Literaturas

Clara Janés. Y Dios hizo a la mujer, y después el verbo, por Francisca Pageo

Guardar la casa y cerrar la boca, de Clara Janés (Siruela) | por Francisca Pageo

Clara Janés | Guardar la casa y cerrar la boca

Este último libro de la poetisa, novelista y mística Clara Janés, nos trae un hermoso y largo recorrido sobre la literatura hecha por mujeres a lo largo de toda la historia. Si bien la literatura femenina ha empezado a valorarse especialmente en estas últimas décadas, resulta obvio que su escritura se ha llevado a cabo desde lejanos y memorables tiempos. Guardar la casa y cerrar la boca es una reflexión ya no solo sobre la literatura, sino también en torno a la mujer, que nos conduce a través del antiguo Egipto, los países árabes, centroeuropa, Japón, Grecia y la misma Roma.

Cabe destacar el modo de interpretar la vida que han tenido diversas mujeres, tan diferente de unas sociedades a otras. Entre ellos, los cantos amorosos puestos en boca de la mujer que se dieron tanto en China como en la India varios siglos antes de Cristo, la cultura llevada a cabo por las beguinas, las antologías clásicas chinas, la mitología femenina en Grecia y Roma -siendo notorios los grados de autonomía que consiguieron las mujeres en dicha sociedad. También, las poetisas arabigoandaluzas nos mostraron la importancia de la palabra hablada, del boca a boca, al esparcir los cuentos por todo el mundo islámico. En todas estas sociedades, pues, se muestran los diferentes desempeños que ha llevado a cabo la mujer, ya sea de manera cultural como en su día a día.

Si algo queda claro es que la mayoría de estas escritoras, poetas y trovadoras, pertenecen a la alta sociedad o bien son de ascendencia noble. Han recibido educación y, la mayoría, han sido discípulas de la pujante creencia en la religión que se ha llevado a cabo en cada sociedad, ya sea islámica, zen, hinduista o cristiana. Entre ellas destacan la poetisa Safo, expresando la intensidad de amor, viviendo de su escritura -Quiero morir: / quiero contemplar las orillas del Aqueronte / floridas de loto, frescas de rocío; los poemas de la geishas -Me siento tan sola / que mi cuerpo es una hierba flotante / cortada de sus raíces; la princesa Wallada -Eres generoso y esta alberca es Egipto, / desbordaos, pues sois los dos un mar; o la poetisa provenzal Beatriz de Día -De algo me tienen que servir mérito y nobleza, / hermosura y, más aún, fiel corazón. / Por ello a vuestra morada os mando, / tal mensajero mío, esta canción.

Janés nos muestra diversos escritos -poemas y prosa, en su mayoría- de todas estas mujeres. Así, intuimos un atisbo de la máxima cultura que se ha podido ver desde tan inmemoriales tiempos. Las mujeres que figuran en este libro se muestran firmes, devotas de su escritura, creyentes de lo que profesan. De este modo, Guardar la casa y cerrar la boca se convierte en una guía indispensable para conocer todo aquello que pertenece al mundo femenino desde hace siglos. Resulta fundamental, y se hace hincapié en ello, la enorme recapitulación que ha llevado a cabo Clara Janés. En ella hallamos toda la bibliografía que ha usado la autora para documentarse, haciéndonos partícipes, también, de las más diversas historias que las mujeres nos han dado a lo largo de toda la historia.

Si algo se observa con bastante claridad es la apertura hacia el feminismo que se ha producido poco a poco, con la presencia de la mujer ya no solo en la literatura y la poesía, sino también en periodismo y en la documentalización. La autora nos expone de manera concisa la vida de la mujer durante todos estos siglos, llevando un grado más allá, hasta lo más profundo, la propia literatura que estas profesaron. De esta manera, Guardar la casa y cerrar la boca es un libro a tener en consideración, pues nos invita a revalorizar a la mujer y su papel en la historia. Algo absolutamente indispensable.

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Literaturas, Negro sobre negro

Howard Fast. Melodrama de Nueva York, por Óscar Brox

Sally, de Howard Fast (Navona) Traducción de José Luis Piquero | por Óscar Brox

Howard Fast | Sally

Ya fuese con su nombre auténtico o escondido bajo el alias de E.V. Cunningham (la caza de brujas obligaba), Howard Fast hizo honor a su apellido con una ingente producción literaria. Novela barata, rápida y eficaz, de escritor con pitillo pegado en el labio y vaso de bourbon medio vacío. Obra de oficio, de las que miran al género con cariño a través de fórmulas básicas, estereotipos y giros de trama de 180º. Autor de estirpe, de los que se parapetaban tras el noir para retratar una realidad y un mundo, una alegoría de este último y una reflexión moral de su paisaje. Con un poco de nostalgia y otro poco de turbiedad, como en esas historias con final feliz en las que el dilema se encuentra en los medios para conseguirlo. La editorial Navona comenzó el año pasado con Sylvia la publicación de la serie de novelas con nombre de mujer que escribió Fast. Sally, la segunda entrega, añade una serie de matices a la peculiar visión de su autor.

Una de los elementos que caracterizaban a Sylvia era su forma de aprovechar las constantes del relato criminal para construir una narración más cercana al melodrama, en la que su autor introducía no pocos apuntes sobre su persecución ideológica. Sally es, en ese sentido, una novela más ligera, de línea más clara y relato sencillo. Fast arranca con fuerza al presentarnos a Sally Dillman, una joven maestra de provincias que, tras los resultados de un análisis, descubre que sufre de leucemia en un estado avanzado completamente incurable. Ante una revelación tan brutal, la muchacha urde un estrambótico final para su vida: venderlo todo, mudarse a Nueva York y pagar a un asesino a sueldo para que la mate cuando se encuentre en los últimos días de su enfermedad. Con un inicio tan huracanado, pura literatura pulp a la que su autor no hace asco alguno, Sally retuerce un poco más su premisa argumental al revelar que el diagnóstico que recibió su protagonista fue fruto de una confusión. Así, sabiendo que no va a morir de leucemia, a Sally le queda encontrar a su asesino antes de que aquel le dé caza.

