Literaturas, Negro sobre negro

Carlos Zanón. Ciudad muerta, por Óscar Brox

Yo fui Johnny Thunders, de Carlos Zanón (RBA) | por Óscar Brox

Carlos Zanon | Yo fui Johnny Thunders

Por mucho que nos empeñemos, nunca conseguimos devolverle el pulso, sus constantes vitales, al pasado. Por mucho que nuestra memoria culebree entre recuerdos que se nos aparecen extraordinariamente vívidos; por mucho que aún queden restos de aquella euforia juvenil; por mucho que nos moviésemos por aquel mundo a grandes zancadas, entre el todo y la nada, mientras pisoteábamos cada obstáculo en el camino con la delicadeza de un elefante. Siempre se escapa, se pierde o se diluye. Más que por nostalgia, intentamos asir el pasado frente al terror que despierta nuestro presente. Asusta tanto como cuando alguien despierta de un sueño del que no esperaba salir. Porque, de pronto, se topa con otro mundo, otra realidad, en el que cuesta retener el aliento y cada paso es terriblemente complejo, como caminar sobre arenas movedizas. Porque ya nadie se acuerda de ti, olvidado entre las ruinas de un tiempo remoto. Porque ni siquiera puedes elegir entre el todo y la nada. Porque solo queda la nada.

Johnny Thunders pasó por la década de los 80 a la velocidad de un sorbo, quizá de medio. Casi sin darse cuenta, su cadáver yacía en un motel de Nueva Orleans apenas unas horas después de su última actuación. El tiempo quemaba bajo sus zapatos, corría por sus brazos tan rápido que diez años, varios grupos, muchos viajes y demasiadas experiencias quedaban comprimidos en apenas unos segundos. Como en esas fotos devastadoras en las que la piel curtida de los drogadictos dibuja surcos y sombras en el rostro donde, poco antes, solo había juventud. Plano y contraplano, sueño y pesadilla. La distancia que separa lo que fuimos de lo que somos, lo que somos de lo que nunca más podremos ser. Lo que nos inflama por dentro, como un fuego interior, y nos obliga a bucear en el pasado para rescatar, de entre las esquirlas, ese último destello de vida que nos queda.

Carlos Zanón escribe Yo fui Johnny Thunders como si teclease ante el ordenador pasado de revoluciones, con ese aire de elegía que devora cada párrafo, cada personaje y cada palabra. Con un ritmo musical aplastante, en el que lo bueno se bebe a grandes sorbos y lo malo permanece, inasible, como un acorde eternamente desafinado. Más que un thriller, se trata del relato de un tiempo y de una ciudad, de la pérdida de aquella juventud y la sensación, palmaria, de que ese entusiasmo no va a regresar. Zanón presta su voz a Francis/Mr. Frankie, músico frustrado y chico que casi tocó con Johnny Thunders. Muchacho punk, atormentado por las drogas, que en un abrir y cerrar de ojos se ha convertido en un muerto viviente maduro sin lugar ni destino. Como esos personajes que por un quinto en la terraza de un bar te cuentan, una y otra vez, una vieja anécdota sin importancia. Alguien que solo escucha la melodía de una edad perdida, de todas las experiencias acumuladas, de las mujeres que dejó atrás, del amor que sacrificó y del dolor que ahora corre por sus brazos a demasiada velocidad.

Historia de regreso sin redención, relato de ultratumba. En Yo fui Johnny Thunders los personajes no dejan de boquear para evitar ahogarse, incapaces de escapar de la tela de araña en la que están atrapados. A cada rato, Mr. Frankie devora, hasta dejarla en los huesos, una memoria que solo le muestra esos capítulos que acabaron mal: cómo perdió a la mujer que amaba, cómo perdió a su esposa, a sus hijos, a sus amigos. Cómo se ha quedado en nada. Cuando eres joven, siempre huyes de algo, buscas cualquier motivo para correr desbocado hacia delante. Como esos himnos punk que acaso duran un par de minutos, ese es tu horizonte vital. Y sin embargo… sin embargo, luego te arrepientes cuando encuentras tu sonrisa mellada frente al espejo, el pelo que empieza a escasear y la carne magra que cuelga entre las articulaciones. No esperabas envejecer, menos aún envejecer solo, y la resaca de esa frustración es tan machacona como el último alarido de un cantante antes de cerrar el concierto. Zanón construye su novela a partir de esos gestos, sin perder detalle de su violencia y de los numerosos esfuerzos de sus personajes por librarse de un porvenir que no han elegido, que les ha alcanzado porque, de camino, exterminaron cualquier oportunidad alternativa.

