Literaturas

Marcelo Luján. Los malogrados, por Óscar Brox

Subsuelo, de Marcelo Luján (Salto de página) | por Óscar Brox

Marcelo Luján | Subsuelo

Ruido de fondo. Murmullo. Una colonia de hormigas invade lentamente la parcela de una familia. Se cuela entre su hierba, trepa por sus árboles y descansa en el bordillo de la piscina. En verano los insectos funcionan como los antiguos presagios, arrojan luz sobre esa zona que preserva lo más íntimo; el lugar en el que decidimos esconder nuestros secretos. Lo acechan, lo atacan y lo desnudan, en busca de esa herida que la distancia con respecto al pasado no ha conseguido mantener oculta. O sí, al precio de recuperar obsesivamente un nombre, una persona y un instante; un momento traumático que la tenacidad del olvido no ha sabido borrar de la memoria, cuyo efecto es más devastador a medida que percibimos que nunca podremos desembarazarnos de él. Abandonarlo. Porque, después de todos esos años, se ha mezclado con nuestra sangre y una pizca de ese dolor silencioso contagia, envenena, cada nueva vivencia que añadimos.

Subsuelo empieza con tres adolescentes que intentan engañar al calor de la noche en la piscina de la finca mientras sus padres comparten confidencias en la otra punta del jardín. Aislados, todavía inocentes, los jóvenes apuran los últimos coletazos de su adolescencia en juegos de amor, competición y celos. En el roce de sus piernas, piel con piel, que despierta un deseo, que precipita un ansia de intimidad. De estar solos para intentar ese primer beso, ese sexo rápido y torpe, esa sensación de vitalidad que marca la distancia con respecto al grupo de adultos. Marcelo Luján describe la escena con pocas imágenes y frases breves, cortantes y directas. Consciente del aciago destino de sus criaturas, de su incapacidad para protegerles de una madurez que se impondrá a través del daño (el propio y el ajeno) y del aprendizaje de la crueldad. Cuando unos y otros, adultos y adolescentes, compartan su futuro malogrado.

Eva y Fabián, los mellizos, sobreviven al accidente de coche que acaba con la vida de Javier. En adelante, todo se desarrollará como si necesitasen respiración artificial; sin ánimo, sin juventud. A merced de una crueldad que cegará sus limitadas opciones. Con un Fabián impedido que busca en el sufrimiento de su hermana, en la tortura a la que la somete, el último elemento para permanecer atados. Unidos. Contagiados por una misma sangre envenenada. Por mucho que Eva trate de zafarse, de huir de su dominación en busca de ese otro hombre que le devuelva todo lo que murió aquella noche de verano. La inocencia perdida, el encanto de aquel primer roce que podía transformar el mundo adolescente, el deseo de descubrir las emociones desconocidas que su cuerpo escondía. La escritura de Luján ata a sus personajes hasta ahogarlos, volviendo una y otra vez sobre ese instante fatal, esa realidad trastornada y esa tortura que no cesa. Que no se acaba, que se enrolla sobre un párrafo y se desenrolla sobre el siguiente solo para regresar con más ímpetu, con mayor virulencia. Testigo del daño profundo que se abate sobre los hermanos. Presagio de la herida que ambos portan sin saberlo.

Mabel es el tercer eje del relato, la madre de los mellizos. Exiliada, no ha podido dejar atrás lo que precipitó su marcha del hogar. Aquel terror, aquella muerte, el abandono forzoso, el breve adiós. Pese a cambiar de vida, la violencia de su pasado ha avanzado lentamente en su interior, demoliendo cada fragmento de su presente mientras le obliga a recordar obsesivamente todo aquello que tanto ha buscado negar. Esa memoria que Luján identifica con la colonia de hormigas, con el mal que envenena la sangre y que, en adelante, contagia con cada nueva transfusión a lo que se encuentra a nuestro alrededor. El hogar, los hijos, la intimidad, el matrimonio. Todo. De una manera tan poderosa que no hay forma de aislar la enfermedad, de impedir que extienda su rango de incidencia. Que devore cada parte de su vida hasta que no quede nada. Que devore a los hijos con la crueldad más inhumana, que torture a su hija hasta forzarla al suicidio, que machaque su sola existencia devolviéndole las fotografías que ocultó en su mente. Al hombre, al marido, que no pudo ser; al hijo que no pudo ser; al hogar que no pudo existir. Y a aquellos que se sacrificaron para que Mabel tuviese otro hombre, otro hijo, otro hogar. Sin saber que era imposible, que ella era también una muerta en vida y que arrastraría su condena hasta infectar aquello que más pudiese querer.

En Subsuelo, Marcelo Luján lleva a cabo una disección de aquellos silencios, de estos dolores y de esta soledad, de los que pensamos que el paraguas de la familia sabrá protegernos. Y es mentira. El mecanismo de la novela opera como una bomba con efecto retardado, parándose sobre la crueldad de sus personajes y la soledad que los invade, incapaz de proporcionarles ayuda, pues Luján es, ante todo, cronista de su caída al precipicio. De esa muerte que se extiende por todos los estratos, desde la inocencia hasta la maternidad, en una narración devastadora sobre aquellas heridas que nunca sanan. Que no somos capaces de curar. En la que las palabras avanzan como ese ejército silencioso de hormigas por el jardín. Como un ruido de fondo, un murmullo que aniquila las descripciones, los diálogos, los sentimientos y a los mismos personajes. Un murmullo que borra cualquier otro sonido para repetir obsesivamente ese dolor que su protagonista ha tratado de mantener en lugar seguro. Que se abalanza sobre cada cosa para destruirla. Que nos deja sin habla mientras leemos las últimas líneas de la novela. Sin paz, sin lugar seguro. Ahogados en la mala sangre con la que el pasado ha contagiado al presente. Como si, en definitiva, sus personajes llevasen demasiado tiempo muertos, pero todavía no se hubiesen dado cuenta. Los malogrados.

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Kyusaku Yumeno. Tiempos difíciles, por Juan Jiménez García

El infierno de las chicas, de Kyusaku Yumeno (Satori) | por Juan Jiménez García

Kyusaku Yumeno | El infierno de las chicas

Ser una mujer en los años treinta en Japón no era precisamente lo mejor que te podía ocurrir. Bueno, siempre que tuvieras alguna ambición, más allá de casarse probablemente en un matrimonio convenido entre familias. Nunca fue fácil antes, no lo iba a ser en esos tiempos y aún costaría no poco, como nos enseñaron las películas de Yasujiro Ozu o Mikio Naruse, salir de ese círculo cerrado. Pero incluso antes de llegar a ese instante decisivo (el matrimonio) las chicas debían pasar por su propia juventud, quizás un momento en el que aún se podía tener alguna esperanza. Y eso sería El infierno de las chicas de Kyusaku Yumeno, una especie de última reivindicación de una libertad que se perderá. Pero ¿qué es la libertad?

