Literaturas

Pierre Assouline. Arriba y abajo, por Óscar Brox

Sigmaringen, de Pierre Assouline (Navona) Traducción de Manuel Serrat Crespo | por Óscar Brox

Pierre Assouline | Sigmaringen

Tras el desembarco de Normandía en 1944, que marcó el inicio de la capitulación y crisis de la Francia de Vichy, la historia de aquella época de colaboracionismo con los nazis aún tuvo tiempo de escribir un último relato. Arrinconado por el avance de los aliados, el gobierno títere de Pétain huyó en dirección Este, de París a Belfort, para acabar sus días en un castillo-ciudad situado en Alemania del Sur: Sigmaringen. Cuna de nobles y aristócratas, Sigmaringen alojó los restos de la política que había llevado a Francia a la ocupación, en un simulacro de Estado sin Estado que vivió sus postreros y agónicos meses antes de que las tropas estadounidenses tomaran el castillo.

A Pierre Assouline siempre le han fascinado los intelectuales corrompidos por el mal, víctimas de sus burdas palabras, estigmatizados en los anaqueles de la cultura francesa tras el periodo de guerra. Brasillach, Luchaire o Céline son solo tres nombres que comprenden la labor literaria de este periodista, biógrafo y escritor. Sigmaringen, la novela que publica Navona por primera vez en castellano, es un ejercicio de zoom in hacia esa maldad moral que necesitaba concentrarse en el tiempo y, sobre todo, en el espacio; esos años oscuros en los que el final de una época alumbraba la decadencia de los hombres que la forjaron. Así, parapetado tras lo que supo (por boca de su propio padre, brigadier durante varias campañas bélicas), lo que investigó y lo que fantasea, Assouline recrea en su novela el crepúsculo de una historia que existió y debía ser contada.

En Sigmaringen lo real convive en el mismo plano con lo inventado. Assouline cede su voz a Julius Stein, jefe de los mayordomos de la los príncipes de Hohenzollern obligado a prestar sus servicios al gobierno evacuado del Mariscal Pétain. El castillo es un lugar donde la maquinaria propagandística no descansa, como si las soflamas y la información sesgada tuviese aún efecto sobre una multitud francesa que avanza a paso firme tras el empuje gaullista. No importa, en esa fortaleza se concentra la sedición, el mal y la sensación de que hay que continuar con la pantomima hasta que las bombas alcancen su objetivo. Presa de la caprichosa organización de sus nuevos inquilinos, el Sr. Stein se dedica a distribuir el servicio con la misma eficacia con que lo hizo para los príncipes. Sin embargo, su discreción captura las confidencias y encuentros privados, la corrupción y la decadencia de un grupo humano al borde del colapso, incapaz de saltar del barco porque eso solo implicaría la muerte. En un castillo que rezuma abyección, se pregunta Julius, ¿todavía se puede mantener la integridad moral?

La estructura de la novela, construida con los mimbres de escritores como Kazuo Ishiguro y seriales como Arriba y abajo, muestra la evolución de las costumbres a medida que sus protagonistas atisban el final de la huida. En un universo de secretos y medias verdades, de juegos y dobles caras, Assouline refleja en la mirada de su personaje las contradicciones de una época: la obligación y el deber de la servidumbre, la ternura y la conmiseración hacia figuras tan complejas como la de Louis-Ferdinand Céline -probablemente, el único que sale bien parado en la descripción de su autor; profeta y ángel caído, loco lúcido cuyas palabras no ocultaban la bondad de muchos de sus actos- y el odio visceral hacia ese gobierno títere corroído por dentro. Sigmaringen es, en buena medida, la historia de una corrupción y de los esfuerzos para evitar que sus actos nos salpicasen. O cómo pudo ser para un alemán al servicio de la realeza, es decir, emancipado de cualquier argumento de raza y purificación, enclaustrado en su labor de servidumbre, experimentar la afrenta de vivir como un personaje secundario el rodillo con el que su país trituraba los fundamentos de la condición humana.

Pocas veces en nuestra historia reciente el horror ha sido tan material, concreto y contagioso, un aire de muerte que se llevó por delante a millones de vidas. Desde el castillo, Stein solo puede entrar en contacto con la versión reducida de todo eso, a través de cambalaches y charadas, desde el amor que siente por su homóloga francesa en la intendencia, la señorita Wolfermann, y desde la tristeza de descubrir a los lobos donde creía que se trataba de corderos. Como si de un clavo ardiendo se tratase, Assouline se agarra a esa confianza entre los personajes, que poco a poco elimina las distancias íntimas, para marcar una zona libre en mitad del eje del mal; como si tras esa bondad que intuimos en Stein nos ofreciese un argumento para creer en algo, para combatir esa corrupción, para confiar en que, incluso en el episodio más abyecto, se podía defender el bien.

Los ojos de Stein, como las palabras de Céline en De un castillo a otro, testimonian el episodio más oscuro de la Francia de Vichy, su éxtasis y su destrucción. Assouline, fascinado por esa pantomima interpretada por los políticos títeres, crea una ficción en la que cada personaje (político, espía o asesino) se ahorca con su propia cuerda, se encierra con sus propias cadenas. Las cenas pierden el lujo y el zafarrancho elimina las buenas costumbres, cada uno va a lo suyo y el turbio Mariscal se transforma en un anciano enfermo recluido en su lujosa habitación. Tras esa radiografía, los estertores finales de un régimen patético que sacó lo peor del hombre. Tras la mirada de Stein, lo poco que el hombre pudo conservar sin que el mal lo consumiera. Sigmaringen, en definitiva, fue el punto omega de Francia, su relato oculto, la afrenta que nadie quiere enfrentar, y Assouline acude a su encuentro desde el encanto que siente hacia el mal y la piedad que esgrime ante los hombres que supieron combatirlo. El retrato de aquel país que vivió unos cuantos años dividido entre lo que sucedía arriba y quienes resistían abajo. De un castillo perdido a un tren hacia otra parte.

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Literaturas

Oskar Panizza. Del cielo, por Juan Jiménez García

El concilio del amor, de Oskar Panizza (Pepitas de calabaza) Traducción de Luis Andrés Bredlow | por Juan Jiménez García

Oskar Panizza | El concilio del amor

Sin duda hay que conocer a Oskar Panizza. Pepitas de calabaza parece empeñada en ello, y es una buena noticia, porque sus libros habían sido publicados seguramente de la misma manera que él vivió hace cien años: a la aventura. Es cierto que Panizza siempre ha estado ahí, multiforme, a través de sus relatos, sus provocadores ensayos o su teatro, pero parecía que su mayor defensa no era su valor como escritor, sino el valor que como escritor provocador le daba André Breton. Breton lo incluyó en su antología del humor negro y, como solo ser habitual en él, lo colocó en el pequeño, extraño y perturbador panteón de las referencias surrealistas. Sin embargo, todo sea dicho, seguramente Panizza se hubiera sentido más a gusto en las filas del dadaísmo, porque a él lo que le gustaba no era soñar, sino más bien provocar, y sus sueños eran bien reales y pasaban por destruir todo un estado de cosas (el estado de cosas que le rodeaba). Pero el escritor alemán nació en el momento equivocado (aunque visto lo visto tendría que haber nacido dentro de unos cien años, a ver si hay más fortuna), y lo que en entreguerras te valía el título de provocador y vanguardista, a finales del XIX, por muy cerca que estuviera el siglo XX, te valía la cárcel, el psiquiátrico o las dos cosas.

