Literaturas, Negro sobre negro

Jean-Patrick Manchette. La rabia, por Juan Jiménez García

El caso N’Gustro, de Jean-Patrick Manchette (RBA) Traducción de Ramón de España Renedo | por Juan Jiménez García

Jean-Patrick Manchette | El caso N'Gustro

Aparecida el mismo año que su primera novela, Dejad que los cadáveres se bronceen, Jean-Patrick Manchette con El caso N’Gustro venía a querer decir que escribía para quedarse, que la escritura era una manera como otra de lanzar al mundo todo una rabia y que él no sería otro más, otro escritor más, otro escritor de novela negra más. Si la primera era una obra imperfecta, una especie de duelo del oeste sin oeste, de pulso narrativo en el que había que mantener la tensión ayudado tan solo por la muerte, prescindiendo de todo, su segunda novela fue algo más complejo. Como si se hubiera desembarazado de esa necesidad de morir, en ella solo queda el miedo. El miedo que es tan frío como la muerte. El miedo que es tan persistente como el odio.

El caso N’Gustro es una novela negra en la misma medida que es una novela política. Y es una novela política en la medida en que es una novela de formación, una especie de retrato del fascista como perro rabioso. El gran vómito. Inspirada en el secuestro y desaparición de Ben Barka, político de la oposición marroquí que acabó en manos de los servicios secretos franceses para ser entregado a sus verdugos, su protagonista no será N’Gustro, su igual, sino que este será una simple excusa, un pedazo de carne lanzada como cebo, para construir la historia de Henri Butron, un joven de su tiempo.

¿Y cuál es su tiempo? Los años de plomo franceses. La guerra de Argelia, mayo del sesenta y ocho, el final de gaullismo,… Si alguna cosa se había aprendido era a radicalizarse a nivel personal, tanto a derecha como a izquierda, y el juego sucio del Estado, convertido en ese monstruo perturbador de turbias y cambiantes aspiraciones. Henri Butron se adaptará. Su interés es el dinero y el sexo, pero, como bien dice, el primero consigue lo segundo, luego mejor centrarse en ese primer punto. Primero empezará con robos de coches como algo práctico, para su uso y disfrute personal, pero la casualidad le llevará a partirle la cabeza a un tipo. A partir de ahí, vendrá el ejército. Argelia.

El ejército le durará poco. Un accidente lo devolverá a Francia y al colegio, a la vida de provincias de su Rouen. Y con todo esto, la necesidad de crear un personaje. Está la materia prima y solo hay que darle a la gente lo que quiere. Butron no siente apego por nada, solo por sí mismo y los billetes. Si por él fuera se pasaría el tiempo follando y durmiendo. Aun así, acabará metido en grupos de derechas, simpatizantes de la OAS (la organización terrorista surgida al calor argelino), lanzadores de bombas, partidores de cabezas y cuerpos, en enfrentamientos con la izquierda radical. Podría estar ahí como en cualquier lado. Solo es una manera más de sacar todo su odio, su rabia, su violencia.

No irá muy lejos. A París. El caso N’Gustro acabará con él. Su propia vanidad, esa especie de sentimiento de sentirse imbatible, entre la mentira y la turbia verdad. Un negro y un blanco derribarán la puerta. Le meterán una bala en el corazón y se llevarán la historia de su vida, que ha ido contando impacientemente, salpicada de un heroísmo de macarra, de hijo de puta, de héroe de la nada. Su cinta no servirá para delatar nada, para acabar con nadie, para destruir ninguna cosa más que a sí mismo. Solo servirá para que el cacique de turno se divierta escuchándola, una larga noche. Para que se excite con sus aventuras sexuales o para que se parta de risa con sus conjeturas y con esa vida intensa que piensa llevar. Esto es el principio. No es necesario crear una tensión innecesaria, ningún atisbo de esperanza.

Para Jean-Patrick Manchette también era el principio. En su novela está todo, pero sobre todo esa rabia de escribir, esa frialdad que no deja ningún espacio a la ternura porque la ternura es algo que no existe o muy poco y dura aún menos. El escritor solo puede ser ese testimonio y su obra el acta levantada sobre un cadáver.

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Literaturas, Negro sobre negro

Chester Himes. Paseo por la locura y la muerte, por Óscar Brox

Un ciego con una pistola, de Chester Himes (RBA) Traducción de Anna Becciu | por Óscar Brox

