Literaturas

Hergé. La última viñeta, por Óscar Brox

Tintin y el Arte-Alfa, de Hergé (Editorial juventud) Traducción de Concepción Zendrera | por Óscar Brox

Hergé | Tintin y el Arte-Alfa

Hace unos años, Philosophie magazine publicó un espléndido número dedicado íntegramente a glosar las relaciones entre la filosofía (también la etnología y el arte) y la obra de Hergé. En él se podía leer a Pierre Michon evocando ese delicioso momento de terror infantil con la viñeta de la momia de Rascar Capac en Las siete bolas de cristal, o a Michel Serres retratando al padre de Tintín como, prácticamente, un antropólogo de su tiempo. Precisamente, Serres era el más convencido de los participantes a la hora de afirmar en la personalidad creativa de Hergé una visión siempre moderna del medio. En constante evolución y desarrollo, lo que le llevaba a destruir las conquistas previamente conseguidas para alcanzar cotas más ambiciosas. A esa conclusión llegaba a través de los borradores de Tintín y el arte-alfa, el último rastro de la obra de Hergé que Editorial Juventud reedita en estos momentos.

En efecto, las últimas aventuras de Tintín recogen, aún hoy, un aire de experimentación continuo, ya sea mediante una planificación de la trama casi hitchcockiana (en Las joyas de la Castafiore), por su capacidad para absorber un espacio metafísico a través de la viñeta (la nieve de Tintín en el Tíbet) o, en fin, por su modernidad. En breve, cuando de niños leíamos Vuelo 714 para Sidney fascinados por una historia menos clara, menos ligera, casi alucinada para tratarse del mismo Tintín de las aventuras coloniales de los primeros álbumes. El arte-alfa, en este sentido, brindaba la posibilidad de unir relato y fondo en un mismo cuerpo; una meditación sobre el arte contemporáneo a través de una trama de falsificaciones y asesinatos (lo cual, volviendo a la filosofía, permitía establecer no pocos puntos de contacto con los textos de Walter Benjamin). Algo que se intuye en el texto incompleto, a ratos solo abocetado, de Hergé. En esa madurez que llama a una depuración todavía mayor de la línea clara, a un ejercicio de síntesis de temas, personajes y situaciones.

Tal vez, para Hergé el arte-alfa significaba alcanzar el grado más elemental de la narración a través de viñetas. Lo que, una vez más, podría identificarse con la puesta en escena del Hitchcock de la época de Topaz; siempre sugerente, trufado de metonimias y apuntes sobre el temperamento artístico de la época. De ahí que su historia, como tantas otras, nos remita a la finca de Moulinsart, la Ítaca del Capitán Haddock, a las confusiones y despistes de Tornasol o la Castafiore, a esa voz telefónica que siempre pregunta por la Carnicería Sanzot o al valor de Milú como personaje vicario que atiende al desarrollo de la acción sin que, aparentemente, los humanos reparen en ello. Y, sin embargo, aquí Haddock aparece como coleccionista de arte, en esa pequeña sátira bufonesca a propósito de las corrientes modernas; Tintín es, casi, un ideal que se inmiscuye en la acción para hacer saltar los resortes del engaño sufrido; y el ambiente de la obra es, acaso, cada vez más maduro. Reflexivo. Final.

Para muchos, la patria potestad de la infancia le corresponde a los álbumes de Tintín. A esas viñetas únicas grabadas a fuego en la memoria (para quien esto escribe, bastaría cualquier imagen sacada del díptico Los cigarros del faraón/El loto azul). Viñetas en las que Hergé no dejó de experimentar, de buscar nuevas formas de narrar en un proceso de depuración estilística constante. En el que, asimismo, volcó no pocas obsesiones biográficas (como describe la ansiedad de Tintín en el Tíbet ante la ausencia del amigo desaparecido). Pero que, ante todo, constituye un corpus animado de lo que fue parte de la Historia del cómic del siglo pasado. En esa Historia, el arte-alfa es solo un esbozo, una tentativa, luz para iluminar una reflexión que no llegó a culminar. Una visión integral del arte contemporáneo me atrevería a decir que tan rotunda como, por ejemplo, los Cuadros para una exposición de Osamu Tezuka. En la que, más que nunca, Hergé trataba de capturar el tiempo a través de su lápiz. Todo el vértigo de las nuevas olas en cada viñeta. Bajo esa sensación, siempre dulce y a la vez engañosa, de que en Moulinsart nunca pasan los años.

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Literaturas

Stuart Murdoch. I’m Waking Up to Us, por Francisca Pageo

El café celestial, de Stuart Murdoch (Expediciones polares) Traducción de Felipe Cabrerizo | por Francisca Pageo

Stuart Murdoch | El café celestial

Stuart Murdoch, líder de Belle & Sebastian, se propuso escribir ante un nuevo ordenador una especie de diario que recogería todo aquello que le pasase por la cabeza, así como también en la vida; y es en este El café celestial, editado por Expediciones Polares, donde encontramos todo aquello que escribió, desde el 20 de octubre de 2002 hasta el 20 de agosto de 2006. De modo que estamos ante un diario cronológico lleno de pensamientos, reflexiones y hechos de su vida cotidiana, así como de las aventuras que el grupo, su grupo, Belle & Sebastian vivirían durante los años citados.