Más allá de sus giros narrativos, la principal virtud de Sally se halla en la capacidad de Fast para describir una mentalidad, mucho menos inocente, a través de sus tiernos personajes protagonistas. Ayudada por un detective de origen puertorriqueño, Sally accede a investigar su caso para dar con el sicario contratado por ella misma para asesinarla. Y, salvo pequeñas pinceladas de suspense, Fast vuelve a explorar el género como si se tratase de un melodrama, con esa sensación de que sus personajes solo son capaces de sentir algo, de encontrar esas palabras vedadas en sus rutinarias costumbres, cuando se acercan al extremo. No en vano, lo que une a dos figuras como la joven maestra y el policía Frank Gonzalez es esa especie de vacío vital que parece marcar permanentemente sus pasos sobre la tierra. Gente vieja que ni siquiera sabe cómo agotar sus últimos años de juventud, sin casi determinación, que todavía no ha aprendido a decidir por sí misma si no es a partir de una instancia que domina sus vidas; en el caso de Frank está el peso de una tradición que se escenifica en las cómicas conversaciones telefónicas con su madre, y en Sally esa opresión rural que inconscientemente la lleva a planificar una huida hacia ninguna parte.

Si en Sylvia su autor describía la historia de amor entre un detective y una mujer misteriosa cuyo paso reconstruía a través de su investigación, en Sally será también otra pesquisa detectivesca la que unirá a sus personajes. Pesquisa, guerra de sexos y convencionalismos, y tabla de salvación para un par de náufragos perdidos en mitad de la gran ciudad. En la obra de Fast todo resulta exagerado, en ocasiones grotesco, como si fuese necesario colocar una lupa de aumento sobre cada palabra escrita. Y en verdad, parece decir Fast, lo es, pues solo a partir de esos brochazos descubrimos una cantidad de inconsistencias, de fracasos y desdichas, que pintan vívidamente la soledad de sus protagonistas. Como en un cuadro de Hopper, un relato de Cheever o una película sobre la incomunicación. Así, frente a una novela que desvelaba en la persecución de un pasado oculto las cicatrices de su autor tras la caza de brujas, se erige una narración en la que, esta vez, la persecución se produce sobre el presente. O su ausencia. Sobre ese vacío proyectado en la inmensa Nueva York, jungla de asfalto siempre lluviosa y autista, que su heroína patea en busca de un destino. De esa vida de provincias que la había matado. De esa nueva vida cuyo rastro ha encontrado y debe servirle para resucitar.

Fast, sin duda, fue un escritor de oficio, de los que sabían construir argumentos con escuadra y cartabón y sacar petróleo del manual de arquetipos. Sally es, pues, la clase de novela que pone en valor la ironía humanista de su autor y cómo, ante un relato tan convencional, se puede extraer una conclusión tan poco convencional. Aquí el príncipe azul, por el uniforme, ha de salvar a la princesa de sí misma, del asesino que ha contratado para liquidarla. Y en vez de trazar un retrato de esa especie de neurosis americana, capaz de pergeñar una trama tan desquiciada para perder y recuperar la vida, Fast se entrega al placer redentor que dos náufragos a la deriva encuentra tras conocerse al límite. Ironía brutal que enmarca un tiempo de aparente complicidad y sórdidas profundidades. Tiempo de retratos en negro en los que Howard Fast halló la posibilidad de un melodrama. O lo que es lo mismo: una manera de comprender su presente.

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Número seis

Motivos chejovianos. Conversación con Paul Viejo, por Juan Jiménez García

María Simó | Antón ChéjovLa aparición a finales de 2013 del primer volumen de los cuentos completos de Antón Chéjov, en cuatro volúmenes a razón de uno por año, constituyó una especie de punto final a una aventura casi existencial del lector chejoviano. Atrás quedaba toda una vida de libro en libro, de edición en edición, de tomo en tomo, en todos los colores y formatos, en cualquier editorial. Atrás las preguntas de qué le quedaba por leer, que relato le faltaba o los juegos de emparejamientos de títulos diversos para la misma cosa. Ser lector de Chéjov tenía mucho de coleccionista de cromos. Aunque nos repetían una y otra vez, como si fuera algún tipo de competición olímpica, que Chéjov era el mejor cuentista, el campeón en las distancias cortas de la narrativa, a nadie se le había ocurrido, parece, poner orden en ese caos. Entonces, decíamos, llegó aquel final del 2013, y con él Páginas de espuma como editorial y Paul Viejo como editor (realizando nuestros sueños y su sueño de juventud) partían hacia ese territorio utópico: el lugar donde todos los cuentos de Chéjov acabarían reunidos.

La hoja de ruta estaba trazada: un recorrido ordenado, año a año, a través de una selección de traducciones. Y eso también reveló un nuevo Chéjov, un sentido en sus motivos, una evolución como persona que acabaría siendo una evolución como escritor. A un primer tomo, que abarcaba sus años de formación o de ganarse la vida, con más de un apunte de futuro y algunos momentos memorables, le seguía el segundo tomo, que abarcaba dos años en los que el escritor ruso parecía ya convencido de que la escritura sería su vida.

Y de todo esto y algunas cosas más hablamos con Paul Viejo, en un encuentro  bajo el signo de Chéjov, claro, en el que queríamos preguntarnos, sobre todo, los motivos por los que nunca pudimos vivir sin él…

leer en détour

Número seis
Las penúltimas cosas
Ilustraciones: María Simó, Francisca Pageo

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Literaturas

Antón Chéjov. Escribir, por Juan Jiménez García

Cuentos completos [1885-1886], de Antón Chéjov (Páginas de espuma) Edición de Paul Viejo | por Juan Jiménez García

Anton Chéjov | Cuentos completos [1885-1886]

Al final le encontramos un sentido a las navidades: es ese momento en el que aparece un nuevo volumen de los cuentos completos de Antón Chéjov en Páginas de Espuma, en edición de Paul Viejo. En este caso el segundo, que sigue donde se quedó (año 1885) y llega hasta 1886. Dicho así, igual no tiene especial significado, pero sí, y tanto… El primer volumen recogía, después de todo y aunque fuera involuntariamente, sus años de formación como médico, pero también como escritor. Ahí, recordemos, todo tenía cabida, y, como comentábamos en conversación con su editor, un lector de La Codorniz (supongamos, alguien que ha estado leyendo recientemente los textos de Rafael Azcona) se sorprendería (o no) al ver que el tono era el mismo en muchos casos. El escritor ruso escribía febrilmente, escribía sobre todo, escribía de cualquier manera (adaptándose a las circunstancias) y todo con un cierto toque de divertimento. Un divertimento que alimentaba: a él y a su familia. No era poco. Y entre todo, lleno de limitaciones, construía una manera de entender el mundo y, por tanto, la escritura. También, algunos relatos, cada vez más, iban cogiendo vuelo. ¡Y qué vuelo!

