renunciar a nada. Ni como individuos ni tampoco en el teatro, reivindicación de la palabra. El teatro, sí, es un arte viva.