Chester Himes | Un ciego con una pistola

Para cuando Un ciego con una pistola salió de la imprenta, Chester Himes había puesto rumbo a Alicante para agotar sus últimos años de vida. París y el sur de Francia le habían acogido durante casi dos décadas en las que pudo intimar con Marcel Duhamel, brazo fuerte de la série noire de Gallimard, desayunar caviar con Melvin van Peebles y recibir el premio literario más importante. Nada mal para un autor perseguido por el color de su piel, que no solo tuvo que soportar una condena de siete años en prisión, sino también vivir en sus huesos la miseria de los coletazos finales de la depresión social en América. Curiosamente, Himes escribió en su exilio parisino la mayoría de novelas dedicadas a la pareja de policías Ataúd Ed Johnson y Sepulturero Jones. Obras en las que Harlem es más un estado mental que una realidad urbana, producto del shock sexual y de la segregación racial que sacudían a la ciudadanía hasta hacerle perder el sentido, la moral y las formas. Porque en sus novelas Harlem palpita en la basura acumulada, en el contoneo salvaje de los amanerados negros en busca de carne blanca, y viceversa, en el olor hediondo que conquista cada esquina, los labios leporinos, las dentaduras picadas y el brillo de las navajas que esgrimen los chulazos a la menor oportunidad. Harlem se siente, como si no hubiese palabras para describir ese inmenso manicomio apretado entre los márgenes de Nueva York. Y, sobre todo, se recuerda, como si Himes descargase en las descripciones jirones de su memoria; los porrazos, los agravios y las heridas que dejaron marca en su cuerpo y dolor en su fuga hacia Europa.

En Un ciego con una pistola las situaciones se acumulan entre sus páginas, con la presencia secundaria de Ataúd y Sepulturero como testigos de la violencia que se arremolina en las calles de Harlem. Resumamos: está un empresario teatral cosido a navajazos por (presumiblemente) el chulo negro que ha comprado para pasar un buen rato; también el pope de una secta religiosa polígama, Mister Sam, que busca en un elixir hecho de mierda, semen y pelotas el vigor sexual que su cuerpo de casi cien años ha perdido; está el camarero de un restaurante, presunto chulo, de quien se dice fue la última persona en ver con vida al empresario; están los musulmanes negros, los predicadores locos y la muchedumbre que responde a las arengas con manifestaciones callejeras incontrolables; y está, finalmente, una de las imágenes más desconcertantes de la obra de Himes: la talla de un Jesús negro, rabioso y al acecho, cuyo cuerpo está embadurnado por una sangre también negra.

Cuesta trabajo imbricar las diferentes historias urdidas por Himes, ya que casi todas son fogonazos de una violencia que hunde sus raíces en la tensión racial. En el odio, el desprecio y el deseo de venganza. En el sarcasmo que define el conflicto de sus dos protagonistas, al servicio de los blancos y en defensa de los negros, cuyos expeditivos métodos de investigación superan, con mucho, la brutalidad policial. Porque el Harlem de Himes es la proyección de un infierno que respira el aire enrarecido de un tugurio de jazz y devora sus propias entrañas. Un campo de concentración, como afirma Raúl Argemí en la presentación del libro, al que todos sus habitantes se han acostumbrado. Así hasta alcanzar la locura, la desesperación y el más terrible sálvese quien pueda. Porque Un ciego con una pistola quizá sea la novela más impresionista de su autor, en la que lo más directo y lo más frontal vencen a cualquier tentación psicologista. El olor a mierda, la risa desdentada de un matón de tercera, el sexo frondoso de una puta o la estupidez de una investigación que no avanza sino que serpentea hacia la nada. En la que se siente la soledad y la furia de sus protagonistas, el rencor y el asco hacia ese poder negro que nadie confiaba que lograse doblegar el yugo del hombre blanco.

A Himes siempre le importó bien poco ser un escritor correcto o respetuoso. De ahí que no parase en mientes a la hora de reflejar la sexualidad desbocada de las calles de Harlem o no dudase en atizar un puñetazo directo al plexo solar de una prostituta. Su novela está escrita con la misma fiereza con la que sus personajes esgrimen la navaja y cosen a puñaladas a sus víctimas. Con ese tono sardónico, de vuelta de todo, que en el fondo encubre la pérdida total de confianza en el ser humano; la sensación de que esa persecución racial era interminable y la mejor opción pasaba por huir y buscar cobijo en un lugar seguro. Como si Harlem fuese un avispero al que atizan desde diferentes direcciones. En el que la violencia brota cuando menos te lo esperas y el sexo sucio es como una sombra pegada a nuestro cuerpo. Inseparable de lo que somos, algo elemental. Y a fe que el autor de Empieza el calor se entrega con ganas a retratar la descomposición de esa jaula de hombres y mujeres ahogados en su miseria. Para los que la única salida consiste en abrazar el loco ambiente de corrupción y violencia que surca cada palmo del barrio. El oprobio permanente.

Se dice que Himes se inspiró en un suceso real para escribir la novela, y es precisamente ese ciego con una pistola el encargado de cerrar el relato. Arruinado tras una partida de dados, la tensión racial entre los propios negros afloja el cinto y saca a relucir el arma que, en manos del ciego, se dispara en todas direcciones pero acierta de pleno en el hombre blanco. Con tanta violencia como, a su manera, compasión, Himes cierra el libro con la misma locura con que lo inició: con una estampida de personas, enloquecidas por un tiroteo en el metro, que buscan desesperadamente ayuda frente a una policía preparada para dispararles. Porque están en Harlem y la Ley solo apunta a la gente de color. Y ante eso solo caben dos respuestas: la revuelta o la locura. Himes eligió esta última.

