La bestia ciega, de Edogawa Rampo (Satori) Traducción de Daniel Aguilar | por Juan Jiménez García

Edogawa Rampo | La bestia ciega

Cuando Edogawa Rampo acabó La bestia ciega, estaba tan asustado con su obra que decidió censurarla. Y esto podría ser una simple anécdota, si no fuera porque Rampo, al fin y al cabo, fue el máximo representante del Ero-guro, un movimiento, un género, que nació con la voluntad de atacar todos los tabús de la sociedad japonesa. Que son muchos. Así se fue por el aire un capítulo dedicado al canibalismo y alguna cosa más, entre todo un catálogo de horrores, pero que no dejan de tener algo de condición humana. Ahora Satori recupera la versión íntegra de una obra mítica (aunque seguramente por la adaptación, parcial, que hizo Yasuzo Masumura) y eso nos permite adentrarnos en lo más oscuro de la oscuridad de un autor, Rampo, que habitaba en las tinieblas de los demás. Es decir, de nosotros.

Todo empieza cuando Ranko Midori, una cantante de revista de gran éxito, acude a una exposición en la que se muestra una escultura suya.  Allí, un extraño personaje se desliza sobre la obra, recorriéndola ávidamente con sus manos. Una serie de extraños acontecimientos se sucederán y, bueno, no se puede contar mucho más si queremos preservar el misterio, más allá de encontrarnos con el personaje protagonista, ese ciego convertido en bestia, que da título a la obra, que contiene en él todas las perversiones sin que podemos decir que es un producto de la sociedad.

Porque lo primeramente inquietante en Rampo es que, al igual que en otras obras suyas (La extraña historia de la Isla Panorama, por ejemplo), su protagonista es un hombre que ha heredado una fortuna suficiente que le permite hacer cualquier cosa sin tener más preocupación que cómo gastar ese dinero. Un dinero que sirve para extrañas obras mastodónticas, que no dejan de ser el reflejo de una idea obsesiva que les persigue desde siempre. Aquí, en La bestia ciega, el cuerpo de la mujer. Si todos sus sentidos se han concentrado en el tacto, toda su inteligencia se ha ido a esa idea de una búsqueda de la perfección (o de lo extraño) que nos da tenerlo todo. Desde ese instante, desde ese primer encuentro, desde esa posibilidad de una obra, de una acción, de un gesto, lo demás será una caída libre, pero buscada. Es más, vivida intensamente.

La escritura de Rampo tiene esa ductilidad que la hace impregnarse de ese mal, de esa enfermedad, para transmitírnosla a nosotros sin filtros. No está exenta de moralidad, pero la moralidad, a esos niveles, no deja de tener algo de irónico. Aquí, frente a lo terrible, despliega un vasto humor negro que empareja a su protagonista con aquel Pulgarcito de otra de sus obras, seres repulsivos que, sin embargo, son capaces de ofrecer un extraño atractivo a sus víctimas, sin el cual nada podrían hacer. El mal, para que pueda concretarse, necesita de esas víctimas, como esas víctimas le necesitan a él. Y eso es lo inquietante de esta obra, en la que la bestia ciega se convierte en una necesidad, la necesidad de una sociedad tan tenebrosa como él mismo, tan ávida de emociones malsanas como las que él busca. Sí, Edogawa Rampo tenía motivo para asustarse. No por lo que había escrito, si no, más bien, por todo aquello que su escritura dejaba adivinar. Una sociedad instalada en la decadencia, esperando sus propias bestias.

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Mort Cinder, de Héctor Germán Oesterheld y Alberto Breccia (Astiberri) | por Juan Jiménez García

Héctor Germán Oesterheld y Alberto Breccia | Mort Cinder

Hay un tiempo para todo. También para Mort Cinder. Obra y personaje. Publicado entre 1962 y 1964 por la revista argentina Misterix, Astiberri lo recupera ahora (y recuperar no es una palabra vana) en una edición de lujo. De lujo porque respeta aquello que había y porque recupera algunas cosas que se quedaron ahí, como el guión de Oesterheld para una aventura del personaje en el Oeste y que se quedó ahí. El caso es que tener ahora esta obra maestra del cómic, ahí, no es cualquier cosa. Es perderse en la profundidad del blanco y del negro. O, como dice acertadamente Juan Díaz Canales en su prólogo, del blanco sobre el negro. Porque el blanco, la luz, el contraste, la otra parte, el vacío, en la obra de Breccia se convierte en el elemento dramático, habitantes de la oscuridad.

Mort Cinder vuelve de entre los muertos. Tantas veces como sea necesario. Oesterheld decide no explicarnos nada. Tal vez algún apunte vampírico, pero ninguna sangre es buscada. Simplemente ha atravesado todos los tiempos, en todos ellos ha muerto y de todos ellos ha vuelto, una y otra vez. Solo en Los ojos de plomo surge la amenaza de que este ciclo se detenga, en una historia que tiene algo de Poe, quizás solo mi impresión. El otro personaje, el primer protagonista, el telonero, el fácil Watson, es Ezra Winston, un viejo anticuario. A él le corresponderá abortar los intentos del malo que pretende conquistar el mundo y devolver a un nuevo tiempo a ese Mort Cinder. Las citas misteriosas, la marca indeleble, el cementerio, las miradas plomizas de seres hipnotizados y suplantados. El misterio está ahí, en todas partes. La aventura. Las tinieblas y la luz, los rostros surcados de mil líneas de vida o de muerte. Los ojos de plomo es la entrega más extensa y también un mundo aparte que se cierra sobre sí mismo con ruido de losas. A partir de ahí quedan los personajes. Y la aventura. Se va el misterio, queda la acción. El pasado presente.