Los tres relatos que conforman el libro de Kyusaku Yumeno están escritos en un estilo epistolar, con un especial aire de despedida. Después de todo, estamos hablando de tres mujeres suicidas o suicidadas (tal vez no todas), que se despiden de la vida no sin antes ajustar cuentas con aquellos que las llevaron hasta esa puerta pintada en la pared. Asesinatos por relevos y La mujer de Marte serán testamentos vitales, mientras que No tiene importancia será un ajuste de cuentas del hombre con la mujer, aunque más allá de todo esto, los tres sean un perfecto retrato de una sociedad y sus vicios. De un cierto aire malsano que estaba por todos lados, viviendo entre apariencias.

La protagonista de No tiene importancia solo quiere ser enfermera. Eso no es complicado (de hecho es una de las pocas profesiones a las que podían aspirar las jóvenes en ese tiempo) o no especialmente, pero tiene una manía: mentir. Miente como vive y vive esas mentiras que inventa. Una llevará a otra, esa otra a otra más y en todas se verán enredados los médicos para los que trabaja. El relato será el lamento de su último empleador, una historia llena de misterios, de sospechas, con improvisada detective. Cierto que Yuriko no es una figura muy heroica, pero no es menos cierto que pago esto siendo la única víctima real, palpable, de sus propias mentiras.

Otras de las profesiones a las que podía aspirar una chica era cobradora en un autobús. Y eso precisamente es la protagonista del segundo relato, Asesinatos por relevos. Sí, era de lo poco a lo que se podía aspirar, pero la protagonista del relato no deja de escribirle cartas a su amiga para quitarle esa idea de la cabeza. Mejor seguir en el pueblo, trabajando los campos. Además, está ese asesino en cadena, un conductor al que nadie logra atrapar pero que no deja de encontrar víctimas incluso sabedoras de su afición a liquidar a sus mujeres, todas compañeras de trabajo. Tomiko no será una excepción. Incapaz de resistirse a su destino se entregará a él. Pero tiene algo que decir antes…

Utae es trágica estudiante de La mujer de Marte (nombre con el que se la conoce). No muy atractiva, larguirucha, condenada a practicar deporte cuando ella realmente querría hacer otra cosa, se ve abocada a una vida solitaria. Una vida que solo encuentra un cierto sentido en un viejo edificio abandonado de la escuela. Pero ese edificio también será el punto de encuentro del muy considerado director de la escuela y sus compañeros de chanchullos. Retrato de una sociedad podrida que esconde bajo capas de honorabilidad no poca miseria humana, el infierno de Utae y su posterior venganza (con la relativa victoria que da su propia muerte), son un intenso retrato de tono malsano.

Nuevos cuentos crueles de juventud de una sociedad japonesa enfrentada a sus propios fantasmas, El infierno de las chicas es un intenso catálogo de horrores cotidianos. Sí, bien, se puede vencer, pero poco importan esas victoria pírricas. O no. La vida, como siempre, está en otra parte.

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Byung-Chul Han. El homo digitalis, por Óscar Brox

Psicopolítica, de Byung-Chul Han (Herder) Traducción de Alfredo Bergés | por Óscar Brox

Byung-Chul Han | Psicopolítica

El vertiginoso crecimiento del medio digital, tan potente que impide valorar completamente sus consecuencias, ha devenido una de las técnicas de poder más eficaces del capitalismo neoliberal. Parte de la obra que nos ha llegado de Byung-Chul Han, filósofo coreano formado en Alemania, está consagrada a desentrañar, con prosa firme y sin vacilación, esas técnicas de poder. Para el lector de En el enjambre, quizá el ensayo más accesible de Han, cercano a la crítica cultural, el concepto de psicopolítica no resulta desconocido. No en vano, en su radiografía del homo digitalis Han apelaba a esa transición por la que la figura del panóptico controlador cedía su lugar a la cooperación y vigilancia del propio sujeto sin necesidad de coacción. Lo que, en definitiva, conducía a una crisis de libertad. En Psicopolítica, Han indaga en profundidad en ese sistema que utiliza el poder seductor y transforma la expresión libre y la hipercomunicación en un control y vigilancia totales.

Frente al cruce de relaciones que preconizaba el giro digital promovido por, entre otros, Vilém Flusser, Han divisa un exceso de cansancio y velocidad que atrofia el juicio y la decisión; si no nos percatamos, en parte, se debe a las técnicas de seducción que con tanta eficacia ha desarrollado el neoliberalismo. La invención del Big Data, señala Han, es el instrumento más eficiente para adquirir un conocimiento integral de las dinámicas inherentes a la sociedad de la comunicación; intervenir en la psique y condicionarla, hacer pronósticos sobre el comportamiento humano. Frente a la actividad, el medio digital se caracteriza por la pasividad. La reivindicación de la transparencia no es el reflejo de una configuración activa de la comunidad, sino la misma queja que un consumidor puede mostrar ante un servicio que le desagrada. La falta de secretos, de otredad, la apertura ilimitada que el medio digital exige para que fluya la comunicación, son los rasgos que allanan e igualan, que borran la negatividad y desinteriorizan a las personas. Así, bastan unas pocas pinceladas para observar de qué manera el capitalismo neoliberal convierte a la persona en cosa cuantificable, mensurable y controlable. Por tanto, sin libertad.

A medida que trabaja cada uno de sus capítulos, Han se dedica a elaborar las ideas que ha lanzado en su introducción. Por un lado, desmenuzando las entretelas del poder inteligente, que se ajusta a la psique sin necesidad de disciplinarla; ese poder no tematizado ante el que no existe la necesidad de una fuerza que se le oponga. Por el otro, continuando las ideas que Michel Foucault no pudo desarrollar, en las que la biopolítica cede su lugar a la psicopolítica y la disciplina se aparca en favor de la explotación de la libertad. De la seducción, del desnudamiento ininterrumpido y de los fetiches digitales que refuerzan la vigilancia del propio sujeto a través de likes, contenidos compartidos, visibilidad total y provisión de datos privados para el Gran Hermano. Hasta aquí, nada nuevo para el lector de Han. Por eso resulta interesante leer la letra pequeña del ensayo, el trabajo que el pensador coreano pone sobre conceptos como la emoción. Frente al sentimiento, que no se deja explotar por el capitalismo (al ser constatativo y no performativo), este último refuerza las emociones; menos duraderas y efímeras, son recursos para incrementar el rendimiento y la productividad, para estimular y generar necesidades. De esa manera, nos convertimos en máquinas emocionales en un campo de consumo infinito. Pareja a esa emocionalización corre la ludificación del trabajo, el juego como gratificación y compensación que aumenta la productividad. El juego, según Han, favorece el sometimiento más rápido al entramado de dominación (véanse los likes, los amigos y los seguidores, la puntuación de Klout forjada en los entornos digitales). El capital acapara el ocio que posibilitaría una actividad sin finalidad (por tanto, libre) y transforma al hombre en capital.