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Literaturas

Eduardo Halfon. Hacia el vacío, por Juan Jiménez García

Monasterio, de Eduardo Halfon (Libros del Asteroide) | por Juan Jiménez García

Eduardo Halfon | Monasterio

Lo fácil es decir que Monasterio es la tercera entrega de una suerte de escritos familiares de Eduardo Halfon. Los primeros fueron El boxeador polaco y La pirueta y, como la vida, unos cogen partes de otros, se repiten, se explican. Hay algo de eso también en este libro. Un viaje desde lo concreto a lo abstracto, que pasa por la disolución. No para desaparecer, ni tan siquiera para confundirse con el paisaje, sino para volverse uno solo con los recuerdos, con los fragmentos de la memoria que van acudiendo, gota a gota. Un viaje que por dulce acumulación llega hasta la nada, como todos esos colores que se mezclan para dar el blanco.

Todo empieza con un viaje a Israel para asistir a la boda de la hermana, convertida en judía ultraortodoxa. Ella, que era otra cosa. Más inocente, si se quiere, más ligera. Ahora todo es pesado a su alrededor. Es pesado su futuro marido, es pesado ese ambiente lleno de prohibiciones y rigores. El escritor piensa que cada persona decide como salvarse, también los fundamentalistas, pero él está en otra parte, está con aquellos que se salvan aunque sea a través de la mentira, que también puede ser una forma de fantasía o una etapa de la fabulación. No es que todo le moleste o que le cause una repulsa inmediata. Es simplemente que no soporta ese ambiente enrarecido y triste.

El escritor piensa que no es judío, pero la pregunta es si se puede dejar de ser judío. Ser judío en algún momento dejó de ser una creencia para ser una parte intrínseca de uno mismo. No se puede dejar de ser judío, no se puede dejar de preguntarse sobre qué significa eso. No es algo que se discuta, no es algo negociable. Uno es.

Dos. Su encuentro con Tamara, a la que conoció en una noche guatemalteca. De la que escapó entonces, de la que piensa en escapar ahora, o simplemente dejarla correr. Pero no será. Ella irá tras él. Iniciarán un viaje en coche a través de la ciudad hasta una playa desierta y salina, una sal que sirve para todo, desde hace siglos, y que también le sirve al escritor para darle un sentido a esas imágenes que saltan a su cabeza, desde otro tiempo, desde un sueño, desde cosas que escuchó, como piezas de algo más grande, de un mecanismo.

El abuelo, el abuelo muerto, el abuelo que renunció a Polonia, esos traidores, el abrigo rosa con el que años después el escritor viajará allá, buscando una dirección, el abuelo muerto en su cama, la abuela, su hermana niña, su hermana asustada ante el tamaño gigante de un ratoncito que debería ser Mickey Mouse. No queda nada. Tampoco queda nada en su puño cerrado en el que, como en el de aquel otro judío, debía llevar su nombre escrito. No Eduardo, sino Nissim, su nombre hebreo. Pero ambos lo perdieron. Aquel otro niño que se hizo pasar por una niña para poder sobrevivir entre las monjas católicas, y también él.

Finalmente, al pensar en ello, ha llegado al final de su viaje. Vacío de todo, escondido en ese mundo-monasterio. También vacío de palabras. Monasterio es un libro que pasa desde el humor somnoliento a la tristeza del que despierta. Es tremendamente bello en su disolución y, como si estuviera hecho con la arena de esa última playa o con la sal de ese último mar, vemos cómo se nos escurre entre las manos abiertas y vueltas hacia el cielo sin solución. No es que no quede nada, al contrario. Queda todo. Pero qué es ese todo seguirá siendo un misterio. Un melancólico misterio.

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Literaturas

Christiaan Huygens. Elogio de la curiosidad, por Óscar Brox

Cosmotheoros, de Christiaan Huygens (Jekyll & Jill) Traducción de Rubén Martín Giraldez. Ilustraciones de Alejandra Acosta | por Óscar Brox

Christiaan Huygens | Cosmotheoros

Más de medio siglo antes de que la sonda Voyager fuese lanzada al espacio para el estudio y la exploración del sistema solar, Georges Méliès soñó que el cine era capaz de cubrir, con un primitivo fundido encadenado, la distancia entre la tierra y la ignota superficie lunar. Bastaron 10.000 francos, un cañón y la literatura de anticipación de Verne y Wells para forjar ese instante en el que la técnica se abrazaba con la imaginación para iluminar un nuevo mundo. Para nutrir con ingenio el ansia por la conquista científica. No en vano, la curiosidad fue durante siglos el combustible para poner en marcha las más diversas teorías sobre todo aquello que formaba parte del vasto cielo. También el terror y la necesidad de conocer el motivo por el que sucedían fenómenos como los eclipses solares.

Cuando Cosmotheoros vio la luz, Europa vivía los dos episodios más relevantes del siglo XVII. De un lado, la Paz de Westfalia, que arrebataría al papado la figura central dentro del esquema del Poder, allanando el camino para el ímpetu renovador de la Ilustración; y del otro, la consolidación de la revolución copernicana que abanderaría Kant. Y es que precisamente fue Copérnico y su transición hacia un sistema heliocéntrico el punto de partida de estas conjeturas relativas a los mundos planetarios que Christian Huygens dedicó, como una larga carta, a su hermano. Constantijn, que moriría pocos meses después, había acompañado a Huygens durante sus largas charlas junto al telescopio, con el tapiz nocturno de estrellas y planetas como eterno misterio que necesitaban desentrañar.