Pero Panizza formaba parte de esa extraña raza de hombres empeñados, pese a todo, en acabar con lo que le rodeaba. Y podemos pensar que es de una tremenda ingenuidad pretender acabar con algo desde la escritura, pero si tenemos en cuenta el esfuerzo que se hizo por destruirle y las continuas prohibiciones que han sufrido sus obras hasta en nuestros días (como aquel que dice), pues no podemos menos que sonreír. Tristemente, pero sonreír. Y quizás a estas alturas uno se estará preguntando qué le daba por escribir a este hombre. ¿Era un Sade de tipo alemán? No, ciertamente no. ¿Un peligroso revolucionario empeñado en destruir el régimen de turno? Pues no, tampoco. Panizza apuntaba a un lugar más peligroso, ciertamente: la religión.

Más allá de sus reflexiones contra el poder, contra sus perversiones, contra la injusticia o la misma sociedad nada inocente (que podía recorrer sus relatos o libros como Psicopatología criminal o Diario de un perro), será recordado por dos obras singulares. La primera sería La inmaculada concepción de los papas. En ella se entregaba eruditamente y no sin poca ironía a demostrar que los papas también disfrutaban de esa propiedad mariana. Para ello aportaba ciento una razones, que no son pocas, y todo eso le sirvió para que el libro fuera secuestrado. Con la Iglesia hemos topado… Pero lejos de salir amedrentado por esto, al año siguiente volverá a tocar a las puertas (y las narices) de la institución (o las instituciones, que entonces todas se confundían… como ahora), con, precisamente, el libro que ahora nos ocupa. Es decir, El concilio del amor.

El concilio del amor (Una tragedia celestial en cinco actos) es una obra de teatro para tropecientos actores (no se puede negar la ambición de su autor), protagonizada en sus principales papeles por Dios, la Virgen, Jesucristo, el Diablo, la familia Borgia y un montón de ángeles, arcángeles y otros seres de aquellos lares. Solo con ver la lista de personajes, el sudor frío debió recorrer la espalda de no poca gente. Pero claro, Panizza no se conformaba con eso. Así, Dios es un viejo achacoso y destruido que está en las últimas pero sabe que no morirá nunca. La Virgen, una intrigante coqueta más preocupada por su aspecto que por las cosas mundanas. Jesucristo pasaría por un yonqui sin mayor problema, escuálido y enfermizo, por no hablar de sus indecisiones. Y el Diablo está allí para salvarlos a todos (y de paso ganar alguna comodidad material, como alguna mejora en sus instalaciones, tipo las escaleras que descienden al infierno). El problema de todos es el mundo, claro está. Napoles, para ser exactos. Las tropas francesas entran en la ciudad y todo el mundo se entrega al desenfreno, a la lujuria, a los placeres carnales. Si por Dios fuera los destruiría con un simple gesto, pero eso no sería una buena publicidad para la causa. Es importante seguir vendiendo su producto más valioso: el perdón de los pecados.

¿Y el Papa? Pues entonces estaba muy ocupado. Y no precisamente persiguiendo pecadores, sino más bien mujeres y bienes terrenales. Rodrigo Borgia, es decir, Alejandro VI, estaba más preocupado por salvarse él que por salvar a alguien, y su única ambición era esconder bien el oro, asesinar a los enemigos y pasar buenos ratos (sexuales). Entendido esto, Dios piensa que realmente si por algún sitio hay que empezar el extermino, los Borgia no serían mala idea. El caso es que le encomiendan la misión, cómo no, a un experto en la materia: el ya citado Diablo. Y él encontrará un astuto plan para acabar con esta situación.

Conclusión: Oskar Panizza acabó en la cárcel. De ahí a morir era cuestión de tiempo.

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Literaturas

William Grill. El polo opuesto, por Almudena Muñoz

El viaje de Shackleton, de William Grill (Impedimenta) Traducción de Pilar Adón | por Almudena Muñoz

William Grill | El viaje de Shackleton

Durante unas vacaciones de verano de mi infancia, pude escoger en una tiendecita, a modo de recuerdo, un libro anillado con forma de barco crucero. Sus páginas de cartón, gruesas e inabarcables para mis manos, se superponían añadiendo y revelando los niveles de mando, supervivencia y convivencia dentro del navío, con sus diferentes modos de reacción ante los episodios salteados que revela el mar: la tarde de borrasca, la noche de cena de etiqueta, las mañanas dormitando contra el palo de las escobas que friegan la cubierta. El mosaico circular que decora el comienzo de El viaje de Shackelton reactivó ese recuerdo medio enterrado como todos los cachivaches de rueda y manilla que nos retrotraen a descubrimientos de los que nos hemos olvidado seguir aprendiendo. Esos azulones, y ese tacto agradecido del álbum bien hecho con la categoría de lo esmaltado, el papel firme y la tela, podrían decorar el suelo del mausoleo consagrado a la aventura; un señuelo sutil para este órdago caníbal de cobardes.

Años más tarde, aquel libraco que permitía la vivisección del buque panzudo y misterioso como una ballena ártica se transformó en el Belafonte de Steve Zissou. Sobre el lomo de la embarcación se había efectuado un corte limpio que, de nuevo, facilitaba la tentación de observar y evaluar, como las casas de muñecas y sus fachadas de bisagras o el tacto con que los chefs parten hojaldres alambicados para comprobar la calidad del relleno. En el gesto de adentrarse en las estrecheces de un barco conviven la mirada de Dios desde los nubarrones y la del marinero dejado en tierra y que se despide, pequeñísimo, en el puerto. Esta es otra forma de encaramarse al carrusel de las maravillas para las que no somos héroes adecuados. Los perros que colaboran con los hombres, la tripulación que caza aves y pingüinos, que se compenetra con el mar deslizándose en barcas que imitan la ergonomía de las orcas; en el centro de esas jerarquías naturales, la estrella, el alma de la hazaña, la idea: Ernest Shackleton.