Murdoch nos habla de las películas que ve (de hecho, nos proporciona una inmensa lista con todas sus películas preferidas), la música que escucha y le toca íntimamente y todas esas referencias musicales que le van hipnotizando. Apasionado de la cultura, no sólo la muestra acudiendo a ella, sino también haciéndola. Estamos ante un diario no sólo personal, sino también grupal -cabe destacar que los demás miembros del grupo y algunos amigos de Murdoch también saldrán en este libro con sus diversas opiniones y creencias.

Para quien esto escribe, una persona que crecería en su (post)adolescencia con Belle & Sebastian, estas palabras confesionales reflejan esa alegría y entusiasmo que transmiten su líder y sus canciones. Murdoch no es cristiano, pero él va a la iglesia, toca en el coro y ayuda al prójimo. Estamos ante las palabras de una persona que quiere dar lo mejor de sí mismo no sólo en sus proyectos personales, sino también en su ámbito social y profesional. También descubriremos a un Stuart Murdoch apasionado por el deporte, a quien le encanta correr y no le dice que no a un partido de fútbol, pues lo adora. De este modo, estamos ante una persona que aboga por una vida plena. Stuart nos habla de su vida de una manera sencilla y describe todas aquellas cosas que le dan vida, como viajar en tren, enamorarse de las camareras guapas o ensayar con su grupo.

El autor habla sobre cómo le gustaría leer un libro sobre ciudades, cuando es él quien lo está haciendo. Murdoch escribe desde cada rincón que pisa de este planeta llamado Tierra; nos escribe desde California como desde Perth o Barcelona, aunque su residencia habitual sea Glasgow. Es un ferviente escocés que ama su tierra, pero también ama viajar y encontrarse por aquellos lugares a los que va de gira. Resulta muy divertido leer todas aquellas anécdotas por las que pasa y reírse no está de más en este libro, sino que se vuelve necesario.

En su aspecto más musical, quedan registradas las anotaciones sobre las giras del grupo y las grabaciones de sus discos. A todo aquel fan de Belle & Sebastian esta vertiente le encantará y le hará entrar en el mundo que nos presenta Stuart Murdoch. Unas confesiones llenas de vida, de amor por la música y el cine, por la cultura en general. Y una persona que, pese a haberlo pasado mal en la vida (antes de formar Belle & Sebastian sufriría de fatiga crónica), muestra una enorme adoración por vivir. A lo largo del libro, Murdoch no deja de hablarnos, y lo mínimo que podemos hacer nosotros es escucharle, tanto a su música como a su voz.

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Literaturas, Negro sobre negro

Pablo Cazaux. Viaje al fin del mundo, por Óscar Brox

Carver, de Pablo Cazaux (JPM/Cosecha roja) | por Óscar Brox

Pablo Cazaux | Carver

La novela negra siempre ha dado cobijo a los perdedores, a aquellos marginados dispuestos a cualquier cosa para evitar que la vida les pase por delante. Robar. Matar. Mentir. O, simplemente, desvanecerse entre intrigas en las que representan el eslabón más débil. Que son, pues, un preludio para el instante fatal. Para el fin, que no necesariamente significa la muerte, sino más bien la asunción de un sentimiento de soledad tan devastador que nada en el mundo lo puede mitigar. Solo dejar que siga su cauce, hasta que deje de doler. Carver es, a su manera, una novela de perdedores. Un relato en el que sus tres protagonistas se ven atraídos hacia la perdición porque no pueden ocultar su necesidad por buscar algo: un nombre, un padre ausente o una vida menos negra. Y es esa una necesidad que los consume, por mucho que sean conscientes de que se acercan a un precipicio, porque quizá les invita a creer que todavía es posible esperar algo. Y que, en ocasiones, esa sensación es incluso mejor que llegar a conseguirlo.

Carver comienza con un enano probándose un sombrero de charro ante la atenta mirada de la que será la voz de la conciencia del libro. Otro hombre, otro perdido, que prefiere escapar a su rutina como profesor para buscar todo aquello que su vida de insatisfacciones ha borrado selectivamente. Una cierta idea de la aventura, que tiene en el enano Ramón y la búsqueda de su padre un punto de partida. Frente a la brutal inocencia de Ramón, personaje frontal que inspira tanta ternura como asco, Cazaux opone la mirada de su desconocido protagonista. El don del oportunismo, que asocia su camino al de un personaje inestable que se ha construido la fantasía de ser el hijo bastardo de Raymond Carver. Y a fe que, por momentos, el propio autor parece jugar a construir un relato negro bajo las premisas morales de los cuentos del escritor de Catedral. Con esa amarga monotonía que cultivan personajes atrapados en sus vidas interiores. Si bien, huelga decirlo, es solo un ardid para retorcer con inteligencia el desasosiego que provocan las decisiones equivocadas que toman sus personajes. Ese sentimiento de presenciar un choque de trenes a cámara lenta, en el que nada se podrá hacer para salvarles.