Ahí la serie toma su forma. Una magdalena proustiana en forma de objeto encontrado nos trasladará al pasado de la mano del inmortal. La guerra, las guerras. Las tumbas faraónicas. Una prisión de la que escapar una y otra vez. Un vitral inca. La esclavitud. Las ópticas son diferentes, porque como Breccia con su dbujo, Oesterheld recorre infinidad de caras de ese prisma. El humanismo de La madre de Charlie, esa reflexión sobre las cobardías inevitables de una juventud llevada a una guerra perdida (como perdidas son todas las guerras). El misterio (de nuevo) de El vitral. La emoción, el heroísmo, los espectaculares enfrentamientos de La batalla de las Termópilas (o el compromiso, pese a todo; la naturaleza humana, o inhumana). La prisión a través de dos historias, una de liberación y otra de expiación. Como también podría serlo esa historia La tumba de Isis. Sobre todo ello hay una cierta melancolía de tiempo pasado como tiempo perdido. De irremediable destrucción más allá de las personas. Mort Cinder sobrevive, muerto una y otra vez. Pero solo él permanece. Todo lo demás se desvanece, el olvidado y repetido de nuevo, con formas distintas. A veces algo de luz, como esos blancos sobre todo esos negros.

El trabajo de Alberto Breccia es formidable. En él parecen recogerse las esencias de las que otros se apropiarán después, aun reconociéndole. Nada le es ajeno. La fuerza de las narraciones se multiplica. Cada viñeta es un mundo que vive armónicamente o en conflicto con todo lo que le rodea, como si fuera algo vivo. El negro desgarra las páginas, como desgarra los rostros, siempre atravesados por ese dibujo, nunca ajenos a él. El tiempo se instala en todo los trazos y en todos los recuadros. La expresividad debía ser eso. El uso intensivo de los recursos, ajeno al desfallecimiento. Y sin embargo no acabamos agotados. Como si también en el cómic estuviera esa relación entre la fuerza, la inmortalidad, de Mort Cinder, y la serenidad, la calma, del viejo Ezra Winston.

Tras Mort Cinder, el vacío. El blanco. La nada. Aún con nuestra cabeza llena de todas esas imágenes y esas narraciones. Homenaje inconsciente a ese blanco, una última historia que no se dibujó. Solo está el texto mecanografiado de Héctor G. Oesterheld. Era una historia del Oeste. De pérdidas. De balas. Y tras ella, el intento de recuperar al personaje. Apenas una nota. No salió. Poco importaba ya. Mort Cinder no va a morir nunca.

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Larga distancia, de Martín Caparrós (Malpaso) | por Juan Jiménez García

Martín Caparrós | Larga distancia

El viaje se ha convertido en una imposibilidad más. Para mí. Como si todos aquellos lugares en los que quiero estar solo existieran en mi cabeza, pero ya no físicamente. Como si fuera imposible estar ya en otro sitio. Y sí, la palabra es estar. No pasar fugazmente, sino al menos vivir la ilusión de que uno es uno más, que forma parte de esa ciudad. Como si eso fuera posible. Cuarenta años después, no conozco esta ciudad. ¿Cómo pretender conocer todo lo demás? Sin embargo, el viaje es una necesidad. La necesidad de un desplazamiento, también físico. Ir hasta allá. Durante mucho tiempo pensé (y tal vez aún pienso) que lo más importante del viaje es el viaje en sí mismo. No de dónde salimos, no a dónde vamos. También pensaba (mucho antes de estos tiempos en los que es imposible perderse) en la ausencia de mapas. En una necesaria desorientación. Digo todo esto y Larga distancia, el libro de Martín Caparrós, está ahí, junto a mí. No fue escrito ahora, sino hace veinticinco años. Y esos veinticinco años también fueron vertiginosos para aquello del viajar. Y qué decir para la escritura sobre viajes. ¿Seremos capaces todavía de detenernos lo suficiente? ¿De estar lo suficientemente lejos?

Martín Caparrós escribe sobre Hong Kong. Todo aquello que esperaba ya pasó. Todo aquello que esperaban aquellos con los que se encontró, ya pasó. China lo es todo. Lo que era la idea de otra cosa, ya se ha materializado. Sueños, pesadillas. Es maravilloso encontrarse con unos viajes como los del escritor argentino (llenos de dudas) tantos años después. Maravilloso o terrible. Qué fue de nuestros sueños de antaño. Poca cosa. También queda la certeza de que el tiempo lo convierte todo en polvo, en un polvillo molesto, persistente, pero poco importante. Estamos tan enfrascados en el presente, pensamos que es algo tan único, tan decisivo, que no nos damos cuenta que toda la historia de la humanidad se resume en sobrevivir a nosotros mismos.

Hay muchos supervivientes en Larga distancia. En cualquier continente, en cualquier país. Cultivadores de cocaína que solo pueden pensar que deben comer y todo lo demás está muy lejos. Haitianos viviendo este escombros y, sin embargo, esperanzados (y nosotros sabemos ahora que aquellos dioses que veneraban, uno o muchos, aún les guardaban lo mejor, en forma de devastación… devastación sobre devastación). Malcolm Lowry, superviviente de sí mismo. Lo más terrible. Moscú, año cero. Otro año cero en esa sucesión interminable de años cero que les dejó el siglo XX. El Ché Guevara, que sobrevivió porque murió. Ascendido a los altares de la posteridad (esa palabra que, como la modernidad, ya no quiere decir nada, o poca cosa).