En esta novela hay pocas cosas que salgan bien, quedan demasiadas deudas pendientes. El dueño de un bingo encarna a un patético villano que solo puede comprar amor al precio de convertirlo en una condena; las mujeres tienen el rostro marcado y los hombres apuran un último golpe para tratar de huir de la realidad. Todo ello, siempre, arremolinados en torno a una pequeña cuadrícula de Barcelona que hiede a muerto, a fracaso y frustración, a entusiasmo en obras y pesadilla para una generación que pensaba comerse el mundo en un par de bocados, hasta atragantarse en su ingenua alegría. A viejos tiempos que ya no existen y antiguos amigos que pasean su desgracia como vestigios de una época que duró demasiado poco, cuyas huellas aún pueden detectarse en los rostros devastados de sus protagonistas.

Yo fui Johnny Thunders es una novela tan rotunda que representa el alfa y el omega para el estilo de su autor. Cualquier puede leer la energía que Zanón deposita en cada página, el éxtasis y también la blanda melancolía que invade sus pasajes. Una obra que, ante todo, resulta un ejercicio de mímesis con la ciudad que retrata, con los sueños perdidos y las promesas que nunca se concretaron. Un libro escrito con pasión, a grandes zancadas y casi atropellando una idea con otra, como si cada capítulo intuyese que el final se acerca y queda mucho por contar, demasiado por sentir. Un relato de fantasmas y muertos vivientes que nunca descansan en paz, para los que el presente es, más que nunca, un callejón sin salida, una cárcel sin muros y una pesadilla de la que no se despierta. Algo tan terrorífico que a cada rato intentas recuperar el pasado con aquellos pocos instantes, demasiado breves, que te permitieron vivir en otro mundo.

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Número seis

Siete pronósticos de lluvia, por Blanca Rego

Blanca Rego | Siete pronósticos de lluvia

14 de diciembre de 1929, Ámsterdam, nuboso con lluvia

Cae una gota sobre el canal. Y otra. Y otra. Los círculos concéntricos que crea la lluvia al chocar contra el agua se expanden hasta las calles de la ciudad. Un hombre saca la mano del bolsillo de su abrigo y gira la palma hacia el cielo para comprobar si llueve. Sí, llueve. Se abren los paraguas, se cierran las ventanas. La lluvia empapa las calles de Ámsterdam, que pronto se quedan vacías al ritmo de las gotas de agua que caen sobre el cemento… el cristal… el metal. Tintineos y repiqueteos que solo escuchamos en nuestra memoria porque Regen (1929), como todas las sinfonías urbanas de los años 20, es muda, silenciosa, al contrario que la lluvia.

Dicen que a Joris Ivens se le ocurrió hacer Regen porque durante el rodaje de su anterior documental llovió mucho. El resultado, más que un documental, es una mirada poética de lente a lente, de la lente de la cámara a los millones de lentes de la lluvia. No en vano es la única sinfonía urbana en la que la protagonista no es la ciudad, sino una precipitación acuosa en forma de gotas originada en la condensación del vapor de agua contenido en las nubes. Una sinfonía urbana celestial.

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Número seis
Pa(i)sajes: Del agua
Imágenes: Francisca Pageo

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Literaturas

Sara Torres. La otra genealogía, por Inés Martínez García

La otra genealogía, de Sara Torres (Torremozas) | por Inés Martínez García

Sara Torres | La otra genealogía

Si los que entonces consideraban a la mujer como la parturienta de sus descendientes y de futuros herederos de grandes riquezas pudieran echar un vistazo a la mujer de hoy en día, sucumbirían por ataques de ira, infartos, úlceras rabiosas y quedarían mudos en su retórica sobre el papel de la mujer en la historia de los hombres. Grandes mujeres llegaron tiempo atrás a la literatura haciendo alusión al feminismo, en la capacidad intelectual de la mujer y la importancia de su presencia como igual al hombre en el mundo.

En un intento de no definir a la mujer, sino de concebir a la mujer, Sara Torres (Gijón, 1991) presenta en su primera obra, La otra genealogía, una escritura femenina. Alejada de conceptos tales como femme fatale o de la exaltación de críticas evidentes sobre el  feminismo. La autora ha creado un lugar alternativo, La Isla, cuyas únicas habitantes son mujeres que se llaman unas a otras “hermanas”, donde ataca a las raíces y busca fundamentar un modus vivendi alejado del patriarcado.

Este libro, editado por Torremozas y ganador del XV premio Gloria Fuertes de Poesía Joven, está compuesto por el rito que supone abandonar la urbe y sus leyes para adentrarse en un lugar fuera de estatutos, cuya mayor lucha es el logro de la libertad a través del propio individuo. Todo esto mediante una serie de textos que exaltan el cántico, las oraciones y los rituales de sanación entre ellas.

