Muerte con pingüino, de Andrei Kurkov (Blackie Books) Traducción de Atalaire (Mario Grande y Mercedes Fernández) | por Juan Jiménez García

Andrei Kurkov | Muerte con pingüino

Aquello tiempos postsoviéticos que invitaban a la tristeza. No a la melancolía, que es otra cosa, demasiado poética para tanta hambre y tanta mierda, y ni tan siquiera para esa melancolía por el futuro, que tenía un nombre en alemán (como todas estas cosas… un nombre que llevo años intentando recordar, para parecer alguien). Aquellos tiempos postsoviéticos que son un género literario construido sobre el hambre y las vidas minúsculas, un género de muertos vivientes que esperan transformarse en verdaderos hombres o mujeres de provecho, al triste sol del capitalismo de los escapados de comunismo. China: un país, dos sistemas. Rusia: un país, ningún sistema. Un día, unos cuantos millones de personas se despertaron y no había nada tras los cristales. De sus casas, de las tiendas.

Viktor podría ser uno de ellos. Es un escritor incapaz de escribir más de una hoja. Ahora escribiría micro relatos y se sentiría bien, incluso iluminado por la luz de una cierta modernidad. Pero entonces… Entonces no podía ser otra cosa que un escritor fracasado. Vive con un pingüino que se quedó del zoo de Kiev, cuando este tuvo que colocar sus animales por ahí, dado la ausencia de dinero. Se llevan bien. Los dos tienen poco que contar, más allá de mirarse con una cierta perplejidad, no exenta de cariño. Pero un pingüino necesita del frío y un hombre de una vida. Un día las cosas cambian. Le ofrecen un trabajo en un periódico de gran tirada. Escribir las necrológicas de gente que aún no ha muerto. Hay que estar preparados. Y un día, esos mismos empiezan a morir. Y no de muerte natural. Y Viktor se encuentra en un mundo extraño, protegido por invisibles desconocidos, con la hija pequeña de un mafioso. Y el pingüino sigue ahí. La soledad a ratos. Y Ucrania desaparece. Como aquellos murales romanos de ese film de Federico Fellini, que se desvanecían al contacto con el aire. Es decir, de los tiempos modernos.

Muerte con pingüino es terriblemente triste. Y entonces te ríes. Sus personajes atraviesan el invierno, un invierno gélido que aquí no logramos ni imaginar. No lo suficiente para Misha (el pingüino) pero sí para todos los demás. La vida es tan disparatada en ese tránsito desde la nada hasta lo poco que resulta cómica. Luego nos acordamos de Svetlana Aleksiévich y entonces sabemos que aquellos disparates eran la realidad diaria. Y luego de Liudmila Petrushévskaia, y de que las mejores actores de tragedias han sido cómicos. En la novela de Kurkov, todo va de mal en peor cuando todo parece ir de lo bueno a lo mejor. Qué brillante retrato de esos tiempos… Entre la novela negra, porque está el misterio, y la novela negra, porque todo es de una oscuridad de tinieblas. Y luego hay un poco de luz. Misha, el pingüino. Y como en este mundo el destino es ciertamente disparatado, nosotros teníamos una cobaya que se llamaba Andrei, como Kurkov, que también se quedaba mirando vete a saber qué. Y que tal vez no era tan divertida como un perro ni tan fotogénica como un gato, pero la queríamos igual. Y como Misha, Andrei tenía problemas de corazón. Qué pequeño es el mundo y qué pequeños somos nosotros, hombres, pingüinos y cobayas. Perdidos en las revueltas de la historia, siempre a punto de asistir al fin de nuestro j*** mundo.

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La poética de lo cotidiano. Escritos sobre cine, de Yasujiro Ozu (Gallo Nero) Traducción de Amelia Pérez de Villar | por Juan Jiménez García

Yasujiro Ozu | La poética de lo cotidiano. Escritos sobre cine

Entonces pensé que no recordaba nada. Y también que no necesariamente debía recordarlo. Sí, estaba la escritura. Hay una frase que marqué: Lo difícil es escribir, no escribir bien. Entonces el oficio de escribir es algo que no se puede aprender. Y Continuación de ideas diversas una manera de dar vueltas alrededor de ese oficio misterioso que depende de cosas igualmente misteriosas (o no: simplemente es una cuestión de ser). ¿Cómo recordar esos pensamientos lanzados al aire? No. Se quedan ahí, en nuestra cabeza, esperando el momento de volver. Sé que algunas de estas ideas diversas de César Aira volverán. Porque son justas. Y porque son otras. Dice: Las ideas no son del todo ideas, y nunca son todas las ideas.

Hay un título de Edmond Jabès: El libro de las preguntas. Este, quizás, sería el libro de las respuestas. A las preguntas que nunca nos hicimos, más allá de esos pensamientos lanzados al vuelvo que corren tras otros que corren tras otros. Las respuestas que siempre entrañan una duda, porque la duda no es solo cosa de las preguntas, ni mucho menos. Responder desde la duda es estar abierto a más respuestas, a más contradicciones, a más descubrimientos, a más derrotas que buscan una victoria definitiva. Una buena respuesta debe plantear nuevas preguntas, inocentemente.