Otra cosa que sobrevive: la escritura. La palabra. Un gusto por contar. No podemos volver a aquellos sitios, pero a través del libro están tan presentes como entonces. Incluso más. Las palabras crean esos otros lugares que solo el escritor-viajero ha visto. El viaje no es una colección de postales siempre iguales. De fotografías siempre iguales a esas postales siempre iguales. El viaje es una reunión de hombre, hombres, lugares, momento, H/historia. Martín Caparrós los junta. No sé si su mirada quiere entender. Pienso (y vuelvo ahí) que solo quiere estar. No ser un testigo, sino un presente.

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Tranvía 83, de Fiston Mwanza Mujila (Pepitas de Calabaza) Traducción de Rubén Martín Giráldez | por Juan Jiménez García

Fiston Mwanza Mujila | Tranvía 83

Hay libros que no pueden ser contados. Error: pueden ser contados pero necesitaríamos escribir otro libro y no diríamos nada más (y seguro que peor) de lo que dice el propio libro en sí mismo. Son libros táctiles. Uno toca las palabras y es tocado por estas mismas palabras. Mientras algunos piensan que es necesario agitar los sillones, ponerte gafas y lanzarte agua por la cabeza para que te sientas dentro de la película, la literatura siempre supo que para conseguir eso bastan unos cuantos cientos de palabras bien dispuestas, como un tren arrojado a toda velocidad sobre unas vías enjabonadas. O un tranvía. En Tranvía 83 no hay un tranvía. Están esas vías, sí, pero como están los escombros de otras muchas más cosas. Tranvía 83 es el nombre de un garito donde va a parar lo más granado de una sociedad que no existe (dado que no es más que la suma de un montón de tipos y tipas, que se unen con la misma facilidad que se separan).

Estamos en el corazón de África (ese continente lleno de corazones moribundos que no se deciden a pararse). Está la Ciudad-País. En ella habita lo más granado de lo peor de lo peor, pero es el único sitio donde se puede ser alguien (es decir nadie) sin que te molesten especialmente. Es el reino del jazz, las prostitutas de todas las edades o los aventureros explotadores de minas (y también de los que son explotados y explotan en esas minas). Más allá está en Transpaís. Es decir, el resto. Ocupado en sus cosas. Por encima de todos, el General disidente, que gobierna con las dosis necesarias de precariedad, variabilidad y corrupción necesarias. Y por debajo de él, campan nuestros personajes, aspirantes a personas. Está Requiem, un fulano cuya única vocación es sacar dinero de todas partes para no tener nunca nada. Y ahí vale todo (como buen exmilitar), desde la prostitución a la extorsión, pasando por cualquier cosa. Tiene sus ideas y tener ideas ya te convierte en un intelectual del crimen.

El verdadero intelectual es Lucien, su amigo enemigo, al que quiere destruir de cualquier manera, porque lo ve como el culpable de todo, incluso de lo que tiene que ocurrir. Lucien escribe. Al principio tiene sus aires, luego le da igual el número de personajes e incluso el país. Todo está bien si acaba bien. Acabar bien es comer. Follar más o menos lo tienen cubierto. Potrillas por todas partes. Y no solo. Para eso está el editor, Ferdinand Malingueau, que también le da a las minas de cosas raras pero muy necesarias para el primer mundo. Con todo esto tenemos un dibujo de ese África sin formas precisas, pero llena de colores y matices, que Fiston Mwanza Mujila traza en Tranvía 83. La vida está en todas partes, más en aquellas tan próximas a la muerte. En esa África que se repite, en ciudades más allá de las cuales no hay mucho o nada y por encima de las cuales está el omnipresente dictador del que nadie espera nada más allá del capricho. Hay mundos que no cambian, que están llamados a repetirse. Y en esos mundos que se repiten, los cuerpos exhaustos entregados a la supervivencia y la búsqueda animal, primitiva, del placer. Del placer de vivir. El placer de sobrevivir. Porque nadie se hace demasiadas preguntas. Porque no hay respuestas. Porque en caso de que las haya, no le sirven a nadie realmente. Todo acabará mal. Pero mientras tanto…

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Escribir. Leer. Vivir, de Toni Montesinos (Ediciones del Subsuelo) | por Juan Jiménez García

Toni Montesinos | Escribir. Leer. Vivir

Después de todo, grandes escritores no debe haber muchos. Por una simple cuestión estadística, tal vez. Igual habría que replantearse los clásicos como se los replanteaba Italo Calvino en su momento. Preguntarse qué es un gran escritor. Si algo inmenso o algo más grande que otros muchos. Si uno capaz de cambiar la literatura o de cambiar el mundo o de cambiarse a sí mismo (esto último pocos lo consiguieron). Leyendo Escribir. Leer.  Vivir, el libro de Toni Montesinos alrededor de algunas de las figuras claves de la literatura europea, podríamos pensar que un gran escritor es alguien que habita en un mundo que avanza hacia la destrucción (o hacia una radical transformación, por jugar un poco con uno de ellos, Kafka) y que atrae a todos los demás escritores de su tiempo y tiempos posteriores como la luz atrae a todos esos insectos voladores. Esto es lo que pienso. En realidad el libro se articula sobre la relación entre la escritura, la lectura y la vida que experimentaron todos ellos, y como eso es una misma cosa, algo abrasador.