Más que un relato de carretera y millas, Carver es una historia sobre el fin del mundo. De un mundo. De un relato de hijos sin padres, de hombres sin nombre y mujeres sin futuro. De viejos demasiado viejos y jóvenes que no llegaran a la madurez; de enanos con corazones demasiado grandes y adultos con conciencias demasiado difusas. De cobardes demasiado valientes y locos que anhelan un poco de cordura en el paisaje. Ubicada entre espacios desiertos, cerrados o banales, la novela atrapa a sus personajes en el tedio de unas vidas sin rumbo. Casi, también, sin orden ni concierto. En las que los pequeños delitos o la búsqueda insensata de una mentira aportan la dosis de energía que hace avanzar la fantasía. Que oculta parcialmente la realidad mediocre de sus protagonistas para retrasar, otro poco más, su irremediable final. De ahí que Carver se explique a través de las renuncias que, a cada poco, los tres personajes asumen para continuar creyendo en el sueño alucinante que les ha sacado de sus respectivos mundos. Que une los destinos de un hombre abandonado, de una adolescente y de un pobre contrahecho. Pero que, también, los ahoga. Los asfixia de tan fuerte que es el vínculo que establecen, un pacto de sangre en el que todo parece permitido si la huida hacia delante sigue como respuesta de emergencia.

Carver también podría haberse titulado como el libro de Osvaldo Soriano: triste, solitario y final. O cómo, tras la búsqueda desesperada del padre, el único vínculo posible es el que sus tres personajes han creado. El que, pese a todo, pese a los delitos, pese al asesinato, pese a la fuga insensata de la realidad, concede una pizca de aire en mitad de la asfixia. Esa última bocanada, el rugido final del coche, antes de que las balas traspasen el cristal del parabrisas. Un gesto postrero. Una declaración de guerra: la sensación de que las criaturas perdidas de la novela negra encuentran su razón de ser en el movimiento, en el viaje a ninguna parte, entre entornos degradados y personajes desgastados. Para los que ya no queda gravedad ni gracia, tan solo un último deseo. Una gran cabalgada sobre la ola. La confianza de saber que, de una vez por todas, ha llegado el final. Y, en definitiva, todo ese dolor acumulado durante sus vidas, la soledad, el abandono y la persistencia en una serie de ideas descabelladas, les ha sido útil. Como una resistencia, condenada al fracaso, ante una vida que, en la mayoría de los casos en la novela negra, nos pasa por delante.

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Literaturas

L. Frank Baum. Aventuras y desventuras de la tierra mágica, por Francisca Pageo

Historias mágicas de Oz, de L. Frank Baum (El paseo) Traducción de Óscar Mariscal | por Francisca Pageo

L. Frank Baum | Historias mágicas de Oz

¿Quién no conoce el mundo de Oz? A día de hoy ya se ha publicado en muchas y diferentes versiones, tanto para el publico infantil como para un público más adulto, El mago de Oz, de Frank Baum, aunque también cabe destacar la gran película en technicolor que Victor Fleming dirigió allá por 1939. En ella conocimos un mundo lleno de fantasía, de adoquines amarillos, con una bruja verde y una niñita de Kansas junto a su perro que recorre la tierra de Oz en busca del mago, con la ayuda de un espantapájaros sin cerebro, un hombre de hojalata sin corazón y un león cobardica.
Sin embargo, esta es la versión que Frank Baum y derivados nos traerían al público hispano, ya que aunque el autor escribiera El mago de Oz y llegase a ser internacionalmente un clásico para el público, Baum también escribiría otras historias y relatos sobre este mundo que conocemos de soslayo. De hecho, en Oz caben muchísimos más personajes de los que poco hemos sabido ni hemos conocido, al menos para un público mayoritario *

De este modo, nos encontramos ante una serie de cuentos y relatos que narran la vida de los personajes de Oz. En ellos tendremos, además de a Dorothy, al mago, al espantapájaros, al león y al hombre de hojalata, a la princesa Ozma, a Tik-Tok el hombre mecánico, a Jack Cabeza de Calabaza (que curiosamente nos recordará al Jack Skellington de Pesadilla antes de Navidad de Tim Burton), al hombre greñudo y a otros personajes como los munchkins (aquellos enanitos que aparecerían nada más llegar Dorothy a este mundo de fantasía.) Con estos personajes de fondo, tendremos los relatos El león cobarde y el tigre hambriento, Tik-Tok y el rey nomo, Ozma y el pequeño mago, Jack Calabaza y el caballete, y  El espantapájaros y el hombre de hojalata. En ellos, se nos revelarán las aventuras desmedidas y traviesas de los personajes citados y en los que, al final de todos los relatos, nos asombrará la buena voluntad que Baum trataba de enseñar. Gracias a estos relatos, aun tratándose de hadas, de terribles y pequeños grandes gnomos, del famoso personaje Crinklink, aprenderemos la enseñanza de Baum: a pesar de mundos mágicos, siempre habrá una moral presente, representada a través de metáforas y moralejas que nos incitan a querer y desear lo mejor, tanto para uno mismo como para los demás.