Han polemiza con Eva Illouz, con la que ya discrepaba en La agonía del Eros, corrige a Negri (frente a la multitude que predica el comunismo romántico, la solitude que dibuja el leviatán digital) y amplía al Foucault que vertió en el cuidado de sí la última fase de su obra intelectual. Todo de manera que la Psicopolítica presente un sistema cerrado con el que, como señalaba Fredric Jameson a propósito del capitalismo, cuesta esbozar un impulso utópico. Ante esa perspectiva, Han propone el idiotismo (el acceso a lo totalmente otro) como un campo inmanente de acontecimientos y singularidades que escapa a toda subjetivización y psicologización; es decir, la clase de impulso que hace posible otro nuevo comienzo para el pensamiento. Como una resistencia a la comunicación ilimitada, como un bloqueo a la circulación de información y de capital. Como una praxis de la libertad que se opone al poder de dominación neoliberal, a la comunicación y vigilancia totales.

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Literaturas

Mercedes Monmany. Libro de libros, por Juan Jiménez García

Por las fronteras de Europa. Un viaje por la narrativa de los siglos XX y XXI, de Mercedes Monmany (Galaxia Gutenberg) | por Juan Jiménez García

Mercedes Monmany | Por las fronteras de Europa

Escribir sobre cien años de escritura europea (e incluso algo más allá), como si fuera poca cosa, algo ligero. No es posible. Nuestro siglo XX no es que fuera pródigo en sucesos, si no que a todos nos afectó de algún modo. Aunque llegáramos tarde a él, no pudimos escapar de su historia. Fuimos contemporáneos a todo aun si haber estado allí. Las guerras mundiales, el periodo de entreguerras, la guerra fría (cuántas veces se repite la palabra guerra, como hecho, como referencia). Y fuimos contemporáneos y nada nos fue ajeno, porque estaba la escritura. Todos nuestros extravíos, todas nuestras dudas, todos aquellos caminos que no llevaban a ninguna parte o todos aquellos descubrimientos estaban en aquellas palabras de tantos otros. Aquel fue un siglo pródigo en escrituras y nuestra vida pródiga en lecturas. Demasiadas preguntas en busca de respuesta.

A través de las fronteras de Europa Mercedes Monmany escribe un libro que es imposible de leer como leeríamos cualquier otro. Y es ilegible porque, como diría Jaroslav Seifert, contiene toda la belleza del mundo. Y tanta belleza no puede ser digerida fácilmente sin caer agotados. Su libro debe ser abierto al azar y rebuscar en ese baúl lleno de cosas. Sacar esos objetos-escritores y dejarse llevar por sus vidas y obras, que se entrecruzan en los textos de la escritura como una sola cosa. Es un libro que es toda una vida. Una vida de lecturas y de sensaciones encontradas.

Nuestro siglo veinte fue un siglo de escrituras fronterizas porque las fronteras se movían sin descanso. O no y solo cambian los regímenes (pero entonces también otras fronteras, más interiores, cambiaban). Uno nacía en un país, pasaba por otro y acaba en el de más allá. Fuimos de un lado a otro y a eso se le llamaba destino. No, no ha sido fácil. Incluso esa poca certeza que podíamos tener, la del hombre como continente en sí mismo, se nos cayó de las manos cuando dejó de pertenecerse hasta en lo más mínimo, en los campos de concentración o bajo el estalinismo y los excesos del comunismo.

Mercedes Monmany divide Europa en algunos trozos, y cada uno de ellos contiene alguna verdad y no pocas derrotas. Los países nórdicos, con esos escritores de resonancias antiguas y que siempre nos quedaron lejanos. Bien, no siempre a veces. Alguna vez llegaba algo. Ahora, algo más. Y todo nos permite mejor entender aquellas excepciones que no eran tales. Ingmar Bergman, por ejemplo. Rusia, que aún era más lejana, sin embargo, por esos espejos deformantes de nuestra historia literaria estaba aquí al lado. Librando sus propias batallas, combatiendo sus propios demonios. Irlanda fue ese pequeño reducto insolente, aunque nunca supiera retener muy bien a sus genios (o demonios). Otra cosa diferente a esa literatura británica de la que nos llegaban y llegan cosas como botellas lanzadas desde un barco anclado. Alemania, sin embargo, siempre estuvo anclada a nosotros, siempre estuvo sobre nuestras cabezas, dentro, alrededor. Más allá de las épocas y de sus traumas, como si las pesadillas de aquellos las viviéramos nosotros poco después. Pero de pesadillas germánicas y dolores de cabeza soviéticos entendió esa región a la que la escritora dedica una extensa parte: Centroeuropa, los Balcanes. Espacios llenos de escritores que huían de todo, empezando por sí mismos. De escritores sin patria o sin patria demasiado clara o con esa sensación permanente de no poder estar ahí. Es imposible entender que fue de aquel siglo sin los libros de aquel lado, desde el momento que fueron primero el corazón enfermo y luego la herida sangrante.

Francia e Italia también ocuparán un lugar especial en este libro sobre los espacios de la escritura, sobre sus líneas, siempre en movimiento. Los escritores franceses y también aquellos que llegaron huyendo de infinitos rincones del mundo. O aquellos que habitaban sus colonias. El mundo es tan grande… y nosotros tan pequeños. Italia estuvo siempre ahí. Francia ponía esa moda de escritores e Italia creaba esa literatura tras la cual nada podía ser igual. Tal vez más discretamente, pero con la constancia que da estar contra algo o buscando siempre otra cosa. Recorrer los nombres, leer sobre ellos, solo puede producirnos esa conmoción de cuánto les debemos y de cuánto nos queda aún por leer. Varias vidas. Más.

La literatura en lengua portuguesa, aquella turca o israelí, tendrán sus espacio porque Europa siempre fue permeable y voraz, abierta a todos esos mundos, esas palabras, que nunca nos fueron lejanas. El sueño de Europa está poblado de gente que pensó que otras vidas eran posibles. De todos hemos recibido y a todos hemos entregado algo. ¡Qué enorme diferencia entre esa Europa de gobiernos e imposiciones y esta libre de la escritura! Tal vez porque una se hace contra nosotros, contra nuestras esperanzas, mientras que la otra es siempre una cuestión personal. Sí, hemos leído tanto y nos queda tanto por leer. Y sí, no quedan países y nos horrorizan esas fronteras que nunca fueron nada.

Por las fronteras de Europa es un libro que no puede ser leído de una vez, cierto, pero es un libro que debe ser leído sin cesar. Es un libro que tiene que estar ahí, junto a nosotros, entre otros muchos libros. Como un corazón que late, como testigo y testimonio de todos aquellos que necesitaron las escritura como la necesitamos nosotros. Para ser, para huir, para construir. Todo.