Los cinco escritores son Goethe, Tolstói, Mann, Zweig y Kafka. Entre una Alemania suicida, una Centroeuropa en disolución y una Rusia que se despedía de su tiempo para atravesar el desierto rojo. Cada uno no dejó de ser un hombre, incluso un hombre atormentado, y tras ellos, no se podía seguir escribiendo igual, sino que había que estar con ellos, contra ellos, junto a ellos. Cada uno tuvo una fortuna diferente, pero hoy no se puede hablar de literatura sin acercarse a ellos. La prueba es que alrededor de estas figuras, Toni Montesinos se acerca a otras muchas más que compartieron sus días y la literatura como algo inagotable. No fue lo único que compartieron. Las dudas, la muerte. Quitando a Franz Kafka, todos fueron reconocidos en su momento, lo cual no les evitó la huída. La huída de los nazis o de su mujer. Poco importa.

En todo caso, ahora que la idea de  Europa se vuelve más abstracta y solo parece que aspira al mercadeo, ahora que las patrias vuelven a estar de moda, como nuevo caramelo narcotizante (más eficaz que otros, como la xenofobia… aunque se pueden combinar perfectamente), es triste constatar que algunos, como decía Jean Renoir, seguimos estando más cerca de otros escritores que vivieron en otro tiempo, en otro país (incluso ya inexistentes), que del vecino de enfrente. Que compartimos miedos y esperanzas con algunos que vivieron hace cien años, pero no nos importa aquello que puede ser encerrado en la fugacidad de una televisión o de unos cuantos caracteres. Que, de hecho, no hay nada más vigente que aquello que se escribió y nada más fugaz que aquello que se escribe ahora. Que para entender y entendernos, la explicaciones las encontramos en Kafka o en Zweig.

Por eso leer no está de moda. Y escribir aún menos. Y qué decir de vivir. Y todo junto, es una fantasía como otra cualquiera. Un libro, unos textos como los de Toni Montesinos son completamente necesarios porque nos devuelven a aquel lugar que nunca debimos abandonar. Porque son una invitación permanente a dejarse caer en los brazos de la literatura, de una literatura vivida desde la intensidad de su escritura y desde la vida. La de unos hombres entre hombres (aunque algunos podrían ya sentirse dioses). Todo pasará, pero ellos seguirán ahí. Como única explicación posible. Una explicación llena de dudas.

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Sostiene Pereira, de Pierre-Henry Gomont (Astiberri) Traducción de Carlos Gumpert | por Juan Jiménez García

Pierre-Henry Gomont | Sostiene Pereira

¿Quién se acuerda ya de Antonio Tabucchi? Y lo peor, ¿por qué le hemos olvidado? Escritor fugaz, tuvo su momento. Ese instante en el que una obra te pone en tu lugar, para luego pasar a ser ella y solo ella y quién sabe por cuánto. Y así Tabucchi fue Sostiene Pereira. Pero los noventa quedaron atrás, una década de una extraña riqueza que conviene revisitar, lejos de los deslumbramientos del nuevo milenio. Y en ellos se quedó Tabucchi, Pereira y hasta su adaptación cinematográfica, protagonizada por Marcello Mastroianni. Ahora Pierre-Henry Gomont lo recupera en formato novela gráfica, y aquella historia vuelve a tener algo de presente, como lo tenía entonces. Tal vez porque 1938 no está tan lejos. O tal vez porque Pereira sigue siendo aquel personaje necesario. Antonio Tabucchi era italiano, pero amaba profundamente Portugal. Traductor de Fernando Pessoa, no solo se transmite en su obra todo ese amor por un país sino también aquello que ellos conocen como saudade y que nosotros conocemos como melancolía, un sentimiento bien presente en esta obra.

Estamos, como decía, en 1938. La guerra civil española se aproxima a su final. Mussolini afianza su poder en Italia y Hitler ya es algo más que una amenaza. En Portugal está António de Oliveira Salazar, que ya lleva tiempo en el poder pero que ha instaurado lo que llaman el Estado Novo, con amplias influencias del fascismo, si acaso algo más dulce pero no menos peligroso. Partidario de Franco, Portugal no es ajeno a la situación en España. Pereira se ocupa de la sección de cultura del diario Lisboa, un diario nacionalista, como tantos otros. La sección de cultura no es que interese a mucha gente. Ni antes ni ahora. Allí publica traducciones de sus amados franceses, lo cual puede ser inocuo si se trata de Balzac, pero peligroso según la elección. Un día, descubre un texto sobre la muerte, escrito por un tal Francesco Montero Rossi. Es un joven sin ocupación alguna y le propone escribir necrológicas. De los vivos, por lo que pueda pasar. A través de ese joven y de su novia anarquista, Marta, la vida de Pereira empezará a tambalearse, como lo hace su propio corazón. En esos años terribles, en la espera de unos años aún más terribles, ¿puede seguir uno impasible, refugiado en un puñado de libros y una fotografía?