La otra genealogía juega con los textos fundacionales de otras culturas y religiones creando bajo sus necesidades una alteración intencionada de dichas culturas. Dada su breve extensión, es importante tratar la obra desde el primer texto, que nos sumerge en La Isla con el regreso de la protagonista de la ciudad, repleta de seres políticos y placeres desordenados. “Algunas habrán olvidado por donde llegaron, pero tras-pasar un tiempo recordarán”, al regreso le siguen diversos textos que describen, a través de vocablos inventados por la autora (Ana yibaa hampa nima nah) ya que de esta manera encuentra el placer en su obra, la transición de la vida urbana a la vida mística de La Isla, a través de la naturaleza y los animales.

La Isla como hábitat de mujeres y protección. Se desarrollan diversos textos en la obra que nos demuestran la complicidad de las hermanas y la protección que ejercen entre ellas, ya que duermen en pareja y mientras una se encuentra en pleno sueño, la otra vela su cuerpo. La Isla como amor, bendición y desarrollo de las genealogías, como podemos encontrar en “El árbol de Jesé”, que explica la cuna del ser humano.

La mayor parte del libro tiene un estilo lingüístico muy marcado, carente de signos de puntuación, como otros autores han hecho anteriormente; no está de más recordar a Saramago y sus puntos invisibles. Podemos tomar esta eliminación de los signos de puntuación como un renacer en la escritura, una personificación de la autora, que pretende darle al lector la oportunidad de edificar sus propias pausas, su propia visión de la historia, como un vínculo entre escritura y placer. En todo momento, en La otra genealogía Sara trata de transmitir la existencia de otras formas de comunidad, aunque al final del poemario parecen colarse, en la moralidad de esta organización, conceptos que pertenecen a la sociedad politizada y desordenada que supone la urbe.

En la presentación de su libro, la autora aludió a la creación de este poemario como cura y apaciguamiento del dolor que le suponía no identificarse con ninguna otra obra anteriormente leída, lo que le llevó a crear “un espacio de salud”, que supone ser La otra genealogía.

La jovencísima Sara Torres maneja durante todo su libro, como un don y un presente, la voz de la mujer y la creación de un discurso alejado de cánones preconcebidos y del patriarcado predispuesto de la sociedad. Nos señala que, más allá de nuestras fronteras, hay otro lugar al que es posible acceder de manera precisa. “La otra” esfera que no nos han enseñado ni inculcado tiempo atrás en ninguna institución, pero precisamente este hecho, según nos transmite Sara, nos lleva a lo innegable de su existencia.

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Literaturas

Marian Womack (ed.). Exquisita racionalidad, por Juan Francisco Gordo

Retrofuturismos. Antología Steampunk, de VV.AA. (Nevsky ediciones) | por Juan Francisco Gordo López

Retrofuturismos. Antología Steampunk

La endiabladamente rápida evolución social del mundo casi no nos deja ni ahogarnos con nuestras propias enfermedades mentales, trastornos psicológicos y patologías de nombres impronunciables. ¡Consumid, consumid, consumid! Abarrotados de productos que pretenden ser frescos, novedosos, sin el moho que estropea las buenas ideas, pocas cosas quedan que realmente merezcan la apreciación de un paladar exquisito.

Para regocijo de fenómenos sociológicos consolidados, algunos movimientos literarios, estéticos, éticos y demás valores que ya no se llevan, son capaces de mantenerse con brío en una productividad más que aceptable en el panorama cultural de nuestro país y mucho más extenso en el panorama internacional. El movimiento steampunk no está, para nada, desfasado, a pesar de que sus inicios queden ya muy atrás en esta modernita sociedad líquida de liquidación.

Cuando la película Wild Wild West salió al terreno de juego de la oferta y la demanda, nos reímos. Y no nos reímos porque fuera buena. De hecho, incluso al hilo del steampunk, tiene más bien poco de steam, pero aún menos de punk. El género, en el cine, ha gozado de poca fama, ciertamente. El fiasco de la adaptación de la Liga de los Hombres Extraordinarios provocó un fuerte rechazo de toda la estética en general para el gran público, la gran masa. El steampunk pudo haber sido una gran corriente mainstream, pero tuvo que esperar un tiempo, hasta la explotación de su estética, sobre todo, por la animación japonesa: el Castillo en el cielo de Miyazaki representa la brillantez a la que se puede llegar con un movimiento que es mucho más potente de lo que hasta entonces se había explotado.

