Literaturas

Carole Zalberg. Esperanza o venganza, por Francisca Pageo

Fuego por fuego, de Carole Zalberg (Armaenia) Traducción de Antonio Roales Ruiz | por Francisca Pageo

Carole Zalberg | Fuego por fuego

Fuego por fuego es una pequeña novela -apenas 76 páginas comprenden su extensión- de la poeta, letrista y novelista Carole Zalberg,  nacida y residente en Francia. La autora, basándose en el incendio de un edificio en Francia, llevará a cabo, con una irremediable belleza y un universo poético particular, un relato en el que un padre y una hija serán los principales protagonistas.

Adama es todavía un bebé cuando su padre ha de escapar de una matanza, en la cuál murió su esposa. Ambos huirán del país en el que se hallan, en busca de exilio en el extranjero. La novela, contada en segunda persona y a dos voces, nos mostrará la importancia que tiene para el padre su hija, viéndose así un depender entre los dos bastante significativo. El padre sin la niña se sentiría sólo y la niña sin el padre estaría a merced de las circunstancias.

Estamos, sin duda, ante una historia donde la lucha y el coraje por la vida, el exilio y el amor se hallan presentes en cada página que leemos. Ambos, padre e hija, han vencido a la muerte, pero como bien dicen en el libro, esta victoria hay que contarla, hay que detallarla, para sólo así poder seguir adelante. Así, estamos ante un testimonio sobre aquellos refugiados que luchan por su supervivencia, que están a merced del destino, que se han marchado por una decisión casi obligada. Su huida se ve aquí como una necesidad vital: «Nunca he olvidado que estamos aquí no para ser felices, sino porque allí simple y llanamente no habríamos vivido.»

El padre utiliza constantemente sus palabras como una oda a lo que fue su familia; hay una nostalgia presente en el libro totalmente palpable, que casi podemos respirar. En su búsqueda hacia un mundo mejor, se encontrarán de todo, gente que les humillará y gente que les ayudará. Es ley de vida encontrarse con estos dos tipos de personas cuando la situación presente es totalmente viva. De hecho, es algo que vemos en casi todos los países en los que los refugiados han hallado su destino: no es su tierra y, por desgracia, siempre habrá gente que no los quiere y gente que estará dispuesta a echarles una mano para hacer de su vida algo mejor.

Fuego por fuego nos presenta la enorme brutalidad del mundo en el que nos hallamos, ya que aunque el exilio queda bastante claro, Adama, 15 años más tarde, cometerá el irreparable error de incendiar un edificio causando decenas de muertes. De este modo, su padre se servirá del libro para excusarse por su hija, para librarse del terrible exceso de culpa que tiene por no haber podido preverlo ni hacer nada para evitarlo. Adama, inconsciente, sacudirá sus emociones de una manera muy coloquial, haciendo uso de otros personajes, otros diálogos, para ofrecernos su punto de vista.

Obviamente estamos ante un tema de actualidad, y lecturas así se hacen necesarias para comprender y conocer las vidas de aquellas personas que han tenido que marcharse de su país natal por obligación. En Adama y su padre podemos ver que está la vida, la esperanza, la búsqueda incansable del alma por existir y desarrollarse; aunque la violencia, a veces, se sirva de entrada y salida en el hecho de habitar en este mundo. Aquí, Fuego por fuego, equivaldría al ojo por ojo, la venganza servida en una bandeja bien caliente que ninguno estaríamos dispuestos a tocar. Zalberg, pues, nos muestra de una manera nada subjetiva, sin juicios, una historia de gran valor humano. Sin conjeturas, directa a nuestra mente y nuestro corazón.

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Literaturas

Kjell Askildsen. El escultor de hielo, por Raquel Delgado

Cuentos, de Kjell Askildsen (Lengua de trapo) Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo | por Raquel Delgado

Kjell Askildsen | Cuentos

Entre los solo cinco millones de habitantes de Noruega debe de existir, en algún punto del territorio, una fábrica de Literatura en la que el frío nunca ha paralizado la producción. En ella nació en 1963 El palacio de hielo de Tarjei Vesaas, una historia sobre la amistad intensa de dos niñas que, de no haber desaparecido de las librerías en España, podría estar descongelando cualquier corazón. Otros títulos con la misma procedencia son los seis volúmenes de Mi lucha, la batalla de Karl Ove Knausgård contra las leyes de la autobiografía: 3.600 páginas en crudo sobre paternidad, escritura, matrimonio y vida día a día. Únicamente una industria así explicaría por qué la raíz de un número tan alto de autores excelentes es el país más norte de Europa.

Kjell Askildsen es también uno de ellos aunque, como le ha sucedido a Vesaas, las ediciones en castellano de sus obras, siempre colecciones de relatos breves, ya han sido olvidadas o no están a la venta. Lengua de Trapo las publicó una a una (Un vasto y desierto paisajeÚltimas notas de Thomas F. para la humanidad, Los perros de Tesalónica y Desde ahora de acompañaré a casa), entre 2003 y 2008, pero solo Cuentos, la compilación de todas ellas, ha sobrevivido. Por el momento, Askildsen podrá continuar alcanzando con ella y a través de nosotros la meta que determinó su vocación y que ha expresado sin embarazo en entrevistas cuando ha sido preguntado por la razón detrás de sus textos: “Yo deseo crear desasosiego”.

Es inequívoco que la lectura de las 35 piezas que conviven en Cuentos produce, sin excepción, un resultado incómodo. No es posible experimentar ninguna compasión por la existencia desgraciada de los individuos que las protagonizan porque son a la vez víctimas y estatuas: para ellos, el vacío, la escasez de acontecimientos o la desconexión de los miembros de la familia (padres, hermanos y maridos interactúan como desconocidos) son estados válidos ante los que la posición más razonable es la dureza. La mayoría de los personajes son despiadados y contemplan con burla y envueltos en humo de tabaco la proximidad de la muerte y el deterioro del cuerpo, pero lo hacen dentro de una estructura narrativa tan precisa y limpia que desplaza el exceso de miseria del núcleo del relato. Askildsen, que está convencido de que sus retratos concentran “el espíritu de nuestra época”, es consciente de esta fortaleza: “Lo que yo he cultivado como autor es la forma”.