Destacan las maravillosas ilustraciones de John R. Neill, las cuales serían las originales y primogénitas de los cuentos de Baum (salvo el primero). En ellas se ven reflejadas bajo un estilo art decó cada historia y relato, haciéndonos cómplices de lo que Baum escribe aquí. Cuesta no separarse de Dorothy y sus amigos, pues leemos estos relatos y nos adentramos de nuevo en nuestra niñez, donde cada cuento nos enseña algo sobre la vida, sobre la amistad, sobre nuestros miedos y nuestra psicología. Baum era un prolífico escritor pues su obra comprende 64 novelas, 82 relatos cortos, más de 200 poemas y un número desconocido de guiones. Es indispensable pensar en Baum como un autor no sólo fructífero, sino secuaz y amante de la vida, pues sólo en Oz podemos ver cómo esta se expande a medida que conocemos más detalles de su naturaleza.

Así, estamos ante un libro esencial (pues no se han publicado antes los relatos de Oz al español) para todo aquel amante de este mundo y de la fantasía, de los cuentos y la imaginación. Pasear por Oz es imaginar y soñar, pero también lo es aprender sobre la vida y todo lo que esta conlleva.

* Frank Baum publicaría en vida una serie de relatos sobre el mundo y personajes de Oz, llegando a ser popularmente más conocidos por sus representaciones teatrales y, además, los cuales llevaría en 1910-1925 a diversos cortometrajes sobre la vida en este mágico lugar. También cabe destacar que en 1985, se produciría Retorno a Oz, de Walter Murch, una secuela en la que los personajes de los relatos que figuran en este libro aparecerían de una manera profunda y misteriosa, revelándonos un Oz diferente, más lúcido y psicológico a la película mundialmente conocida por Victor Fleming; más fiel y directo al mundo de Baum que el que representaría el filme de 1939.

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Literaturas

Jack London. Ellos, por Óscar Brox

La gente del abismo, de Jack London (Gatopardo) Traducción de Javier Calvo | por Óscar Brox

Jack London | La gente del abismo

Si hubiese que comprimir en un solo objetivo la obra de Jack London, este sería el deseo, radical e inalterado, de contemplar lo salvaje. Su llamada a orillas de un archipiélago ignoto, en los ritos de una cultura desconocida que la prosa de London descubría en su mezcla de crueldad e inocencia. A cubierto de la civilización. En un tiempo, tal vez, de aventuras que llevaba a los Melville y Stevenson a surcar los mares en busca de esos últimos lugares preservados del influjo de este mundo. Algo de esa mirada permanece en su ensayo La gente del abismo, escrito un poco antes de algunas de sus obras mayores, a partir de su experiencia en la Inglaterra devastada por la pobreza y el desamparo. En él, las descripciones etnográficas de London, que rastrea cada ápice del East End de Londres para exponer las condiciones inhumanas que padecen sus habitantes, se codean con una reflexión de fondo en la que su autor pone de manifiesto la preocupante deriva emprendida por la Civilización. O cómo las etapas previas marcadas por revoluciones sociales e industriales no han repercutido sobre el pueblo con una intención benéfica, sino agrandando todavía más la brecha entre estratos. Hasta conducir a la agonía a una parte de la sociedad, hundida entre la mendicidad y la precariedad de los salarios.

London se abisma, nunca mejor dicho, en los callejones de la ciudad. Las caras abotargadas por el alcohol, la indiferencia con la que todo sucede y la violencia que despierta el trato por parte de las instituciones protagonizan la mayor parte de sus capítulos. Episodios de un viaje interrumpido, tan pronto el mismo London se concede una pausa en la investigación ante la avalancha de situaciones con las que le cuesta bregar. Y es que, en su tono panfletario y polémico, La gente del abismo es una obra que pretende la sacudida, la reacción visceral del lector ante el paisaje deprimente que retrata cada callejuela, cada desgraciado que cruza por la página para dejar una pizca de su vida miserable. La comida podrida, los catres reventados por los insectos, el frío que invita a mover el cuerpo por la noche, las prácticas del Ejército de Salvación, el alcoholismo irremediable, las tentativas de suicidio para acabar con las penurias… London profundiza hasta sumergirnos en ese entorno frágil y, en ocasiones, terrorífico. Abandonado. Juzgado por las miradas condenatorias de las otras capas sociales, de aquellos que no esperan nada a cambio. Solo que las barriadas pobres contengan, con una especie de dique invisible, la enfermedad.