El cómic, desde luego, ha sido el que mejor ha explotado el género debido a su condición a medio camino entre lo visual y lo literario. Si AlanMoore ha sido uno de los máximos referentes del steampunk, nuestro HumbertoRamos no se quedó atrás a la hora de confeccionar una serie homónima para la factoría Cliffangher. Hoy estamos de suerte, ya que NevskyProspects, con su colección FábulasdeAlbión, nos ofrece una creciente oferta de obras del género.

Marian Womack se ha encargado de reunir, en Retrofuturismos, a varios de los autores más representativos del género steampunk en castellano, consiguiendo una magnífica compilación de cuentos cuya delicia se saborea desde la primera página. Y es que el steampunk no es solamente la bomba estética que todos conocemos. En estos cuentos podemos encontrar la dura crítica punk por el progreso encaminado a una desvalorización de la sentimentalidad humana, engorro para la mecanización de la tecnología aplicada a los campos que una ética desfasada no deja de intentar salvar. El predominio de la razón genera un decaimiento del humanismo que estos autores tratan de evitar que se hunda en el olvido de las páginas que en estos futuros alternativos se han transformado en planchas de metal, engranajes y tuercas.

Con diferentes ubicaciones geográficas, los cuentos recorren el panorama general de la dicotomía humana sita entre la más pura racionalización de la realidad y la experimentación fantástica y personal de la misma. El futuro del progreso, tanto si es el de un mundo alternativo bajo la rúbrica de la rugiente máquina de vapor como bajo los infinitos recovecos de la era informática, tiene un escandaloso precio que esta literatura trata de advertir, a saber, la despersonalización del ser humano. Lejos de quedarse en el imaginario estético característico del steampunk y sus dirigibles, autómatas y articulaciones biónicas, los autores reunidos por Womack diseñan unas historias que remiten a las obras clásicas de H. G. Wells o Tim Powers. Además de un acertado postfacio de la coordinadora del libro.

Dejando a un lado la forma, el contenido de Retrofuturismos es tan brillante como los engranajes que han logrado darle vida pieza a pieza. Una auténtica joya de la corona victoriana que recoge, historia por historia, lo más granado de un futuro que no podríamos conocer, ¡oh, imperfectos humanos de carne sin metal!, sin las palabras que componen sus páginas.

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Literaturas

Herman Melville. La ballena; o la lectura, por Almudena Muñoz

Moby Dick, de Herman Melville (Sexto Piso) Ilustraciones de Gabriel Pacheco | Traducción de Andrés Barba | por Almudena Muñoz

Herman Melville | Moby Dick

Hasta en una reciente entrevista lo decía Bruce Springsteen: la complejidad de Moby Dick es muy inferior a su negra leyenda. Es dudoso que, por edad y recorrido, el rockero pretendiera adjudicarse un papel intelectual superior a la media; en esa declaración se emitía la voz de un lector corriente, hecho poco a poco, anonadado ante una obra rebajada a los fondos de lo ininteligible, lo barroco, lo exhaustivo, lo pseudocientífico, lo pausado, lo pasado de moda; lo pedante, en definitiva. Pero, ¿cuántos escolares y aficionados a la literatura y los altos retos se han enfrentado, realmente, a la ballena? Y de ellos, ¿cuál sería la cifra de quienes llegaron ya aquejados por la úlcera de una lectura irritada, predispuesta a detestar al monstruo? Ante Moby Dick, deben existir más lectores Ahab que Ismael.

No procede ninguna valoración de los entramados y los simbolismos de una obra diseccionada y expuesta de vientre hasta la saciedad, menos aún cuando el mismo Mellville se burla entre sus prietas líneas de quien pretenda trazar ninguna metáfora en la silueta de la ballena. Y, sin embargo, la gran ironía es que el animal ha subsistido como alegoría y como nada más de lo que también o únicamente es, de modo que sus enamorados sencillos, a la manera del Boss, empequeñecen frente a los apasionados que han hecho del leviatán un insondable seminario universitario. Se aguarda, en cambio, que la ballena sea algo reconocible y cotidiano. ¿Y no lo es, acaso, cuando su nombre es por todos conocido, aunque nunca se haya leído una página ni se haya avistado ningún espécimen salvaje? Del mismo modo que no es necesario haberse embarcado nunca para sentir que uno conoce los mecanismos del Pequod como si hubiese sido ingeniero, carpintero y fregasuelos del barco, quizá tampoco sea ya imprescindible leer a Melville para conocerlo. Ante esa tesitura, resulta predecible que la pereza imponga una superioridad sobre la superioridad: quien lee ahora Moby Dick sólo puede obedecer al martirio o al postureo.