En un mundo mejor, que quizá exista pero que aquí nos impiden y nos impedimos construir, los niños acudirían a su primer día de escuela con libros como el de William Grill bajo el brazo. Grandes, inabarcables para sus manitas; álbumes ilustrados que hacen destellar la Historia y las historias de las que ellos en un futuro podrían formar parte. Una estupenda guía visual para las minucias y los datos generalmente constreñidos en tablas y feas páginas de tipografía apretujada, coronadas por un roñoso retrato en blanco y negro del protagonista. Mediante sus dibujos, infantiles y de trazos precipitados, con la consciencia de que los niños y los lectores voraces tiemblan de brazos y rodillas para avanzar hacia el siguiente episodio, Grill dota de cotidianidad a los viajes hoy calificados de locuras más románticas que científicas. Hoy, que la prisa, el petróleo y la traición son los tesoros menos probables en un mundo yermo y blanco que exige una convivencia amistosa, el viaje de Shackelton confirma que la ignorancia benévola, el pensamiento creativo y la inexistencia de fronteras territoriales y cartográficas pueden espolear lo mejor de nosotros.

Así, un barco diminuto avanza por las esquinas de las hojas brillantes, como si contempláramos la travesía a través de los hielos a escala, desde la perspectiva de un potente telescopio. Afinándolo todavía más, esa textura de cómic se transforma bajo las herramientas de lo que realmente es un poema gráfico. La poesía de los lapiceros, de las anécdotas extraídas de una gruesa enciclopedia; en definitiva, el periódico imaginario de un crío en una aburrida tarde de invierno. Los detalles ínfimos, las vituallas, los secundarios como el cocinero de a bordo y las notas coloristas, que siempre estallan en risas y compadreos que echan el pulso a los peligros, recopilan los tiempos de Hergé y los primeros atisbos de Melville y Conrad (los conflictos morales agazapados detrás de sucesos como la decisión de sacrificar a un perro), antes de que los niños crezcan y el álbum cierre su etapa nívea e inocente en otra negra y demasiado autoconsciente. La paradoja de Teseo implica que el Endurance, ese barco que pudo haber conducido a Shackleton a lo más remoto de la Antártida, se resquebraja y sigue siendo el mismo entre el puzzle de las placas afiladas como cuchillos de chef. Se abren sus costuras, estallan sus maderos; podemos aventurarnos a espiar las tripas de esa bestia que nos inspira tanto miedo: el coraje y la determinación ante empresas tachadas de costosas, temerarias y artísticas. La belleza y el aprendizaje extraídos del fracaso, ese monstruo encadenado y condenado en las mazmorras de la actualidad, que el mismísimo Amundsen, que sí tuvo éxito en el polo, habría aplaudido. Sería hermoso entregar libros como este en vez de los formularios y los pliegos rosas que nos tienden personas arrugadas y secas en ventanillas y oficinas. Quizá no cambiase nada, a fin y al cabo la Antártida se mantuvo impávida e incluso cruel ante estos hombres y los que los siguieron, pero al menos Grill lo ha intentado.

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Literaturas, Negro sobre negro

Seicho Matsumoto. Trenes perfectos, por Juan Jiménez García

El expreso de Tokio, de Seicho Matsumoto (Libros de Asteroide) Traducción de Marina Bornas | por Juan Jiménez García

Seicho Matsumoto | El expreso de Tokio

Quien conozca un poco el cine japonés (incluso el cine japonés que ha llegado a nuestro país, gotas de agua en un inmenso océano) quizás recordará el nombre de Yoshitaro Nomura. Cineasta con una extensa obra, poco nos ha llegado de él, y prácticamente todo, de un mismo género: la intriga, el policiaco. En España se llegaron a sacar dos obras suyas (seguramente lo mejor de su producción): El castillo de arena y El demonio. Ambas tenían en común, como tantas obras de este director, el estar basadas en el escritor más importante de novela policiaca de aquel país. Y ese hombre no era otro que Seicho Matsumoto, que finalmente se edita de la mano de Libros del Asteroide.

En estos tiempos en los que estamos casi abrumados por la cantidad de novela negra que aparece, en estos tiempos en los que incluso ya hemos perdido un poco el sentido y significado de lo que es una novela negra (porque todo parece serlo), encontrarse con un libro como El expreso de Tokio tiene su encanto. Precisamente porque Matsumoto es un narrador clásico, un escritor que entiende el policiaco como una pieza de orfebrería en la que, incluso por encima de la creación de un ambiente o de unos personajes, lo importante es el misterio en sí, el enigma y su resolución. Hasta el punto que hoy en día podría incluso pasar por un sofisticado ejercicio de estilo. No es difícil imaginarlo e incluso el escritor nos da una pista: para escribir una novela tan absorbente como esta, tan solo es necesario una cantidad considerable de talento, mucho oficio y… los horarios de trenes vigentes en 1947.

Veamos. Un escándalo de corrupción está saliendo a la luz, alcanzando tales proporciones que se empieza a intuir la presencia de algún pez gordo, dado que estos, los peces, van poco a poco aumentando de tamaño. Tatsuyo Yasuda es un empresario con una profunda relación con el ministerio implicado, y su centro de operaciones está, más que en su oficina, en un restaurante por el que van desfilando personajes tan importantes como anónimos. Un día aparecerán en una lejana playa dos cadáveres, víctimas de lo que parece ser un doble suicidio (algo muy popular en Japón). Ella es una de las sirvientas del restaurante. Él una pieza clave dentro del ministerio. Digamos que lo que separa lo conocido de lo que falta por conocer. No parece haber ninguna duda sobre el caso, pero una novela negra no se construye sobre certezas. Tampoco esta.

Las dudas de un viejo policía (en caso de que una pareja viaje en tren, ¿tiene sentido que él se encuentre solo en el vagón-comedor?), animan la investigación del subinspector Mihara. Y a partir de ese momento empezará una curiosa investigación en la que todo parece responder a una sucesión de hechos imposibles en la práctica. Quienes conozcan la obra de Yoshitaro Nomura (volvemos al cine), sabrán de su obsesiva afición por los trenes y, bueno, quizás ahora encontramos un motivo. El expreso de Tokio no es un libro que discurre en un tren, sino una obra sobre trenes. Trenes que se cruzan, horarios de trenes, gente que viaja en esos trenes, gente que coge esos trenes, que se despide de ellos. Y es fascinante. Más que frente a una novela puzle, podemos pensar que estamos ante una novela “cubo de rubik”. Sabemos perfectamente la imagen final. También la sabe el subinspector Mihara. Pero para dar con esa imagen final, las piezas deben de girar y girar, buscar su acomodo, encontrar su color.