Quizá es cierto que vivimos en el tiempo de la indiferencia o quizá Kjell Askildsen, en sequía literaria desde hace años, haya abusado del desencanto. No es más correcta una perspectiva que otra. En contraposición a las dos y sobresaliendo como un oasis, Cuentos incluye, aislados entre sus páginas, destellos capaces de deshacer el blindaje que previamente ha construido:

Entonces. La ventana estaba abierta, la cortina se movía ligeramente hacia el pálido cielo de la tarde, no podían dejar de acariciarse, el edredón se había caído al suelo, la piel desnuda, el canto de las cigarras a través de la ventana, el suave crujido de las hojas, las respiraciones tranquilas –tienes frío, no, y tú, no– la tenue oscuridad, la manos de él moviéndose tranquilamente ahora que nada corría prisa, pero había que guardar muchas cosas, todas las palabras pronunciadas en voz baja, el contenido subordinado al buen sonido –escucha los árboles, escucha las cigarras, qué silencio–, pensamientos largos en nuevos e inusuales caminos, palabras grandes, felices, que no buscaban respuesta, solo eco, la cabeza rubia sobre la almohada, los olores, la noche de julio y ella –podría llorar, me siento tan feliz–.

Estos instantes demuestran que no todo en el mundo de Askildsen ha sido siempre oscuro ni tiene la necesidad de serlo y recompensan a los lectores que han entrado en él. La calidez irrumpiendo en el invierno nórdico.

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Número siete

Desencuentros, por Fabio Nahuel Lezcano

Dirce Hernández | Desencuentros=

El relato habla de tres hombres. Dos de ellos soñaron de diferente manera al tercero. Lo imaginaron perfecto e imperfecto, según se vea. Uno de los dos lo buscaba; el otro lo esperaba. Los dos lo hicieron de idéntica manera, casi estoica, irrenunciable. Los dos lo admiraban. Quisieron pasar a la historia o a la posteridad a través de él. Y a su manera lo consiguieron. Incluso ahora, peleándose por quien tuvo razón o mejor dicho, tratando de apropiarse de la verdad de aquel asunto o aquel destino que desde un principio ya estaba escrito. No por ellos, sino por el tercero que así lo quiso.

Y en el relato hay también una casa en el Tigre, con pastos y juncos mecidos suavemente por el viento, una vieja máquina de escribir y una carta que atravesará los intricados y complejos pasillos del tiempo para quedarse anclada en la memoria.

leer en détour

Número siete
Las penúltimas cosas
Ilustración: Dirce Hernández

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Literaturas

Juan Eduardo Cirlot. Descenso a la noche, por Francisca Pageo

Nebiros, de Juan Eduardo Cirlot (Siruela) | por Francisca Pageo

Juan Eduardo Cirlot | Nebiros

Única novela que Juan Eduardo Cirlot, compositor, poeta y crítico de arte, escribió en sus 57 años de vida, Nebiros acaba de ser rescatada -el epílogo escrito por su propia hija, Victoria Cirlot, expone cómo el libro fue censurado en varias de sus partes durante la dictadura de Franco- por Siruela dentro de su sección editorial Libros del tiempo. En ella nos encontramos con un libro que expone la noche en muchas de sus acepciones y con todo lo que ello conlleva. Nebiros es, pues, la noche. En ella nadie tiene nombre, ni las calles, ni las plazas, ni siquiera  el  protagonista. En el libro estamos ante un lugar de encuentro donde los instintos más profundos y oscuros tienen espacio. El autor, de este modo, nos muestra a su manera el mito de la caverna de Platón, donde el mundo de las ideas y el mundo sensible tienen cabida y aquí, se ven  claros, detallados, precisos.

El protagonista halla en la soledad la fuerza y el origen de la libertad, y se ve abocado a un mundo donde los instintos y las pasiones sexuales tienen amplia cabida. El protagonista, aun sucumbiendo a los encantos de los prostíbulos, buscará y hallará la bondad, la luz subyacente a todo, la espiritualidad que nos ofrece cada hecho. De este modo, podremos observar una continua lucha entre la maldad y la bondad que llevarán al protagonista a tener unos diálogos internos bien marcados, especialmente por su interés hacia el ir más allá de las cosas y los hechos. Siempre encontrará algo que admirar, ya sea la naturaleza, la música, ciertos sucesos, y todos los recovecos de la ciudad en la que vive.

Son innegables, como podemos ver aquí, las obsesiones que el propio Cirlot tuvo en su vida. Según se ve, hay un indicio hacia lo que el karma puede representar en un mundo occidental, haciendo uso de sucesos de a pie y de entresijos emocionales. Estamos ante una novela altamente psicológica e intelectual, marcada también por las continuas referencias a autores y libros, a los cuales el protagonista mostrará cierto apego. El componente descriptivo que podemos ver es alto, y la vida del protagonista se verá mermada por la sociedad, ya que no cree en ella, ni en sus actos ni en sus consecuencias. De este modo, leeremos y observaremos la vida de un hombre inadaptado.

Hay cierta predilección por la búsqueda mística que el propio Cirlot tuvo en su vida. En la novela se logran hallar algunos de los conocimientos filosóficos que el propio autor aporta, para darnos así una descripción ya no sólo basada en los hechos, sino también vista de un modo intelectual y mental. Y es que Nebiros es una novela que antepone la psicología dualista y de unión que podemos encontrar en algunos de los grandes filósofos, como pueden serlo el ya mentado Platón, Nietszche o San Agustín. Es una novela a la que vamos con unas ideas determinadas tras leer la introducción, pero que atrapa de una manera desgarradora y nos provoca cierta conmoción mental, al mostrarnos la dureza con la que las personas nos tratamos a nosotras mismas. Hay un cierto matiz sobre el descubrirse, sobre conocerse a uno mismo, un ímpetu por aprender de las cosas que nos ocurren y, también, por el dejarnos llevar por los impulsos. Todo ello tiene cabida aquí de una manera muy esclarecedora que nos hará observar al ser humano en todos sus aspectos.