Pequeños cuadros. Pequeños momentos sin importancia. Los recuerdos de la infancia, las ciudades perdidas y encontradas, se cruzan con el presente o el pasado de la escritura. Tiempo continuo. Los tiempos modernos que desmontan la memoria o las sensaciones. La página en blanco reemplazada por la pantalla en blanco. La tinta por la tinta electrónica. ¿Y nuestros sentimientos al respecto? ¿Por qué han sido cambiados? César Aira busca en esas confrontaciones. O tal vez no. Se pasea por ellas como por un paisaje de un futuro alcanzado y no siempre comprendido. Entonces…

Los recuerdos. Debidamente transformados, alterados, con un sentido encontrado años después. El comienzo de esas respuestas, de esas ideas diversas que nos surgen ahora. Durante tiempo removidos. Como un runrún. Un ruido continuado de voces. Entonces nos parece entender. Lo escribimos. Queda ahí. Sigue ahí. Lector precoz, algo esnob, dice. Sin embargo, está Superman, y esa es su mayor influencia. Allá están todas las contradicciones necesarias. Tal vez no. La coherencia de las contradicciones.

No. No es cierto. Quiero decir. Sí. Continuación de ideas diversas está lleno de preguntas. Algunas son, están ahí. Otras se insinúan. Otras son poco más que dudas, esbozos interrogantes. Algunas son para sí mismo, no buscan nada. Otras nos interrogan. Todo se acaba. También la brevedad de este libro. La brevedad física. De pocas hojas. Mientras tanto seguimos pensando en él. Un día. Y otro. Y otro más allá. Y no, no recordamos nada. Y no, no hay nada que recordar. Solo esa invitación a pensarse y a pensar el mundo. Desde todas esas cosas pequeñas, desde todos esos instantes, que, mal unidos, son nuestra vida.

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Continuación de ideas diversas, de César Aira (Jus) | por Juan Jiménez García

César Aira | Continuación de ideas diversas

Entonces pensé que no recordaba nada. Y también que no necesariamente debía recordarlo. Sí, estaba la escritura. Hay una frase que marqué: Lo difícil es escribir, no escribir bien. Entonces el oficio de escribir es algo que no se puede aprender. Y Continuación de ideas diversas una manera de dar vueltas alrededor de ese oficio misterioso que depende de cosas igualmente misteriosas (o no: simplemente es una cuestión de ser). ¿Cómo recordar esos pensamientos lanzados al aire? No. Se quedan ahí, en nuestra cabeza, esperando el momento de volver. Sé que algunas de estas ideas diversas de César Aira volverán. Porque son justas. Y porque son otras. Dice: Las ideas no son del todo ideas, y nunca son todas las ideas.

Hay un título de Edmond Jabès: El libro de las preguntas. Este, quizás, sería el libro de las respuestas. A las preguntas que nunca nos hicimos, más allá de esos pensamientos lanzados al vuelvo que corren tras otros que corren tras otros. Las respuestas que siempre entrañan una duda, porque la duda no es solo cosa de las preguntas, ni mucho menos. Responder desde la duda es estar abierto a más respuestas, a más contradicciones, a más descubrimientos, a más derrotas que buscan una victoria definitiva. Una buena respuesta debe plantear nuevas preguntas, inocentemente.

Pequeños cuadros. Pequeños momentos sin importancia. Los recuerdos de la infancia, las ciudades perdidas y encontradas, se cruzan con el presente o el pasado de la escritura. Tiempo continuo. Los tiempos modernos que desmontan la memoria o las sensaciones. La página en blanco reemplazada por la pantalla en blanco. La tinta por la tinta electrónica. ¿Y nuestros sentimientos al respecto? ¿Por qué han sido cambiados? César Aira busca en esas confrontaciones. O tal vez no. Se pasea por ellas como por un paisaje de un futuro alcanzado y no siempre comprendido. Entonces…

Los recuerdos. Debidamente transformados, alterados, con un sentido encontrado años después. El comienzo de esas respuestas, de esas ideas diversas que nos surgen ahora. Durante tiempo removidos. Como un runrún. Un ruido continuado de voces. Entonces nos parece entender. Lo escribimos. Queda ahí. Sigue ahí. Lector precoz, algo esnob, dice. Sin embargo, está Superman, y esa es su mayor influencia. Allá están todas las contradicciones necesarias. Tal vez no. La coherencia de las contradicciones.

No. No es cierto. Quiero decir. Sí. Continuación de ideas diversas está lleno de preguntas. Algunas son, están ahí. Otras se insinúan. Otras son poco más que dudas, esbozos interrogantes. Algunas son para sí mismo, no buscan nada. Otras nos interrogan. Todo se acaba. También la brevedad de este libro. La brevedad física. De pocas hojas. Mientras tanto seguimos pensando en él. Un día. Y otro. Y otro más allá. Y no, no recordamos nada. Y no, no hay nada que recordar. Solo esa invitación a pensarse y a pensar el mundo. Desde todas esas cosas pequeñas, desde todos esos instantes, que, mal unidos, son nuestra vida.