Las conjeturas de Huygens arrancan a partir de la evidencia de la naturaleza humana y las ideas en torno a los planetas del sistema solar. Con los datos recabados en torno a Marte, Saturno o Júpiter, más la certeza que conceden las diferentes revoluciones humanas acaecidas durante siglos sobre la tierra, Huygens se aventura al vasto espacio armado con un método: la semejanza. Pensar que aquello que nos hace singulares no tiene por qué ser patrimonio exclusivo del hombre, sino una característica extensible, a la luz de los hallazgos astronómicos, a otros planetas. Así, a partir de lo más elemental, que extra de sus lecturas de Kepler, Copérnico, Nicolás de Cusa o Giordano Bruno, Huygens se pregunta una y otra vez si no es posible aventurar la universalidad de tal rasgo; si donde hay placas de hielo o temperaturas parecidas no puede existir un cultivo; si un cultivo no puede dar pie a pensar en cuestiones de botánica, de zoología y, en fin, de vida biológica. Por curiosidad, pero también por necesidad, pues su cadena de inducciones deriva de aquella la posible existencia de habitantes que tengan manos, sentidos, alma y raciocinio a semejanza de los humanos.

Del mismo modo que Kepler fue precursor de la ciencia-ficción con Somnium, en la que narraba un viaje onírico a la luna, Huygens avanza en sus conjeturas la imaginería de unos planetas todavía desconocidos para la ciencia, evocaciones soñadoras que anhelaban poder llevar a cabo el gran salto. De ahí que Cosmotheoros sea, en cierto modo, un tratado sobre la naturaleza y las pasiones humanas que su autor exploró a conciencia mientras especulaba con la descripción de las sociedades de otros planetas. Un tratado marcado por las exigencias de la naturaleza, la magnitud de las conquistas humanas y la figura de Dios, que gradualmente desaparecería (como el éter de la teoría aristotélica) de las explicaciones astronómicas en el curso de los siglos posteriores. Un tratado en el que, frente al giro copernicano, Huygens discute las lecturas de Athanasius Kircher y, junto a su telescopio, fabula con el mismo arrebato humanista con el que Descartes fraguó su discurso del método en una habitación en Holanda. Si el primer libro es un amplio tratado sobre la constitución de la vida natural y animal en los planetas del sistema solar, el segundo hunde sus raíces en la propia constitución de cada planeta tal y como está recogida por los diferentes estudios.

Para esta maravillosa edición de Cosmotheoros, la editorial aragonesa Jekyll & Jill ha contado no solo con una precisa traducción de Rubén Martín Giráldez, atenta al detalle y profusa en información complementaria sobre cada dato, autor y obra citados, sino también con las bellísimas ilustraciones de Alejandra Acosta. Unos dibujos que comparten el espíritu de la obra de Huygens, pues proponen una colección de imágenes de la ignota botánica extraterrestre, de los animales, plantas y habitantes de aquellos planetas que las palabras de su autor intentaban acercar como si pudiésemos verlos a través del más potente telescopio. Y es que a Cosmotheoros le sucede como a la concepción mecanicista de los animales de Descartes. Sin esta última, posiblemente, no existirían las ovejas eléctricas de Philip K. Dick. Sin la obra de Huygens, además de la teoría ondulatoria de la luz y el estudio de los anillos de Saturno, entre otros hallazgos, nos habríamos visto privados de esa curiosidad que página a página alienta a descubrir todo aquello que se desconoce. La misma que llevó a un viejo ilusionista a invertir una pequeña gran cantidad de dinero para fantasear, sesenta y siete años antes de que la nave Apolo 11 aterrizase sobre su superficie un 20 de julio, con el viaje a la luna.

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Literaturas, Negro sobre negro

Jonathan Ames. Breve tratado sobre el frío, por Juan Jiménez García

En realidad, nunca estuviste aquí, de Jonathan Ames (Principal de los Libros) Traducción de Carlos D. Lozano W. | por Juan Jiménez García

Jonathan Ames | En realidad, nunca estuviste aquí

Joe es un tipo duro de pasado igualmente duro (ejército, FBI). Fuera de eso es un tipo solitario que no aspira más que a desaparecer. Y lo hará. Cuando muera su madre, último lugar de encuentro con el mundo. Penúltimo, tal vez. Joe se dedica a actividades no muy legales, pero seguramente justas. Rescata a muchachas jóvenes de las mafias de la prostitución, a cambio de dinero. Es un asesino a sueldo que no mata a nadie si no es por pura necesidad logística. Tampoco es que le importe mucho hacerlo. En su mundo solo caben él, su madre, McCleary, el intermediario que le consigue los trabajos, y las víctimas. No hay nada más y no puede haber nada más. Ni otros. Ni, por supuesto, mujeres.