Pierre-Henry Gomont nos devuelve un Portugal otoñal porque otoñal lo es todo. El estado del mundo, en camino hacia un invierno de años, el estado de ánimo de Pereira, hacia el final de una vida en la que le asaltan las preguntas. Para Gomont, la conciencia son un montón de hombrecillos que nos asalta en cualquier momento. Los recuerdos, una fotografía que habla, hasta que ya no tiene nada más que contar. La ciudad, aquellos rincones que nos quedan. El campo, aquellos rincones que esperamos, fugaces. La noche, un instante. Fugaz. Su dibujo respira de ese mismo amor de Antonio Tabucchi por aquella patria perdida, que tiene poco que ver con fronteras y banderas y mucho con emociones, con sentimientos. Pereira poco creía saber de todo eso, pero si conoce el miedo, como cualquier animal, y lo que es vivir asustado, lleno de funestas intuiciones. La libertad está en cada uno, apenas un gesto. Decía Tadeusz Kantor, que él siempre había sido una persona libre, incluso con la ocupación alemana, incluso con el comunismo. Y, a ratos, uno empieza a comprender que significa eso.

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Mil millones de años hasta el fin del mundo, de Arkadi y Borís Strugatski (Sexto Piso) Traducción de Fernando Otero Macías | por Juan Jiménez García

Arkadi y Borís Strugatski | Mil millones de años hasta el fin del mundo

Si algo aprendimos con la ciencia ficción europea o, mejor, con las películas del género de Tarkovski, es que el futuro lejano es igual al presente, con algo que no acaba de encajar. Podemos decir que fueron los beneficios de la pobreza de medios, que son extensibles a buena parte de todas las artes soviéticas, excepto las oficiales, aquellas que ya uno no recuerda o que fueron tiradas a patadas. De Arkadi y Borís Strugatski, Tarkovski adaptó Stalker. Y es que ambos fueron a la ciencia ficción soviética lo que Tarkovski al cine. Que ya es decir. Y podemos pensar que todo eso se refleja en un libro como Mil millones de años hasta el fin del mundo, que no es ciencia ficción (si es que yo sabría definir esto, que pienso que no) sino más bien una dislocación en el presente. Pero como los soviéticos vivían siempre en el futuro, quién sabe.

El caso es que Dmitri Maliánov, sin saber muy bien cómo, un día se encuentra en mitad de una pesadilla. Y ni tan siquiera es algo personal, producto de alguna indigestión de su época, sino que es algo colectivo, compartido con algunos amigos y nuevos conocidos. Malíánov es astrofísico. Pasa sus días dándole vueltas a las cosas y esas cosas, muy de cuando en cuando, le devuelven algo. Se ha quedado solo en casa. Su mujer y su hijo se han marchado a ver a la madre de esta. Él se entretiene pensando en sus cosas y enfrentándose a su gato. Pero entonces, algo viene a su cabeza. Un descubrimiento genial en su campo. Y entonces, llaman a la puerta. Y ahí es donde su mundo, que acaba de encontrar un sentido, se entrega a un total sinsentido.

Lo que empieza como una de esas maravillosas novelas costumbristas (que en la Unión Soviética tenían algo de imposible), con esos personajes inolvidables que hablan de lo humano y lo divino (que en el pensamiento ruso tienen a confundirse), acaba como un tratado sobre otros mundos y algunas ideas en particular. Uno empieza corriendo detrás de un gato y acaba en no se sabe que planeta y eso es así cada día. Al menos para ellos. Aquellas conversaciones en las cocinas que construyeron unos mundos paralelos, enfrentados a aquellos grises y enmarañados de la burocracia y el aparato del Estado. El vodka como remedio contra todas las cosas, más allá del frío. El hambre también suelta la lengua y más cuando te llega un pedido inesperado (por no haber sido pedido).

Alrededor de la miseria, un grupo de intelectuales y científicos enfrentados a las dudas del presente es capaz de construir una novela disparatada sobre un lejano fin del mundo que no debe ser muy distinto a lo que tienen. La clave de todo está en renunciar a los descubrimientos por una vida tranquila, sin sobresaltos. En la Unión Soviética, dicen, no había que trabajar mucho, por lo que tampoco se esperaba demasiado. Ese es el punto. Arkadi y Borís Strugatski construyen una obra oscura, de un profundo humor negro, que se ríe por no llorar, sobre una época incomprensible, en la que la inmovilidad era la única manera de llegar a viejo. Y no siempre funcionaba. Me pregunto qué lejos estaremos de todo eso. El futuro estaba ahí. O aquí. El futuro, como en la moda, es el pasado, y no dejamos de hacer girar esa rueda como ratones de algún desconocido experimento. Y mientras tanto hacemos lo que podemos. Es decir, vivir.

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Nada es más asombroso que la verdad, de Egon Erwin Kisch (Minúscula) Traducción de Francisco Uzcanga Meinecke | por Juan Jiménez García

Egon Erwin Kisch | Nada es más asombroso que la verdad

Iba a escribir que, como cualquier periodista, Egon Erwin Kisch tenía un profundo aprecio por la verdad. Entonces he sonreído. Entonces he pensado de nuevo en el tiempo que pasa, en los tiempos pasados, en las verdades que ya no son ninguna verdad y en las frases hechas que tras las que ya no queda nada. Qué pensaría Kisch de nuestro tiempo… Y de nosotros. Es inútil pensar en ello. A cada cual su época. Él atravesó dos guerras y un puñado de países y, tal vez cansado, no vivió mucho más. En él se reunían una amplia variedad de motivos para morir en aquellos años: austrohúngaro cuando existió ese Imperio, checo cuando ya no existía nada, en  Alemania cuando se perseguía a los judíos, como él, a los comunistas, como él, a los periodistas, como él. Fue amigo de muchos escritores, entre ellos, íntimamente, de Jaroslav Hašek, otro singular viajero entre guerras, países y destinos. Nada es más asombroso que la verdad reúne un buen número de significativos textos de este reportero que pensaba en la objetividad y, misterios, escribía desde la literatura. En todo caso, un escritor apasionado y apasionante.