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El señor Lambert, de Sempé (Blackie Books) Traducción de Miguel Azaola | por Juan Jiménez García

Sempé | El señor Lambert

Ay, Sempé. Cuántos días pasados con él. Y con Goscinny y el pequeño Nicolás. Creo aún recordar sus nombres. Tal vez porque se los puse a aquellas tortugas de agua que tomaban el sol sobre la lavadora, en aquella isla desierta artificial de plástico y palmera de plástico. Era feliz. Sempé siempre me ha transmitido esa especie de felicidad de trazo mínimo, como lanzado al azar de unas existencias tremendamente francesas. Y yo entonces quería ser irlandés, pero me valía igual. Hay ciudades que solo existen en nuestra imaginación. París es una. El París de Sempé. Tan tremendamente cierta que no podía existir. Tan tremendamente necesaria que no podía existir. Luego pasaron los años. Entonces encontramos aquel restaurante francés, una bistró. Y a François, que tenía una casa a medio hacer y un conejo correteando por ella, y que luego fue señor de una castillo, o algo así. Y en la bistró, libros y cosas de vete a saber qué año. Y de algún modo, ahí estaba Sempé otra vez. Ahora, cuando ya ha pasado tiempo de eso, mucho, El señor Lambert lo reúne todo: inocencia y bistró. Lo edita Blackie books y es una maravilla.

El señor Lambert es un hombre de costumbres. También todos frecuentadores de Chez Picard, un modesto bistró siempre lleno. De gente, de palabras, de conversaciones repetidas una y otra vez. La política, el fútbol, el fútbol, la política, la comida que viene y que va, Lucienne que viene y que va con la comida. Y el vino. Rituales que se han perdido, que han dejado paso a otros rituales, más tristes. En aquel rincón de París, el señor Lambert come su menú del día y habla de fútbol. De política se habla en otra mesa y entre ambas, el siempre ocupado señor Cazenave, que vive a mil por hora y no entiende como los demás pueden vivir tan tranquilos. Un día, el señor Lambert se retrasa. Y otro día. Y un día no aparece. Y entre todas esas conversaciones surge la duda de qué es del señor Lambert. Pero uno no pregunta esas cosas por educación (oh, otra cosa inconcebible hoy en día) y porque si uno quiere compartir algo lo comparte y ya está. Y sí. Otro día aparece y que es el señor Lambert anda detrás de una señorita, entre autobuses. ¡El amor! De pronto todo cambia. Sí, siguen siendo ellos mismos, pero las mujeres atraviesan sus pensamientos y ya no hay fútbol, ni política. Sí, la comida sí. Y el vino. Y el señor Cazenave sigue teniendo prisa y no entiende muy bien cómo se puede tener tiempo para las mujeres. Le dará algo, algún día.

No, Sempé no nos ha dejado nunca porque su mundo es nuestro mundo. No el real, sino el soñado. Con ese humor frágil, lleno de matices, de palabras que sobrevuelan unos personajes familiares a los que nunca hemos llegado a encontrar y sin embargo son tan cercanos. Un humor no para la carcajadas sino para la sonrisa, que es como esa forma matizada del humor. Momentos de vida, de las nuestras. Sí, los días pasan, como esos ratones roedores de tiempo de Guillaume Apollinaire. Y sí, nos gustaría que fueran tan ligeros como el dibujo de Sempé. Y sí, tal vez no será siempre así, pero todo esto se olvida con Marcelin o el señor Lambert. Otros mundos son posibles. Otros tiempos. Otros encuentros.

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Fellini en Roma, de Tyto Alba (Astiberri) | por Juan Jiménez García

Tyto Alba | Fellini en Roma

En algún momento aprendimos a ver las ciudades, nuestras ciudades, como las veía Federico Fellini. Nuestras noches eran sus noches, nuestras plazas sus plazas, estos habitantes nocturnos sus habitantes nocturnos. También que el sueño no es un estado diferente de estar despierto, sino una especie de continuación. El pasado un momento del presente. Los recuerdos siempre ahí. Todas las cosas se confunde. Michel Leiris, un surrealista más entre aquellos primeros surrealistas, soñaba con su vida, liberada de las ataduras de la conciencia, tal vez. Con ello escapaba a aquella idea de los sueños espontáneos demasiado conscientes. No. Soñar no es un acto poético (no necesariamente) sino un acto liberador. De nosotros mismos. Y todo eso, de nuevo, lo encontramos en Federico Fellini. Amamos tanto a Federico Fellini. Luego el tiempo lo dejó convertido en un adjetivo. Es triste.

Tyto Alba con su cómic, novela gráfica, devuelve al cineasta a Roma. Nunca se fue de ahí, como nosotros no nos hemos ido de él. Si nuestras ciudades son la suya, no tenemos otra Roma que aquella que él frecuentó. Es más, que reconstruyó. Hecha de retazos cambiantes de su imaginación, puesto que para él nada sabe y todo se imagina. Una reescritura constante de su vida. Por la obra de Alba desfilan algunas de sus obsesiones, en especial la pequeña Giulietta Masina, aquella otra necesidad. O Marcello Mastroianni, que era él, o su otro yo. O todo junto. Pero sobre todo desfilan sus sueños, es decir, su vida. Aquella película que escribió durante años, desde que llegó de ese Rimini más tarde destruido por los bombardeos aliados pero indestructible en su cabeza, en sus películas, en aquel I vitelloni o en Amarcord.

Roma, ciudad sagrada. De iglesias, de curas y monjas. Ciudad nocturna. La noche. Paisajes en la niebla atravesada por un Fellini de todas las edades, en todos los estados. El sueño, antes del sueño, después del sueño. Tyto Alba lo entiende muy bien. La vida de Federico Fellini, su cine, es una sucesión de cuadros, de encuentros con personas, naturales o sobrenaturales. Una sucesión de escenas de películas rodadas y sin rodar. Roma es un enorme escenario reconstruido en los estudios de Cinecittà. Qué bello es este libro. La calidez de los azules, del color de esa tierra de la que el cineasta fue habitante ocasional. El deseo de querer ser. Dibujante, amante, marido, director de cine, payaso, soñador, paseante solitario.