No es pertinente analizar a la ballena porque hacerlo significaría husmear también y falsamente en el interior de los lectores que ha ido tragándose con el tiempo. Desde dentro llegan ecos de una caverna que los supervivientes y los ancestros pintan más oscura de lo que fue (como las fantasmagóricas ilustraciones de Gabriel Pacheco para esta edición), pues las palabras de Eco siempre van a transmitirse de forma incompleta, y su significado distorsionado es el de la época de Melville, que rechaza esta obra extensa, y la de tiempos posteriores, que le han perdido el temor y fingen acariciar a las belugas con sus morros chatos contra las paredes de los acuarios. Eso no implica, por supuesto, que Moby Dick esté hecho para todos, como tampoco lo es el océano, y el esfuerzo del náufrago puede poseer tanto valor como el del explorador que alcanza tierras vírgenes. Pero, por lo menos, que los pies afianzados en la playa no se deban al prejuicio de los cazadores de brujas, a la superstición de haber oído que al otro lado del horizonte viven monstruos terribles.

Resumamos que la ballena no es un símbolo de comunicación, sencillo e infantil. Ni siquiera cuando por un mínimo de atención biológica se le adjudica la proporción real del cachalote, que es el animal al que se refiere Melville. Tampoco el grabado de líneas laberínticas, durante cuya elaboración alguien perdió la vista y la cordura, y que habita un mapamundi hoy risible. La ballena no es una, sino sus partes: es un cráneo, la cola, un par de aletas, unos huesos finos, concavidades, marfil, materia gris y bulbosa, toneladas de grasa, un ojo pequeño que rueda por las aguas. No hay otra alternativa al abordar al ser inmenso que una obra inmensa, que ante la bestia adopta la estructura de la enciclopedia y ante el hombre la de una tragedia isabelina, con sus grandilocuentes acotaciones escénicas. ¿Sabía el no-lector de Moby Dick que entre sus páginas hay un ídolo de madera llamado Joyo, un tal Picatoste, un navío bautizado Golosina y un cocinero Algodoncito? Cualquiera diría que Ismael dejó el Benbow para lanzarse a una segunda aventura y que sigue flotando después de esta, a la espera de un nombre nuevo, convertirse en otro protagonista que lo sabe todo, porque es como un dios o un lector.

La batalla de Moby Dick, tras su contenido y sus formas, no debiera ser demasiado encarnizada entre su formato y el lector. La verdadera oposición se libra entre el sentido práctico y el romanticismo presentes en todos los sucesos que pretenden ser plasmados en algún tipo de obra, el riesgo de lo que es corriente y al mismo tiempo puede representar lo abstracto. La crueldad de la caza de la ballena y el enorme respeto que se destila asimismo de esas descripciones, en una coherencia de opuestos que alcanza reflexiones tan modernas como el vegetarianismo y el canibalismo, la extinción de animales de uso diario apenas vistos por unos pocos afortunados, las inagotables reservas de la imaginación frente a escenas submarinas de las que no hay registros, salvo cuando el cine y las ilustraciones pretenden rellenar el vacío. Melville entrevió el hambre del ser humano por lo extraordinario, su cacería incesante, y la ballena blanca, a día de hoy, ha dejado de serlo. Así que, varada o libre, inmortal y con esa mandíbula desencajada que congela un gesto de indiferencia, la ballena empequeñece y el marinero que flota a la deriva es el huérfano que espera a ser rescatado por otra historia igual de grande que esta.

 

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Literaturas

Unai Velasco. Los reconocimientos efímeros, por Óscar Brox

En este lugar, de Unai Velasco (Esto no es Berlín ediciones) | por Óscar Brox

Unai Velasco | En este lugar

La nostalgia, como la memoria, es algo que fabricamos con la falta de tiempo. Cuando se nos empiezan a escapar los instantes, incapaces de retenerlos, y solo nos queda prolongar esos momentos como si aún estuviesen sucediendo. De manera creativa, a través de la literatura o de la misma escritura digital que derrama los pensamientos breves en forma de tuit, comentario o impresión. Con la importancia de que cada uno de esos fragmentos, ya sea una palabra o un emoticono, ensambla las piezas de una identidad en continuo movimiento. De un Yo, tan vivo como frágil, que ha aprendido demasiado pronto a echar de menos, cuyo terreno es el del reconocimiento efímero.

En este lugar, poemario escrito por Unai Velasco, puede entenderse de varias maneras, según cómo enfoquemos esta suerte de biografía crítica y creativa: como iconosfera cultural contemporánea, en la que las citas y los personajes cultos y populares construyen el sostén para la poesía de su autor; o como un territorio, personal y virtual, sometido a las leyes del trabajo en progreso, que anota en cada línea esos rasgos que se difuminan o se borran, que aparecen y desaparecen. Pequeño sendero de miguitas de pan que nos conduce hacia lo que somos, aquí y ahora, a través de los elementos más frágiles y las sensaciones más lábiles.