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Literaturas

J.R. Moehringer. Sombras del pasado, por Óscar Brox

El campeón ha vuelto, de J.R. Moehringer (Duomo) Traducción de Juanjo Estrella | por Óscar Brox

J.R. Moehringer | El campeón ha vuelto

A J.R. Moehringer lo conocimos frente a la barra del Dickens, mientras escribía el relato de su educación sentimental. De su infancia repartida entre Manhasset y Arizona, con una familia desestructurada y el recuerdo paterno como la voz radiofónica que conduce uno de los programas de moda. De su adolescencia y su primera madurez, aferrado al sueño de Yale y la realidad de un bar, y su primitivo microcosmos de parroquianos, convertido en su verdadera familia. En la leche materna que, entre copas, resacas, confesiones e intimidades expuestas, nutriría a cada capítulo de ese gran fresco emocional que fue El bar de las grandes esperanzas. Con El campeón ha vuelto, sin embargo, conocemos al Moehringer periodista, unos cuantos años después de sus primeros titubeos en el mundo de la prensa. Y, también, al Moehringer escritor, que hace de una pequeña pieza de la sección de sucesos, la pista sobre un antiguo púgil que pasa sus días en la indigencia, su particular Moby Dick.

Bob Satterfield representa aquello que muchos atribuimos al boxeo: el luchador poderoso, capaz de tumbar con una combinación de golpes a cualquier contrincante, pero también el héroe con pies de barro; con ese talón de Aquiles, su mandíbula de cristal, que le lleva a la derrota frente a cualquier púgil. La gloria, la caída, el honor y la belleza de un deporte violento. Poner contra las cuerdas a Rocky Marciano y perder contra un sparring que, tal vez, peleaba para poder llevarse algo a la boca. Para Moehringer, Satterfield es el eco de otro tiempo, de una América pletórica que cambiaba el hambre infinita por los días de vino y rosas. El éxito fulminante y el poder de la gloria. Y lo es aún más cuando las pesquisas sobre el destino de Satterfield le conducen hasta un indigente al que todos apodan Campeón. Un negro robusto, devastado por el alcohol, cuyo cuerpo todavía no ha ocultado las huellas del boxeador que fue. O que sigue siendo en sus precisos recuerdos de contrincantes, fintas, golpes, heridas, victorias y, sobre todo, derrotas.

Lo que en un principio parece el retrato de un ídolo de barro, el cuento de redención que tantas lecturas morales proporciona, se torna en una especie de persecución de un pasado que nunca pudo llegar a cuajar. El de Tommy Harrison, boxeador, y su odisea por atrapar a Bob Satterfield. En vez de Moby Dick, lo que Moehringer escribe es el retrato del Capitán Achab. Los años de soledad, siguiendo la estela de un boxeador desaparecido, hasta asumir la identidad de esa figura con la que tal vez nunca se cruzó. Para borrar, posiblemente, un pasado demasiado sombrío. Para anclar la memoria en el punto álgido de la carrera de Satterfield: en su fuerza descomunal sobre el cuadrilátero, en la descarga de golpes que podían acobardar al mismísimo Toro Salvaje. En la victoria y en la eternidad que la historia del boxeo ha inoculado sobre sus pequeños mitos. La revelación de esa identidad falseada mediante la cual Harrison borró parcialmente los años más negros de su vida, curiosamente, no evita en Moehringer expresar un sentimiento de piedad ante el púgil abatido por el paso del tiempo. El gigante vencido, siempre dulce, al que paga con un billete de cinco dólares cada vez que mantienen una conversación en la calle.

Para Moehringer, la odisea de ese hombre comparte puntos en común con aquella otra que vivió en carne propia cada vez que intentaba evocar a su padre. Con las expectativas frustradas que, una y otra vez, arrancó de su cabeza para intentar proyectar una figura paterna que jamás estuvo a la altura de las circunstancias. Satterfield, quizá, nunca fue el mejor púgil de su tiempo, pero sí pudo inscribir su nombre en las leyendas del deporte. Gozar de ese momento único, a costa de tantos otros que lo enterraron hasta su prematura muerte. Y ese, en un mundo de personas anónimas en el que la vida pasa fugazmente, es la clase de misterio que conviene mantener. De ahí que el engaño de Harrison, más que una estafa, se transforme en un extraño canto del cisne a otra época. A un mundo definitivamente enterrado, días felices de Cadillacs y victorias que hoy no son más que sombras proyectadas sobre la pared. Épocas que, como las buenas rachas deportivas, han pasado. Épocas que apenas han dejado testimonios, recuerdos borrosos, para la posteridad. Por eso, uno tiene la sensación de que Moehringer se reconoce en la piel de ese gigante herido; de que Satterfield fue el Dickens particular de aquel hombre, el personaje (el ambiente, la vida) que le ayudó a moldear su propia identidad, por mucho que lo hiciese a costa de su usurpación. Y que solo a partir de ese engaño, de esa ficción, se puede expresar la verdad de aquella otra vida que fue. Conocer a esa criatura que no aguantó el peso de la vida, que buscó un refugio en el que continuar proyectando la película que nunca protagonizó. El éxito que se le escapó de las manos. Las personas que nunca fueron su familia.