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Literaturas

Yuri Dombrovski. Vida y existencia, por Juan Jiménez García

La facultad de las cosas inútiles, de Yuri Dombrovski (Sexto Piso) Traducción de Marta Rebón | por Juan Jiménez García

Yuri Dombrovski | La facultad de las cosas inútiles

No, la vida es bellísima, es la existencia la que a menudo es insoportable. Esta frase, dicha por uno de los personajes de Yuri Dombrovski, podría ser el resumen no ya de todo un libro, sino de toda una vida. Eso si no consideramos que este libro, en sí mismo, es toda una vida. Una vida que dura un mes, solo un mes, aunque tras su lectura, como le ocurre a su protagonista, no podamos dejar de pensar que se sucedieron los años e incluso los siglos. La facultad de las cosas inútiles es que no tienen tiempo. No funcionan con relojes, ni tan siquiera de arena. Por eso no pueden ser detenidas, como las cosas importantes, y permanecen ahí, siempre frágiles pero indestructibles. Escribir es una de esas cosas inútiles. Y Yuri Dombrovski pensaba estar escribiendo tal vez un libro así, inútil en el fondo. Durante once años de su vida. Sabiendo que ese mismo libro le condenaría a muerte. De una manera u otra. Y murió. Por él.

Zibin es el jefe de expedición y conservador del Museo central de Kazajistán. Sus días pasan buscando, no encontrando nada o bien poco, bebiendo abundantemente, enredado por y con las mujeres. No pretende demasiado. Vivir, tal vez, y ni tan siquiera es algo que se plantee. Pero en 1937 el estalinismo considera que vivir no es ninguna banalidad, mucho menos un derecho, y ello requiere ser respetuoso con una serie de procedimientos y normas que nadie parece conocer. Vivir es una abstracción. Un pequeño acontecimiento, en el que ni tan siquiera ha participado, pondrá en marcha la maquinaria infernal del Estado y lo llevará hasta el cuartel general de los órganos de seguridad de la región. Una vez dentro, de allí no se puede salir sin una acusación formal y unos cuantos años de campos de internamiento, si no la pena de muerte. Pero con él (como con tantos) pretenden algo a lo que Zibin se opone con una infinita tenacidad: que diga él mismo de qué se le acusa. La facultad de las cosas inútiles será esa pesadilla.

Entonces: la vida es bellísima. Desde hace mucho tiempo, la pregunta es cómo mostrar, también como escribir, acontecimientos horrendos. Hay que decir que el libro de Dombrovski es de una belleza extrema. Su escritura es seguramente la mejor respuesta que podía dar a aquella sociedad gris, triste y criminal. La luz resquebraja continuamente las sombras, del mismo modo que Zibin, con su resistencia a ser devorado por las sombras, es ese punto luminoso alrededor del que giran objetos agotados, como polillas atraídas por él. Cada uno contará su historia y su historia será la historia de un país agotado por el miedo, pero consciente de los mecanismos criminales bajo los que se mueve.

Esa existencia insoportable configurará un tríptico con tres figuras crucificadas, sacrificadas por la Historia: el propio Zibin, Kornílov, su compañero, y Neiman, jefe de la Sección Política a la que se enfrentan (o en cuyas ruedas quedan atrapados) los dos primeros. Cada uno atravesará su época en unos pocos días y descubrirá algo. Perderán un montón de cosas por el camino y a cambio recibirán nada. Nada o el miedo. En una época sustentada por el terror y la derrota, solo puede quedar este y la resignación de que uno vive por meras circunstancias formales.

La facultad de las cosas inútiles es un libro inmenso. Yuri Dombrovski logró cristalizar a una sociedad enferma y asustada que avanzaba con una enorme decisión hacia la muerte. Ser es ser algo al capricho de los otros. Los otros son seres grises, de esa abyección mediocre que aquel siglo conoció bien. Y resistir… Resistir es escribir. Su destino, el destino de los demás. Escribir la Historia, como último testimonio. Para no olvidar, para sobrevivir. De algún modo.

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Literaturas

Lydia Davis. La maestra, por Alicia Guerrero Yeste

Ni puedo ni quiero, de Lydia Davis (Eterna cadencia) Traducción de Inés Garland | por Alicia Guerrero Yeste

Lydia Davis | Ni puedo ni quiero

Escribir sobre un libro de relatos de Lydia Davis supone advertir que se pueden articular explicaciones sobre su escritura pero que, si vamos a hacerlo, deberemos ser muy conscientes de que será más correcto que las asumamos e invitemos a leerlas como posibilidades, no como certezas que además podremos mantener perfectamente atadas por todos los lados. Persistirá la sensación de que hay algo escurridizo, la sensación de una ambigüedad constante que nos hará imposible saber hasta qué punto lo urde deliberadamente como una estrategia beneficiosa para su escritura o si es un fruto involuntario de su propio hacer, aunque podemos pensar que sea ambas cosas.

Davis podría pasar por una virtuosa distraída, aunque es en realidad una orfebre talentosa a la vez que sumamente disciplinada. No obstante, el componente de ironía y de self-deprecation que hay en sus textos puede dar a pensar que más bien se tenga por una artesana de poca monta y tirando a desastrosa. Y eso es lo que quizá resulte una de sus virtudes esenciales. Esta actitud relativizadora, sobre sí misma, sobre su trabajo, resulta un esencial punto de apoyo de la libertad de movimiento que genera en su escritura y desde el que sitúa también a su lector en un particular territorio de atención y estímulo.

Ya de hecho en El final de la historia (Alpha Decay, 2014) esa velada admisión de cierta ineptitud para lo vital y lo profesional constituía el principal rasgo psicológico de su protagonista y servía a Davis para sustentar y desarrollar la profunda e inagotable reflexión acerca de cuestiones como el adaptar la realidad a la ficción, el escribir como un intento de dotar de una trascendencia honesta y mínima para lo que hemos vivido…  Aquí en Ni puedo ni quiero esta intención de autosarcasmo o ridiculización sirve para expresar a veces una cierta perplejidad respecto al ser mismo y al mundo exterior no exenta de absurdo. El propio relato que hay en la cubierta del volumen es una perfecta síntesis del carácter de esta forma de examinar y exponer situaciones y observaciones, que se concreta con un ingenio fabuloso sobre todo en esas cartas enviadas al director de marketing o servicio de reclamaciones de alguna compañía, al presidente del Instituto Biográfico de EE.UU. La carta a una fundación que otorgó una beca que la remitente acabó rehusando y otra a un gerente de hotel, con motivo de una falta de ortografía en la carta del menú, se convierten en abiertas confesiones personales donde, sin una apertura obvia de las emociones, se transmite sin embargo su intensidad y complejidad.