Fellini en Roma es un libro sigiloso. Lleno de voces y de personajes pero terriblemente sigiloso. Una contradicción más del personaje retratado. Al ruido, a la tormenta, le llegaba esos momentos de recogimiento. Las calles vacías, las plazas desiertas, la playa que se pierde en el horizonte, los monstruos marinos que se pierden en la playa. Los colores que se pierden en la hoja en blanco. Los colores que se encuentran con la hoja en negro. Un gato. Negro. Anita. Gigantesca. Giulietta, apenas nada, pero todo. Si todos hiciéramos un poco de silencio, tal vez entenderíamos algo. Qué bonito paseo el de Tyto Alba por Fellini, convertido en una geografía fantástica. Sí. Amamos tanto a Federico Fellini. Perdimos tantas cosas un día, algunos días, hace muchos años…

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Doctor Pasavento + Bastian Schneider, de Enrique Vila-Matas (Seix Barral) | por Juan Jiménez García

Enrique Vila-Matas | Doctor Pasavento + Bastian Schneider

¿Cómo desaparecer en estos tiempos que nos ha tocado vivir? Doctor Pasavento ha pasado de ser un libro experimental a convertirse en un libro de ciencia ficción. Antes, a menudo, pensábamos como su protagonista en desaparecer. Un día nos marcharíamos para ser nadie. Moríamos en vida y nos esconderíamos para ver ese qué dirán de nosotros. La necesidad de que nadie te conozca, de ser un desconocido, de ser otro. Pero ahora ya no. Atrapados en las redes, somos incapaces de estar ni tan siquiera unos minutos sin dar noticias de nosotros (qué vidas tan interesantes creemos llevar). Nos sentimos perdidos pensando que nadie puede llamarnos por teléfono, aunque nadie nos llame nadie. Hemos pasado de la necesidad de desaparecer a la necesidad de estar siempre presentes. Ni tan siquiera podemos perdernos, porque una simple acción nos dirá donde estamos. A nosotros y a tantos otros, conocidos y desconocidos. No, el Doctor Pasavento ya no podría huir.

El Doctor Pasavento es solo una de las múltiples personalidades de un escritor escapando de sí mismo. Porque ese es el principal problema de esta huída: que uno puede irse lejos, muy lejos, al último rincón del mundo, que uno puede escapar de todas aquellas personas que le conocen o creen conocerle, de todas aquellas que puede reconocerle, pero no puede escapar de sí mismo. Lo peor: que huimos para ser encontrados. Como esos suicidas que se suicidan esperando que alguien los encuentre y los libre de esa muerte en el último instante. Porque, tal vez, lo único que pretendemos desapareciendo es ser visibles. Y buscando la muerte, vivir.

En su alocada carrera está Robert Walser. Siempre ahí. En sus obras, en el sanatorio en el que pasó buena parte de su vida, voluntariamente, entregado de una escritura microscópica y a ser olvidado, sin pensar que estaba construyendo, definitivamente, su inmortalidad. Más allá de Robert Walser está Georges Perec. O la literatura como juego. Esa tentativa de agotar la rue Vaneau. Y al agotar esa calle, agotarse uno mismo, entre casualidades y encuentros innecesariamente evitados. Ser nadie. Ser nadie es todo un propósito. El camino hasta allí está lleno de dudas. Tanto que recuerda a aquel señor Zweifel.

La escritura de Enrique Vila-Matas se vertebra a través de las citas. Las cita convertida en una de las bellas artes. Bastian Schneider se dedica a recopilar citas para un escritor. A deformarlas también, para adaptarlas a las necesidades del momento. Quién sabe si, como Jean-Luc Godard uno no sería capaz de escribir un libro hecho de fragmentos de los otros. Y, con ellos, construir una obra personal e incluso íntima.

Doctor Pasavento es una novela agotadora. Agotadora porque en ella se busca la desaparición por la sobreexposición. Su protagonista, en su intento de ser invisible, no deja de verse por todos lados. Y al final, de nuevo Godard (que citaría a alguien que ahora no recuerdo), sabe que la mejor manera de hacerse invisible es estar ahí, bien a la vista. No es un héroe, como algún momento reconoce. Tampoco un cobarde. Solo alguien entregado a un deseo entonces posible, con una obsesión digamos enfermiza por conectarlo todo. Sí, definitvamente, Doctor Pasavento es una novela de ciencia ficción, nuestro tiempo otro y su tiempo otro más. Y, como Walser, camina entre la nieve y se vuelve más y más blanco, como la página de un libro por escribir. Y entonces, desaparece. Y nosotros un poco con él.

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Asesinato en el honjin y otros relatos, de Seishi Yokomizo (Quaterni) Traducción de
Kazumi Hasegawa | por Juan Jiménez García

Seishi Yokomizo | Asesinato en el honjin y otros relatos

Hace un par de años, la publicación por Quaterni de Gokumon-Tō. La isla de las puertas del infierno nos trajo la revelación (o la confirmación, si no olvidamos El clan Inugami) de un autor injustamente desconocido en España, pero un clásico de la literatura japonesa de misterio, de detectives. Una revelación deslumbrante, porque en aquella trepidante novela se encontraba encerrado todo el buen hacer de su autor, además del personaje central de su obra, el detective, el curioso detective, Kosuke Kindaichi. Curioso detective ya no solo por su aspecto y sus métodos si no porque (y ahí comparte puntos en común con otro protagonista del género en Japón, como es el Kogoro Akechi de Edogawa Rampo) no pocas veces acaba de secundario en sus propias historias, hasta llegar al punto de no aparecer si no es citado. Rampo y su Akechi son un referente oportuno a la hora de hablar de Yokomizo y su Kindaichi. Ambos comparten una pasión por lo clásico, Edgar Allan Poe en primer lugar, y en un libro como Asesinato en el honjin y  otros relatos no solo encontramos esa pasión sino un cierto juego referencial.