Es complicado hablar como de un descubrimiento del escritor japonés de novela negra más importante del siglo pasado. Un hombre que no solo vendió libros como ningún otro, sino que tiene una obra inmensa en extensión, inmensa en adaptaciones cinematográficas y con amplio reconocimiento de la crítica, premios importantes incluidos. Son consecuencias de la ignorancia de un país como el nuestro de aquello que ocurre un poco más allá de aquellos lugares a los que parece limitarse nuestra mirada. Afortunadamente las editoriales pequeñas parecen estar dispuestas a demostrar que hay otros mundos más allá de aquellos, y la llegada de Seicho Matsumoto a nuestro país solo es una (afortunada) prueba más de ello. Tras eso, solo nos queda coger este tren, este expreso, y dejarnos llevar a través de este viaje, entre obsesivo y desasosegante, hacia el crimen perfecto.

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Número seis

La señora Dalloway: Instantes en suspensión, por Marta Rodríguez Iborra

Francisca Pageo | Virginia Woolf

Desde su inicio tuvimos claro que la orientación de Détour, esa constante necesidad de escribir sobre las emociones, no podía dejar de lado a la literatura. En estos últimos dos años hemos construido pacientemente, desde la actualidad y desde el gusto subjetivo de sus editores, un pequeño gran apartado dedicado íntegramente a los libros y a sus autores; pequeño, porque lo iniciamos con cierta modestia, y grande porque ha terminado marcando el ritmo de nuestra actividad semanal. Sin embargo, teníamos pendiente, como una deuda no saldada, llevar a cabo un salto de longitud y compaginar la labor que hemos desarrollado como suplemento literario con el trabajo que desempeñamos con revista. Qué mejor forma, con un número a punto de empezar, que inscribir dentro de los temas a la literatura como otro pilar básico, junto al cine, para entender lo que significa Détour. Así, a partir de ahora, tanto la una como el otro tendrán su presencia entre los artículos y temas, sin dejar de lado el suplemento semanal, como fruto de esa constante necesidad de escribir sobre las emociones.

Virginia Woolf ha sido la autora elegida para iniciar ese camino. Woolf, quien, como Jean Vigo en el artículo que publicamos, era otro de esos nombres que habían resbalado unas cuantas veces de nuestra lista de deseos. Marta Rodríguez Iborra ha escrito un texto sobre Woolf y sobre su novela La señora Dalloway; un artículo preciso, que puede alumbrar los elementos y el estilo de la escritora de Las olaspara quien no los conozca. Pero también un artículo que detiene su paso en un momento, justo en un instante, que bajo la apariencia de una bagatela se convierte en un gran homenaje a la vida cotidiana. Dejémonos llevar por las palabras de Woolf mientras, junto a la escritura de Marta Rodríguez Iborra, somos testigos de esos destellos de vida.

 

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Número seis
Las penúltimas cosas
Collages: Francisca Pageo

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Número seis

Que sea feliz en L’Atalante, por Mauricio Álvarez-Mesa

Jean Vigo | L'Atalante

Para nosotros, Jean Vigo siempre ha sido sinónimo, casi síntoma, de la felicidad. La felicidad de inventar una historia, de apresar la realidad y transformarla en un mundo; de filmar París y Niza, un rostro, el de Dita Parlo, o una chalana. La alegría, la pasión o el deseo de vivir y aprender a mirar ese universo que bulle frente a los ojos cada vez que nos colocamos frente a la lente de una cámara. Nosotros, que aún creemos en los relatos ultramarinos de Melville y Lowry, que aún recordamos aquel muelle de Le Havre junto a la Odile de Raymond Queneau, que disfrutamos escuchando hablar de cine a Michel Simon y a Jean Renoir; nosotros, decíamos, nunca dejamos de pensar que empezar una revista con un texto sobre Jean Vigo y su obra maestra, L’Atalante, tenía algo de bello y también de justo. Una oportunidad para volver a recorrer una ciudad infame y maravillosa desde la mirada más hermosa que el cine francés construyó durante la década de los 30.

La escritura de Mauricio Álvarez-Mesa invita al viaje continuo, como una voz literaria que desde la lejanía te atrae hacia ese horizonte de palabras e imágenes, de poesía y narraciones que cubren, tan sincera como elegantemente, la memoria del cine. O, mejor dicho, de las emociones del cine. Que sea feliz en L’Atalante nos conduce por aquellas noches de bruma y niebla donde los canales se hacían invisibles y la penumbra se extendía por todos los sentidos, a través de una película en la que, como en el amor y en la poesía, el espíritu se alimenta de imágenes y recuerdos. Nadie hay mejor que Mauricio para transportarnos, con su escritura evocadora, hasta aquel tiempo en el que la felicidad y el cine se escribían con las imágenes de Jean Vigo.

 

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Número seis
Bande à part
Imágenes: Francisca Pageo

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Literaturas

Miguel Herráez. De lo ínfimo, por Juan Jiménez García

La vida celular, de Miguel Herráez (Alrevés) | por Juan Jiménez García

Miguel Herráez | La vida celular

Quizás la vida no sea más que una cuestión de detalles. Un montón de detalles apilados unos encima de los otros. Juntos, revueltos. Como esos millones de células que forman nuestro cuerpo. Entonces, contar esa vida sería ir poniendo palabras, una detrás de otras, palabras que contarán sensaciones, describirán cosas pequeñas, momentos breves, destellos, gotas de algo. De algo tal vez más complejo, pero que no acabamos de saber cómo contar, que no sabemos cómo contárnoslo o, simplemente, no queremos contárnoslo. Y esta es la tarea de Miguel Herráez en La vida celular, que ahora edita Alrevés. Buscar en lo ínfimo, unidad mínima en la historia de una vida. Una vida que ni tan siquiera es gloriosa, o que es tan gloriosa como puede serlo cualquier otra. Y que sin embargo es la única que su protagonista tiene, la única vida a la que le puede dar vueltas.

Su protagonista es un psicólogo perdido en la ciudad de Valencia (y uno, a estas alturas, sabe que en una ciudad como esta en la que estamos uno se pierde de una manera un tanto especial). Sus días pasan entre su consulta (con sus pacientes y su pecera), sus clases en la Universidad, su madre (afectad de parkinson, habitante de otro mundo, siempre nuevo) y su pasado. Su pasado es la vida celular. Es decir, la vida y obra en una célula de izquierdas, mientras esperaban que se muriera la momia un día de estos, lanzando octavillas y realizando entregas. No es ni tan siquiera un pasado glorioso, pero para unos cuando recuerdos da. Cuando lo más arriesgado es lanzar propaganda subversiva desde Santa Catalina y uno se juega la vida por un accidente de moto, no puede reivindicar una vida de aventura. Pero, aun con todo, al menos quedaba la sensación ya que no de haber hecho algo, al menos de haber discutido sobre todo. De haber jugado a algún juego.