Ese año supondrá, pues, dos cosas: ya es médico y también escritor. Chéjov empieza a tomar en serio la escritura, los editores empiezan a dejarle espacio (no mucho, pero el suficiente) y todo eso se concreta, de forma emblemática, en su obra más extensa, una novela, una novelita si se quiere, que se había ido gestando durante los últimos años y en las que dejará marcado su camino. De dónde viene, pero también hacia dónde quiere ir. Eso será Un drama de caza, que abre este segundo tomo, en el que, en un tono detectivesco y a través de un indolente juez de instrucción, un personaje débil y ruin rodeado de débiles y ruines, el escritor se entregará a construir un mundo enfermo en el que no hay lugar para la honradez.

Para Chéjov, parafraseando a Alberto Savinio, son los hombres los que tienen que contar su historia. La Historia, esa que se escribe con hache mayúscula, no importa demasiado, y es imposible hacerse la más mínima idea leyendo su obra. Parece decir que esta es solo la suma de muchas vidas, y que todo lo demás solo tiene importancia en la medida que afecta a estas. En estos años, el humor empezará a dejar a menudo lugar a la tristeza o, al menos, a la duda. Incluso en sus textos más alegres, tendrán ese contrapeso. Como un reflejo, una sombra, una pequeña duda.

Sus personajes rara vez hablan de ellos directamente, sino más bien por aquello que les atormenta, y que en buena medida podrían ser sus problemas con las mujeres, esos seres extraños, misteriosos, considerados inferiores las más de las veces (pero casi siempre triunfantes), y con el que uno lleva todas las de perder. Antón Chéjov traza un verdadero tratado de usos y costumbres a través de ellas, y estaríamos tentados a trazar un “mujeres, instrucciones de uso”, si no fuera porque la conclusión es que son incomprensibles. Es más, inexplicables.

El hombre es ese ser entregado a la bebida, a los rangos sociales, a cotorrear, a hablar de lo más elevado (y para llegar ahí el vodka es más importante que el espíritu), y a correr detrás de las mujeres (o delante, según esté o no casado… o viceversa). Ser físico al que todo le afecta y para el que cualquier cosa es un problema en potencia. Ya puede tratarse de un campesino o de un príncipe. Las cuestiones morales (porque el hombre chejoviano es un ser moral) acabarán con él.

Solo la infancia será otra cosa, porque a esas edades aún desconocen lo que les llevará a la perdición, y a ellos dedicará no pocos relatos en este tiempo, que irán desde la jovialidad de Los niños hasta la profunda tristeza de Vanka, relato de una brevedad sobrecogedora y que vendrá a ahondar en aquellos otros en los que el escritor nos entrega unas historias sombrías, en las que no habrá ni el más mínimo rayo de luz, el más mínimo signo de esperanza (Tristeza, Desdicha,…).

Como curiosidad (y quién sabe si como conciencia de su propio oficio, una conciencia que, como señalábamos, había adquirido muy recientemente), abundan los relatos cuyo protagonista es un escritor, ya sean como reflexiones sobre el propio oficio o como bromas (su clasificación funcionarial de los escritores de su tiempo), pero que no dejan de tener un toque entre irónico y amargo. Irónico en qué se puede esperar de este oficio, en qué consiste este trabajo que no conoce de horas ni de penas, pero también amargo en un relato como Buena gente, que a alguno le puede resultar curioso desde el momento que inspiró a Nuri Bilge Ceylan el personaje del escritor de artículos para el periódico local, que vive anclado en otro tiempo, y esa hermana tendida sobre el diván, a su espalda, incapaz ya de soportar ese tiempo estancado.

Intentar concentrar en unas pocas palabras más de mil páginas de relatos chejovianos es una tarea inútil, vana, tal vez necesaria (como invitación al descubrimiento, como la búsqueda de una conversión al escritor). Solo leyéndole puede uno adentrarse, si acaso un poco, en el misterio que constituye su obra. También compartir la felicidad infinita que nos da su lectura. Como un milagro, la brevedad lo concentra todo, y hasta sus errores son perfectos. Nada sobra o en todo caso sobra tanto como sobra en nuestras vidas, siempre desde el convencimiento de que hasta el momento más tonto, el instante más banal, son parte de algo más grande, también del momento más intenso. La relación que podemos mantener con su escritura es algo sentimental. Su escritura no es una escritura de cabecera, sino que comparte nuestra cama. No se queda ahí a nuestro lado, vive con nosotros.

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Literaturas

Varujan Vosganian. Recuerda, sangre, por Juan Jiménez García

El libro de los susurros, de Varujan Vosganian (Pre-Textos) Traducción de Joaquín Garrigós | por Juan Jiménez García

Fernando Pessoa | El libro de los susurros

Hay muchas cosas que contar, muchas cosas por ser contadas, muchas cosas de las que liberarse. Hay tanto que escribir. Pero igual no todo puede ser gritado, ni tan siquiera hablado, no siempre podemos escribir sobre aquello que forma parte de nosotros como algo recibido. Tal vez solo seamos un eslabón más en una cadena, un eslabón más en una historia personal de la Historia. La Historia es precisamente eso que suele ser contado a gritos y, por tanto, incomprensible. Porque hay cosas que solo pueden ser susurradas. La muerte de casi dos millones de armenios, de la que ahora se cumplen cien años, mientras el mundo parecía tener la cabeza en otro lado, en esa primera guerra mundial. Eso solo puede ser susurrado. Aquellos medio vivos (o medio muertos) que sobrevivieron, escapando o, simplemente, no muriendo (la única cosa que se esperaba de ellos), solo podían ser contados a media voz, bajo la sombra de un albaricoquero, sentados en círculo. Cuando hablamos de genocidios, cuando hablamos de millones de muertos, cuando a nuestra cabeza le resulta imposible entender esas cifras, hay que volver a los números pequeños. Las historias individuales que contienen la tragedia colectiva.