El campeón ha vuelto es un relato sobre la nobleza y, también, sobre la perseverancia del espíritu humano. Una historia de padres e hijos en la que su autor no solo proyecta la investigación del pasado, sino que examina su propio pasado a la luz del retrato de ese boxeador frustrado que sobrevive en los márgenes. Un retrato del misterio que, como una densa capa de niebla, envuelve a las decisiones humanas más desesperadas. Y que, en cierta forma, describe nuestra tenacidad a la hora de alcanzar los sueños. Las cosas que nos importan. La vida que anhelamos. Todos ellos, rastros fugaces de un tiempo que apenas es un parpadeo en nuestra memoria. De una época de poder y de gloria, en la que las esperanzas podían convertirse en realidad. En la que todavía era posible encontrar un lugar en el mundo. Llegar a ser alguien. Vivir.

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Ciudad|visible, Escenas

Domini públic, de Roger Bernat. Encuesta de población activa, por Óscar Brox

Domini públic (Las naves, Valencia. 20 de mayo de 2016) Una producción de Roger Bernat | por Óscar Brox

Roger Bernat | Domini públic

En uno de los ensayos capitales de la cultura europea, Homo ludens, su autor, Johan Huizinga, teorizaba sobre hasta qué punto la idea de juego es inherente a la propia cultura. Cómo representa la condición de posibilidad de esta última. Cuán importante resulta en el desarrollo de los humanos. En Domini públic, de Roger Bernat, el juego es fundamental para apelar a la voluntad del espectador de participar en la creación de la obra. No en vano, en apenas una hora se cruza una batería de preguntas que oscilan entre lo banal y lo íntimo, lo público y lo privado, lo político y lo sensible, sin separación entre unas y otras. Bastan unos auriculares y el pequeño foro constituido en la plaza que divide los espacios de Las Naves, el centro cultural y de creación artística en el que se representó el montaje la pasada semana. Y en ese acto tan sencillo, tan desnudo de ornamentos innecesarios, aparece el juego como elemento cohesionador. La voluntad de jugar con el filo de cada pregunta, de convertir lo embarazoso en un gesto aparentemente tan insignificante como poner las manos sobre la nuca. O el dedo, el que sea, en la boca. O enseñar la palma de la mano. O reírse porque nadie se anima del todo a dar un ligerísimo paso de baile en el centro de la plaza, mientras suena La flauta mágica de Mozart y la gente se reorganiza en el tablero de la obra.

Domini públic avanza sin casi darnos cuenta, en esos momentos en los que, ante la pregunta abierta, ya no necesitas mirar al resto de espectadores para decidir si vale la pena moverse, quedarse quieto o, por qué no, mentir para no ser el único que se ha quedado congelado en el sitio. Cada vez que se organiza un pequeño grupo en la plaza o la masa de espectadores se dispersa según qué ha respondido a la cuestión lanzada. Cada vez que la obra juega con lo público y lo privado, incitando a compartir con libertad lo que uno piensa y, al mismo tiempo, a reprimirlo. A ser uno mismo, pase lo que pase, o a seguir el gesto de la masa y la elección que se haya impuesto (por vergüenza, rápido consenso o simple miedo a las miradas de los demás). A revelar si alguna vez has mantenido relaciones con personas de diferente sexo, si has robado en un supermercado, si has abominado en público de una ex pareja o perdido a uno de tus padres, si te has masturbado introduciendo el dedo en el culo o si has cantado un gol en el Mestalla. A revelarte, o casi sería mejor decir, a rebelarte.

A Bernat le interesa el aspecto sociológico que fomenta su peculiar visión teatral, en tanto que hace de esa experiencia en común con el público un análisis sobre las relaciones, dinámicas y decisiones que nos llevan a poner en escena nuestros asuntos privados a pesar de la mirada del otro, del desconocido, y de nuestros propios recelos. Ese aspecto sociológico se vertebra a través del juego, que en Domini públic pasa del inocente cuestionario abierto en el que los espectadores se mueven como fichas de ajedrez a una representación teatral en la que los grupos se dividen entre prisioneros y policías, víctimas y torturadores. La velocidad con la que se suceden las preguntas varía según el momento, según la escena, según el papel que cada cual desempeña en ella. Pero Bernat se las apaña para trasladar esa cuestión entre los límites de lo público y lo privado a un escenario aumentado. Como si, de alguna manera, esa representación de prisioneros y tiranos reflejase sin ambages la presión entre una sociedad dormida, sometida, y otra despierta, activa. Pública, vinculada, entrelazada por los juegos culturales que revelan las aristas y los matices, las identidades y los detalles de cada uno de sus participantes.

Domini públic, en su formato de encuesta de población activa, podría ser un estudio sobre la actitud. Una llamada a la acción. Un juego mediante el cual revelar esa identidad activa y, por extensión, el mosaico que se configura a partir de las interacciones entre personas de cualquier condición. El lugar que ocupamos, o que queremos ocupar, en la sociedad. Preguntas sencillas y respuestas directas, físicas, que expresan todo aquello que, a menudo, no sabemos con qué palabra explicarlo. Por eso diría que Roger Bernat contempla el teatro como Huizinga el concepto de juego, esto es, como condición de expresión de una cultura propia. Por eso, asistir a uno de sus montajes teatrales, seguir con la mirada las acciones de los demás, dedicar un instante a pensar la pregunta o dejarse llevar por la inercia y responder sin observar a la persona que hay a tu lado, son la clase de reacciones que dibujan un ethos, una acción, una actitud vital y política. Que revelan el contenido de lo público, de esa intimidad que compartimos (y convertimos) en una experiencia común. De, en definitiva, cada uno de nosotros. Del lugar que ocupamos, del espacio que habitamos, de la identidad que somos, desnudos ante la mirada de los demás.