En escritos de escasas líneas, quizá sólo meramente apuntando un episodio casual en la sala de espera de un aeropuerto o un trayecto en tren, Davis es capaz de exponer la profundidad que se cobija en lo aparentemente intrascendente, en la inercia de lo rutinario. Una profundidad que no tiene por qué ser únicamente emocional o simbólica, sino también tomar conciencia de los procesos mentales automáticos cotidianos en los que está involucrado el acto de escribir y el uso de las palabras: garabatear palabras mientras se habla por teléfono para acordarse de hacer un recado, las palabras concretas que brotan automáticamente en nuestra cabeza a partir del sonido de los aparatos y los sonidos comunes que se producen en nuestras casas, la formal estupidez de un mensaje de la compañía telefónica, la frase que sintetiza el resultado de una estadística… O bien examinar desde la escritura la realización de actividades habituales: por qué motivos se eligen y descartan los artículos a leer de un suplemento literario, qué detalles estropean la perfecta comodidad en instantes cualquiera.

También están esos escritos, juegos enrevesados a veces como la peculiar historia especular de los vecinos de Davis y su alfombra, o la historia que se narra indicando cómo lo que sucedió fue consecuencia de no haber tomado una específica decisión previa. Y esos exquisitos relatos de Flaubert, compuestos a partir del material proporcionado por la correspondencia entre este y Louise Colet.

Todos estos textos presentan la confirmación, esa sí indudable, de la inteligencia enorme, astuta y juguetona a la vez de Davis. Y también enormemente humilde,  porque a través de esos escritos reconocemos una persona infatigablemente entregada al trabajo de escribir, que nos hace comprender el escribir como una especie de trabajo minucioso de excavación, de modelaje y concentración en cada mínimo componente, que no precisa exhibir grandeza aparente para tener valor y sentido; y en la que podríamos vislumbrar también una cierta rebeldía contra la pose del escritor autoasumido como artista e intelectual. Esto se manifestaría -y de la mano de esa ambigüedad antes aludida, preguntarse hasta dónde está hablando en serio y hasta dónde está jugando consigo misma y el lector- en dos textos en particular: «No me interesa» y «La escritura», uno sobre el hastío ante los inventos narrativos y el otro, como una reprimenda interna, imponiendo la atención a la vida real y a las enmiendas que exige sobre la dedicación a escribir. Escribir sobre no escribir, o sobre desear no escribir. Otros textos son reflejo en cambio de los procesos de atención microscópica que requiere la escritura de un texto.

Surge a lo largo del libro, entre este diferente repertorio de escritos, la pregunta de si Lydia Davis antepone la concentración en el ejercicio de escribir a la del hecho de crear ficción. En ocasiones puede tenerse la sensación de que no precisa inventar. Transcribe sueños y ensueños (propios y ajenos), ficciones no deliberadas. Resume en escasas palabras el contenido de las esquelas del periódico local,  logrando que en la brevedad se condense intensamente la historia de la vida de todas esas personas comunes. En otros casos mantiene el relato, contenido en sus detalles más estrictamente esenciales, en un borde ambiguo. Como si la ficción fuese necesaria para poder construir la verdad completa de una historia real.

La fascinación ante toda esa multitud de preguntas que nos hace surgir respecto a leer, escribir y el uso de esto para vivir, el embeleso ante su modesta perfección y también la sutil y sincera sensibilidad que hacen brillar a relatos como «Las focas» o «Una historia que me contó una amiga» y marcan el borde de algunos otros escritos que hay en Ni puedo ni quiero obligan a decirle, con respeto y admiración,  a esa profesora insegura y con complejo de patosa que Davis es en algunos de estos cuentos que es una excelente y verdadera maestra.

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Literaturas, Negro sobre negro

Flavio Soriga. Vidas negras, por Óscar Brox

Pluja negra, de Flavio Soriga (Alrevès/Crims.cat) Traducción de Pau Vidal | por Óscar Brox

Flavio Soriga | Pluja negra

Las voces de la literatura sarda (ya sean Marcello Fois, Salvatore Niffoi o este Flavio Soriga, por citar a tres autores contemporáneos de publicación reciente) nos enseñan un lugar conquistado por sus pequeñas leyendas, hablado en dialecto y regado con el aroma del mirto. Un teatro de altas y bajas pasiones, de apelaciones al Dios que gobierna el destino de los humanos y de culpas que se entierran en la memoria pero se cargan, y se padecen, en la conciencia. Tierra de vendetta, de amargura y oprobio, en la que la vida se vive de puertas adentro. En secreto. Libre de un escrutinio público que solo existe entre murmullos y viejos rencores, en el ambiente cargado de la taberna. Vida que se goza en el cuerpo rotundo, el sexo húmedo, los abrazos compartidos y el deseo de unir trayectorias que parecen vagar, sin rumbo, por ese lugar de costumbres. De pelo crespo y entrecano, de belleza perdida cuando ni siquiera se ha atisbado lo bueno de la vida, de comidas copiosas que aligeran la sensación de extrañamiento. De no saber bien cómo explicar qué ha imantado sus vidas a esa porción de terruño, anclado en la melancolía, a orillas del mediterráneo.

Pluja negra comienza con la molesta llovizna que nunca ofrece la tregua al cielo de Cerdeña. Con el agua estancada, con los riachuelos que se forman al borde de las aceras y las lágrimas que un asesino no puede reprimir tras cometer el crimen. De hecho, la escritura de Flavio Soriga es, ella misma, un chaparrón de palabras y líneas que inunda la página como si se le saliese el corazón de la boca, a partir de una puntuación personal que elimina comas y junta palabras. De tal manera que el lector siga cada paso con la intensidad que marca la historia; con las manos ensangrentadas o con el estómago vacío, ciego de ira o de dolor. Otro más entre los vecinos de Nuraiò. El carabiniere Martino Crissanti investiga la muerte de una maestra local, hallada con la cabeza abierta en su domicilio. En un pueblo tan silencioso como ese, el asesinato es un barril de pólvora con la mecha demasiado corta; basta con seguir el reguero de habladurías para dar con los motivos y las causas, para decidir las penas y ejecutarlas. Sin embargo, Crissanti es un hombre abatido por la dimensión de una justicia en la que no cree, que le recuerda su vergonzoso pasado. La muerte del padre y la detención del tío; la huida del hogar familiar y el parapeto que encontró en las paredes del cuartel. No puede evitar sentir un poso de cinismo que, día sí y día también, le conduce a preguntarse qué le ha llevado a decantarse por esa vida.

Soriga apunta, desde una cierta madurez, ese conflicto íntimo que dibuja en sus protagonistas un sentimiento de vacío. Está Alberto, el capellán joven que solo sabe vivir entre los muslos de su antigua maestra; está Nicola, cuyas canciones marcan el ritmo de un tiempo marchito al que no puede regresar; está Salvatore el loco, el intelectual Giovanni y el tonto Efisio. Hombres marcados, exhaustos y consumidos. Obsesionados, unos pocos, con la profesora Marta. Con su olor, con su tacto, con su sexo, sus palabras y el regusto que deja en la boca. Como si cada encuentro pusiese de nuevo en marcha un reloj que lleva detenido demasiados años. Como si en ese lugar de atavismos y leyendas, yacer con aquella mujer fuese lo más sagrado. Lo más justo. Lo único vivo en mitad de un paisaje muerto. A lo que no se sabe renunciar, porque hacerlo es lo mismo que revelar esa mancha humana que nos asemeja con los demás. Con sus costumbres. Con su vejez prematura. Con esa vida que no es vida.