Pero hasta en las cosas más grises, hay algo. Una mancha. Apenas un detalle. Y así, nuestro protagonista se enfrenta al recuerdo de una historia, que como también es pequeña, no deja de ser una anécdota. Pero de esas que se quedan ahí, más importantes desde el momento que son un misterio. Un misterio tal vez buscado, como una necesidad de grupo. Aparece el personaje de César, que era su nombre de guerra (aquella que nunca tuvieron) y también Gorqui (idem), y la vida en la célula, los pequeños detalles, que después de todo eran los que le daban un sentido a aquella vida aburrida, reducida al mínimo, llena de paranoias, de discusiones y de clasificación de ideas (esta es de pequeñoburgués, esta no). Quizás todo para llegar a la conclusión de que no fueron tiempos épicos, ni heroicos, ni nada de nada. Simplemente tiempos de espera, atrevida espera. Espera.

Y frente a ese intento de recordar, el intento de encontrar ese momento en el que algo se rompe. El devenir de las cosas. El caso de César, decía, pero también su matrimonio con Andrea. Cuándo acabaron aquellos cuatro años. Y darse cuenta que tampoco fue un momento especial, y que más que una ruptura fue una disolución, como la vida celular. Que podía haber un algo, un destello ahora algo melancólico: un coche color verde manzana, o una pecera, da igual. Y frente a eso, ese momento ínfimo que cambia todo, la madre. La madre para la que ya no hay nada que recordar, cero, para la que cada día significa volver a encontrarse con las cosas, también con el hijo. El hijo que vete a saber quién es.

Para Miguel Herráez el fondo y la forma se convierten en una misma cosa. El carácter ensoñadoramente obsesivo de su protagonista da un cuidado por cada palabra, un inventario minucioso de manías, repeticiones, cosas pequeñas, medianas y grandes (de estas no hay muchas… como nos pasa a todos). Un inventario breve de personas (porque nos cruzamos con muchos pero al final nuestra cabeza solo es capaz de retener a unos pocos). Las palabras como células, las células como instantes, hasta formar un libro, un cuerpo. Un libro río, un río plácido, triste, instalado en la melancolía. No la melancolía de un tiempo pasado, sino la melancolía de que igual aquel tiempo ni tan siquiera fue algo excepcional. Como este. E incluso así…

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Literaturas

John Berger. El grado de libertad, por Sandra Martínez

La apariencia de las cosas, de John Berger (Gustavo Gili) Traducción de Pilar Vázquez | por Sandra Martínez

John Berger | La apariencia de las cosas

De John Berger se pueden decir muchas cosas, pero prefiero resumirlas en que posee una sensibilidad como la que suele atribuirse a los poetas y a los artistas. Esta forma de verlo todo está presente en cada palabra que articula en los textos que se recogen en La apariencia de las cosas, una de las antologías más célebres del autor que ahora publica en español la editorial Gustavo Gili.

Escritos en la década de los sesenta, estos textos que nos permiten hacernos una idea general de John Berger van desde relatos de ficción hasta biografías de personajes, pasando por reflexiones en torno a las diferentes prácticas artísticas que él mismo ha llevado a cabo a lo largo de su vida y ensayos sobre la revolución checoslovaca de 1969. Encontramos aquí consideraciones muy presentes en toda su obra como la relación entre vida o muerte —para la que se sirve de la fotografía del cadáver de un personaje tan conocido como Che Guevara—, la muerte de las artes tradicionales y las costumbres tradicionales en el arte o el acto creativo y el futuro. Para hablar de esto último, por ejemplo, utiliza a Fernand Léger y confiesa que su texto sobre éste no es sino una torpe reflexión sobre este párrafo del pintor: “Hemos de crear una sociedad sin frenesí, una sociedad tranquila y ordenada, que sepa vivir de una forma natural en la Belleza, sin romanticismos ni protestas, de una forma muy natural. Avanzamos en esa dirección y hemos de concentrar nuestros esfuerzos en esa meta. Es una religión más universal que las otras, compuesta de goces humanos concretos y tangibles, libres de todo ese misticismo atormentado de los viejos ideales que van desapareciendo poco a poco, dejándonos el terreno libre para construir nuestra religión del futuro”.

Vemos aquí al autor algo más serio y no tan abstracto como en sus otros escritos más líricos, pero en total armonía con sus otras obras y siendo siempre fácilmente perceptible su grado de libertad. Esta libertad del autor, de la que habla Nikos Stangos en la introducción, viene determinada por su pensamiento marxista y el planteamiento basado en el razonamiento y sus leyes de esta corriente de pensamiento, que toma en consideración la totalidad de la naturaleza y la experiencia humana. Condiciona esto su forma de acercarse a las personas, a los personajes históricos de los que habla en este libro y que él considera ejemplares e imprescindibles, y también al arte y a la política en general. Este acercamiento, por tanto, no lo realiza de forma analítica a través de las ciencias naturales sino contemplando desde un punto de vista dialéctico una obra o una acción como una situación existencial donde se ha dado libertad total. “La libertad es la facultad de elección entre alternativas que coexisten de una forma dialéctica y totalmente integrada, en cualquier situación concreta. El análisis fragmenta esta integración y, por consiguiente, niega la libertad y resquebraja y viola la obra de arte (…) el grado de libertad, en este sentido, que presentan una obra o una acción determina su exito o su fracaso”, resume Nikos.

En su texto Una vez en un poema, recogido en Páginas de la herida, John Berger habla precisamente de esta facultad de elección entre alternativas del lenguaje como esencia de la poesía. “Todo depende de la relación entre las palabras. Y la suma total de todas esas relaciones posibles depende de la manera en la que el escritor se relaciona con el lenguaje, no como vocabulario, no como sintaxis, ni siquiera como estructura, sino como un principio y una presencia”.

Es una determinada sensibilidad, como de la que hablaba al principio, la que articula de una forma concreta y atrayente este lenguaje, como podemos ver en los documentos de John Berger reunidos en este volumen. Es aquí, como decía, menos poético, pero igualmente interesante y curioso, acercándonos a la historia del arte y permitiéndonos profundizar en ella a través de sus autores y sus vidas, muchas veces para el autor más relevantes que su propia obra, aunque no por eso dejan de ser una pieza clave para la comprensión del arte, de la historia y también de la política.

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Especies de espacios

La creatividad y su proceso, por Francisca Pageo

Escrito con motivo del Festival Inspira 2013.

Para aquellos que crean. Para Álvaro.

 

Me llamo Francisca Pageo y me dedico al arte visual. Estoy especializada en la fotografía y el collage y he venido para hablaros de la creatividad y su proceso. Me gustaría hablaros de ella tanto como proceso artístico al igual que como medio de vida, ya que para mí la una va íntimamente ligada a la otra.

Para empezar, me gustaría explicar lo que es la creatividad. La creatividad es imaginar, generar ideas y conceptos; es extraer cosas de la nada y, sobre todo, soñar. Muchas veces me he preguntado, ¿por qué la necesito tanto? ¿Por qué no puedo prescindir de ella? Y me digo, rotundamente, que la creatividad es como respirar.