Su tiempo es el de la invisibilidad. Su arma, un martillo. Tiene cosas más contundentes, pero le gusta el martillo porque era aquello con lo que lo amenazaba su padre de pequeño. El martillo es el miedo, el pánico. Lo era para él y ahora para los demás. El martillo es capaz de detener el tiempo y, con el tiempo detenido, todo fluye más rápido. Cada trabajo exige una precisión. La precisión unas pautas, un conocimiento. Joe es eso: el frío.

Jonathan Ames es cómico. O si es algo más que otras cosas es eso, cómico. Pero en En realidad, nunca estuviste aquí, no hay nada gracioso. Es simplemente un artefacto que nos reconcome por dentro, un libro que cuenta, que cuenta cosas terribles, que las cuenta de una manera terrible y que nos deja en la espera de que lo más terrible está siempre por llegar. Jonathan Ames escribió un libro que era como un martillo.

Un día a Joe le encargan recuperar a la hija de un político que pretende llegar a gobernador. Su hija fue secuestrada hace seis meses y debe estar prostituida en cualquier rincón. Su mujer se suicida un mes después. Un día recibe una aviso. Alguien la ha visto en un burdel. Alguien a quién él conoce y que (le horroriza la idea) debe haber estado con ella. Ella, que tenía trece años. Allí la explotarán, será mil veces virgen, y luego, cuando ya no sirva, cuando sea demasiado vieja, un poco después, no mucho después, la matarán. Ir a por ella es fácil. Fácil para él. Solo hay que tener un poco de paciencia, ni tan siquiera mucha, un poco de contundencia. Pero hay algo más.

Ames escribe una obra crepuscular llena de despedidas nunca a tiempo. Despedidas físicas y morales. Porque también Joe dice adiós a alguna última convicción. Es una novela de hechos, pero también una novela de misterio. El misterio es como este mundo es capaz aún de sostenerse en esa miseria que parece devorarlo todo. Silenciosamente. En ausencia de límites, en ausencia de cualquier fondo, la caída carece de cualquier final. La vida también. Joe, que no es muy dado al sentimentalismo, convive con el asco, tal vez con la perplejidad.

Libro oscuro, casi negro, En realidad, nunca estuviste aquí, es breve porque todo ocurre sin más, como una fatalidad, como algo que no se puede prever y como algo a lo que solo queda responder y seguir. No hay lugar para los sentimientos porque no hay tiempo para ser un sentimental. En un mundo donde todo vale, lo único que parece no importar es el otro, sea quien sea.

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Literaturas

Paco Inclán. El escritor frente al mundo: perplejo, por Juan Jiménez García

Tantas mentiras, de Paco Inclán (Jekyll & Jill) | por Juan Jiménez García

Paco Inclán | Tantas mentiras

El mundo es pequeño y si uno se toma las molestias necesarias puede ser reducido a un puñado de páginas. Como esa primera novela en la que uno, quitando de aquí y de allá logra dejarla reducida a una única página. Desde el momento que no podemos llegar a todo, una parte puede ser suficiente para contar algo, una idea de ese pequeño mundo, pongamos. Solo hay que elegir y, luego, distorsionar la realidad, forzarla, realizar las contorsiones suficientes para que esta llegue a decir algo. Algo que queríamos decir. Y también aquello que no hubiéramos querido decir. Algo. Eso podría ser el libro de Paco Inclán, Tantas mentiras. Y entre todas esas mentiras, una verdad luminosa: qué ediciones más bellas hace la gente de Jekyll & Jill.

Paco Inclán decide llevar una vida de aventuras. Bueno, tal vez no. Es una cuestión de circunstancias, pero las circunstancias también hay que buscarlas. Lanzado a los caminos, embarcado en variopintos proyectos, un tiempo puede estar en Ecuador, otro en Barcelona, otro aquí cerca, en Godella, su pequeña patria. Las razones difieren y los países son lo que son, incluso cuando no son ni países ni nada. La realidad, como siempre, está en otra parte. En los rincones remotos o las cabezas perdidas de la gente. La gente. Hay en todos ellos como una persistencia que los deja en sus asuntos, asuntos atemporales. Ya sea investigar hasta la extenuación la pelota vasca o hablar de almorranas, ya sea perderse en rutinas con algo de secreta fórmula matemática o de geometría poco variable.

Su viaje literario comienza en la embajada de Ecuador. Ecuador es un país famoso porque en su embajada de Londres tienen a un huésped llamado Julian Assange. Esa prueba de humanidad no es extensible a cualquiera, y quedarse en el propio país no es tan fácil, ni con carnet falsificado de periodista, la última moda. Una vida de aventuras es cualquier cosa, en este mundo devaluado. Conseguir un visado, cierto, pero también bajar una opresiva cremallera atascada. La sordidez de una habitación de motel fronterizo puede ser lo más cercano, por inquietante, aunque uno luego esté en Guatemala y nunca pase nada, por muy noche que sea y por muchos noticieros que haya visto. Una Guatemala sobrevalorada. En realidad el mundo está sobrevalorado. No hay nada emocionante, luego las emociones son cosas cotidianas, de andar por casa.