El libro contiene tres relatos, todos con el detective pero no todos en igual manera. Además, cada uno plantea un caso que se inscribe en la tradición de la literatura anglosajona de misterio. En Asesinato en el honjin, el misterio de la habitación cerrada; en El caso del gato negro el del muerto sin rostro; en Por qué rechinó la polea del pozo, el del regreso de la guerra y las dudas sobre quién es aquel que regresa. Kosuke Kindaichi protagoniza el primero, se deja caer en el segundo y desaparece prácticamente en el último, para ceder el protagonismo a la sensibilidad de una joven marcada por la muerte. Pero en todos encontramos lo mismo: el gusto del escritor por volver a frecuentar temas conocidos aportando una nueva vuelta de tuerca. Una vuelta de tuerca de alguien que ha leído mucha literatura extranjera, que la ha leído bien y que es capaz de trasladar todo ese conocimiento, magistralmente, a la sociedad japonesa y sus peculiaridades, desde el honor hasta la venganza, pasando por la familia. Una sociedad encerrada en su pasado y sus manías de derrotados, por las guerras o por el destino.

Porque en Seishi Yokomizo no solo encontramos perfectas tramas construidas sobre un firme andamiaje, sino además el retrato de una sociedad en sus más diversas capas. En especial ese mundo de familias cerradas, ancladas en su honor, pero definitivamente enfermas, como si el tiempo las hubiera corroído hasta ese presente incierto. Un presente en el que el mal, la muerte, están bajo la piel, esperando el momento de salir. Y salen, para destruirlo todo. Y tal vez sea ese precisamente el tiempo sobre el que se construye la narrativa del escritor: un pasado presente. Un pasado que llega para acabar con los titubeos. Un pasado siempre presente esperando encontrar su punto de ebullición, de muerte. Y entre todo ello, ese detective algo desmañado. Kosuke Kindaichi a la carrera. Irónico, revelador. Como la modernidad sacudiendo los armarios de la tradición. Porque el misterio ya no es un cuarto cerrado, un hombre que vuelve de la guerra o un muerto sin rostro, sino más bien que se esconde detrás de las máscaras tras las que nos ocultamos.

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El Ángel DADÁ, de Fernando González Viñas, José Lázaro (El Paseo) | por Juan Jiménez García

Fernando González Viñas, José Lázaro | El Ángel DADÁ

En no pocos movimientos de vanguardia de principios de siglo, la mujer representó un papel fundamental. No es que representara ningún papel. Es que estaba y estaba como lo estaban otros artistas y seguramente no se hacían tantas preguntas ni esperaban respuestas que difícilmente se pueden dar. Tal vez era una inocencia que hemos perdido. No es que entonces fuera más fácil. Muchas de esas mujeres se convirtieron en las mujeres de aquellos hombres. E incluso en motivo de disputa. Pero su obra sigue ahí. Tan válida o tan caduca como las de los demás. Sí, la palabra musa siempre la tenemos lista ahí. Porque también en la cultura nuestro vocabulario no llega a las quinientas palabras, incluyendo todas aquellas manoseadas y que ya no sabemos qué significan. Emmy Hennings fue una de ellas. Su obra, más allá de algún libro de poemas, fue su propia vida. Y la vida que se desarrolló alrededor de ella. Es tan desconocida como lo puede ser Hugo Ball, su marido (no nos engañemos… preguntados por el dadaísmo, solo los alumnos avanzados llegarían a Tristan Tzara). Y ellos fueron los que fundaron la fugaz piedra angular del dadaísmo: el Cabaret Voltaire. Un lugar para reivindicar la nada.

La vida de Emmy Hennings no fue fácil. Nació en 1885 lo cual era la promesa de unas cuantas guerras. Y hambre, pero para eso da igual el año. Su vida discurrió entre Alemania y Suiza y unos cuantos sitios más, pero cuando se es pobre todo los sitios se parecen. Pero cuando se es artista, al menos es interesante ver con quién compartes toda esa miseria. Ella la compartió con algunos de los personajes que marcarían esas vanguardias incluso ya antes de que esas vanguardias tuvieran un nombre a reivindicar. Pero hasta llegar allí, se pasó sus días cantando en cualquier local que quisiera oírla cantar y prostituyéndose. Tiene una hija y es como si no hubiera tenido nada. La deja junto a su madre y ella sigue, como decía aquel ruso, con su vida y su destino.

Su contacto con los círculos artísticos de Munich (verdadero origen del dadaísmo o, mejor, de un nuevo arte, en tiempos en los que la guerra estaba por todas partes… 1913), le permite desarrollarse como artista y también encontrarse con Hugo Ball, que será un cambio definitivo en su vida. Emmy no tiene aún treinta años y lo ha visto todo. El infierno, muchas veces, y el paraíso a ratos, brevemente. Ball vive en un mundo paralelo, más cerca de la santidad que otros muchos. Él le aportará la tranquilidad, una vida sin sobresaltos, pero en busca de una plenitud artística. Se unirán a otra compañía de cabaret (leer Flametti o el dandismo de los pobres, el relato de aquellos años) y al final, disuelta esta por los problemas de su dueño con las menores, fundan el Cabaret Voltaire, que no durará mucho pero lo cambiará todo. Allí se reunieron los dadaístas y gritaron al mundo que el arte ya no existía, que existía dadá, y que dadá era nada.