Ellos, sus rituales, ese otro aprendizaje vital que proporciona la calle, ocupa gran parte del libro como si perteneciese a la documentación a propósito de una tribu recién descubierta. O, mejor dicho, a la sintomatología de esa enfermedad que se acentuaría con la crisis: el hambre. Como sucedía en las memorias del escritor Tom Kromer, el hambre en tiempos de la Depresión significa un terror tan acerbo, tan extremo, que solo se puede palpar en las caras vacías de los que la sufren. En el rosario de pústulas, caries, heridas y dolores que London expone con frialdad y, al mismo tiempo, apasionamiento. Con ese acento polemista con el que pretende llamar la atención del lector. Llevarle al otro lado, hasta esa realidad. Contagiarle el hedor de los comedores, de los catres compartidos y del frío brutal de esas horas previas a cuando rompe la mañana. Para hacerle ver, para hacernos ver, cómo los mecanismos del Estado, el llamado proceso civilizatorio, ha fomentado una brecha tan tremenda entre las personas. Tan agresiva como para llevar a la muerte, a la desazón o a la tristeza infinita a aquellos que solo pueden conformarse con el rancho del comedor social mientras los peniques escasean en el bolsillo remendado.

A diferencia de América, los vagabundos de Londres no invitan a pensar en el tiempo de aventuras con el que, quizá, London caminaba predispuesto. De aquellos marinos que se enrolaban en un mercante con lo puesto en busca de un nuevo mundo. O con los buscavidas que no paraban quietos mientras la vida, en definitiva, se abría camino. No, La gente del abismo es una crónica despiadada, un estudio sociológico en el que hombres y mujeres tratan de sobrevivir al rodillo opresor que supone el estado de las cosas. En el que la vida se cifra en lo más nimio, en lo más insignificante, en rostros que vienen y van, que desaparecen sin dejar rastro, mientras su autor apunta nombres y circunstancias en su periplo. En esa gente ahogada, vencida por la época, cuyos límites marca el final del East End. Para esa gente para la que Inglaterra es el infierno de los pobres.

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Literaturas, Negro sobre negro

Jean-Patrick Manchette. La nada, por Óscar Brox

Fatídica, de Jean-Patrick Manchette (Navona) Traducción de Joachim de Nys | por Óscar Brox

Jean-Patrick Manchette | Fatídica

Admitámoslo, Jean-Patrick Manchette pasó por el polar con la fuerza de un tren de mercancías. Y es que pocos autores han sido tan hábiles a la hora de combinar un dominio total de la narración con una exposición despiadada de las flaquezas morales e ideológicas de su tiempo. En efecto, el noir, de McCoy a Malet, fue el refugio perfecto para articular el discurso sobre una sociedad agonizante, la de posguerra o la de los años de la depresión, que tomaba forma a través de sus eslabones más débiles: perdedores, buscavidas, ladrones, asesinos, detectives y policías sobornados. Pero en la obra de Manchette todo ese poso, llamémosle clásico, adquiría una rabia y una energía insólitas. Siempre al límite, siempre en el filo. Con personajes sucios y amorales, impotentes y salvajes, perdidos en una eterna tormenta interior que, a la postre, dibujaba desde sus sensaciones las turbulencias de una época políticamente inestable. En la que las revueltas izquierdistas, cuando no los ataques contra las jerarquías conservadoras de toda la vida, reflejaban el estado de las cosas.

Fatídica es ese penúltimo peldaño (a Manchette aún le queda reventar las costuras del género con Cuerpo a tierra) en la obra de su autor. Una novela en la que los postulados behavioristas dictan cada detalle del modus operandi de su protagonista, construido matiz a matiz, elemento a elemento. Sin prácticamente diálogos ni pensamientos; solo acciones. Así, tenemos a una mujer. Una mujer en un entorno burgués protegido por las mentiras y delitos de aquellos que ostentan el poder. Impune, a simple vista, pero realmente frágil, puesto que todo conservador es naturalmente pragmático y la fuerza de la manada no tarda en descomponerse cuando lo que está en juego es la supervivencia individual. Manchette describe ese ambiente con sorna y malicia, como una gigantesca carcasa vacía que ya no puede ocultar su podredumbre. El hedor que rezuma su amoralidad. Esa sensación de que, tarde o temprano, las capas más bajas conseguirán pasar por encima. O, como mínimo, desnudar sus debilidades. Enfrentar al grupo de burgueses a la imagen deformada que proyectan sus traiciones, rencillas y malas artes.