Contarse se cuenta él mismo. En De reportajes y reporteros nos deja algunos apuntes sobre un oficio que amaba profundamente. El reportero frenético, como se le conocía, escribía desde la primera persona y él mismo acababa convertido en un personaje, como en el relato de Cómo me enteré de que Redl era un espía, en el que vuelve sobre el caso en el que el azar, le abrió el camino para una carrera de éxito. En él ya encontramos esa pasión por los hechos, ese gusto por los detalles, ese mundo visto como un misterio rico en matices y objetos. También el humor praguense, un humor que se aplica a sí mismo, como en la hilarante Mis tatuajes, que seguramente haría las delicias de su amigo Hasek.

La vida no es un largo río tranquilo. Menos en aquellos años. Se presenta voluntario en la Gran Guerra solo para estar más cerca de todo lo que debía ser contando. Contado desde la experiencia y no desde las noticias que llegan manoseadas, convertidas en otra cosa. Allí acabará herido, en el gabinete militar de la prensa austriaca. Allí están Musil o Zweig, entre otros muchos. Qué extraños lugares para encontrarse… Tras la guerra llegan los espejismos del presente. La República de Weimar. Hitler. Acaba en las mazmorras de Spandau. Por intelectual. Entonces ser un intelectual era algo con algún significado. Los primeros en ser buscados, detenidos y quemados. Sus libros también arderán. Él, como ciudadano extranjero, solo es expulsado del país. Los países…

Viajero, traza unos curiosos retratos de los lugares donde estuvo. La avenida Nevski, por ejemplo, que ya no se llamaba ni así. O su encuentro con Charles Chaplin. O su retrato despiadado de Henry Ford y su fábrica, nuevo barco para esclavos anclado en ningún océano. Y como también estuvo en España, eso le sirve para hablar de la Guerra Civil y de la gente que marchaba voluntaria o de un Prado vacío, objetivo de bombardeos. Los peligros del arte en una época en la que no faltaban ocasiones para morir asesinado. Malos tiempos para los verdugos profesionales (El currículum de un verdugo) cuando hay tantos aficionados. Malos tiempos para los asesinos (La madre del asesino) cuando todo el mundo puede ser uno de ellos e, igual de fácilmente, un asesinado.

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Évariste, de François-Henri Désérable (Cabaret Voltaire) Traducción de Adoración Elvira Rodríguez | por Juan Jiménez García

François-Henri Désérable | Évariste

Hemos conocido muchos hombres efímeros. Generalmente escritores, que pasaron rápidamente por la literatura y nos abandonaron, convertidos en un nombre, el recuerdo de otros y un puñado de libros o uno solo. Algunos siguieron vivos, como Arthur Rimbaud. Otros murieron. En la literatura es fácil ser efímero. Es una cuestión de instinto, de azar. Pero, ¿se puede ser un matemático efímero? Es decir, cambiarlo todo a los dieciocho años y morir a los veinte. Que nadie te haga caso, que no entres en ningún sitio, que seas ignorado por todos (excepto por la policía y por otras razones) y que, aún así, seas capaz de dejar un puñado de hojas emborronadas destinadas a aquellos otros matemáticos que, en un futuro, entenderán que querías decir. Y no solo eso, sino que lo que decías cambia el sentido de lo conocido para abrir un camino que, ni aún en día (y hablamos de alguien que vivió hace doscientos años) ha terminado de ser transitado. En fin, todo eso es Évariste Galois.

Para muchos será solo un nombre. Los números y las palabras siguieron extraños caminos (pero no… las matemáticas fueron la obsesión de muchos escritores que amo, como Raymond Queneau, y están en el origen del OuLiPo). En todo caso, para muchos este Évariste será la biografía de un total desconocido. ¿La biografía? Bueno, ahora llega la clave de la cuestión. Por de Évariste Galois se sabe apenas nada. Ya no es que nació allá por 1811, sino que en vida no fue nadie ni nadie reparó en él. Nos han llegado dos retratos, cuatro papeles, algún testimonio de pasada y poco más. El vacío. El vacío por todos lados. Entonces ¿cómo escribir?

La revolución francesa ya ha pasado. Pero no fue la última revolución francesa. A ella le siguieron otras, bajo la sombra de aquella guillotina del pasado. De nuevo, la monarquía. Carlos X. No habían aprendido mucho, y el absolutismo volvía a tomar carta de presencia. En 1830, julio, y durante tres días, el pueblo se vuelve a lanzar a las calles. El rey vuelve a caer pero nadie se atreve a instaurar una Segunda República. De momento. Nuevo rey, otros tiempos. Évariste Galois es republicano y eso le lleva a meterse en follones y a acabar en prisión, aunque sea fugazmente (aunque unos meses en las prisiones de entonces no eran cualquier cosa). Estos tiempos atraviesan toda su historia. François-Henri Désérable vuelve sobre unos temas que le interesa particularmente (no olvidemos, también editado por Cabaret Voltaire, Muestra mi cabeza al pueblo).