Pensemos en el Subcomandante Marcos. Nuestro protagonista se lo encuentra convertido en una estrella del rock que no canta nada, solo se lamenta. En una narración hilarante, suenan los viejos temas como viejas canciones. En un tiempo sin gigantes, tenemos que coger los héroes de cualquier lado, como las aventuras. Un marquista, un pintor, esconden tragedias aún más grandes, pero a nadie importan, más que a ellos. Y tal vez ni eso.

Así, cuando nuestro narrador acaba en un rincón agreste de California, debidamente ubicado para hacer de él un artista de provecho, un escritor, acaba convertido él mismo en obra de arte posmoderna gracias a la modernidad cristalina que entrega jaulas en vez de casas. Expuesto al mundo, dispuesto a recoger lo que le lancen, no hay enseñanza mejor que esa del artista como joven monito.

Tratado de perplejidad, de irónica perplejidad, obra abierta al mundo, sueño cerrado, pesadilla abierta, cruce de caminos que no llevan a ningún sitio, mitologías caducadas (pero que aún se pueden comer, sin miedo), cotidianidades extraordinarias, odiseas en pantuflas,… Como en esa última novela que cierra el libro, el proceso ya no consiste en escribir sobre nuestras pobres vidas, sino en (des)escribirlas, hasta que ya quede nada, más que lo esencial. Un puñado de mentiras, alguna verdad.

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Literaturas, Negro sobre negro

Maj Sjöwall, Per Wahlöö. Días grises, por Juan Jiménez García

El policía que ríe, de Maj Sjöwall y Per Wahlöö (RBA) Traducción de Martín Lexell, Manuel Abella Martínez | por Juan Jiménez García

Maj Sjöwall y Per Wahlöö | El policía que ríe

Martin Beck es un personaje curioso. No despierta especial empatía con el lector, no tiene una vida muy atractiva, su vida afectiva es un desastre, su estómago no invita a elevados gustos gastronómicos, no le va el humor y sus relaciones con superiores e inferiores son igual de frías que el tiempo en aquella región del mundo, Suecia. Beck es un policía desapacible, de vida gris y monótona, que solo despierta (a su manera) cuando está con alguna investigación. Y tal vez ni entonces, porque los crímenes en aquel país del mundo, los crímenes que el investiga, suelen ser igual de desapacibles. No es un antihéroe, porque las novelas de Maj Sjöwall y Per Wahlöö carecen de ellos como carecen de héroes. Es un hombre.

En Suecia, ese paraíso soñado, las cosas no son ninguna maravilla. Estamos a finales de los años sesenta y ellos son una pareja de escritores de ideas izquierdistas. Esas ideas atraviesan todos sus libros, de una manera u otra (aunque Jonathan Franzen exagera, y de qué modo, en el prólogo… tal vez sea una cuestión geográfica). Llueve. Nieva. Una noche aparecen nueve personas muertas en un autobús. La matanza es histórica y entre los muertos se encuentra un policía. Pero ¿qué hacía ahí ese policía? Es navidad. Una bonita época para ir de aquí para allá, para que los días pasen sin ningún resultado. Sjöwall y Wahlöö son los grandes creadores de “tiempos muertos” de la novela negra. Sí, todo avanza inexorablemente, aunque se les antoje inmóvil incluso a sus propios protagonistas. Siempre compartimos esa desazón de estar llegando a punto muerto, hasta que algo ocurre, algo mínimo, fruto más del trabajo que de la inspiración.

Mientras tanto, irán desfilando personajes y lugares, empezando por los propios policías. Vidas más o menos gloriosas que discurren con esa frialdad meteorológica. En El policía que ríe la búsqueda es colectiva, y cada cual aporta aquello que mejor conoce. Beck pone su mal humor, Kollberg el oficio de detective, Gunvald Larsson la fuerza bruta, Melander una memoria incapaz de olvidar nada si alguna vez pasó por su vida, aunque fuera fugazmente. Cada cual (y alguno más) intentará resolver un misterio por su cuenta, como una parte de ese misterio más grande encerrado en ese autobús que adelantó su final de línea.

La habilidad de Sjöwall y Wahlöö para sostener una historia cuando no hay historia es turbadora. No necesitan recurrir a la acción, a las falsas promesas, a los diálogos más o menos de compromiso. Ellos recurren a la vida. En un mismo nivel se van colocando todos los elementos: los policías y sus vidas nada gloriosas, los días muertos de la investigación, el tiempo desapacible, con ese frío que se nos mete por la piel, los posibles testigos, que también tienen una vida que contar. Podríamos pensar en algo así como una novela negra sociológica, porque es la sociedad en su conjunto, con un todo no muy articulado, la que se nos muestra, y porque sus casos no dejan de ser anomalías de esa sociedad, como válvulas de escape de un lugar demasiado feliz en apariencia, pero tan sucio como otros en el fondo.

A lo que se enfrenta Martin Beck (y el resto de policías) es a los fantasmas del sueño de un país feliz, en una atmósfera triste llena de vidas apagadas, ahogadas por ese sentimiento de que deben estar orgullosos de estar donde están pero no acaban de encontrar los motivos para ello.