El carabiniere Crissanti, y por extensión el propio Soriga, parece una criatura surgida de las palabras de Leonardo Sciascia, ese escritor siciliano que planea sobre la novela. Y aunque su enfoque es más bien actual, no resulta extraña la comparación. Soriga escribe de muchas maneras; a veces es un torrente verbal que invade la página, a veces un confesor que anota pacientemente las penas de sus personajes. Se deja llevar por el ímpetu de esa felicidad escasa que se disipa en un par de párrafos, a la que sus protagonistas anhelan agarrarse. A ese pezón, a esa boca risueña, a esa compañía amada, a esa juventud que nadie se resiste a dejar marchar. En resumen, a esa vida que ruge entre la monotonía, que se aspira en un par de caladas y que calienta las entrañas mejor que cualquier destilado. La vida de Marta, de Sara, de Roberta o de cualquier otra mujer que pasa por la novela. A las que su autor concede profundidad y relieve, sentimientos y corazón. Son mujeres que sufren o que ofrecen ese empujoncito para descubrir/perseguir/atrapar los sueños propios. Mujeres que parecen inalcanzables porque nos recuerdan cuánta distancia ponemos con la realidad, cuánto miedo y cuánta vergüenza atenazan nuestro vínculo con un lugar, con un territorio. Mujeres que agotan las palabras, el río de descripciones que se entrega su autor; a las que ningún punto y aparte frena. Solo esa tristeza infinita de quienes no han logrado recomponer sus vidas rotas.

Más que una novela negra, la de Soriga es una historia de vidas negras. De cobardes y perdedores, de asesinos y redentores, cuyo único punto en común es la manera que tienen de combatir la soledad. Porque, quizá, lo que les une a todos ellos es que son criaturas de un lugar sin ley ni techo. Un pueblo silencioso, surcado por las murmuraciones y el rencor, en el que las pasiones se dirimen con las propias manos. Sin pistolas ni cuchillos. Desde la vergüenza y el fracaso, el único camino posible para buscar el perdón. El perdón que un carabiniere encuentra en los brazos de la única mujer de la que no se quiere despegar. El perdón por el que llora un joven capellán que iba para estrella del Calcio, consciente de que no volverá a sentir aquella caricia maternal que hallaba en su amante. El perdón que un asesino grita a orillas de un río, quién sabe si a la espera de que el mismo Dios le invite a morir llevado por la corriente. En Pluja negra hay muchas formas de perdón y de justicia, muchos secretos y demasiados silencios. La escritura abrupta, íntima, salvaje y feroz de Flavio Soriga los pone en escena como una llovizna intermitente que nunca remite, que nos cala hasta los huesos y nos invita a buscar un poco de calor. De conmiseración. A esa otra persona que nos recuerde dónde hemos dejado nuestra vida, porque definitivamente no somos capaces de encontrarla. Esa pizca de esperanza, ese poco de azul en un cielo perennemente nublado.

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Literaturas

Herta Müller. La libertad se halla en el papel, por Francisca Pageo

En la trampa, de Herta Müller (Siruela) Traducción de Isabel García Adánez | por Francisca Pageo

Herta Müller | En la trampa

Si bien hasta ahora habíamos conocido a Herta Müller por sus novelas y relatos, Siruela nos trae una edición que cubre tres pequeñas conferencias sobre tres autores: Theodor Kramer, Ruth Klüger e Inge Müller, poetas en los que la autora vuelca toda su pasión, tanto a nivel profesional, pues los analiza y los interpreta, así como personal, ya que nos habla de lo mucho que la poesía de estos llegan a su mente y corazón.

«Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie», decía Theodor Adorno. Sin embargo, aquí, Herta Müller nos habla de la poesía como una salvación, un consuelo, un refugio, algo a lo que recurrir cuando es casi lo único que nos queda. Así, la autora nos habla de la importancia del ensayo, de la importancia de volcar la tinta al papel para salvaguardarse.

En el primer ensayo, Müller se adentra en la vida y las obras de los autores. Müller se adentra en la escritura. Se adentra en la memoria de Rumanía y Alemania. Nos habla de la memoria y de lo mucho que sufrieron los autores que nos cita. Theodor Kramer se exilió, Ruth Klüger sobrevivió al campo de concentración e Inge Müller se suicidó a mediados de los 70.  Si algo sobresale en ello, es la clara conciencia sobre la sociedad y el estado que tienen estos, así como también la enorme percepción, la sabiduría y el conocimiento que Müller logra extraer de ellos. «La escritura es un algo angustioso y sin salida, tanto como lo era el peligro de antaño. Al leer, la trampa vuelve a cerrarse. Admirar estos textos duele. Al leerlos, entra en juego el miedo. Miedo por el autor a posteriori, pero también miedo por uno mismo.», escribe la autora.

En la segunda conferencia, Ruth Klüger toma el papel protagonista. Müller nos habla de la muerte, del azar, del accidente y de la vida. Habla de la importancia de la libertad, que para Klüger es siempre lo contrario de la arbitrariedad. Para Klüger la política se torna indispensable en sus escritos, haciendo así, en una sola salida, la vida y la poesía. Klüger habla de sí misma y con ello nos arrastra hasta lo más profundo de la existencia. Con ella, la sinceridad se ve arrastrada como un río hacia el mar y se vuelve turbia frente a los hechos que le acontecieron en el campo de exterminio. Los supervivientes son personas rotas y, para ella, la bondad solo puede venir de personas intactas.

En el tercero, tenemos a Inge Müller. Tenemos la historia como suma de las biografías, como cadena de historias personales. En él, leemos poemas de Inge Müller en la sociedad nacionalsocialista y en plena ebullición bélica. Herta Müller, conforme a estos, nos hace una explícita  interpretación llevando así su pensamiento a la poética de Inge. Así, nos explica cómo la autora suicida nos habla de la muerte y cómo la perspectiva de sus poemas es similar a la de Theodor Kramer. Inge Müller, al igual que Ruth, escribe sobre lo que vivió. Escribe de un modo rígido y frío, como si la guerra la hubiera desprovisto de toda humanidad, aunque la humanidad entera y misma se nos vuelque en sus poemas.

De este modo, si contemplamos a los tres autores de los que nos habla Müller, vemos cómo las dictaduras son capaces de convertir en un arma la gran semejanza entre las personas. Se desprende el amor así como el silencio y la sensibilidad que las sociedades citadas intentaban acallar. Es irremediable no pensar en estos poetas como individuos que lucharon por no enmudecer ante los hechos que vivieron. Fueron valientes, debido a la alta sensibilidad ya no sólo poética, sino también humana, que llegaron a trasladar a su poesía.

Conclusión, no nos acallemos ante la barbarie. Escribamos. Volquémonos hacia la tinta y el papel, pues, de alguna manera, sólo así y en cierto modo, el sentimiento que tenemos en torno a la libertad se redimirá  y emancipará. Se volverá y nos volveremos libres.