Empezaré a hablar de la creatividad como proceso artístico.

Lo primero que se necesita para crear algo que sale de la nada, lo primero y más importante de todo, es estar tranquilo. Si uno no está tranquilo no puede fluir, y esto es necesario para llevar a cabo una pieza. El entorno en el que nos ubicamos es relativamente importante, pues nos ayuda a sentirnos relajados y libres. El segundo paso es el enfoque. La mente necesita enfocarse en lo que está haciendo, y eso se consigue concentrándonos en el papel, la base en blanco, la textura de cada material a usar y en las emociones que uno tiene en el momento. Es importante que las emociones que tenemos no nos alteren, no nos hagan sentir encerrados en nosotros mismos, sino que nos ayuden a ir más allá, a desenvolvernos con lo que vamos a realizar. Es por eso que muchas veces necesitamos estar solos a la hora de crear. Porque es en la quietud y en la calma donde la soledad nos advierte cuándo podemos sacar lo que tenemos dentro de nosotros sin miedo, ni ataduras; hemos de tener la sensación de que estamos en libertad.

Una vez hecho esto, nos ponemos a trabajar.

Pensemos en el escritor que se deja llevar conforme escribe, o que, quizás, ya lo tiene todo pensado y se limita a escribir sin más. Escribe y las palabras están ahí, en la hoja en blanco. Pero el escritor no piensa conforme escribe, simplemente lo hace. Está, también, el caso del pintor, que tiene todos sus colores preparados y espera la luz perfecta para que los tonos sean los más naturales posibles. O no, pero el pintor también deja de pensar en el instante en el que el pincel se pone en contacto con el lienzo. Está el fotógrafo que mira por el visor de la cámara esperando la luz y el momento indicado, y por impulso, de repente hace click. Está el músico que va experimentando con notas y tonos hasta que bing!, de repente todo encaja. E incluso está mi caso, que cuando hago un collage, cojo elementos que considero que se pueden fusionar entre sí, pero que, al ponerme con su composición, me dejo llevar y es como si la composición se hiciera a sí misma.

Os preguntaréis adónde quiero llegar con todo esto, y la respuesta es sencilla: hay algo en todos esos procesos que se nos escapa y que no sabemos cómo definir. Hay que algo que cuando creamos está ahí, a la espera de ser constatado una vez terminamos la obra. No es la composición ni el lenguaje, no es el uso ni la exposición, ni siquiera la técnica y la representación: es el misterio entre los materiales, el espacio en blanco y nuestras manos. Es el misterio que hay cuando estamos creando. Ese misterio, para mí, es la primera causa que me hace sentir que la creatividad es como respirar. ¿Por qué? Porque me libera, me hace sentir unida a algo y, lo más importante de todo, me hace sentir viva. Porque cuando creamos empatizamos con nuestro entorno, nos volvemos parte de él, hacemos que los materiales, el lienzo, los sonidos o las imágenes, se entremezclen con nuestras emociones, con nuestras ideas y pensamientos. Formamos un vínculo. Este vínculo es la clave para poder expresarnos con efectividad. Es por eso que para mí la creatividad es necesaria, pues con ella aprendemos a soltarnos, a desenvolvernos y a dar con cosas nuevas.

Además, ¿quién no se ha sentido aliviado y en paz una vez ha creado algo? El arte, además de hacernos sentir cuando lo llevamos a cabo, nos libera, nos descubre cosas y aporta belleza. Esa belleza nos hace sentir en paz con nosotros mismos, siempre. ¿Quién no ha mirado una determinada fotografía o pintura y se ha sentido así? Es en la composición, en los tonos de los colores y, sobre todo, en el misterio, lo que hace que la fotografía o pintura sean así. Eso es una obra de arte, cuando la técnica tratada no solo es armónica, sino que va acompañada de misterio; algo que nos evoca cosas y no sabemos cómo lo hace…

El arte no es solo expresar lo que llevamos dentro, liberarnos, sino que también es una acción que nos enriquece y nos aporta cosas. Es como la naturaleza, que está ahí, siempre ha estado ahí, pero que hasta que no nos metemos en ella no sabemos lo que nos hemos estado perdiendo; no nos sentimos verdaderamente libres, sin condiciones sociales de ninguna índole. No nos damos cuenta de lo vivos que nos puede hacer sentir.

Hace no mucho llegué a la conclusión de que apreciar una obra de arte es apreciar la vida. En el arte está todo: lo que sentimos, lo que vivimos u observamos, así como lo que nunca vemos, que desconocemos o que aún está por llegar. En el arte nos podemos encontrar preguntándonos y, a la vez, hallar respuestas. Son las sensaciones que nos provoca la obra que estamos observando lo que nos hace ser humanos. ¿Por qué? Porque esas sensaciones nos ayudan a reflexionar y a ser conscientes de nuestra psicología, de nuestra condición humana… Nos ayudan a querer saber más, tanto de nosotros mismos como de los demás, de las diferentes culturas, de la naturaleza o de la sociedad, pues el arte saca cosas que todos y cada uno de nosotros tenemos dentro. Por eso siempre se ha considerado el lenguaje más universal que existe. Además, el arte, el verdadero, siempre tiene algo de atemporal y, a la vez, pertenece a su tiempo y a un determinado lugar. En definitiva, el arte nos ayuda a avanzar y a sentirnos no solo integrados con nuestro entorno, sino también con los demás.

Llegué a esta idea con el collage. Lo que comenzó como una expresión diaria, pues lo utilizaba como alternativa a mis diarios escritos, haciendo cuadernos visuales, me sirvió para empezar a encontrarme a mí misma. En los collages aprendí a ver aspectos de mí de los que, de otra manera, no podía darme cuenta. En ellos, se reflejaban experiencias que había tenido y en las que aún no me había parado a pensar. Además, empecé a subirlos a mi blog de por aquel entonces, la gente los veía y les gustaba, lo que me hacía sentirme más unida a los demás. De alguna manera, la gente empatizaba con las cosas que expresaba y eso me hacía sentir más feliz y menos sola. Desde entonces, el collage se convirtió en algo vital para mí, en algo que ya no puedo separar de mi vida y que ha devenido parte de mi expresión natural. La expresión artística no solo me ha ayudado a encontrarme a mí misma, sino también a encontrarme con los demás y con el mundo que me rodea.

A lo largo de estos años he trabajado con fotógrafos, con ilustradores, con músicos… y la sensación que uno tiene cuando cada uno pone su parte es algo indescriptible. Porque cuando uno crea para sí mismo está muy bien, pero es que cuando uno crea con alguien es muchísimo mejor. La obra llena más, pues la otra persona aporta algo que completa lo que uno hace, y la pieza se vuelve más atractiva, más especial, más humana.