¿Y nuestro matemático? Désérable se entrega a una apasionada, vertiginosa, recreación (¿o debería decir “creación”?) de su vida. Hay que completar tremendas elipsis, imaginar personas, encuentros, palabras. Pero no solo eso. Hay que reconstruir decepciones, ambiciones, amigos y enemigos, entregarle a la mediocridad del mundo, hasta que, finalmente, quede ahí, tendido sobre un campo no sabemos de qué, abatido en un duelo, a saber por quién ni por qué motivos. Sin pasión (toda esta quedó en una habitación, la noche anterior, enfrentado a esas matemáticas). Héroe de otro tiempo por venir.

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El zar del amor y el tecno, de Anthony Marra (Armaenia) Traducción de Jacinto Pariente | por Juan Jiménez García

Anthony Marra | El zar del amor y el tecno

Un día se levantaron y la Unión Soviética ya no estaba allí. Estaba otra cosa y ni tan siquiera era la última cosa. Y cuando ya no estaba ni esa penúltima cosa se dieron cuenta que habían pasado unas cuantas décadas y un montón de calamidades para encontrarse con que de nuevo eran rusos. Escombros y almas a la deriva. Porque después de todo eso fue siempre el común denominador: los escombros y el alma. No los escombros de edificios en ruinas o de estatuas caídas, como caídos estaban aquellos a quienes representaban. No. Escombros de seres humanos. El hombre de a pie, siempre zancadilleado. Hasta ahora habíamos recorrido todos aquellos años de la mano de aquellos que los habitaron. Las víctimas. Porque víctimas eran todos, más tarde o más pronto. Bueno, tal vez no. Pero eso es otra historia. Lo curioso de El zar del amor y el tecno es ver a un joven escritor estadounidense, Anthony Marra, escribiendo una novela sobre aquella época. Y también como esta se instala entre todas esas grandes y terribles obras, con la ironía de Liudmila Petrushévskaia, los perdedores (las perdedoras) de Svetlana Aleksiévich o las cosas inútiles de Yuri Dombrovski. Y más, otros más.

El zar del amor y del tecno es un libro de relatos. Dice su autor. Aunque es un solo libro que salta de época en época, de año en año, de personaje en personaje y de lugar en lugar para ofrecer una sola historia que es imposible de resumir. Todo empieza en una ciudad llamada Leningrado, en 1937, para acabar (en realidad no) en otra llamada San Petersburgo. Una misma ciudad. Allí, en Leningrado, un censor quita de la Historia a los caídos en desgracia, que son tantos en tiempo de Stalin. En Siberia, por aquel tiempo, una bailarina danza en un campo de concentración. En Chechenia, se trata de preservar lo poco que queda del arte, como si allá importara el arte para algo. No entonces, en todo caso. De ellos van surgiendo ríos y riachuelos, vidas y muertes y el retrato de un época nada gloriosa que sería reemplazada por otra menos gloriosa y otra menos gloriosa y en eso están. Sí, quedan los espejismos, que son tantos en los oasis.

Para Anthony Marra, todo es una cuestión de destino. O destinos cruzados. El destino, esa otra forma de azar. Más solemne. Solemnidad tenían a toneladas en la Unión Soviética. Tanta que aún la están gastando. En El zar del amor y el tecno parece que todos están condenados a acabar mal (y quién no, en aquellos tiempos). Sí, tienen su tiempo, sus pequeñas oportunidades de ser alguien y sobrevivir a ese ser alguien (cuando lo que se lleva es que nadie repare en ti, mucho menos que nadie, el vecino de al lado). Pero está la fatalidad, algo tan ruso como el alma. Desde aquel abrigo nuevo robado, desde aquella nariz perdida. Tal vez antes. Así, pues, sucesión de destinos y fatalidades con finales nada felices, aunque a veces, se logre encontrar algo así como un instante de felicidad. O de justicia. Qué final más maravilloso tiene este libro (ya no hablo de aventuras espaciales, sino de encuentros). Vivir para llegar a ese instante. Bueno, sobrevivir para encontrar que un puñado de cuerpos lanzados a la nada acabarán por encontrarse. Quizás. Un día. Ellos solos. Porque la Historia, al final, es algo íntimo. Y esa es nuestra victoria.

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El desertor, de Siegfried Lenz (Impedimenta) Traducción de Consuelo Rubio Alcover | por Juan Jiménez García

Siegfried Lenz | El desertor

Cuando acabó la guerra, no había pasado nada. Sí, muchas cosas. Muertos, campos, vergüenza. Pero es fácil olvidar. Solo hay que quitarse la culpa como un insecto molesto. Y eso si nos consideramos culpables de algo. El deber. Lección de alemán era una obra sobre el deber. También El desertor, en cierto modo. Aunque sea el deber de sobrevivir. El hombre como un animal más. Por el título, es fácil entender por qué, a principios de los años cincuenta, no se pudo publicar este libro de Lenz. Solo ahora aparece, tantas décadas después. Y ya no es el segundo libro de un escritor que empieza, sino el último de un escritor esencial de la literatura alemana de posguerra. El desertor, como el colaboracionista, es una de esas figuras malditas de la historia, para las que nunca hay lugar en ningún sitio, real o imaginado. Son la traición, pero también la miseria. Es el instinto frente al orden de las cosas. Es, en todo caso, aquello que hay que ocultar bajo la alfombra. Antes, durante, después.