El libro de los susurros empieza décadas después, pero en realidad lleva escribiéndose desde décadas antes y acabará por escribirse mucho tiempo más tarde. Acabar es una palabra, porque dice: mientras exista el miedo en el mundo, no concluirá. En 1915, durante los tiempos de un Imperio Otomano decadente, se inicia la deportación, la travesía de siete círculos, de los armenios que habitan en sus tierras. Unos serán más afortunados y se olvidarán de ellos, otros no serán olvidados. Poblaciones enteras emprenden una larga marcha hacia el desierto, hacia Deir-ez-Zor. Cada círculo será un intento más de que mueran, como sea, de cualquier manera. Entregándolos a bandas, entregándolos a las bestias, o, simplemente, dejando que mueran por inercia, porque no pueden hacer otra cosa. Los cadáveres se quedarán en los caminos o recorrerán los ríos; luego se organizará cómo hacerlos desaparecer.

Sentir la responsabilidad de contar. Prepararse durante toda una vida para ello. Y luego contar. Escribir. No la Historia, dice, sino los estados de conciencia. Y en ese casi silencio de lo susurrado, tal vez podamos entender algo, llegar a una levedad. A que las cosas no pesen y también a que sean transparentes. Y nos revelen todo el sufrimiento y también toda la esperanza. La esperanza. Una palabra que se lleva mal con las aves carroñeras y el hedor de la muerte, pero sin la cual es imposible vivir. Decía Leonardo Sciascia: sin esperanza no se pueden plantar olivos. Tal vez tampoco ser armenio. Ni persona.

La palabra es frágil, un material que se quiebra como el papel que la acoge. Y sin embargo, también en esta historia el primer muerto fue un poeta. Cuando el Imperio Otomano quiso acabar con los armenios empezó por un poeta. La palabra es el material del que están hechos los hombres, por eso, también, es importante que estos sean nombrados. El libro de los susurros será una sucesión de nombres y apellidos, porque la palabra es aquello que nos da un cuerpo, un sentido, una presencia. Cuando ni tan siquiera hay imágenes es necesario sobrevivir, conservar esas palabras para poder contarlas y esperar. Esperar hasta que alguien llegue y las escriba y entonces sean invencibles. Al tiempo, a los propios hombres.

Varujan Vosganian será aquel que escriba. Aquel testigo silencioso, apenas un crío, que irá recogiendo las historias de sus mayores, en especial de su abuelo paterno, Garabet Vosgonian, y la comunidad armenia en Rumanía, a la que llegaron no pocos supervivientes de aquella matanza. No se trata de reconstruir lo que ocurrió aunque también esa reconstrucción esté, sino más bien de encontrar aquella tragedia en los vivos, medio vivos. Encontrar como cada uno de ellos guardaba una parte, un fragmento, una piedra, como todos ellos llevaban algo por lo que tenían que sobrevivir hasta encontrar esa voz.

Y sobrevivir en Rumanía tampoco fue fácil. Esa Rumanía alineada a la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, y más tarde parte convertida al comunismo por los tratados que dividieron el mundo en trozos, como si todo fuera una cuestión de mapas y líneas que cruzan esos mapas. Las viejas historias conviven con las nuevas, pero ya es demasiado peso para muchos de ellos, que caen doblegados por su tiempo. Derrotados dos veces, tres, muchas. No habrá gritos tampoco esta vez. En El libro de los susurros unas palabras no son más altas que otras porque todas forman parte de una misma experiencia, de un mismo destino. Todo está construido con arena, nada con piedra, y en esa fragilidad debemos volver sobre nuestros propios recuerdos para asegurarnos de que fueron así y no de otro modo, aunque los falsos recuerdos sean tan ciertos como aquello que sucedió.

La escritura de Varujan Vosganian debe, entonces, conservar esas historias por las que aún corre la sangre, esa sangre que obsesionaba a su abuelo materno, Setrak. Y debe conservarlas en un tono apenas más alto que el silencio, en esa voz baja a la que se acostumbró el pueblo armenio, transformar el horror en poesía, que es lo mismo que ordenar el caos del mundo en un precario equilibro, quizás orden. Frente a la necesidad de no olvidar nada de lo que contaban aquellos ancianos, está esa búsqueda permanente de las palabras capaces de conservar esos estados de ánimo. El espíritu frente a la materia. Porque cuando no quedan los cuerpos, cuando apenas quedan unas pocas imágenes, cuando solo quedan las palabras, es el tiempo para los poetas.

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Literaturas

Diario de los asesinos. Una vida indecente, por Juan Jiménez García

Diario de los asesinos (La Felguera) Traducción de Raquel Duato | por Juan Jiménez García

Diario de los asesinos

Iba a decir que si algo nos quedaba por ver en este mundo era un diario escrito por asesinos. Pero no, eso no es novedad, creo. Por asesinos que reconocen ser acuchilladores y ladrones, ya es más extraño. Y lo bueno es que igual no lo eran, pero por qué tenemos que ser tan aburridos y faltos de un sentido poético de la vida. Lo eran, claro que lo eran. En todo caso no se tomaban la vida muy en serio. La suya, la de los otros. Igual es que el humor es un arma terrible, una vieja forma de delincuencia, un arma bien conocida y bien temida por el orden establecido. La Felguera, esa sociedad arqueológica de revolucionarios y revoltosos, nos trae pues este testimonio único y delirante, conocido como Diario de los asesinos, que se editó en Lyon allá por 1884. Tan único y delirante que durante toda su lectura pensé que no podía haber sido real y que todo era una invención contemporánea de una sociedad secreta, pero no, sí, sí, existió, está ahí. Quiero decir, allá.