¿No lo notáis vosotros cuando compráis un disco, por ejemplo? ¿Lo hermoso que es escuchar la música mientras vemos el libreto, las fotografías e ilustraciones que contiene? ¿Y los libros? ¿Quién no ha comprado nunca un libro con solo fijarse en la portada?

Ahora hablaré de la creatividad como medio de vida… A todos nos gusta generar ideas, pero nunca nos paramos a pensar, ¿por qué lo hacemos? La razón es sencilla, necesitamos soluciones. Siempre. Necesitamos soluciones a todas horas. No hay ningún momento en el que hagamos algo o estemos pensando y no se nos ocurran cosas que aplicar a nuestra vida. Y se nos ocurren porque, como he dicho antes, necesitamos avanzar, movernos, ir de un lado a otro. Esa es la principal característica que tiene la creatividad en nuestro pensamiento: generar ideas que poder llevar a cabo tanto en nuestro mundo interior como exterior. Estas ideas nos generan emociones y nuevas sensaciones; incluso, nos ayudan a sacar aquellas que teníamos olvidadas. Lo mejor de todo es que si estas ideas son llevadas a la vida práctica, nos sirven para evolucionar. Porque al igual que una obra de arte me hace replantearme lo que quiere expresar, una idea que me ayuda a hacerme reflexionar también me ayuda a cambiar. Y entonces vuelvo a lo que he dicho antes, ¿qué es lo necesario y principal para sacar esta clase de ideas? ¿Acaso no es necesario primero estar tranquilo y a solas? ¿Preguntarse a uno mismo? ¿Enfocarse en sus pensamientos y en lo que siente respecto a estos, en sus emociones, en su vida? ¿Conocerse? Ese cambio siempre nace porque lo que se creía bien hasta entonces tiene otro enfoque, otra perspectiva, se ve desde un punto de vista más maduro. Es por eso que el arte, así como la generación de ideas o conceptos -y lo quiero pensar así porque así es como lo he experimentado en mi vida-, está para mejorarnos.

Como conclusión, me vuelvo a preguntar, ¿por qué y para qué existe la creatividad? La creatividad, tanto artística como en la vida diaria, existe para terminar de ser consciente de lo que uno puede mejorar tanto en sí mismo como en su entorno. Por eso la creatividad es soñar, porque nos ayuda a buscar un mundo mejor, más vivo, más nutrido y especial. Nos ayuda a embellecer lo que tenemos. Nos enfrenta con nuestros miedos y nos ayuda a liberarnos de ellos. Nos une a los demás y nos vuelve más empáticos. Nos ayuda a expresar cosas que de otra manera no podemos. Nos hace volvernos más receptivos y vivos. Nos hace preguntarnos por lo que aún desconocemos, por nuestros sueños y nuestro futuro. ¿No es entonces maravilloso que seamos creativos?

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Literaturas, Negro sobre negro

Nic Pizzolatto. Vivir sin aliento, por Óscar Brox

Galveston, de Nic Pizzolatto (Salamandra) Traducción de Mauricio Bach Juncadella | por Óscar Brox

Nic Pizzolatto | Galveston

El relato criminal es, por definición, cortoplacista, demasiado acostumbrado a narrar las huidas desesperadas y los sueños frustrados de sus personajes. En ese paisaje amoral e indiferente, repleto de tragos de bourbon, bolsillos vacíos y pieles curtidas por el sol o los tatuajes carcelarios, cada cual apura la vida como puede, mientras intenta disimular esa vejez prematura con la que cargará hasta su último aliento. Roy Cady, el protagonista de Galveston, la primera novela de Nic Pizzolatto que edita Salamandra en su colección Black, lleva demasiado tiempo como matón a las órdenes de un pequeño mafioso polaco de Luisiana. Tantos años no le han servido para creer en un hogar, ni siquiera para granjearse un respeto en una profesión en la que cualquier día puedes amanecer bajo tierra; solo ha añadido a su cuerpo tantas cicatrices (emocionales y físicas) que apenas le queda espacio para sufrir la enfermedad que amenaza con matarlo.

Algo cambia cuando, tras una encerrona fallida, Roy cruza su camino con el de Rocky, una adolescente metida a prostituta, y su hermana pequeña. Una oportunidad para hacer algo mejor que pelarse los puños, para ofrecerle a alguien vivir las vidas que él no ha podido. Vivir sin ese miedo, fuera de la espiral de pequeños o grandes delitos que te condenan a caminar en círculos alrededor de los mismos lugares y las mismas malas compañías. Tras su fulgurante ascensión con True Detective, Pizzolatto se ha convertido en una de las voces más interesantes del género, un escritor capaz de manejar sus recursos y, también, de jugar a pierna cambiada con ellos. Galveston es el mejor ejemplo de esa habilidad: una novela que se mueve entre los escenarios de un noir sureño, que coquetea con sus personajes y situaciones, para ofrecer algo más de todo ello. Como si, marcada por la fugacidad que albergan todos sus relatos, quisiese concederle a su historia el deseo de vivir un poco más, lo suficiente para morir en paz.

Más que la historia de una huida, Galveston es la historia de una espera. Ni siquiera los lugares, las marismas y las playas del Sur, invitan a pensar en el acecho al que inevitablemente se verán sometidos Roy y Rocky en su intento de fuga. Al contrario, pues sobre ellos planea siempre, como una herida entreabierta, la posibilidad de un futuro, de otra cosa mejor. A los perdedores, como Roy, se les recuerda por las condenas que han cumplido en la penitenciaría, por las mujeres a las que han dejado marchar o por los pocos cadáveres que arrastran en su interior, en lo más profundo. Es inevitable hacer memoria a cada poco, pensar en aquellos momentos de agradable tranquilidad, que Roy evoca en la figura de Lorraine, pero conviene no dejarse llevar por los recuerdos porque te pueden devorar. Frente a esa puta adolescente, demasiado joven para conocer su ingrato oficio, Cady siente el golpe brusco que le produce tanta atracción como rechazo; la necesidad de salvarla y la obligación de apartarse de ella para no destrozar su futuro.

Pese a su violencia, a ratos hiriente, Galveston trata los lugares comunes del género como si se metiese en la piel de una historia de amor. Pizzolatto, un padre para su criatura, negocia con los sentimientos de su protagonista, siempre perturbado por su nulo horizonte vital, para concederle unos minutos de prórroga antes de que la tormenta lo arrastre y nos olvidemos de él. Así, en la agonía de esa tensión romántica, cada vez que Roy siente la sacudida de emociones por esa muchacha y su hermana, de ternura y afecto, su autor dibuja otra realidad, otro mundo, a resguardo de la crueldad de la que han escapado. Un espacio minúsculo, como un animal desprotegido bajo la lluvia, que nunca dejo de tiritar, pero tan poderosamente humano que no podemos culparnos por intentar vivir en él. Aunque apenas sean unos días, unos tragos, unas pocas palabras, unas mínimas emociones.