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Literaturas, Negro sobre negro

Chester Himes. Una temporada en el infierno, por Juan Jiménez García

Empieza el calor, de Chester Himes (RBA) Traducción de Martín Lexell, Manuel Abella Martínez | por Juan Jiménez García

Chester Himes | Empieza el calor

Octava entrega de la serie protagonizada por Ataúd Ed Johnson y Sepulturero Jones (sobre diez, aunque la última esperó largo tiempo su momento), Empieza el calor es otro de esos momentos importantes, vamos a decir gloriosos, de la narrativa de Chester Himes. Habría que preguntarse de qué hablamos cuando hablamos de una novela de Himes. Lo fácil sería decir que es novela negra y lo justo es que son novelas de negros. Unas novelas que solo podrían ser escritas por un negro y, además, un negro que hubiera vivido una vida como la suya. Igual que Ataúd y Sepulturero son unos protagonistas con aires de secundarios, capaces de desaparecer durante la mayor parte de la obra (aunque aquí estén más presentes que en otras), el noir es simplemente un fondo, una forma si se quiere, para poder mostrar en su mayor intensidad Harlem. Harlem como cosmogonía, como reducto que no se puede abandonar, que no puede ser abandonado y ni tan siquiera atravesado. Es la patria de los negros, el lugar donde está todo lo odioso. Todo lo odioso de lo que se niegan a escapar y en lo que participan activamente. Con furor incluso.

Todo empieza con una conversación callejera entre un negro enano y un negro albino de tamaño gigantesco (de nombre Pinky). El último insiste en que van a matar a su padre y en el concepto de amistad, pero el primero no quiere saber nada de nada, ni de una cosa ni de la otra. Entre tanto ajetreo, aparece la policía, y entre la policía, Ataúd y Sepulturero. El negro enano, que ya se lo temía, no puede por menos que tragarse la droga que lleva encima, y los métodos de nuestros dos policías para restituirla a la sociedad son expeditivos, lo cual les lleva a sufrir ciertos problemas de incomprensión. Retiradas las armas, los dos recorrerán el barrio peligrosamente, como dos negros más, en busca de ese padre (y lo que esconde).

No son los únicos. Su mujer, el propio Pinky, un misterioso africano, un perro inmortal y la pareja formado por la vieja Hermana Celeste y su mayordomo ex amante Tío Santo, un heroinómano más. La Hermana Celeste acoge bajo su apariencia religiosa (los predicadores en la obra de Himes merecen un estudio aparte) toda un negocio de venta de drogas. Pero la Hermana Celeste es ambiciosa (delirantemente ambiciosa) y de allí donde huele algo de dinero no hay nada que la aparte, mientras que Tío Santo tiene otros planes más explosivos, rumiados durante años de humillaciones serviles.

Eso sería lo grotesco. En Himes lo grotesco lo es todo, porque la vida es grotesca y los humanos más grotescos incluso que la vida. En Harlem las únicas ocupaciones reconocidas son desconfiar de los blancos y ganarse la vida. Ganarse la vida es un concepto muy amplio en el que todo está permitido y bendecido por el Señor. El Señor, además, es un tipo al que se puede recurrir para ganar dinero. Después de todo, siempre hay alguien más idiota que tú. El problema es que eso incluye a uno mismo. En todo caso, en Empieza el calor la vida será algo de lo que te puede reír, pura animalidad, pero también puede ser terriblemente amarga, con esos asesinos desquiciados que atravesarán Harlem, también en esa enloquecida búsqueda, dando uno de los momentos más oscuros y abrasivos de la serie.

Chester Himes es ese escritor que mira. Que mira un mundo que no se cae a pedazos porque ya está hecho pedazos, que no se hunde porque ya está hundido, que no teme nada porque no tiene nada que perder. Un Harlem apocalíptico y resignado, de negros para negros, ocupados en sus cosas, movidos por oscuros códigos, genéticamente modificados para sobrevivir a toda costa y más allá de las circunstancias. Y esto vale para cualquiera, policía o ladrón. La Hermana Celeste será ese personaje emblemático que reunirá todo, como un enorme y viejo tarro de esencias. Y Empieza el calor, su libro de oraciones.

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Literaturas

Gordon Williams. La humanidad, por Óscar Brox

Perros de paja, de Gordon Williams (Mármara) Traducción de Susana García | por Óscar Brox

Gordon Williams | Perros de paja

Sam Peckinpah decidió rodar su adaptación de Perros de paja en un momento en el que el cine se preguntaba si debía tolerar que la violencia se reflejase de una manera tan gráfica, directa y descarnada en las películas. Como sucede con las primeras líneas de la novela de Gordon Williams, parece que hay una especie de contrasentido en esto. Una sociedad que ha vivido la primera misión tripulada a la luna, que se jacta de abanderar las últimas conquistas tecnológicas y humanísticas, no debería retroceder hasta sus más bajos instintos. No debería actuar como una jauría de perros rabiosos, cegada por la intensidad de unas pasiones humanas -la vergüenza, la soledad, la ira, la mala fortuna- que solo puede mitigar desde la llamada a la violencia. Y, sin embargo, las máximas morales que nos proporcionamos para tratar al prójimo no son suficientes. No cuando nos llega el olor de la sangre, del sexo o del terruño. Cuando, vulnerados y heridos, concentramos todo el sentido del mundo en la fuerza bruta de nuestras manos. Cuando nos descubrimos demasiado humanos, sin el bozal que el progreso coloca para protegernos de nuestras flaquezas. Cuando, simplemente, nos dedicamos a devorarnos los unos a los otros hasta el último aliento.