¿Y qué podemos encontrar en los diez números que duró y que daban derecho a un carnet de profesional, a un certificado de asesino? Pues cosas que interesan al oficio. Ofertas de trabajo, oportunidades de negocio, vida y obra de ídolos locales, dramas para entretener a los aficionados al tema, muchas cosas, de todo, y muchas guillotinas. Porque por aquel entonces la guillotina era como algo muy presente, y si bien ahora estamos preocupados por cosas que suben y cosas que bajan, en aquel mundillo estaban más bien preocupados por las cosas que bajaban y más si es sobre la cabeza de uno. Pero como no se podía estar pendiente solo de la parte desagradable del oficio, siempre quedaban las obritas teatrales y la vida mundana, las variedades y la policía, para poner un poco de salsa a una vida, finales de siglo, final de mundo, en la que solo se podía ser decadente, y qué más maravillosamente decadente que el crimen.

La Felguera, además, intenta poner algo de orden en esas páginas repletas de apuñalamientos, por la espalda o de frente, a personas de su tiempo, y nos proporciona un divertido decálogo del quién es quién en los asesinos de su tiempo, convenientemente ilustrado con clase por Mario Rivière. Así podemos conocer quién fue Jean-Baptiste Troppmann que hizo tanto y tan bien (para su oficio, entiéndase) que necesita dos entregas, además de su propio papel de redactor jefe honorífico del Diario. O Arnold Walder, trabajador desagradecido y mal compañero, que mató a su jefe y su ayudante, para luego, encima, hurtarle a la gente mundana su diversión arrojándose al río para escapar a la guillotina. O Michel Campi, un habitual entre las páginas del periódico, que ocultó su verdadero nombre por respeto a la familia. Pero sin duda, aquellos ignorantes de las grandes figuras del fin de siglo francés, conocerán al menos a uno de ellos, si es que han tenido el buen gusto de ver Les enfants du Paradis, la película de Marcel Carné, en la que aparecía aquel asesino de finas maneras, flequillo ensortijado y extensa cultura. Nos referimos a Pierre-François Lacenaire, el poeta asesino, dicen. Cómo no, André Breton, que no se le escapaba una, lo incluyó en su Antología del humor negro, elevándolo a los altares del surrealismo, que, como cualquier religión, andaba falta de santos y dioses.

En fin. Diario de los asesinos es el testimonio histórico (queríamos decir, irónico) de una época en la que uno se podía reír de cosas de mal gusto (al menos en ambientes aterciopelados). Vamos sumando libros, vamos sumando apaches, calle de los maleficios, etcétera, y nos va saliendo el retrato de un París que no debía ser nada aburrido y en el que aún era posible soñar con una vida indecente.

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Literaturas

Vern E. Smith. Días de furia, por Óscar Brox

Los reyes del jaco, de Vern E. Smith (Sajalín) Traducción de Güido Sender | por Óscar Brox

Vern E. Smith | Los reyes del jaco

Detroit siempre ha sido el escenario perfecto para una película de ciencia-ficción, con su densa capa de aire contaminado procedente de la industria pesada, las ruinas que devastan una buena parte del casco urbano y los sonidos plomizos del techno. Una ciudad, instalada en la bruma, que General Motors convirtió en la cuna del automóvil y Paul Verhoeven en el hogar de RoboCop. Unos años antes, a comienzos de los setenta, los jóvenes americanos regresaban traumatizados de Vietnam. Sin presente y, casi, sin futuro. Detroit era la ciudad del crimen y sus suburbios el punto neurálgico de la distribución de estupefacientes. Vern E. Smith los retrató en un completo artículo de investigación periodística; tan completo, que le animó a volcar su experiencia en un libro que capturase ese ambiente de chulazos, mercenarios, yonquis y príncipes de la heroína. Sajalín publica, en su colección Al margen, el relato de Smith de aquellas calles de fuego y polvo blanco: Los reyes del jaco.

La novela de Smith es como una tragedia isabelina con peluca afro y música de Al Green en lugar de sonetos. Hay un Rey, cuyo trono nunca parece asegurado, y muchos príncipes que se disputan el control del jaco. Uno de esos príncipes es Lennie Jack, veterano de Vietnam obsesionado en dar el gran salto adelante y convertirse en el traficante más poderoso de Detroit. Si algo demuestra Los reyes del jaco es que lo importante no es mantener el poder, sino llegar a viejo. En un lugar en el que la media de edad se estanca en los veintipocos, superar los cuarenta es como ser inmortal. De ahí que Willis McDaniel, el brazo fuerte del negocio del caballo, sea el enemigo declarado de toda una legión de chulazos sin blanca y sin vida que aspiran a llevar a cabo un gran golpe para apalancarse en el poder. Puro pragmatismo salvaje, ley de la selva y capitalismo aplicado al negocio de la droga.

Como en tantas novelas negras, la moral resulta un estorbo para la supervivencia. El yonqui con el mono vende hasta a su madre por un pico de jaco cortado con ácido de batería; el mercenario engaña y estafa a sus empleadores si encuentra un trato más favorable a sus intereses; y la policía aprieta las tuercas a los soplones para atajar montañas de papeleo y horas de investigación destinadas a pescar a los narcos. En efecto, tierra de picaresca y de hijos de puta que Smith retrata sin un asomo de piedad. A través de ajustes de cuentas, cazas al hombre y encerronas que dejan el olor de la pólvora en el escenario. También a un personaje psicótico, T.C. Thomas, con cicatriz a lo Omar Little, capaz de matar a cualquiera y sembrar el terror en las calles por un poco de información o por placer.

Los reyes del jaco puede leerse como un borrador de The Wire. No en vano, su autor comparte con David Simon el oficio periodístico; también las maneras literarias. Ante la densa trama de personajes que desfilan por sus páginas, Smith reparte músculo entre la pura narración de situaciones y su querencia por llevar a cabo una suerte de ficha policial. Así, abundan los pequeños retratos de criminales, con un pie en lo biográfico y el otro en el mito suburbial, y el gusto por describir con detalle ese ambiente de chaquetones caros y coches de color chillón con el que el narcotráfico afroamericano colonizaba los barrios de Detroit. Un microcosmos que contrasta con el olor de los projects alquilados a yonquis para el menudeo en el que el hedor de las ratas muertas tras las paredes supone una alegoría formidable para dibujar a toda una generación perdida.