Como en El discurso del método, como en Nada, como en la futura Cuerpo a tierra, la burguesía viste el disfraz más grotesco de la sociedad. Y sus acciones, en fin, subrayan esa condición hasta la náusea. O hasta el primer espasmo de violencia, siempre desbordante en la prosa de Manchette, que barre con fuerza el orden de las palabras hasta convertir sus relatos en una pesadilla sin final. En ficciones tan desbocadas que sus protagonistas acaban sumidos en la locura, convertidos ellos mismos en guiñapos de feria devorados por aquello que más les aterroriza. Fatídica no es una excepción, al contrario. Su autor ejecuta la venganza de su protagonista femenina con tal delectación que, una vez la historia explota en mil pedazos, se tiene la sensación de que desde la primera página no hemos hecho otra cosa que caer a un abismo sin fondo. A una alucinación de sangre y destrucción, de ricos y degenerados que se machacan unos a otros para intentar quedar con vida, ahorrar ese último aliento y continuar. Esos contra los que Manchette dispara con agrado sus balas, mientras nos habla de las diferencias de calibre, los agujeros que dejan en los cuerpos y el desagradable ambiente de hedonismo y bochornosa indiferencia que describe la vida en lo más alto de las estructuras sociales.

Si David Goodis vivía enganchado al turbio ambiente de una Philadelphia sombría, Jean-Patrick Manchette no podía desembarazarse del aire pútrido de la corrupción moral de Francia. De esa sensación de que la izquierda, de que cualquier revuelta, fracasaba estampada contra el muro de sus ilusiones. Deslustrada por la fuerza con la que los tentáculos del Poder se agarraban a la sociedad. Por eso sus novelas no son tanto nihilistas como atrozmente realistas; radiografías de un sentimiento de derrota, de una energía, que frente a la resignación oponía la misma locura. La nada. La destrucción. Fatídica es eso mismo. La nada. La nada que queda tras la violencia más loca, llevada hasta el paroxismo. La nada que dibuja su protagonista, asesina o vengadora, tanto da, mientras se sumerge, malherida, en el fondo de su pesadilla. La rabia. El fracaso. El deseo de anarquía. Los personajes convertidos en sensaciones, en cuerpos que se revuelven a cada párrafo para intentar sobrevivir. Cueste lo que cueste. Caiga quien caiga. Aunque su destino sea, inevitablemente, la nada.

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Literaturas

Elmore Leonard. Western Skyline, por Óscar Brox

El tren de las 3:10 a Yuma, de Elmore Leonard (Valdemar) Traducción de Juan Antonio Santos | por Óscar Brox

Elmore Leonard | El tren de las 3:10 a Yuma

A propósito de Hombre y Que viene Valdez, los dos westerns de Elmore Leonard publicados con anterioridad por Valdemar, señalábamos su capacidad para trascender los paisajes del Oeste y proyectar, a través de los hombres, de sus emociones, un paisaje existencial. Entre aquellas obras y la colección de relatos recogidos en El tren de las 3:10 a Yuma median casi dos décadas y, sobre todo, un proceso de madurez narrativa que le acercaría hasta la ribera de la novela criminal. O, más que madurez, de capacidad para profundizar, aún más si cabe, en ese territorio entre Arizona, el desierto, México y la nada; en las vidas de apaches chiricahuas, agentes de la Ley, cuatreros y bandidos. Un paso entre las mitologías del western con el que había crecido, entre relatos y seriales, y ese otro Oeste documentado con el que alimentaría sus historias. Un Oeste surcado de buscadores de plata en antiguas minas indias, exploradores y agentes obligados a bregar con los conflictos culturales que los enfrentamientos entre blancos e indios habían acrecentado, o alguaciles dispuestos a llevar a cabo su trabajo con el aplomo que requiere la insignia en su pecho.

En estos primeros escarceos con el género, la soltura narrativa de Leonard es total. Tanto, que cada relato parece mejorar los hallazgos del anterior, pasando de la anécdota al retrato de personajes, de la viñeta de acción a la añoranza del viejo Oeste, del cuento de aventuras a la nouvelle de forajidos. Y todo ello sin perder de vista la evolución, el paso del tiempo que cifra en esos personajes jóvenes, prácticamente advenedizos, que en su primer envite serio han de lidiar con las leyendas de un territorio surcado por los mitos. Con la espera, el tiempo muerto antes de que la tormenta se desate. Con el miedo que infunde la cultura apache, figuras fantasmales que acechan desde cualquier flanco del paisaje pedregoso. Con el mismo paisaje, desnudo y calcinado, que sus personajes combaten con sorbos de mezcal y tabaco para mascar. Con los dedos pegados al gatillo, el Winchester bien cerquita, sin perder de vista la mirada agrietada por el sol de su enemigo.

La principal virtud de Leonard como narrador reside en su capacidad para describir los pensamientos de sus personajes, sus encrucijadas vitales, esos callejones sin salida que les invitan a tragar saliva ante el vértigo del peligro. Como el Paul Scallen de El tren de las 3:10 a Yuma, acosado por la responsabilidad de su papel como agente de la Ley, capaz de arriesgar su vida para llevar a Jim Kidd hasta Yuma, aunque su recompensa no sea más que un sueldo modesto y el regreso a casa. O como el grupo humano que protagoniza El rastro de los apaches, donde un tranquilo puesto de vigilancia se transforma, ante la mirada del recién llegado, en un polvorín en el que la sangre blanca y la chiricahua señalan los límites que deben rebasar sus personajes para hacer prevalecer la Ley. Y es que el western de Elmore Leonard es un lugar de violencia, de cabelleras arrancadas y de cuerpos abatidos por los disparos, en el que los hombres torturan con fuego a fin de conseguir información privilegiada y el miedo supone la barrera divisoria entre la civilización y lo salvaje, entre la realidad y el mito. Por mucho que este último, como explica Infierno en el cañón del diablo, depare uno de los relatos de aventuras más hermosos. Pieza literaria excelente en la que Leonard, transmutado en aquel lector infantil que devoraba historias de género, nos lleva hasta su mismo fondo para narrar la búsqueda incansable de la fortuna india entre forajidos, asesinos y los restos de los conquistadores españoles.