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Literaturas, Negro sobre negro

Léo Malet. Burma, unos años después, por Juan Jiménez García

Ratas de Montsouris, de Léo Malet (Asteroide) Traducción de Luisa Feliu | por Juan Jiménez García

Léo Malet | Ratas de Montsouris

Los caprichos de la edición (o del destino) han hecho que nuestro reencuentro con el detective Nestor Burma haya sido muchos años después de su primera aparición en papel. Si Calle de la estación, 120 estaba escrita en 1943 (escrita y ambientada durante la ocupación alemana), el siguiente libro en castellano es de doce años después, 1955, y muchas cosas han pasado desde entonces. Ratas de Montsouris pertenece no solo a otro tiempo, sino a otro proyecto. Si bien el detective no había dejado de aparecer durante unos años, tras un prolongado parón a principios de los cincuenta, Malet lo retoma en forma de ambiciosa saga: se trata de dedicar una novela a cada uno de los veinte distritos de París. Estos Nouveaux Mystères (homenaje a aquellos Mystères de Eugène Sue) se quedarán en quince entregas, lo cual no es nada despreciable si tenemos en cuenta que las entregó en el corto periodo de cinco años.

Ratas de Monsouris sería la correspondiente al distrito XIV, en el sur, y en todo caso nos devuelve a nuestro Burma ya instalado en París, en su agencia Fiat Lux y con la adorable Hélène, su secretaria. Burma se encuentra con un viejo conocido de su paso por el Stalag, Ferrand, un delincuente como otro cualquiera, que le ofrece un asunto totalmente legal, un asunto que no llegará a conocer porque el otro sufre un percance fatal en su habitación de un edificio en estado de catástrofe. Entre las confesiones a su camarada, Ferrand le contará que forma parte de las Ratas, un grupo dedicado a aligerar las casas de los demás (con especial fijación por los sótanos). Por otro lado, un viejo juez, especializado en su día en pedir que corten cabezas, como la reina del país de las maravillas, de Alicia, le llama para encargarle un caso: alguien quiere sobornarle. Y ese alguien se llama Ferrand. Todos juntos más una mujer joven y misteriosa, la mujer del viejo juez, formarán un extraño puzle en el que las piezas parecen llamadas a encajar pero no encajan.

Pero para eso está, claro, Burma, esa especie de detective aventurero, nada llamado a la inacción, puro movimiento. De acá para allá, sin descanso y sin dejar de encontrarse con todas las piezas del rompecabezas, irá atravesando todo el barrio y dejando esa mezcla de humor, gusto por las mujeres, pensamiento rápido (él no es Sherlock Holmes, no está para deducir cosas de minucias) y puño aún más rápido. Con el no hay lugar para el aburrimiento seguramente porque él no se aburre nunca. Con el contrapunto de Hélène, alma mucho más sensible (y despistada) que él, su espíritu anárquico le llevará a dar pocas explicaciones, cuando no mentir, una de sus aficiones favoritas.

Léo Malet está igual de cerca de la novela policiaca o de detectives que de la novela de aventuras e incluso de las de misterio. Tampoco es que esté muy lejos de aquel realismo poético francés a lo Prévert, tan aficionado a los claroscuros y a los blancos y negros intensos. Burma es un detective anclado en las calles, un nuevo paseante de París, que piensa que uno debe estar allí dónde están las cosas y la gente que tienen algo que decir, o que esconder. Tirar de los hilos que van a apareciendo y buscar aquellos otros hilos que llevan a las personas a moverse de un modo y no de otro. Nestor Burma pertenece a un tiempo ya desaparecido para siempre, un tiempo, que en términos cinematográficos sería pre-nouvelle vague, un tiempo para el descaro y la acción, para el vaso de vino y la geografía, para el humor y la magia. Otro tiempo.

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Literaturas

Jabbour Douaihy. El gran vacío, por Óscar Brox

Lluvia de junio, de Jabbour Douaihy (Turner) Traducción de Jaume Ferrer | por Óscar Brox

Jabbour Douaihy | Lluvia de junio

Regresar al pasado, seguir las huellas del tiempo, recoger las voces de otras vidas. El trabajo de la memoria tiene algo de frustrante, de puzzle cuyas piezas se niegan a encajar. Por muchos documentos que recabemos, por muchos testimonios y detalles que aporten sus necesarios matices, lo vivido nunca retorna con la misma intensidad; prefiere comportarse con un fantasma huidizo que se niega a dejarnos revivir ese preciso instante. Ese momento, íntimo y familiar, que ha permanecido aislado durante años. Como una lágrima que no se decide a resbalar por la mejilla o esa palabra que tenemos en la punta de lengua pero que, con todo, no acaba de salir. Algo la reprime. Tal vez el pudor o la vergüenza, las heridas silenciosas que traen a la mente el recuerdo de un tiempo convulso. Tiempo de guerra y violencia, de hermanos enfrentados con hermanos. Tiempo desconocido para una generación nacida cuando todavía no se habían secado las manchas de sangre del suelo. Que no podía entender, que no sabía cómo entender, para la que la compleja situación geopolítica era como un rompecabezas en el que la pieza que faltaba correspondía a la memoria familiar. A los recuerdos más cercanos. Al padre perdido, a la madre ultrajada. Al hijo abandonado.

Lluvia de junio evoca los acontecimientos sucedidos en Líbano en 1958, cuando la guerra civil destruyó el precario equilibrio entre poblaciones y religiones. Sangre, fuego y exilio. Elía, su protagonista, es un libanés emigrado a Estados Unidos. Lejos de buscar el sueño americano, la marcha del hogar materno la ha precipitado el dolor por la afrenta sufrida. El asesinato del padre, Yusuf; el duelo de la madre, Kamle; y la incertidumbre de un hijo, Elía, que no puede vengar esa muerte porque todos se han confabulado para protegerle con la neblina del olvido de aquellos años de violencia. Con el exilio y los oropeles de la cultura occidental, de la educación universitaria y del aprendizaje sentimental. Sin embargo, Elía nota en sus entrañas esa herida que nunca ha cicatrizado, que le empuja a regresar al Líbano para conocer los detalles de la muerte de su padre. Para encontrarle sentido a ese dolor que la vida le ha impuesto. Para ese silencio que envuelve al incidente en la Torre del Aire.

Para Jabbour Douaihy, el trabajo de la memoria nunca parece encontrar un final. El miedo y la vergüenza vencen a la precisión del recuerdo. Cunden las lagunas, los vacíos, las declaraciones que se contradicen y las pistas que conducen a un callejón sin salida. Elía vuelve al Líbano en busca de aquel padre al que nunca conoció, de quien tal vez ni siquiera es hijo, consciente de que lo poco que les une son los recuerdos que unos y otros pueden compartir con él. El léxico familiar, las costumbres y las rutinas que la violencia segó de golpe. Aquello que Kamle guarda con celo, como si fuera esposa antes que madre. La mujer que revuelve los cajones del armario para encontrar un par de calcetines color marino porque lo único que ha podido ver del cadáver de Yusuf son sus pies. La mujer que grita, que se abandona a la pena, al silencio y al olvido. A las canciones de juventud y a la vista que muestra el patio de la casa familiar cuando todo está en calma. A la vejez y la ceguera, que no son más que huellas de la vergüenza que decidió callar.