A buen seguro, George V. Higgins fue el autor que capturó con mayor precisión el lenguaje del lumpen, sus códigos y sus palabras, para inyectarlos en sus personajes de ficción y, de paso, allanar el terreno a la siguiente hornada de escritores. En Los reyes del jaco, Smith aplica la misma regla. De manera que sus delincuentes hablan el lenguaje de la calle, ese en el que una pistola es un hierro, un guardaespaldas es músculo y en el que dar cariño implica cerrar un trato cojonudo, nene. De ahí la importancia, por cierto, de su traducción castellana, mimada hasta el último detalle para cazar cada giro, cada palabra, que los reyes del jaco intercambian en sus breves desventuras. Porque, no en vano, la novela es una forma literaria para explorar la geografía y la sociológica, el crimen y la moral, de una sociedad que despertaba en los setenta completamente desnortada; para la que la vida, breve, regresaba a los tiempos de la conquista del oeste, en el que las pepitas de oro eran sustituidas por el caballo más puro llegado de Nueva York.

Smith narra el mes más violento de Detroit, una odisea por el submundo criminal que solo encuentra un momento de descanso cuando en alguna radio suenan Marvin Gaye o los Temptations. Porque el resto de espacio, poco, queda absorbido por innumerables complots para escalar la cima del narcotráfico y las innumerables ramificaciones que esos mismos complots proyectan. Como si un mapa tridimensional de la ciudad se desplegase sobre la mesa para enseñarnos la destrucción descontrolada de sus barrios. O como si, en esta tragedia con pelo afro y pistolas de varios calibres, Smith reflexionase sobre el pobre factor humano de aquellos reyes de la droga, condenados a envejecer a toda prisa mientras vigilaban el trono. De ahí, en fin, que su novela suponga el mejor recorrido por esos lugares que, muchos años después, David Simon capitalizará en Baltimore y Richard Price en Nueva York. Lugares en los que el alma humana, pese a todo, resiste al fuego cruzado entre bandas. El único elemento que nunca cambia en el paisaje.

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Literaturas

Stephen Benatar. La cordura se rajó de parte a parte, por Almudena Muñoz

La vida soñada de Rachel Waring, de Stephen Benatar (Impedimenta) Traducción de Jon Bilbao | por Almudena Muñoz

Stephen Benatar | La vida soñada de Rachel Waring

Anoche soñé que volvía a Gull Cottage.

No, un momento. Eso es imposible, ¿no es cierto? Yo no me llamo Lucy Muir, ni siquiera soy una señora. No tengo hijos. Ni pretendiente. No todavía; habrá tiempo de sobra para eso, con toda esta lozana juventud por delante. Sí, sí, más bien podrían confundirme con Mary Bailey, antes de ser Bailey, porque todas tenemos que sentirnos mujeres independientes, hechas y derechas, como una etapa de tránsito frente al hombre que se enlazará a nuestro codo y apellido y… Quién sabe. Toca bailar junto al gramófono y poner muchos discos; ¿que no está de moda? Claro que lo estará. Todo vuelve, y cualquier casa desconchada recuperará su valor, y no me refiero al inmobiliario, qué ordinariez; piensen en las páginas, en tantas y tantas hojas blancas y frescas que cubren las fachadas de fincas abandonadas como hiedras lozanas, como mi jovencísima piel. Debo de inspirarles demasiada envidia, a esta edad tan deseable y habitando un lugar que les recuerda a tiempos mejores y a la oportunidad que nunca tuvieron. Pero no se lo tomen así, de verdad que hay una vez para todo, aunque sea tarde, porque todas las sensaciones y los anhelos nos invaden demasiado pronto, y si les gusta suspirar frente a mansiones abandonadas y retratos de desconocidos en exposiciones temporales, ¡entonces léanme, léanme y vean!

Comprueben mi dichoso ejemplo. Una señora que siempre fue señorita, viviendo el recorrido inverso de Benjamin Button, de una manera menos fantasiosa, todo hay que decirlo. Llega un autor y me tiñe de blanco y canas, y luego aplica encima de esa aburrida base un tinte carmesí, un carmín en las raíces del cabello y las uñas de los pies, y coloca porcelana de ensueño, cuadernos crujientes, libros por estrenar, medias de cristal, ¡incluso encajes, encajes blanquísimos, el muy pillo! Una puede revivir, como las casas, aunque su historia sea tan antigua, tantas veces repetida. ¿Doy la vuelta al disco otra vez? ¿Verdad que es exquisito? No me canso, no me canso jamás de dar vueltas; puedo hacerlo con los ojos cerrados porque ya me conozco a la perfección estas habitaciones, y también a los bailarines y observadores con quienes me iré cruzando (unos miran estupefactos, otros me tienden sus manos sudorosas, supongo que encantados; bueno, ¡como ustedes mismos!).

Oh, así que realmente soy Lucy Muir. Me he convertido en una señora, dueña de su terreno. Sin embargo, unas mañanas me levanto como en una historia corta, uno de esos libritos de a penique que incluyen una moraleja final (cursi e injusta, ¿por qué dejar en mal lugar a las bellas heroínas vestidas de encaje, a quien nadie comprende?). Otras el día amanece nublado como entre las hortensias de una novela gótica, o intuyo el peligro del descuido y el abandono, al estilo de los cuentos que esconden reversos que nunca llego a asir del todo, como las biografías que fantasean los adolescentes en sus diarios de scrapbook. A veces la noche me ha parecido la proyección de uno de esos dramas de Elia Kazan o Nicholas Ray; luego sacudo mi frondosa melena y me despejo porque me encanta el cine y mi vida es de película; pero, si yo hubiese pisado California y no Inglaterra, entonces no habría más tragedias, ¡sólo comedia, musical! Tal vez algo de Tennyson, por honrar mis raíces. Las más de las veces, quiero pensar, comienzo la jornada siguiendo la estela del género de los diarios jocosos, cargados de anécdotas que sólo captaría un fino humor inglés. En cualquier ocasión, no importa cuál toque, ¡es todo siempre tan bello, tan bello! A pesar de que nadie más sonría, o lo hagan forzosamente, o con una mueca entre culpable y divertida que no acabo de comprender. Si quieren reírse, ¡háganlo! Si quieren compadecerse, ¡allá ustedes! Yo soy feliz, muy feliz. ¿Quién no lo estaría en mi lugar, sin vivir pendiente del calendario, ni de la cuenta corriente, ni de las calorías, ni de poner lavadoras ni llenar bañeras?