Perder el relieve, olvidar todo lo sólido que compone la realidad. Velasco profundiza con sus versos en esas sensaciones: en la superproducción de estímulos, que refleja la crisis de la epopeya tras el banal espectáculo del automovilismo del Gran Premio de Turquía; en las palabras que se apelotonan, inquietas, mientras pugnan por describir unas emociones colonizadas por las cosas sin importancia, las que no se pueden evocar o que rechazan cualquier acceso de entusiasmo; en eso que no se ha perdido pero que, sin embargo, no sabemos recuperar, objeto lejano sobre el que alguna vez sentimos un cierto arraigo; en los sentimientos que vivimos en presente, que nuestro lenguaje solo puede poner en valor mientras suceden, hasta que se agotan.

Velasco concibe su poemario como un depósito del ahora, adonde van a parar las descripciones que apenas caben en un instante, lo que todavía no hemos aprendido a olvidar, emociones aún calientes que las palabras o la memoria no han enfriado con su nostalgia. Ahora, presente fugaz que tan pronto se inscribe en un lugar se convierte en una reliquia. En el recuerdo de una experiencia irrepetible, la del visionado de Parque Jurásico o la de un verano que nunca volverá a suceder de esa manera; en el rito que repite un episodio, lo recrea y rehace, una y otra vez, como el relato de Flebas el Fenicio o la pantalla de inicio, congelada en el Start, de un videojuego; en la página de un libro cuya lectura interrumpimos y reelaboramos, a la que restamos gravedad y convertimos en juego, sin trascendencia, como un producto perecedero destinado a su consumo rápido.

Tras En este lugar habita una voz firme que dialoga, a través de sus versos, con el presente. Un autor joven, para el que la nostalgia o la memoria deberían ser elementos todavía ajenos a su pensamiento, que nos habla de la velocidad de las cosas, de los sentimientos y de nosotros mismos. De ese ahora, de esta identidad, que construimos de manera provisional, sin argumentos sólidos que la sostengan, a base de retazos de sensaciones y de unas emociones contagiadas por los productos de la sociedad en la que vivimos. De este presente que hay que reconquistar a cada momento, en el que nos reconocemos en cada uno de esos instantes efímeros, consumidos en su escasa duración, que tal vez ya no existan tras el próximo parpadeo. De este lugar que es tanto nuestra educación sentimental como nuestro campo de pruebas, en el que día tras día ensayamos un esbozo de eso a menudo tan difícil de aprehender como es nuestra imagen, nuestra identidad. Nuestro Yo.

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Número seis

Gabriel García Márquez. Aracataca-Barcelona-Aracataca, por Susana Herman

Francisca Pageo | Gabriel García Márquez

2014 empezó siendo el año de Gabriel García Márquez. Un homenaje privado que compartí con Tim Buendía, el último vástago de la saga de Cien años de soledad. Tristemente, acabaría siéndolo para el mundo entero tras la noticia de la muerte del premio Nobel  el 17 de abril.

 A comienzos de año empecé un curso de periodismo cultural para el que necesitaba un proyecto final. Gabo y Tim Buendía fueron los protagonistas y me ocuparon varias semanas hasta que pude darlo por finalizado.  Tim se apellida en realidad Aan’t Goor y es holandés; supe de su existencia de un modo casual, gracias a un artículo publicado por la Revista Ñ (el suplemento cultural del Diario Clarín de Argentina). A comienzos de 2014 fue noticia porque, tras pasar seis años en Aracataca-Macondo (tierra natal-tierra imaginada de Gabo en Cien años de soledad), ponía fin a su aventura colombiana y se marchaba a Los Angeles.

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Número seis
Las penúltimas cosas
Collage: Francisca Pageo (sobre una fotografía de Colita)

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Número seis

Mi vida es mi vida: Je t’aime, je t’aime, por por Jesús Cortés

Alain Resnais | Je t'aime, je t'aime

Cuando todavía no se ha cumplido un año de su muerte, Alain Resnais permanece en nuestra memoria con su último filme, Aimer, boire et chanter, celebración vodevilesca que festejaba el trampantojo, la alegría y la comedia humana como piezas elementales de un cine siempre vital, joven e inquieto. Resnais, que tantas películas hizo, fue quizá el cineasta que mejor supo alojar sus historias en esa parte oscura del cerebro, entre la memoria y la repetición, como ecos inacabables e inabarcables de recuerdos que no se pueden borrar. Historias de voces, cuerpos y relaciones, donde la frialdad de la cámara dibujaba, sin embargo, todo el calor de unas heridas y unas grietas por las que se filtraba todo aquello que, dolorosamente humano, portaban sus personajes. La herida, el pasado y la búsqueda sin término para recuperarlo.  La búsqueda que dará con Je t’aime, je t’aime uno de sus resultados más hermosos.