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Literaturas

Lucía Baskaran. Crecer, vivir, por Óscar Brox

Partir, de Lucía Baskaran (Expediciones polares) | por Óscar Brox

Lucía Baskaran | Partir

Probablemente, uno se hace mayor cuando aprende a dar nombre a las cosas. Cuando se empieza a confiar demasiado en la razón, a reducir a etiquetas lo que se desconoce y a bailar con los nervios (los intercostales o los que utilizamos en sentido figurado) en pleno brote de ansiedad. Probablemente, también, uno se hace mayor cuando se percata de que ya no le resulta tan fácil describir su vida, no digamos ya ponerla sobre papel; reunir las palabras, justas o aproximadas, que siquiera alcancen a delimitar los contornos de una edad -la posadolescencia, la premadurez, la que se nos ocurra- siempre volcánica. Desbordante en cada matiz, en cada episodio. Y eso pese a que, haciendo memoria, la cosa no parezca tan importante. Como en esas temporadas en las que todos los días son un domingo de agosto, tan lentos y mortecinos que cuesta exprimir algo de provecho de sus horas. En Partir, Lucía Baskaran explora algunas de estas sensaciones, aquellas que precipita la velocidad con la que nuestras vidas queman etapas e inician nuevas memorias. Con una mezcla de humor, acaso también de resentimiento, con un tiempo que creemos que nos proporciona enseñanzas para el futuro, pero que realmente nos muestra cómo crecer es, también, olvidar. Partir. Abandonar. Un ejercicio de mudanza que, en la mayoría de casos, nunca sabemos adónde nos llevará, para el que no estamos convenientemente preparados.

Ahora que Internet, con su panoplia de blogs, redes y perfiles, nos ha acostumbrado a dejar un rastro de miguitas de pan en dirección a nuestra identidad, cunde la sensación de que nos pasamos la vida hablando de nosotros mismos. O de lo que nos gustaría haber sido. O de lo que detestamos ser. Y lo bonito de esa suerte de terapia comunitaria son los rodeos que llevamos a cabo hasta soltar prenda. En ocasiones, Partir hace gala de ese carácter de confesión a bocajarro, con pelos y señalas, mediante el cual Baskaran reconstruye un tiempo pasado para así poder detectar el origen del malestar que atenaza a su protagonista. A través de breves capítulos que alternan esos dos tiempos, pasado y presente, Victoria narra sus primeros titubeos en la vida adulta y su contacto definitivo con la dolorosa realidad de la madurez. Las necesidades afectivas, el sexo voraz, tierno, propio, cutre, visceral y sensible, la modulación de una voz propia, la definición de un rostro que cambia con los años, el tacto de los extraños, la emancipación y la percepción de nuestro alrededor. Todo cuaja en una idea formada de lo que comprende el mundo y, fundamentalmente, de la dificultad de mantener los vínculos con la gente que forma parte de él. Los cambios constantes, los arranques que llevan a cabo un giro brusco en el camino elegido, la complejidad de soportarse a uno mismo, también de soportar al otro. En fin, aquello en lo que consiste la vida, y que a menudo pasa a tal velocidad que casi lo captamos a medias. A trozos. Como en esas situaciones en las que, ya en frío, resolvemos lo que parecía un imposible.

Partir es una radiografía de las partes sensibles que definen nuestra intimidad. Por tanto, la clase de novela que serpentea entre momentos de una intensidad emocional hiriente y episodios banales que desearíamos borrar de la memoria. Entre lo tierno y lo embarazoso. A golpes y porrazos, ya que no se nos puede pedir que, en pleno proceso de madurez, encontremos las palabras justas para explicar cómo hemos llegado hasta aquí sin, para ello, dar unos cuantos rodeos. Para hablar de intentos frustrados, fracasos sentimentales, días del color de la ceniza del cigarrillo, éxtasis, entusiasmo con fecha de caducidad reciente, pollas, coños, camas siempre deshechas y ambiciones que tampoco es necesario que logremos conquistar. De la necesidad de otra persona, o de la necesidad de llegar a entender nuestros sentimientos. O, tal vez, de la necesidad de llegar a entender que nuestros sentimientos también cambian. Por mucho que su evolución sea menos explosiva y no tenga acné, ortodoncia, vello facial o vete a saber cuántas cosas más. Tanto da, Baskaran habla de todo ello sin discriminar lo puramente emocional de lo físico, las ganas de follar de la importancia de conocer lo que hay dentro de uno mismo. La tristeza propia y la ajena, la soledad y el victimismo que nos ha inculcado la sociedad para decirnos que eso no es bueno. De ahí que la historia de Victoria, desde su incursión en el mundo de la actuación hasta su lenta deriva hacia el mundo del trabajo remunerado que no sirve para realizarse en la vida, tengas unos cuantos, muchos, rasgos de la historia de cada uno. De las palabras que han brotado en conversaciones, las resacas que han volcado sobre las sábanas o el silencio incómodo que ha acompañado una separación. De todo ese aprendizaje, verdaderamente intuitivo, que ha acompañado a la edad volcánica en su trayecto hacia la vida adulta.

Mentiría si no dijera que lo bonito de Partir radica en imaginar su proceso de escritura; las dudas, titubeos, líneas corregidas, palabras cambiadas, conversaciones construidas con precisión de cirujano y capítulos escritos al trote. Esa es la sensación que propone el libro de Baskaran, como si cada parte que lo forma respirase a bocanadas frente al lector, caminase en círculos en busca de la fórmula adecuada para desnudar sus sentimientos y, es posible, para pedir que también nosotros los desnudemos. Partir es de esas novelas a caballo entre dos edades, entre dos tiempos, pero con la suficiente lucidez como para no caer en la melancolía ni menos aún en la tonta nostalgia. Un informe de cicatrices, caries y arañazos con el que trazar la línea de la vida. Avanzar sin saber muy bien qué viene a continuación. Partir, marcharse, deslizarse incómodamente de todos esos sitios en los que hemos estado tan bien… sin saber muy bien qué vendrá a continuación. Escribir, hablar de uno mismo o de uno que se nos parece, de lo que no hemos llegado a ser y de lo que sí que somos. Dar rodeos, sacar el látigo como un domador ante la bestia indómita. Porque en ese camino en el que nos contamos a nosotros mismos nunca es fácil que los recuerdos se dejen trasladar a la hoja en blanco. Y, finalmente, vivir lo que vendrá, sin saber si será bueno, malo o lo que tenga que ser. Con esa incertidumbre que durante la adolescencia nunca conocimos, y que puede ser que ahora nos acompañe como nuestra sombra. Pero que, en retrospectiva, nos ayuda a entender en qué personas nos hemos convertido. En qué consiste ese lugar siempre misterioso al que llamamos intimidad.