Me llevan de acá para allá, ustedes, o mi autor, o mi pretendiente (oh, sí, desde luego que a cada casadera le llega su buen Martín), como a miss Daisy; soy un ramo de flores que viaja sea cual sea el tipo de transporte, y debo de emitir un perfume tan fragante y un timbre de voz tan deliciosamente Brunilda que todos, todos se apartan ligeramente a mi paso. ¡No quiero amedrentarlos! Al contrario, están invitados a té. Porque, reconózcanlo, ustedes han soñado en alguna ocasión con recibir una herencia inesperada que les cambie la rutina, que les permita ser su proyecto amasado desde la infancia en la parte trasera del pensamiento. Vengan y fíjense en mí, ámenme y luego váyanse, como todos, sin que me importe lo más mínimo, porque comparto mi caserío con el más apuesto de los hombres, de los capitanes, de los escritores, de los retratos, que me lleva en volandas, ligeros como fantasmas, como si realmente fuese una señora, la señora Muir, la señora sin nombre, y estuviese en un sueño en el que el viento salobre del mar venía lleno de cenizas…

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Literaturas

Fernando Pessoa. Diario mínimo, por Juan Jiménez García

Un disfraz equivocado, de Fernando Pessoa (Nórdica). Ilustraciones de Adolfo Serra. Traducción de Martín López-Vega | por Juan Jiménez García

Fernando Pessoa | Un disfraz equivocado

Creemos conocer la poesía de Fernando Pessoa. Creemos conocerla como creemos conocer el Libro del desasosiego. Como algo aprendido (pegado a la piel), como algo que estuvo siempre ahí de un modo u otro. En nuestros bolsillos siempre llevamos algunos de sus versos, alguno de sus pensamientos, alguna idea general para ser usada en cualquier momento. Pessoa, después de todo, escribió sobre nosotros. Nosotros, los perdedores que nunca quisimos reconocer ninguna derrota. Los perdedores que saben que en esa derrota está nuestra victoria. Pessoa, ya lo sabemos, siempre tuvo unas palabras para aquellos que no son nada pero llevan en sí todas las cosas. Es suficiente.

En un bonito prólogo (un bonito prólogo para un libro precioso… no tengamos miedo de usar esta palabra), Martín López-Vega (también traductor, también selector) traza un retrato mínimo de Fernando Pessoa y de aquellos a los que dio una obra (porque vida no tenía ni él mismo). Y ese retrato mínimo tiene algo de máximo, y también algo de este libro, de Un disfraz equivocado, en el que todo es tan mínimo, tan frágil, que es invencible. Versos, palabras, ilustraciones (iba a escribir, más justamente, iluminaciones).

Todo gira alrededor de tres heterónimos y una persona. O cuatro heterónimos y ninguna persona. O cuatro poetas. Alberto Caeiro y su poesía luminosa, llena de la luz de los campos, del azul de los cielos y del agua, del olor a hierba fresca, otoñal o primaveral, sin inviernos ni veranos. El guardador de rebaños (aquello que le gustaría ser) nos ensancha los pulmones, alarga nuestra mirada, derriba los edificios que nos rodea, los borra, los convierte en otra cosas. Desaparecen nuestras ciudades y crecen árboles en nuestras cabezas con raíces que atraviesan nuestro cuerpo. Canto al ser, al sentir, a la presencia de todas las cosas y de nosotros mismos, a ver todo en todo.

Ricardo Reis era aquel mundo antiguo de Guillaume Apollinaire. Su poesía se hunde en la noche de los tiempos y solo responde a esos tiempos. Y el hombre se pierde en ellos. Caeiro es el día, Reis la noche. La luz frente a la oscuridad. Lo que está frente a lo que tan solo se presiente. El tiempo se espesa como es espeso su amor por Lidia. No pasan los días, pasan los siglos. Ricardo Reis quería ser todo como Alberto Caeiro quería reconocerse en todas las cosas. Entre ambos, quedaba Álvaro de Campos, que era un Pessoa mal disfrazado.

Álvaro de Campos creía en la ciudad como Alberto Caeiro creía en el campo. La vida era eso que discurría frente a él, frente a su ventana, como Estanco, y él la veía pasar, como pasan las estaciones, los trenes, las tormentas, los amores y, claro, otras cosas. Todo le hacía pensar y, a la vez, saber que ese es el principio de nuestro final. Esa incapacidad para no hacerlo. De Campos escribía el Libro del desasosiego en versos y era contable sin saberlo. Nada le es ajeno, pero la vida solo le roza, porque está hecho de esa materia con la que se hace la poesía, una parte de aire, una parte de palabras, una parte en negro, una parte blanco papel. Una parte sueño, una parte escritura, una parte baúl, una parte paseante solitario.

Como esa infinidad de líneas, de hilos enredados, que recorren las ilustraciones de Adolfo Serra, Fernando Pessoa seguía su obra y las de sus criaturas. También aquello que le rodeaba, que le envolvía y le hacía pensar en todo, como una dulce enfermedad, como un estado febril lleno de imágenes (que no debían ser muy distintas a estas que acompañan al libro). Sí, Martín López-Vega tiene razón: el escritor portugués no tenía vida, solo una obra. No fue nada más que un fingidor pero logro ser todas las cosas, ayudándose de aquellos poetas incorpóreos. Y uno sigue pensando que no vivió su vida porque vivió las nuestras. Y luego las escribió, para que nos pudiéramos encontrar allí. Mucho después. Siempre.

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Número seis

Ofelias que expiran e inspiran al fondo de mi memoria, por Mara González de Ozaeta

Mara González de Ozaeta | Ofelias que expiran e inspiran al fondo de mi memoria

 “Allí donde el río, crece un sauce recostado

 que refleja hojas blancas en el agua cristalina.

Allí, mientras tejía fantásticas guirnaldas

De ranúnculos, ortigas, margaritas y esas flores alargadas

…”

 

(Shakespeare, W. Hamlet 4. 7. 170- 180 p. 593)

 

En este y otros mundos la presencia del agua se adivina con un ligero rumor sonoro. Igual que el rumor de un reloj, el del río cuando pasa cerca escribe el libro de nuestras vidas. Aquello que más seduce del río son los enigmas que plantea. Cuando va a cruzar aquella senda no se puede saber qué deja tras de sí ni hacia dónde se dirige, ni a qué suena… En cambio también da miedo acercarse demasiado y que se lo lleve a uno acunado por un destino que puede ser fatal. Muchas veces preferimos ignorar lo que el río lleva consigo, porque aunque bello su descubrimiento también puede ser terrible.