Mientras escribía Perros de paja, Williams era consciente de las desigualdades que entrañaba la modernidad; cómo unos lugares abrazaban el progreso y otros, en cambio, se tenían que conformar con vivir entre tinieblas. Aquella imagen de la campiña bucólica que tanto había acariciado la memoria infantil se convirtió en un pantano de odio enquistado y rencor. En el que las diferencias sociales, un auténtico abismo, despertaban el instinto más primitivo. Un sentimiento de justicia que parecía emanar del mismo Dios como un rayo vengativo dirigido contra aquellos extraños que no formaban parte del entorno. Que provenían de la ciudad, del continente, de cualquier otro lugar que superase en distancia al perímetro de la comarca. Por eso, cuando los Magruder se instalan en la vieja granja de los Trencher, las miradas de suspicacia apuntan sobre esa familia que no pertenece al paisaje de Danto y Compton Wakley. Que no lo ha pasado tan mal, que no sabe lo que es ahogarse en esa realidad mediocre. Que no sabe lo que es sentirse olvidado por el mundo, como si no existiera.

Frente a la horda de lugareños, George y Louise Magruder encarnan esa visión cosmopolita que ha amamantado el pacifismo, la economía holgada y los pequeños triunfos vitales. Sin embargo, la vuelta a los orígenes de Louise dispara un extraño sentimiento en el matrimonio. De pronto, George parece protegerse con un paternalismo heredado de sus costumbres yanquis; su mujer, en cambio, echa en falta un poco más de cuajo, menos indolencia y superioridad intelectual por parte de un George envanecido por sus modales. Incapaz de entrar al trapo, de congraciarse con una fauna que le produce asco. Que, tal vez, despierta en Louise las flaquezas olvidadas que la buena vida americana no ha aparcado del todo. Esa pizca de riesgo que Williams cifra en la aventura que mantiene Louise a espaldas de George. Esa escalada de intensidad entre ambos que, página a página, demanda a gritos un gesto de ira, de violencia y autoridad. Como si secretamente Louise desease convertir a su marido en un macho, en una bestia capaz de zarandear todo ese mar de convenciones en el que se han ahogado. Del que se siente prisionera, como el resto de personajes.

Si los primeros capítulos de Perros de paja exploran esa incomodidad latente en el matrimonio, que se extiende hasta el paisaje devastado poblado de personajes ruines, los últimos convierten esa tensión latente en pura violencia. La desaparición de una niña durante una celebración y el encuentro fortuito de George y Louise con un asesino de niños medio muerto a causa del temporal desencadenan el asedio sobre la granja del matrimonio. Lo que en un principio parece una pugna entre dos frentes, aquellos que pretenden tomarse la justicia por su mano (los lugareños) y aquel que todavía confía en un sentido precario de la justicia (George), deriva lentamente en una brutal cacería de perros rabiosos. Y es que todos los conflictos que Williams ha tocado durante la novela, cada una de las flaquezas con las que ha apuntalado a sus personajes, detonan a la vez. La falta de hombría de George, que siente auténtica repugnancia hacia cualquier clase de violencia, le acaba convirtiendo en una máquina de matar; el rencor por una vida sin futuro del puñado de paisanos de Danto les anima a arrebatar a la fuerza, sin miramientos, aquello que nunca podrá ser suyo; y la insatisfacción de Louise encuentra en ese torbellino de violencia el signo de autoridad que buscaba para recuperar la intensidad de un matrimonio casi naufragado. La llave para salir de la prisión, ese poco de crueldad necesaria para enardecer a su marido y devolverlo al redil.

La incomodidad de Perros de paja procede, precisamente, de su falta de miramientos a la hora de abordar los temas más espinosos. Williams se muestra implacable a la hora de retratar el estúpido paternalismo masculino y esa sexualidad femenina mal entendida que zarandea a su protagonista de un extremo al otro de la moralidad; representa la maldad humana como si se tratase del producto de un lugar abandonado a su suerte por el progreso y dibuja con indiferencia a ese territorio surcado de nevadas y ventiscas que amortiguan con su silencio y su crueldad el ruido de fusiles y huesos rotos. Por ello, la sensación que deja su novela es la de observar el examen minucioso de una condición humana que no había alcanzado la excelencia que predicaba el progreso. Su degradación, su eterno retorno hacia ese atavismo, ese primitivismo, que dirimía cualquier conflicto con el derramamiento de sangre. Hasta que no quedasen fuerzas. Como perros rabiosos dejados de la mano de Dios. Hijos de una violencia que la moral no había aprendido a domesticar. Prisioneros de sus bajas pasiones y de su humanidad.

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