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Literaturas

Aino Kallas. Vender un cuento al diablo, por Almudena Muñoz

La novia del lobo, de Aino Kallas (Nórdica) Ilustraciones de Sara Morante. Traducción de Luisa Gutiérrez | por Almudena Muñoz

Aino Kallas | La novia del lobo

Aino Kallas, que llegó a Estonia como una extranjera norteña y se dejó hechizar rápidamente por aquel folklore tan próximo a sus propias experiencias, repleto de bosques, transformaciones fuera de lo común y lazos matrimoniales inquebrantables, parece advertirse más a sí misma que al lector al comienzo de La novia del lobo, su relato más famoso, aunque definitivamente desconocido más al oeste de Europa. Entre proclamas que contienen tanto ímpetu y deseo por mimetizarse con un narrador de nombre perdido y orígenes aún más remotos, Kallas habla como una fanática religiosa que impele a evitar los atractivos demoniacos de su cuento. Es fácil caer rendido ante ellos y seguirlos como un haz de viento blanco que atraviesa en un suspiro los abetales, de la misma manera en que se lee de un tirón el relato salpicado por las oníricas estampas de Sara Morante.

La campesina Aalo, criatura tan abstraída de los sucesos y sus decisiones que casi se diría consciente de su condición de arquetipo, recorre de la mano, como hipnotizada, un paisaje que es sombrío al oírlo pero colorido al ser plasmado en el papel. La diferencia entre sentir la lluvia fuerte a la intemperie y ver las hojas secas, de distintos tonos, en un álbum de recuerdos. Kallas es una enamorada pero, dentro de esa misma pasión, una amante del lenguaje y del formato. La historia de esta mujer lobo, que pudiera tener su interés como antigua muestra de licantropía que afecta al sexo femenino, adquiere más relieve por el modo en que Kallas se otorga a sí misma voz de viejo trovador. Las expresiones arcaizantes y el vocabulario específico y boscoso al mismo tiempo resultan un triunfo de la investigación de Kallas, que era finlandesa, en las raíces del idioma estonio; un esfuerzo que de manera inevitable se diluye en cualquier traducción. Aquí pasa a ser un castellano con aires de gesta y estepa, y me pregunto si ciertas consonancias entre folklores también supondrán una mayor cercanía sonora y lingüística: La novia del lobo, traída hacia acá, parece más bien una leyenda de tierras vascas o gallegas.

Las ilustraciones de Sara Morante se decantan por una atmósfera más típica de los relatos góticos de Nueva Inglaterra y de esas tierras germanas que los peregrinos se llevaron consigo de viaje. Kallas nos recomienda evitar los embaucamientos, aunque lo haga fingiendo ser una comadre que narra cuentos de viejas a la luz de la lumbre, pero la tentación de hacer que el relato cruce fronteras es grande. Que, como Kallas, mujer de buena educación y autonomía a la hora de encarar proyectos propios, esta leyenda pudiese saltar de un continente a otro sin perder su poder resonante ni elementos humanos y paisajísticos reconocibles. La bella, la bestia, los cabellos rojos, las marcas escondidas en la piel, el pelaje de los lobos que rozan la espesura, las cabañas de troncos rodeadas de vapores, el olor a saúco, ramitas, sangre, lino mojado y hogueras. Que, por extensión, el cuento no se limite a ser un mecanismo teórico, un ejercicio académico y una mezcla de terror y subversión que antaño nadie concebía plasmar por escrito. Tal vez Kallas, que viajaba siguiendo a su marido, a través de esa Aalo a la que tanto condena y reprende esté reflejando los traslados de relatos y personas a nuevos contextos incomprensibles y denunciando las opresiones sufridas por su sexo, también en el modo en que se han ido relatando siempre sus historias. Por qué entonces escoge un punto de vista tan difamador, eso es un misterio y puede ser la obsesión perfeccionista del estudioso, incapaz de homenajear a su modelo si no es imitando cada uno de sus gestos y movimientos.

Los demás personajes humanos que observan la curiosa evolución de Aalo responden con suspicacia y únicamente crean esa poesía comunitaria que siente algún remordimiento demasiado tarde, una vez que la tragedia ya está sembrada. Sin embargo, la narración de Kallas insiste con regularidad en la naturaleza satánica de los acontecimientos, haciendo de la prosa lírica que fluye entre medias algo extraño, como fuera de sitio, que se lee como un pecado. Por eso Kallas no termina de poseer o de ser poseída por el espíritu de Aalo, de los lobos o del bosque, sacrificando forma y fondo a lo arcaizante, mientras otras cuentistas y arqueólogas de las leyendas, como Sophie Elkan, Selma Lagerlöf y Karen Blixen, introducirían el lenguaje moderno y un detallismo efusivo que parece querer rescatarlo todo del olvido. Y La novia del lobo no deja de ser un pedazo de historia relegada que queremos recordar, por mucho que los esfuerzos de Kallas se integren en ese halo condenatorio típico de las veladas en que había que santiguarse hasta para tragar el pan.