 

Así previene Horacio a su fiel señor, el joven Hamlet:

“Señor, ¿y si os tienta hasta las olas,

o hasta aquella cumbre de vértigo

que se adentra en el mar sobre su base

asumiendo allí alguna horrible forma

que os prive de la soberana razón

y os arrastre a la locura? Pensadlo.

El sitio en sí mismo inspira horror,

sin causa aparente, a todos quienes consideren

la enorme distancia hasta el mar y oigan sus rugidos”

 

(William Shakespeare Hamlet. Acto 1, 4, 70. P. 183)

leer en détour

Número seis
Pa(i)sajes: Del agua
Imágenes: Francisca Pageo

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Literaturas

T.E. Lawrence. El unicornio, por Óscar Brox

Lawrence de Arabia y las hijas del trueno, de T.E. Lawrence (Macadán) Traducción de I.M Gálvez y P. Canto | por Óscar Brox

T.E. Lawrence | Lawrence de Arabia y las hijas del trueno

Hay vidas que se concentran en un nombre, apenas un par de palabras que, sin embargo, resumen con claridad un fragmento de la Historia. Thomas Edward Lawrence quedó grabado en la memoria del tiempo como Lawrence de Arabia; arqueólogo, escritor, oficial del ejército británico y pieza clave durante la rebelión árabe contra el imperio otomano. David Lean plasmó sus andanzas en una de las películas más épicas jamás filmadas y Robert Graves fue, entre otros, uno de sus biógrafos. Amigo de George Bernard Shaw y Thomas Hardy, colega de Winston Churchill y mito viviente, Lawrence cultivó en el primer tercio de su vida una imagen que, literalmente, oscureció al hombre en favor del personaje. La editorial Macadán publica las cartas que T.E. escribió entre 1922 y 1935, el año de su muerte, marcadas por el anhelo de trascender aquellos años de aventura y dibujar la compleja personalidad de su autor a través de una de sus pasiones: la velocidad. La misma que, a lomos de su última motocicleta, acabó con su vida.

Lawrence después de Arabia describe un retrato preciso del mito que ansía recuperar su humanidad perdida. Bajo diferentes alias, como John Hume Ross o como T.E. Shaw, Lawrence explica a sus amigos y conocidos sus tentativas por reinsertarse en una vida normal, ajena a cualquier clase de aventura cuyo capítulo final había escrito. Acechado por la prensa, inmerso en la redacción de su experiencia árabe, T.E. vierte en esas cartas todos los pequeños detalles, dudas y temores, que atenazan su existencia cotidiana. A veces son sus reflexiones sobre el estilo literario que maneja en su relato biográfico, en otros casos sus diferentes traslados de unidad, casi siempre la incomodidad que le provoca no sentir que le ha sido devuelta su vida tal cual la dejó antes de partir a Oriente. Salvo por alusiones de su autor, nunca conocemos la opinión de sus numerosos interlocutores, lo que refuerza, en cierta medida, esa sensación de aislamiento del protagonista. Misiva tras misiva, la compleja personalidad de Lawrence, capaz de escribir para averiguar el monto definitivo que cobrará por sus memorias o de reflexionar sobre la vida en la unidad de tanques, se despliega en pocas palabras.

En eso relato ininterrumpido, que saltará de Gran Bretaña a Pakistán según el rol que desempeñe su protagonista en el ejército, se mantendrá un mismo rasgo: la velocidad, la de las varias motos que tendrá durante esos años o la de las lanchas que ayudará a diseñar y pilotará. Velocidad que le llevará a visitar la casa del mencionado Hardy, un anciano de 86 años que peleaba con su mujer por el valor de sus memorias, o a sentir el aullido del viento mientras llevaba al límite el motor de sus boanerges, las hijas del trueno. Y es que, como el propio Lawrence confiesa a uno de sus interlocutores, el motivo por el que desprecia el tiempo de las aventuras reside en el descubrimiento que ha hecho al servicio de la RAF: el futuro se encuentra en la conquista del aire, es decir, en la moderna aviación que alcanzará su cenit durante la Segunda Guerra Mundial. Ante esa quimera, tecnológica y humana, ¿quién puede resistir el poder de atracción del viento?

Hasta cierto punto, se puede decir que el camino que dibuja la correspondencia de T.E. Lawrence se asemeja a un intenso zigzag a lomos de una motocicleta en mitad de una tormenta de arena. Episodios de euforia, desesperación, aburrimiento, soberbia, delicadeza o bonhomía configuran el retrato poliédrico de un personaje difícil. Prácticamente asexuado, noble y leal, preocupado por no disponer de días de vacaciones para frecuentar más a sus amistades, poeta y narrador, pero sobre todo humano. Hombre de carne y hueso que enumera en sus cartas las múltiples fracturas y heridas, la progresiva vejez que lastra sus movimientos y la insoportable agonía que le impide regresar a su fortaleza en Cloud Hills, quizá el nombre más apropiado para una casa. En fin, visiones de una figura renuente a la hagiografía, que observaba en el cine un espectáculo de pacotilla que poco o nada podía reflejar en comparación con la realidad. O, sencillamente, con esa fuerza que emanaba de su puño cuando giraba el manillar y el motor comenzaba a rugir.

Robert Graves dejó escrito que T.E. Lawrence fue, posiblemente, el último unicornio. Un personaje único, insólito, quizá por ello eternamente aventurero. Una figura cuyas cartas, mezcladas con un par de ensayos y un poema, descubren a un hombre obsesionado con una sola idea: huir, a la desesperada o con sigilo. Huir de la fama, del pasado, de su apellido. De todo. Huir hasta ese lugar donde aúlla el viento y el aire arrulla a las personas más solitarias. A salvo, quizá para siempre, de aquellos que quisieron leer en el rostro de un hombre común las facciones de un mito inmortal. Huir, a toda velocidad, hacia ninguna parte. A las nubes, quizá, el único lugar al que todavía podía llamar hogar.

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