Galveston, como True Detective, abarca dos décadas y una elipsis que nos separa de aquel episodio de efímera felicidad para recolocarnos ante un Roy Cady envejecido y moribundo, un animal herido que cuenta los días para recibir el tiro de gracia. Maltrecho y destrozado, se deja llevar por esa memoria que ha devorado las páginas de esos años, quién sabe si para protegerle de todo lo que sucedió con Rocky y consigo mismo, como quien aparta la vista para no observar las cicatrices que surcan su cuerpo. A pesar de la dureza de esa elección narrativa, Pizzolatto cuenta la vida de su protagonista con una ternura y una dignidad hacia los perdedores insólita; como si Cady, de alguna manera, hubiese hecho la única buena acción de su vida y, por tanto, tuviésemos que agradecerle ese impulso que cambió, por tan poco tiempo, el panorama devastador de su mundo. Como si, esta vez sí, atisbásemos al hombre que se ocultaba tras el delincuente.

Cuando huyes, solo tienes oportunidad de recuperar un poco de aire y pensar en la mejor salida para consumar tu fuga; quemas el último fajo de billetes, apuras el sorbo y el humo que sube y baja por tu cuerpo, y confías en que la bala que queda en el cargador servirá para cerrar tu historia. Esas son las enseñanzas básicas del relato criminal. En Galveston, Nic Pizzolatto las lleva varios pasos más allá, encariñado, como su protagonista, con ese futuro que se le escurre cada vez más entre los dedos. Sí, Roy Cady debería haber muerto en aquella encerrona que acontece al principio de la novela; no debería haber salvado a Rocky, ni siquiera tendría por qué amarla. Pero en el universo de Pizzolatto el desierto pedregoso cambia su escenario por el horizonte infinito de la playa o las marismas, como una promesa del tiempo que todavía nos queda antes de que llegue la tormenta. Por eso, la novela solo acaba cuando Roy siente esas palpitaciones en su interior, ahora que la amenaza del huracán Ike se cierne sobre Luisiana. Cuando todo, de alguna manera, tanto tiempo después, vuelve a estar en calma y ya no resulta necesario hacer memoria; cuando reconocemos que alguien podrá vivir la vida que nosotros no pudimos. Por fin.

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Literaturas

Mary M. Talbot, Bryan Talbot. Vidas tristes, por Juan Jiménez García

La niña de tus ojos, de Mary M. Talbot, Bryan Talbot (La Cúpula) Traducción de Lorenzo M. Díaz | por Juan Jiménez García

Mary M. Talbot, Bryan Talbot | La niña de tus ojos

La historia de Lucia Joyce es conocida. Hija de James Joyce, acabó su vida en un hospital para enfermos mentales. Así, todo resulta más fácil, más rápido, más limpio. Entonces, volvemos a escribir todo esto: Hija de James Joyce, Lucia Joyce empezó a tener problemas mentales allá por mil novecientos treinta. Tratada incluso por Carl Jung, poco después será diagnosticada esquizofrénica, pasando prácticamente los últimos cincuenta años de su vida internada. Cincuenta años. Cuando apenas había pasado la veintena.

Sin duda, si hay algo que atemoriza al ser humano son las enfermedades mentales. Ya no solo padecerlas, sino verlas en los demás. Los tiempos han avanzado, cierto, pero el miedo es el mismo. Lejos de afrontarlos, de buscarles una razón, para el hombre corriente (incluso para el hombre extraordinario) siempre fueron algo a esconder, a alejar, entre altos muros. Cualquier excepcionalidad debía ser combatida con métodos que solo buscaban la anulación de la persona, hasta convertir esos lapsos, esos desbordamientos de la razón o, simplemente, esas excepcionalidades, en un todo. La niña de sus ojos trata la vida de Lucia Joyce desde la adolescencia hasta la enfermedad. A la vez es también la vida de Mary M. Talbot, guionista del cómic, hija de James S. Atherton, uno de los mayores especialistas en la vida de James Joyce. Si algo conecta la vida de ambas, no es el destino, sino precisamente las circunstancias. La delgada línea que puede separar la locura de una vida plena.

Lucia Joyce viaja con sus padres y su hermano, Stephen, por buena parte de Europa. Carentes de todo dinero, el suyo es un viaje en el que lo único que llevan encima es la pobreza y el manuscrito del Ulises, que Joyce anda escribiendo por entonces. Solo su llegada a París empezará a darle una cierta tranquilidad (precisamente con la publicación del libro). Joyce era un avanzado de su tiempo para la escritura, pero profundamente conservador para algunas otras cosas. Entre ellas, que Lucia pretenda otra cosa que convertirse en una perfecta ama de casa. Pero Lucia tiene otros sueños. En concreto la danza. Sigue cursos, entra en algunos ballets, avanza. Joyce, que sentía un profundo cariño por ella, aun podía intentar comprenderlo (aunque fuera como el capricho de una niña), pero no así su madre, Nora Barnacle, que lo considera una estupidez. Sus éxitos iniciales no le dicen nada, y esa imposibilidad de realizarse la conducirá a un callejón sin salida del que no podrá escapar.

Mary M. Talbot no se puede decir que ni tan siquiera tuviera el cariño de su padre, más preocupado por Joyce que por su familia. El retrato no es amable. Nada amable. Los momentos de cariño hacia su hija son tan escasos que parecen limosnas. No son los tiempos del escritor irlandés, cierto. E incluso sus intenciones como padre pueden resultar diametralmente opuestas (aunque después de todo haya una voluntad de construir la vida de su hija). Entonces se encontrará con Bryan, quedará embarazada de él, se casarán y su vida sufrirá un cambio, una liberación, una realización.

Ese Bryan es Bryan Talbot. Seguramente, para cualquier aficionado al cómic no es necesario presentar a Bryan Talbot (aquí, claro, el dibujante). Dibujante underground, autor de obras como Judge Dredd, Sandman o Batman: Dark legends, por citar aquellas que más pueden sonar a los profanos, que no necesariamente las mejores, Talbot es uno de los dibujantes de cómics más importantes del momento. Para poner en viñetas la historia de su mujer y, también, la historia de Lucia Joyce, el artista inglés se entrega al uso de infinidad de recursos, en especial en lo referente a la representación de las escenas (concebidas como momentos de vida) y el uso del color. Con un trazo que puede nos remite a un diario dibujado (aunque esto no esté al alcance de muchos), simple en apariencia pero complicado en la construcción de esa simpleza, constituye el perfecto contrapunto a esas historias que, igualmente en su simpleza, en su ejemplaridad, contienen todo su dramatismo, toda la complejidad de las relaciones humanas, de los temores y las frustraciones.

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