 

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Literaturas

Natalia Ginzburg. El amor, consecuentemente, por Francisca Pageo

Y eso fue lo que pasó, de Natalia Ginzburg (Acantilado) Traducción de Andrés Barba | por Francisca Pageo

Natalia Ginzburg | Y eso fue lo que pasó

Aclamada por su obra ensayística y por su larga carrera literaria, en esta segunda novela corta que escribió -la primera se tituló El camino que va a la ciudad– Natalia Ginzburg nos deja ver todos los entresijos de lo que el amor puede hacer en su aspecto más radical. Es una novela sobre la infidelidad, tanto entre amantes como hacia uno mismo. Una novela que nos desvela la parte más oscura e insensata del amor.

La protagonista, de la cuál nunca sabremos su nombre, lo que nos induce a pensar que Ginzburg lo escribió así como una llamada de atención sobre lo que nos indica ella misma en la nota del principio: «durante la escritura nunca me preocupó saber si la mujer que escribía era o no era yo misma», nos habla de los demás para hablar de ella. Todo empieza a través de signos y sucesos de juventud, los típicos: chico conoce a chica, chica lo comenta con otra chica, a esta chica no le parecerá bien este noviazgo, esta última chica tendrá muchos amantes. Ese tipo de cosas. La protagonista se enamorará de Alberto, y pese a que él no la amará nunca, se casarán y tendrán una niña. Durante esta parte, en compañía de Francesca, su prima, conocerá de una manera que jamás podrá intuir a Giovanna, la amante de Alberto. Francesca siempre sentirá celos de Giovanna y aun así, la protagonista y Alberto seguirán juntos pese a todas las ausencias de este último.

Y eso fue lo que pasó nos desvela las tramas y ajetreos que la protagonista tendrá infelizmente. Una mujer que sólo logrará hallar el punto de unión con su marido antes de casarse, mientras hacen el amor y una vez que la niña ya no esté. En la novela de Ginzburg hay tres partes bien diferenciadas que nos hace ver los pasos mismos del amor: enamoramiento, rutina, rotura, vuelta a empezar. Es una novela cíclica que nos infunde y proporciona todas las vicisitudes del amor, ya no sólo de manera lineal, sino también de manera paralela, en lo que confiere no sólo al marido y a la mujer, sino también a la amante. Y hasta podríamos decir entre madre e hija. En ella leeremos a una madre que, a veces, no logrará congeniar con la niña, pese a los profundos afectos que tendrán entre ambas. Una y otra serán el sustento de cada una.

No es la faceta narrativa lo que llama la atención de Natalia Ginzburg, pues hay ciertos clichés escritos que, aunque narrados de manera fina y delicada, no nos dejan imaginar ni ir más allá de lo propiamente dicho. Y eso fue lo que pasó es una novela con todas sus consecuencias, novela que hasta podríamos imaginar en forma de novela televisiva, ya que se dan todos los clichés y arquetipos que se pueden en ellas. Quizás la clave de todo esto, el punto incierto, esté en esos primeros párrafos en los que la protagonista dispara entre los ojos a Alberto. Así es como empieza la novela, con la muerte del objeto amado. En la novela todo es un ir hacia atrás para lograr ir hacia delante. Recordar la juventud, los momentos vividos con el amado, para lograr comprender por qué se ha amado, por qué se han tenido celos, por qué han tenido una hija, por qué el amado jamás podrá estar de manera definitiva con la protagonista y su final consecuencia.

Italo Calvino ya lo afirma en el prólogo que acompaña a la edición, Natalia Ginzburg es una mujer fuerte; una mujer dura que nos muestra el amor profundamente, sin reparos, de manera directa y consecuente. Y es que la vida, aquí diríamos el amor, comienza cuando todavía somos demasiado jóvenes para comprenderla.

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Literaturas

Charlotte Cory. Lector, me disequé con él, por Almudena Muñoz

Los que no perdonan, de Charlotte Cory (Nevsky) Traducción de James y Marian Womack | por Almudena Muñoz

Charlotte Cory | Los que no perdonan

Durante los días de mi lectura de Los que no perdonan, viendo The Witch (Robert Eggers, 2015), me percaté de que la inyección de un relato nuevo (o seminuevo, según la teoría de la originalidad que prefieran seguir) en un folklore de fechas y mitemas concretos siempre tiene que ejecutar algún sacrificio. Lo más común es que sea el fondo o la forma: bien los valores de los personajes, las motivaciones de la historia o la naturaleza del conflicto es esencialmente contemporáneo, aunque el lenguaje y las apariencias se hayan reproducido con gran escrúpulo; o bien las ensoñaciones sobre el pasado elaboran con este una especie de tablero de Pinterest fantasioso, tan bonito como irreal. O lanzamos por el acantilado ambas cosas y hacemos una novela de highlanders, que nada tienen de malo y que también procuran reescribirnos el folklore.

Lo que sucede en todas esas variantes es que el propósito principal, movido por un respeto casi lujurioso hacia otra época, consiste en querer añadir un elemento más. Una nueva heroína universal, un tropo hasta entonces nunca ejecutado, una versión jamás leída de los hechos firmados siempre por las mismas manos blancas, veteranas y masculinas. Eso, en definitiva, es folklore, pero es folklore nuestro. Los relatos que se encaminan hacia atrás, sin que parezca una película mal rebobinada, realizan ese sacrificio que comentaba al comienzo: saben que es imposible reproducir el pasado sin haber perdido algo en el sendero, en la centrifugación de la máquina del tiempo, y los mejores son aquellos que en sus propias reflexiones también incluyen el sacrificio. Como The Witch o como Los que no perdonan, que con ese epíteto de pastiche mucho parecía que debería perder de salto en salto entre siglos, géneros y formatos.