Acabado aquello, Ball y Hennings salen de escena. Una guerra, una posguerra que verá nacer el surrealismo de los restos aún humeantes del dadaísmo, otra guerra por venir. Ball no la verá. Ni tan siquiera el nazismo. El relato se acaba aquí. Fernando González Viñas, a las palabras, y José Lázaro, a los lápices, trazan ya no el relato de una vida apasionada, la de Emmy Ball-Hennings, sino el de toda una época alrededor de ella. En ese relato, entre lo bello y los triste, nos enfrenta a unos años nada gloriosos que ahora recordamos con la nostalgia del que nada perdió allí. Ninguna inocencia.

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La bestia ciega, de Edogawa Rampo (Satori) Traducción de Daniel Aguilar | por Juan Jiménez García

Edogawa Rampo | La bestia ciega

Cuando Edogawa Rampo acabó La bestia ciega, estaba tan asustado con su obra que decidió censurarla. Y esto podría ser una simple anécdota, si no fuera porque Rampo, al fin y al cabo, fue el máximo representante del Ero-guro, un movimiento, un género, que nació con la voluntad de atacar todos los tabús de la sociedad japonesa. Que son muchos. Así se fue por el aire un capítulo dedicado al canibalismo y alguna cosa más, entre todo un catálogo de horrores, pero que no dejan de tener algo de condición humana. Ahora Satori recupera la versión íntegra de una obra mítica (aunque seguramente por la adaptación, parcial, que hizo Yasuzo Masumura) y eso nos permite adentrarnos en lo más oscuro de la oscuridad de un autor, Rampo, que habitaba en las tinieblas de los demás. Es decir, de nosotros.

Todo empieza cuando Ranko Midori, una cantante de revista de gran éxito, acude a una exposición en la que se muestra una escultura suya.  Allí, un extraño personaje se desliza sobre la obra, recorriéndola ávidamente con sus manos. Una serie de extraños acontecimientos se sucederán y, bueno, no se puede contar mucho más si queremos preservar el misterio, más allá de encontrarnos con el personaje protagonista, ese ciego convertido en bestia, que da título a la obra, que contiene en él todas las perversiones sin que podemos decir que es un producto de la sociedad.

Porque lo primeramente inquietante en Rampo es que, al igual que en otras obras suyas (La extraña historia de la Isla Panorama, por ejemplo), su protagonista es un hombre que ha heredado una fortuna suficiente que le permite hacer cualquier cosa sin tener más preocupación que cómo gastar ese dinero. Un dinero que sirve para extrañas obras mastodónticas, que no dejan de ser el reflejo de una idea obsesiva que les persigue desde siempre. Aquí, en La bestia ciega, el cuerpo de la mujer. Si todos sus sentidos se han concentrado en el tacto, toda su inteligencia se ha ido a esa idea de una búsqueda de la perfección (o de lo extraño) que nos da tenerlo todo. Desde ese instante, desde ese primer encuentro, desde esa posibilidad de una obra, de una acción, de un gesto, lo demás será una caída libre, pero buscada. Es más, vivida intensamente.

La escritura de Rampo tiene esa ductilidad que la hace impregnarse de ese mal, de esa enfermedad, para transmitírnosla a nosotros sin filtros. No está exenta de moralidad, pero la moralidad, a esos niveles, no deja de tener algo de irónico. Aquí, frente a lo terrible, despliega un vasto humor negro que empareja a su protagonista con aquel Pulgarcito de otra de sus obras, seres repulsivos que, sin embargo, son capaces de ofrecer un extraño atractivo a sus víctimas, sin el cual nada podrían hacer. El mal, para que pueda concretarse, necesita de esas víctimas, como esas víctimas le necesitan a él. Y eso es lo inquietante de esta obra, en la que la bestia ciega se convierte en una necesidad, la necesidad de una sociedad tan tenebrosa como él mismo, tan ávida de emociones malsanas como las que él busca. Sí, Edogawa Rampo tenía motivo para asustarse. No por lo que había escrito, si no, más bien, por todo aquello que su escritura dejaba adivinar. Una sociedad instalada en la decadencia, esperando sus propias bestias.

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Mort Cinder, de Héctor Germán Oesterheld y Alberto Breccia (Astiberri) | por Juan Jiménez García

Héctor Germán Oesterheld y Alberto Breccia | Mort Cinder

Hay un tiempo para todo. También para Mort Cinder. Obra y personaje. Publicado entre 1962 y 1964 por la revista argentina Misterix, Astiberri lo recupera ahora (y recuperar no es una palabra vana) en una edición de lujo. De lujo porque respeta aquello que había y porque recupera algunas cosas que se quedaron ahí, como el guión de Oesterheld para una aventura del personaje en el Oeste y que se quedó ahí. El caso es que tener ahora esta obra maestra del cómic, ahí, no es cualquier cosa. Es perderse en la profundidad del blanco y del negro. O, como dice acertadamente Juan Díaz Canales en su prólogo, del blanco sobre el negro. Porque el blanco, la luz, el contraste, la otra parte, el vacío, en la obra de Breccia se convierte en el elemento dramático, habitantes de la oscuridad.