En Mi vida es mi vida: Je t’aime, je t’aime, Jesús Cortés nos invita a sumergirnos en uno de los filmes más delicados e íntimos de Alain Resnais, genuino retrato de un amor fragmentado, inestable e inasible, del que somos testigos a través de las esquirlas que se dispersan en el tiempo como piezas inconexas de un mismo puzzle. Película hermosa, dolorosa, ciencia-ficción política que narra con enorme sensibilidad la historia de dos corazones condenados a desintegrarse en el fragor del tiempo.

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Número seis
Pa(i)sajes: Recuerdos del porvenir
Imágenes: Juan Jiménez García

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Literaturas

Ardicia, editorial. Por Juan Jiménez García

Ardicia Editorial

Apenas ha pasado un año desde que Ardicia apareció en nuestras vidas (era un día de otoño) y ya no sabemos vivir muy bien sin ella. Once libros después, el proyecto de tres personas se ha convertido en una especie de punto de encuentro habitual con una manera de entender la edición que nos conmueve: autores sorprendentes, libros reveladores, portadas maravillosas, un cuidado en cada detalle. En fin, un gusto por editar, entendido el editar como llegar a los demás a través de otro que tiene algo de uno mismo.

Hay una expresión que nos gusta emplear cuando hablamos de Détour: hecha a mano. Es quizás algo atrevida teniendo en cuenta nuestro carácter inmaterial, pero en realidad viene a querer decir algo muy precioso (y muy preciso): que cada parte ha sido cuidada, mimada, trabajada como si fuéramos viejos artesanos y una página web fuera un objeto valioso y único. Y precisamente es eso lo que reconocimos desde el primer libro de Ardicia. Ardicia también estaba hecha a mano por artesanos, por gentes que transmitían un amor por el oficio, un gusto por todo, y que eso se reflejaba en un libro, parte final de un todo hecho de fragmentos. ¿Quién puede presumir de estar ante algo que ha pasado por sus manos desde la nada hasta el absoluto? No, no son los tiempos.

Decíamos: era un día de otoño, y ahí estaba, Monstruos parisinos, con esa portada Art nouveau, bajo un nombre que nos traía ciertas resonancias: Catulle Mendès. Aquel libro marcaría un camino que quién sabe dónde se quebrará. Finales del siglo XIX, principios del siglo XX, entre el final del simbolismo, sin llegar a las vanguardias. Los siguientes títulos seguirían completando la imagen ideal, ese cierto aire de familia. Familia universal. Autores franceses, italiano, ruso, portugueses, inglés, escocés, japoneses,… El mundo es muy amplio, sí, pero el desconocimiento que tenemos de él muy profundo. Ardicia viene a decirnos: sí, leer a este y a aquel está bien, pero ¿y estos otros? Frente a esa especie de vueltas y vueltas sobre autores conocidos, incluso sobre lo más desconocido de autores conocidos, ellos nos traen precisamente lo contrario: aquellos autores sobre los que se acumuló el polvo de la historia injustamente.

Muchos de ellos son escritores efímeros. Tuvieron una cierta urgencia en escribir y en morirse. Entre ellos el libro emblemático de su primer año: Mi carso, suerte de autobiografía poética del triestino Scipio Slataper. Lo efímero es quizás el adjetivo en el que se construye, hasta el momento, el catálogo de Ardicia. Ya no solo por estos escritores, sino lo efímero de la escritura, de la fama, del momento. Pero quizás fue Chéjov quien nos enseñó que ese sentimiento de lo efímero quizás no sea lo más justo, pero sí, tal vez, lo más conmovedor, y que en ello hay algo que nos sacude, que nos mueve. Y ese es el proceso alquímico por el que esa fugacidad se convierte en algo eterno.

Sí la biblioteca de un hombre es su autobiografía sentimental (tanto en aquello que leyó como en lo que está pero sabe que ya nunca leerá), los libros editados por una editorial tienen que decirnos algo sobre quienes están detrás. Necesariamente debemos entrever un gusto, un estado de ánimo, un espíritu. Tal vez, volviendo a la alquimia, no sea muy fácil con estas premisas dar con la fórmula del oro, pero como en aquellos viejos (o jóvenes) locos que poblaban la edad media de otros tiempos, lo importante después de todo no era dar con la piedra filosofal, sino buscarla. Lo entendimos demasiado tarde. Pero no, no es tarde mientras queden editoriales como Ardicia y lectores llenos igualmente de deseos ardientes.