Curiosamente, Charlotte Cory parece haber planificado su carrera de tal modo que ese proceso luce toda su lógica, aunque al mismo tiempo pudiera tacharse de obsesiva y anárquica. Después de este debut literario, recibido calurosamente en el impredecible seno inglés, vinieron otro par de novelas y el lanzamiento de exposiciones de collages a caballo (o, para Cory, cualquier otro animal) entre el scrapbook de señorita victoriana, la taxidermia y una distopía steampunk ideada por el doctor Moreau. Los protagonistas intocables del folklore británico, como las hermanas Brontë y las figuras de Jane Eyre, se transformaban en sátiras o plano juego infantil bajo la tijera de Cory, que paso a paso consiguió instalar sus creaciones en los más exquisitos museos privados y hasta en las colecciones particulares de la reina. Esta aventura, en definitiva, se asemeja mucho a la lentitud con que repta una aportación moderna en unas coordenadas antiguas, antes de pasar por imprescindible para todo el mundo, como los enfoques de Alan Moore. Ahora que han pasado veinticinco años desde la primera publicación de Los que no perdonan, ¿sigue siendo Charlotte Cory imprescindible, el icono de lo neo-victoriano con lo que sueñan tantos escritores de misterios?

El empeño más acusado entre estos autores se percibe en hacer chapotear la pluma, ya de por sí negra, en el charco del fango más grimoso. Normalmente, quienes menos los han leído son quienes más ponen en boca de sus personajes a Dickens y a Wilkie Collins, aunque leer ficción no fuese nada de lo que presumir en aquellos tiempos. Un personaje de Franzen puede cuestionar la obra de McEwan, por ejemplo, sin que sea una competencia editorial ni una enumeración de guía de museo, pues se trata de un tic actual. Pero cuando el autor que se va al reinado de Victoria, Alberto y descendencia comienza a apuntar de vez en cuando los objetos dispersos por la habitación, allí un Dickens, acá una marca de bicicleta, no nos perdamos la sombra de Jack el Destripador, la escritura se va fosilizando como una de las estampas de Charlotte Cory. Es un principio darwiniano: al alimentarse de sí mismo, el mundo de la literatura victoriana engendra criaturas cada vez más abyectas y deformes, inaguantables a la vista, hijas para museos tapadas por uno de sus queridos terciopelos encarnados. Los que no perdonan, con su título de western, podría ser leído como un collage que sólo adquiere sentido al final, después de muchos pegotes de adhesivo. No por casualidad la niña con mayor protagonismo de la trama, Milla, se dedica a reunir recortes en un álbum antes de abandonarlo por furia, hastío y desencanto.

Su padre es el famoso Edward Glass, un arquitecto de costes mayúsculos, bufidos cínicos y un genio digno de ser descrito por Ruskin, aunque Cory, ya fuese por desinterés o por carencia de conocimientos artísticos más técnicos, apenas aporta información acerca del loco proyecto de Glass en el Gran Hotel de París londinense. De haberlo hecho, trasladando al edificio y a la estructura de la novela las neurosis que poseen absolutamente todos los personajes, desde el más infantil hasta el más viejo, habría nacido una casa de hojas à la eduardiana; pero, antes de desmontarlo todo, la autora quiere reunir las partes. A costa de ello, dos tercios del libro transcurren como una historia de misterio, rencores y cuerpos rotos, encarrilada en las vías de Daphne Du Maurier y Angela Carter y por la que seguirían Sarah Waters, Michel Faber y dos o tres nuevos nombres que surgen por año. Tanto al lector fanático del género como al visitante esporádico puede molestarles esa última parte que, de repente, se pone a reescribir a T. S. Eliot y a seguir el rastro de una rata por las ruinas del hotel, a modo de una metáfora que, en fin, guarda muchos parecidos con el animal elegido. Lo precipitado adquiere tintes de broma infinita, algo mucho más posmoderno. ¿Se puede confiar en los puntos de vista expuestos a lo largo del libro? ¿Qué sentido tiene ser meticuloso al recrear historias en el pasado, si sus supervivientes las recordarán entre brochazos cada vez más seniles y psicóticos?

En el fondo, Dickens no tenía tanto que ver con los arreglos de salita y las tristezas de los niños. Se forjó en el periodismo satírico y fue, hasta casi su último día de vida, un showman con un aparataje muy bien calculado. El tamiz de una época sobre otra pasada no sirve más que para fantasear con las chucherías que acumula un ama de casa histérica o una segunda esposa insatisfecha: son adornos decrépitos e inútiles que hacen felices a mujeres en jaulas que, en pocos años, podrían intercambiar por escritorios frente a ventanales abiertos, antes de percatarse de que el ventanal también tiene forma de puerta de jaula. Charlotte Cory hace uso de su libertad para disfrazarse de Dickens disfrazado de Dickens, regalando una novela para puritanos victorianos (esto es, con su morbo de intimidades que antiguamente debían omitirse) antes de revelarse como la inteligente showoman que es, capaz de dar, literalmente, Jane Eyre por liebre.

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Número siete

Wang Bing, febrero 2012. Una conversación, por Stéphane du Mesnildot

Wang Bing | Coal money

En febrero de 2012, Wang Bing se encontraba en París para presentar The Ditch (Jiabiangou, 2010)(una ficción sobre los campos de reeducación de los «reaccionarios» de 1950) y la extraordinaria He Fengming (He Fengming, 2007), monólogo de tres horas en el que He Fengming cuenta como fue, con su marido, víctima de las purgas reaccionarias e internada en uno de esos campos.

Tus películas son muy críticas con la historia reciente de China pero también con la sociedad actual. ¿Cuál es su difusión en China? ¿No has encontrado problemas con las autoridades?

Mis películas apenas tienen difusión si no es por medio de DVD piratas. Es así como en China un cierto público ha podido descubrir Al oeste de los raíles (Tiexi qu, 2003). Rápidamente, los DVD han sido retirados por el gobierno. Al principio, había bastantes discusiones en la red dónde se discutía deThe Ditch (Jiabiangou, 2010) pero ahora todo ha sido filtrado y la información ya no circula. Los sitios de descarga en los que se encontraban mis películas han sido también bloqueados. Dicho esto, no he sido molestado y llevo una vida más bien normal.

leer en détour

Número siete
Nuestro tiempo
Imágenes: Juan Jiménez García

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