Mort Cinder vuelve de entre los muertos. Tantas veces como sea necesario. Oesterheld decide no explicarnos nada. Tal vez algún apunte vampírico, pero ninguna sangre es buscada. Simplemente ha atravesado todos los tiempos, en todos ellos ha muerto y de todos ellos ha vuelto, una y otra vez. Solo en Los ojos de plomo surge la amenaza de que este ciclo se detenga, en una historia que tiene algo de Poe, quizás solo mi impresión. El otro personaje, el primer protagonista, el telonero, el fácil Watson, es Ezra Winston, un viejo anticuario. A él le corresponderá abortar los intentos del malo que pretende conquistar el mundo y devolver a un nuevo tiempo a ese Mort Cinder. Las citas misteriosas, la marca indeleble, el cementerio, las miradas plomizas de seres hipnotizados y suplantados. El misterio está ahí, en todas partes. La aventura. Las tinieblas y la luz, los rostros surcados de mil líneas de vida o de muerte. Los ojos de plomo es la entrega más extensa y también un mundo aparte que se cierra sobre sí mismo con ruido de losas. A partir de ahí quedan los personajes. Y la aventura. Se va el misterio, queda la acción. El pasado presente.

Ahí la serie toma su forma. Una magdalena proustiana en forma de objeto encontrado nos trasladará al pasado de la mano del inmortal. La guerra, las guerras. Las tumbas faraónicas. Una prisión de la que escapar una y otra vez. Un vitral inca. La esclavitud. Las ópticas son diferentes, porque como Breccia con su dbujo, Oesterheld recorre infinidad de caras de ese prisma. El humanismo de La madre de Charlie, esa reflexión sobre las cobardías inevitables de una juventud llevada a una guerra perdida (como perdidas son todas las guerras). El misterio (de nuevo) de El vitral. La emoción, el heroísmo, los espectaculares enfrentamientos de La batalla de las Termópilas (o el compromiso, pese a todo; la naturaleza humana, o inhumana). La prisión a través de dos historias, una de liberación y otra de expiación. Como también podría serlo esa historia La tumba de Isis. Sobre todo ello hay una cierta melancolía de tiempo pasado como tiempo perdido. De irremediable destrucción más allá de las personas. Mort Cinder sobrevive, muerto una y otra vez. Pero solo él permanece. Todo lo demás se desvanece, el olvidado y repetido de nuevo, con formas distintas. A veces algo de luz, como esos blancos sobre todo esos negros.

El trabajo de Alberto Breccia es formidable. En él parecen recogerse las esencias de las que otros se apropiarán después, aun reconociéndole. Nada le es ajeno. La fuerza de las narraciones se multiplica. Cada viñeta es un mundo que vive armónicamente o en conflicto con todo lo que le rodea, como si fuera algo vivo. El negro desgarra las páginas, como desgarra los rostros, siempre atravesados por ese dibujo, nunca ajenos a él. El tiempo se instala en todo los trazos y en todos los recuadros. La expresividad debía ser eso. El uso intensivo de los recursos, ajeno al desfallecimiento. Y sin embargo no acabamos agotados. Como si también en el cómic estuviera esa relación entre la fuerza, la inmortalidad, de Mort Cinder, y la serenidad, la calma, del viejo Ezra Winston.

Tras Mort Cinder, el vacío. El blanco. La nada. Aún con nuestra cabeza llena de todas esas imágenes y esas narraciones. Homenaje inconsciente a ese blanco, una última historia que no se dibujó. Solo está el texto mecanografiado de Héctor G. Oesterheld. Era una historia del Oeste. De pérdidas. De balas. Y tras ella, el intento de recuperar al personaje. Apenas una nota. No salió. Poco importaba ya. Mort Cinder no va a morir nunca.

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Larga distancia, de Martín Caparrós (Malpaso) | por Juan Jiménez García

Martín Caparrós | Larga distancia

El viaje se ha convertido en una imposibilidad más. Para mí. Como si todos aquellos lugares en los que quiero estar solo existieran en mi cabeza, pero ya no físicamente. Como si fuera imposible estar ya en otro sitio. Y sí, la palabra es estar. No pasar fugazmente, sino al menos vivir la ilusión de que uno es uno más, que forma parte de esa ciudad. Como si eso fuera posible. Cuarenta años después, no conozco esta ciudad. ¿Cómo pretender conocer todo lo demás? Sin embargo, el viaje es una necesidad. La necesidad de un desplazamiento, también físico. Ir hasta allá. Durante mucho tiempo pensé (y tal vez aún pienso) que lo más importante del viaje es el viaje en sí mismo. No de dónde salimos, no a dónde vamos. También pensaba (mucho antes de estos tiempos en los que es imposible perderse) en la ausencia de mapas. En una necesaria desorientación. Digo todo esto y Larga distancia, el libro de Martín Caparrós, está ahí, junto a mí. No fue escrito ahora, sino hace veinticinco años. Y esos veinticinco años también fueron vertiginosos para aquello del viajar. Y qué decir para la escritura sobre viajes. ¿Seremos capaces todavía de detenernos lo suficiente? ¿De estar lo suficientemente lejos?