Preciso y documentado, el western de Elmore Leonard describe la transición entre ese género preñado de lecturas infantiles, hogar de mitos que cabalgaban las praderas o los pedregales, hacia un horizonte más maduro, más sereno. Territorio para abonar las cuestiones raciales, el impacto de la evolución en las culturas más tradicionales y las vidas minúsculas que, entre leyendas y grandes episodios, se dedicaban a intentar sobrevivir con lo puesto. El western real, sí, pero también el crudo. Tan crudo como las aventuras salvajes de Jack London. Ese en el que el aprendizaje vital no está reñido con la pérdida de la inocencia, la amargura y la destrucción. En el que soldados e indios, cuatreros y bandidos se baten el cobre entre arbustos de mezquite y valles abandonados. En los que el sol, abrasador, parece el único juez capaz de dictar la moralidad de sus acciones. En los que cada hombre es su propia frontera, su propio paisaje, su único límite. Y la vida, ay, la vida, eso que tan rápido se escapa cuando los fusiles empiezan a tronar. Cuando los mitos, definitivamente, se convierten en hombres.

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Literaturas

Géza Csáth. Bellos días, ratones de tiempo, por Juan Jiménez García

El diario de Géza Csáth, de Géza Csáth (El Nadir) Traducción de Éva Cserháti y Antonio Manuel Fuentes Gaviño | por Juan Jiménez García

Géza Csáth | El diario de Géza Csáth

Hay en los diarios de Géza Csáth o, al menos, en su edición por El Nadir, algo de movimiento fatal de una vida entregada a lo fugaz. Movimiento fatal porque su vida, como lo aquí recogido de ella, se mueve entre un entrega digna de Casanova (a quien admiraba) a las mujeres y al placer y una muerte segura y terrible. Y entre todo, la certeza de que todo forma parte de una misma cosa y que vivió por las mismas razones que murió. Toda aquella felicidad no era más que infelicidad, su mujer, Olga, fue la causa de su vida y de su muerte, y desde siempre estuvieron las drogas y ese engancharse para desengancharse y volverse a enganchar.

En una página Csáth se imagina viviendo hasta los sesenta años (se suicidó a los treinta y dos, tras matar a su esposa) y se emociona pensando en todos esos placeres que llegarán, en todas las cosas buenas que le esperan, todos los libros que leerá, todos los hijos que tendrá, el dinero, las ideas, la vida, la vida, mucha vida por delante. Al volver la página, nos encontramos con la droga. El asco profundo, dice. Ni tan siquiera ha cambiado el día. Sigue siendo 31 de enero.

Csáth conoció un cierto reconocimiento pronto. Pronto también empezó su carrera de médico y, con ella, su encuentro con las drogas. Escribía minuciosamente todas las dosis que tomaba y también su idea, siempre presente, de dejarlas. Y una y otra vez volvía a ellas. También a las mujeres. La primera parte de su diario es digna de su admirado veneciano: una sucesión de actos sexuales rigurosamente documentados en sus posturas y contados los coitos y hasta los orgasmos. Balance del año 1912: alrededor de 360-380 coitos, 7390 coronas ingresadas, edición de un libro, publicación de otro en Alemania,… Propósitos para el nuevo año: conseguir diez mujeres diferentes, dos de ellas vírgenes. Ninguna ironía y poco espacio para el humor. Una vida seria, incluso rigurosa.

Él «quería ser feliz». Un propósito que se formula rápidamente, que incluso es comprensible y, a veces, hasta alcanzable. En su caso podríamos pensar que tenía muchas cosas y le sobraba alguna, pero aquellas que tenía y aquellas que le sobraban respondían a una misma carrera hacia la destrucción. Una destrucción íntima, personal, construida sin grandes gestos pero sí con tenacidad, con rigor. Para Dezső Kosztolányi, uno de esos escritores húngaros que alcanzaron la posteridad y que era primo de nuestro Casanova, el morfinismo no es nunca una causa, sino una consecuencia, y con eso, en el texto que cierra el libro y en el que habla de la muerte del otro, nos evita las conclusiones rápidas y fáciles.