Douaihy refleja el viaje de Elía como un cuaderno de notas que mezcla las fichas policiales con los cuentos tradicionales, los pensamientos íntimos con los testimonios recabadas entre el vecindario, la lección de Historia con las enseñanzas morales. Se sabe cómo murió Yusuf, cuántos impactos de bala recibió y cuáles eran sus calibres. Y, sin embargo, no se conoce el motivo. El germen y el porqué. La venganza, el rencor, la idiocia o las bajas pasiones. En Lluvia de junio los documentos nunca hablan de lo que nos interesa, no son capaces de alcanzar el meollo de la cuestión. Nos muestran la vida de algunos mártires, el olor de las ciruelas y el calor de la tahona donde se horneaba el pan, el sabor del queso de cabra y el capricho de comer unos dátiles frescos fuera de temporada. Parece que entre ese Líbano embriagador, casi orientalista, y el país descosido por la violencia civil no existe un término medio. Como si a sus protagonistas les quemase la lengua, les pudiese la tristeza y la aflicción por un tiempo que no supieron detener. En el que se atravesaba la calle con la pistola amartillada y se exhibía con orgullo de clan el apellido familiar. Años de arena y plomo, hablados en siriaco, francés y armenio. Años para dejar que naciese el amor en mitad del odio, el perdón en mitad del rencor. Años que no se pudieron (que no permitieron) vivir, en los que el protagonista de la novela comprueba, con resignación, hasta qué punto todo ha sido borrado. Aniquilado.

Frente a la literatura surgida en pleno conflicto, que apelaba a una escritura precipitada como el perfecto testigo de la carnicería de la guerra y el exilio, Douaihy sorprende por su enfoque modernista. Un collage de voces, fragmentos, ficciones y testimonios que dibujan, como un paisaje narrado, la memoria de aquel Líbano convulso. El recuerdo de una madre y su hijo, el débil lazo que los une cuando todo está perdido. El difícil lastre que les impide seguir con sus vidas. Que les devuelve una y otra vez a ese incidente que han escondido en lo más profundo de su interior. Para el que no existe lo verdadero o lo falso, porque han transcurrido demasiados años y unos y otros se han acostumbrado a creer en cualquier cosa si con eso pueden apaciguar su conciencia. Porque Lluvia de junio trata sobre ese gran vacío que impide hallar la paz, que pone en tela de juicio nuestra manera de recordar y de aceptar el pasado. Esa decepción, esa melancolía. Ese sentimiento de que el fuego no se ha extinguido. Cuando volver a casa significa remontarse hasta el origen, hasta ese 1958 en el que terminó todo. Cuando Elía y Kamle, sus protagonistas, se dan cuenta de que no se puede regresar a casa. Ni siquiera escribir sobre ello; intentar vencer esa herida que les carcome por dentro. Porque ya no existe ese lugar y la memoria no es más que un simulacro para aceptar aquello que murió una tarde verano. Una familia. Un futuro. Un drama. El gran vacío.

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Literaturas, Negro sobre negro

Edgardo Cozarinsky. La causalidad de la casualidad, por Juan Jiménez García

En ausencia de guerra, de Edgardo Cozarinsky (Tusquets) | por Juan Jiménez García

Edgardo Cozarinsky | En ausencia de guerra

Este siglo trajo para Edgardo Cozarinsky la literatura. Igual que el anterior había traído el cine. No todo es completamente cierto, pero es algo así. Tal vez fueran circunstancias personales o prácticas o todo, pero lo cierto es que en algún momento ganamos un escritor tardío. Y estuvo bien. Su última obra, En ausencia de guerra, editada por Tusquets, es una novela de búsqueda. Voy a ser atrevido y a afirmar, con inmensas lagunas, que la obra de Cozarinsky es una obra de búsqueda, en cualquier formato. No necesariamente buscamos cosas concretas, a veces son solo abstracciones, pensamientos olvidados, medios recuerdos, o una simple sensación, que tal vez sea el fragmento más pequeño de una vida pero no el menos importante.

En ausencia de guerra sería también eso, pero sé que voy a tener que esforzarme en explicarme. El protagonista (que tiene tantos puntos en común con el propio escritor, pero mantiene las distancias necesarias para ser otro, el otro) es un escritor a mitad de camino entre París y Buenos Aires. Un día encuentra una carta de una vieja amiga, poeta argentina, entre las páginas de un libro de lance. Decide ir a su encuentro, pero Delia murió. Murió y dejó algo para él. Una caja en un banco suizo. Eso le llevará hasta aquel país y allí a conocer al viejo maître Laredo, un abogado anclado en su pasado tangerino, y una joven argelina, Leila, que en realidad nunca estuvo en Argelia, hija de harki (argelinos con lucharon con los franceses contra el argelino Frente de Liberación Nacional; en fin, doblemente perdedores).

En un mundo de derrotados por la Historia, aun con el aspecto de haber triunfado en algo, el pasado no es algo que se abandone fácilmente. Para los vencedores, todas las heridas se dan por buenas, son el mal necesario que ha llevado hasta el triunfo final, pero para los otros, los que no ganaron nada más que muertos o pérdidas, solo puede quedar la búsqueda eterna de algo que justifique todo aquel sufrimiento. Y En ausencia de guerra será eso: encontrar las explicaciones, pero también encontrar las víctimas necesarias para cerrar algo, una brecha, una grieta.

Novela política (desde el momento que dice), novela negra (desde el momento que todo es oscuro, también el porvenir), novela de aventuras (desde el momento que uno pretende solo vivir), el escritor protagonista navegará en su personal nave de los locos. Y el escritor tras el escritor, se encomendará a Leonardo Sciascia para constatar la causalidad de la casualidad (abolido el azar, solo nos queda desconocer las causas), pero también que no hay final posible, desconocedores del principio. En definitiva: no hay respuestas, tan solo preguntas. No hay certezas, tan solo dudas.

Y frente a ese mundo de incertidumbres estará Mariana. Mariana, que será como ese hilo del que estirando encontramos la salida del laberinto. O un poco de aire. Que tal vez no será suficiente para escapar a una vida ya demasiado avanzada, pero sí para vivir algo parecido a la felicidad. Aunque uno acabe dándose cuenta que no se sale fácilmente de los círculos, y que cualquier búsqueda, también la búsqueda de una novela, tiene algo de eterno, porque está construida en la insatisfacción: de las soluciones, de los finales, de las relaciones. De la vida, en definitiva.

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