Walter Proska escribe una carta. Es una carta para su hermana. Los últimos meses de la guerra desfilan ante él, ante nosotros. Son un zumbido molesto. Ese instante en el que todo está perdido pero todo debe seguir igual. El viento de la Historia cambia, pero la muerte sigue por todas partes. Proska está en Polonia. Los alemanes se retiran. Él es alemán. Los rusos avanzan. Los partisanos polacos están ahí, en las copas de los árboles. Los trenes saltan por los aires. Las personas también. Proska acaba en un fuerte, con unos pocos hombres y una gallina que espera ser amaestrada. Allí, esperan a sus propios tártaros, que nunca acaban de llegar. Como si se necesitara a alguien para acabar destruido. Hay un momento, ese momento de disolución, ese instante en el que todo está destinado a acabar pero no acaba, en el que lo colectivo se convierte en una mera cuestión individual.

Pensando en un primer momento como una novela sobre los partisanos, el libro acabó siendo una novela sobre un desertor. A una primera parte en los bosques (también los bosques personales de cada uno, habitado por todo tipo de fantasmas), suerte de obra de supervivencia, le sucede el desencanto. El protagonista tal vez no estuvo nunca contra nada (lo cual le permite estar en cualquier sitio y bajo cualquier bandera), pero necesita creer en alguien, en algunos. No muchos, unos pocos. No abstractos, sino concretos. Es la única oportunidad que tiene para abandonar ese desencanto que le atenaza. Para pensar en otra cosa, en otros lugares.

En un momento, uno de los protagonistas habla de cuál es el problema alemán. El sentido del deber. La invocación de la patria. El problema alemán… Es un decir. No hemos aprendido nada. Ellos, nosotros. Nada. Además, nos hemos quedado solos. Heinrich Böll murió hace mucho. Günter Grass hace poco. Siegfried Lenz apenas unos meses antes. Eran esas voces molestas. Al principio. Luego esos abuelitos recordando batallas lejanas. Los aguafiestas de la recuperación alemana. Y sin embargo, lo más grande de la literatura alemana está ahí. Y también lo que permanece. Y lo que es capaz, como El desertor, de esperar décadas en un cajón y luego aparecer ahí, igual de vigente, igual de rotundo, igual de revelador.

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El olor humano, de Ernő Szép (Gallo Nero) Traducción de Eszter Orbán | por Juan Jiménez García

Ernő Szép | El olor humano

La cuestión judía no fue solo un asunto alemán en un escenario de exterminio y campos de concentración. Tal vez, eso sea solo lo sencillo. Lo complicado es entrar en la complicidad de muchos países y gobiernos, acercarse al colaboracionismo y a otros modos de aniquilación, en los que ni tan siquiera acaba uno muerto. Otros gobiernos fascistas tanto o más entusiastas que los nacionalsocialistas alemanas y que ahora, en estos tiempos, vuelven a estar presentes. Tal vez porque nunca se afrontó con la suficiente valentía el papel que jugaron y, desde luego, no fue algo a recordar, sino una piedra más en la vergüenza colectiva de una Europa en ruinas (no solo físicamente). El olor humano, editado por Gallo Nero, es el retrato en primera persona de ese drama colectivo lleno de intimidades (otro grave asunto: entre millones de víctimas, ¿dónde queda una sola persona?). Ernő Szép trazó en él su propia deriva. La de un hombre viejo que atrapado en un mundo antiguo en plena aniquilación. No es una cuestión judía o no solo. Es el fracaso del ser humano como ser humano frente a otros seres humanos.

Se acerca el otoño de mil novecientos cuarenta y cuatro. Las cosas no van bien para Hitler (que además acaba de sufrir un atentado), y la única duda es cuándo acabará todo. Estamos en Hungría, una Hungría invadida por los nazis sin demasiado esfuerzo. Miklós Horthy es el regente y se resiste a las deportaciones de judíos. Mientras puede. Con los soviéticos a las puertas, intenta un cambio de bando que lo único que consigue es su propia caída. Le sucede Ferenc Szálasi, versión local, con sus Cruces flechadas, de los fascismos de su tiempo, que estaban por todos lados, esperando poder ondear sus trapos al aire. Nadie le da más de una semana, pero durará unos meses. Tiempo suficiente para hacer méritos deportando judíos o, como en el caso de Szép, enviándolos a trabajos forzados. Tiempo suficiente para acabar con los otros. Física o anímicamente.

El relato de Ernő Szép es terrible porque no es demoledor. No hay cámaras de gas, montones de cadáveres, trenes que parten hacia la muerte. Sí, todo eso está ahí, en el aire, como una amenaza más. Es terrible porque nos revela que la muerte no es lo único que te podía pasar y que había muchas otras maneras de hacerte desaparecer. Como persona. Como ser. Y también porque frente a esto nos muestra como intentamos conservar algo que hemos decidido llamar dignidad, convertido en el grado cero de la existencia. Algo que no se puede destruir ni aún atentando directamente contra ella. Una dignidad que está en los gestos, en las actitudes, en la manera de afrontar ese descenso no al infierno, sino a todos los infiernos. El cansancio, el sueño eterno en el que todo parece increíble, improbable aunque lo sepamos cierto. La vuelta a la fragilidad del niño y la aproximación al salvaje. Todo esto dice el escritor. Ese escritor que ya no puede escribir y eso es tal vez lo más terrible de todo, porque lo despoja no de su trabajo sino de sí mismo.

Y entre todo, Ernő Szép construye la poesía. Entre las cenizas de tantos incendios, entre los paisajes devastados, entre tantas vidas pisoteadas, la belleza surge aquí y allí, como algo inevitable, algo con lo que nada acabará mientras haya una voluntad de resistir. Y esa es su victoria. Sobrevivir, escribir. Permanecer.

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