El diario de Géza Csáth es un recorrido conocido al que Alberto Savinio (y con respecto a Guy de Maupassant) supo definir como un viaje hacia “el otro”. Hasta poder decir “yo soy el otro”. Y ese viaje en lo literario es una travesía hasta el último aliento que va desde un ingenuo hedonismo hasta la reinterpretación de aquellos días bajo una luz grave, trágica. Todo desde una escritura que, como su vida, corría hacia todos aquellos placeres que llenarían aquellos sesenta años y que se perdieron a mitad de camino. Bellos días, ratones de tiempo.

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Literaturas

Rubén Martín Giráldez. Palabrismos, por Óscar Brox

Magistral, de Rubén Martín Giráldez (Jekyll y Jill) | por Óscar Brox

Rubén Martín Giráldez | Magistral

A la lengua castellana no le vendría mal una escala de dureza, como la de Mohs con los minerales, o un test periódico que evaluase su resistencia. O las contraintes, las constricciones que definían las singularidades de la escritura del OuLiPo. La lista, tal vez, podría ser más que extensa y, a fin de cuentas, cada adición reflejaría una misma necesidad: llevar al límite las posibilidades expresivas de una lengua, reclamar un chute de vitalidad, perseguir incansable, más bien inconformistamente, todo lo que se puede llegar a decir, a hacer, a crear con las palabras. Magistral, el pequeño libro-texto-misil-novela-ensayo escrito por Rubén Martín Giráldez expone con sus dosis (des)medidas de ironía y elocuencia este punto. Así, hasta constituirse en una lección magistral de todo lo que puede dar de sí nuestra lengua.

Con Magistral sucede como con la bella aventura traductora de El secuestro, de Perec, o con la adaptación de las novelas de Gombrowicz al castellano, en las que lo bonito no es tanto detenerse a indagar en el qué, prácticamente imposible, sino perderse en el cómo. En el ritmo alocado e intermitente, en la panoplia de recursos expresivos que se suceden línea tras línea, en ese sano sentimiento de tocar narices, jugar con los lugares comunes y alumbrar un puñado de dudas en torno a lo que significa escribir, traducir y, por qué no decirlo, leer. De qué manera se imbrican estas tres actividades. En el texto de Martín Giráldez hay bardólatras, perezosos,  ocurrencias y un baile intermitente con cada recurso habido y por haber del acervo castellano. Hasta tal punto que bastan unas pocas hojas para renunciar a plantarle batalla y dejarse llevar por la musicalidad, por las rimas y las gracias, por el sentido del divertimento que parece proyectar el inacabable monólogo sobre las potencialidades de una lengua, de una escritura y de, en fin, una cultura. Por todo aquello que dejamos arrinconado, orillado por una moda pasajera o por el confort que proporcionan las reglas de oro del oficio. Por el oficio, que a veces es un concepto demasiado gris para hablar de la escritura. Funcional. Por los olvidos de siglos, esto sí, de oro, que hacían rico y moderno al castellano sin necesidad de ponerle una cresta de punki o pintarle un grafiti en la pared del comedor.

Martín Giráldez aprovecha el texto para ahondar en la importancia de la duda, es decir, en cómo los brotes de escepticismos nos sacan de todas esas certezas estancadas durante décadas. Cómo nos permiten llevar a cabo una potente zancada en busca de otra cosa. Hacer más elástico y permeable el lenguaje, tal vez, pero también preguntarnos cuál es nuestra relación con él, con lo que escribimos, con lo que traducimos. Con esas palabras vertidas en un procesador de textos que forman párrafos, capítulos y libros. Cuál es el pegamento secreto. El argumento, el meollo y el discurso. Qué se puede decir, o seguir diciendo, en una época fatalmente saturada por obras que no dicen nada. O que dicen demasiado de lo mismo, sin apelar a una pizca de intuición para revolverse contra los convencionalismos. Para no ser otro estéril ejercicio de vanguardia que, en cinco o diez años, morirá anclado en la moda que lo parió.

Tal vez Magistral, como ese Mujeres ilustres norteamericanas que figura como anexo (qué sería de las ediciones de Jekyll & Jill sin sus anexos), solo deparen una pregunta. Pero qué pregunta: ¿Qué es un libro? Un libro bajo sus influencias, bajo sus reflujos, herencias, ideas, juegos, tradiciones, constricciones y reglas. Y así, también, qué es un escritor, qué un lector y qué una cultura. Y qué lugar ocupan todos ellos, todos nosotros, qué lugar ocupamos en este mismo momento. El libro de Martín Giráldez podría ser como un número de magia que agota todo su repertorio de golpe, desatando tal clase de asombro que invita al K.O. A la confusión. A bajar los brazos. Y, sin embargo, su sabia combinación de ingenio y locura, de divertimento y de estudio, nos depara una interesante reflexión sobre la relación que mantenemos con la literatura. Como en las obras de Calvino, como en los ensayos de Eco, como en las historias juveniles de elige tu propia aventura. Solo que aquí, en vez de cíclopes, hay bardólatras, y los cantos de sirena que distraen al héroe de su empresa son los de una lengua vaga que anhela recuperar el vigor. La invención. La energía. Y, como demuestra este libro, la diversión.

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