Martín Caparrós escribe sobre Hong Kong. Todo aquello que esperaba ya pasó. Todo aquello que esperaban aquellos con los que se encontró, ya pasó. China lo es todo. Lo que era la idea de otra cosa, ya se ha materializado. Sueños, pesadillas. Es maravilloso encontrarse con unos viajes como los del escritor argentino (llenos de dudas) tantos años después. Maravilloso o terrible. Qué fue de nuestros sueños de antaño. Poca cosa. También queda la certeza de que el tiempo lo convierte todo en polvo, en un polvillo molesto, persistente, pero poco importante. Estamos tan enfrascados en el presente, pensamos que es algo tan único, tan decisivo, que no nos damos cuenta que toda la historia de la humanidad se resume en sobrevivir a nosotros mismos.

Hay muchos supervivientes en Larga distancia. En cualquier continente, en cualquier país. Cultivadores de cocaína que solo pueden pensar que deben comer y todo lo demás está muy lejos. Haitianos viviendo este escombros y, sin embargo, esperanzados (y nosotros sabemos ahora que aquellos dioses que veneraban, uno o muchos, aún les guardaban lo mejor, en forma de devastación… devastación sobre devastación). Malcolm Lowry, superviviente de sí mismo. Lo más terrible. Moscú, año cero. Otro año cero en esa sucesión interminable de años cero que les dejó el siglo XX. El Ché Guevara, que sobrevivió porque murió. Ascendido a los altares de la posteridad (esa palabra que, como la modernidad, ya no quiere decir nada, o poca cosa).

Otra cosa que sobrevive: la escritura. La palabra. Un gusto por contar. No podemos volver a aquellos sitios, pero a través del libro están tan presentes como entonces. Incluso más. Las palabras crean esos otros lugares que solo el escritor-viajero ha visto. El viaje no es una colección de postales siempre iguales. De fotografías siempre iguales a esas postales siempre iguales. El viaje es una reunión de hombre, hombres, lugares, momento, H/historia. Martín Caparrós los junta. No sé si su mirada quiere entender. Pienso (y vuelvo ahí) que solo quiere estar. No ser un testigo, sino un presente.

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Tranvía 83, de Fiston Mwanza Mujila (Pepitas de Calabaza) Traducción de Rubén Martín Giráldez | por Juan Jiménez García

Fiston Mwanza Mujila | Tranvía 83

Hay libros que no pueden ser contados. Error: pueden ser contados pero necesitaríamos escribir otro libro y no diríamos nada más (y seguro que peor) de lo que dice el propio libro en sí mismo. Son libros táctiles. Uno toca las palabras y es tocado por estas mismas palabras. Mientras algunos piensan que es necesario agitar los sillones, ponerte gafas y lanzarte agua por la cabeza para que te sientas dentro de la película, la literatura siempre supo que para conseguir eso bastan unos cuantos cientos de palabras bien dispuestas, como un tren arrojado a toda velocidad sobre unas vías enjabonadas. O un tranvía. En Tranvía 83 no hay un tranvía. Están esas vías, sí, pero como están los escombros de otras muchas más cosas. Tranvía 83 es el nombre de un garito donde va a parar lo más granado de una sociedad que no existe (dado que no es más que la suma de un montón de tipos y tipas, que se unen con la misma facilidad que se separan).

Estamos en el corazón de África (ese continente lleno de corazones moribundos que no se deciden a pararse). Está la Ciudad-País. En ella habita lo más granado de lo peor de lo peor, pero es el único sitio donde se puede ser alguien (es decir nadie) sin que te molesten especialmente. Es el reino del jazz, las prostitutas de todas las edades o los aventureros explotadores de minas (y también de los que son explotados y explotan en esas minas). Más allá está en Transpaís. Es decir, el resto. Ocupado en sus cosas. Por encima de todos, el General disidente, que gobierna con las dosis necesarias de precariedad, variabilidad y corrupción necesarias. Y por debajo de él, campan nuestros personajes, aspirantes a personas. Está Requiem, un fulano cuya única vocación es sacar dinero de todas partes para no tener nunca nada. Y ahí vale todo (como buen exmilitar), desde la prostitución a la extorsión, pasando por cualquier cosa. Tiene sus ideas y tener ideas ya te convierte en un intelectual del crimen.

El verdadero intelectual es Lucien, su amigo enemigo, al que quiere destruir de cualquier manera, porque lo ve como el culpable de todo, incluso de lo que tiene que ocurrir. Lucien escribe. Al principio tiene sus aires, luego le da igual el número de personajes e incluso el país. Todo está bien si acaba bien. Acabar bien es comer. Follar más o menos lo tienen cubierto. Potrillas por todas partes. Y no solo. Para eso está el editor, Ferdinand Malingueau, que también le da a las minas de cosas raras pero muy necesarias para el primer mundo. Con todo esto tenemos un dibujo de ese África sin formas precisas, pero llena de colores y matices, que Fiston Mwanza Mujila traza en Tranvía 83. La vida está en todas partes, más en aquellas tan próximas a la muerte. En esa África que se repite, en ciudades más allá de las cuales no hay mucho o nada y por encima de las cuales está el omnipresente dictador del que nadie espera nada más allá del capricho. Hay mundos que no cambian, que están llamados a repetirse. Y en esos mundos que se repiten, los cuerpos exhaustos entregados a la supervivencia y la búsqueda animal, primitiva, del placer. Del placer de vivir. El placer de sobrevivir. Porque nadie se hace demasiadas preguntas. Porque no hay respuestas. Porque en caso de que las haya, no le sirven a nadie realmente. Todo acabará mal. Pero mientras tanto…

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