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Literaturas

James Stern. Las ruinas, por Óscar Brox

El daño oculto, de James Stern (Lengua de trapo) Traducción de Ariel Dilon | por Óscar Brox

James Stern | El daño oculto

Qué sensación tan extraña la de caminar por los escombros de la Historia. A Edmund, el protagonista de Alemania, año cero, de Rossellini, le sucedía al cruzar calles fantasmales marcadas por sus edificios derrumbados. Otro tanto le pasaba a la Viena en ruinas de El tercer hombre, de Carol Reed, intervenida por las fuerzas aliadas, o al Japón tras el tsunami que retrataba Sono Sion en Himizu. Todas tenían el denominador común de filmar un abismo, la fractura tras la destrucción, que se interponía entre aquellos que lo habían vivido y los que no. James Stern desempeñó unas cuantas profesiones, la mayoría por necesidad, antes de asentarse como escritor. Algo lógico en una época que no alimentaba, precisamente, las ilusiones literarias. Entre Irlanda, Inglaterra, Alemania, Francia y los EE.UU., Stern forjó una personalidad cultural que, progresivamente, dio como fruto una modesta obra escrita. El daño oculto es, junto al testimonio que recogió sobre las duras condiciones de las comunidades mineras de Gales, su trabajo más brillante en el ámbito periodístico. Un repaso, a medio camino entre el diario personal y la crónica vivencial, del escenario de posguerra en una Alemania que apenas había escapado de la pesadilla. Crónica y viaje al infierno, más en soledad que en compañía, que Lengua de trapo presenta por primera vez en castellano.

Esa sensación del protagonista de aquella película de Rossellini podría trasladarse al propio Stern en su itinerario entre Stuttgart, Munich, Nuremberg o Frankfurt, no solo por la tierra removida que pisa con sus botas, sino por ese sentimiento de extrañamiento que su misión de evaluación sobre el terreno infunde a cada uno de sus encuentros. Stern fue enviado junto a otros hombres como representante del ejército americano con la misión de entrevistar a civiles y recopilar datos, reacciones, relatos e impresiones, como un archivero de la memoria destinado a preservar los recuerdos de la población. El requisito era sencillo: hablar alemán. Lo que sorprende, a primera vista, de El daño oculto es cómo su autor sobreimpresiona en la narración los detalles que conserva de su vida, años atrás, en algunos de esos lugares. Como si el pasado parpadease, en especial durante los capítulos que invierte en narrar el desarrollo del viaje hacia Alemania, en las ciudades que ahora asoman ante su mirada.

Hombres marcados. El relato de Stern suele ser pausado, prolijo en datos y aparentemente neutral. Sin embargo, cada vez que entra en contacto con algún superviviente o con las gentes del lugar, algo se cortocircuita. La puerilidad de las entrevistas no consigue abarcar la frustración del alcance de aquellos años en negro; tampoco la abyección que despiertan los personajes idiotas (como la enfermera que encuentra durante un viaje) cuya ideología se trasluce sin ambages. Frente al horror o la repulsión, Stern reacciona con una prudente humanidad, la del periodista que lo apunta todo; cada detalle, cada palabra, cada vivencia. La del humanista consciente de que hay una barrera que le separa de ese horror, completamente infranqueable, como cuando recoge a una muchacha en el camino, extraviada y totalmente sola, y le explica su intención de ir a Frankfurt. Stern sabe, sus informes lo dicen, que la zona está en ruinas, puro esqueleto al aire en el que caben pocas esperanzas. Pero es tanto el ímpetu de la muchacha que no se atreve a contradecirla, a cambiar su destino y conducirla hacia otro lugar donde esté a salvo.

Lo que define el acercamiento de Stern a la Alemania de posguerra es, casi, una mirada de entomólogo paciente, que sabe cómo extraer las historias sin forzar a sus interlocutores, tanto desde lo trémulo (el padre del hijo decapitado) como desde lo humorístico (la fábrica de quesos y su insoportable hedor). Quizá porque es el propio autor el más consciente del terreno que está pisando, de la distancia que media, incluso, con el entorno más familiar. Por mucho que el regreso a Alemania propicie algunos reencuentros inesperados con viejos amigos; por mucho que la camaradería que se produce en las comidas con sus compañeros, entre vino y vino, aligere la gravedad moral de la empresa. Con todo, la escritura de Stern nos hace conscientes de esas ruinas, colosales, que separan a aquellos que lo han visto todo de aquellos que no. El daño oculto no deja de girar, con afán de verdad, sobre esa realidad tras la tempestad, donde vencedores y vencidos convivían a pocos metros unos y otros, entre las huellas frescas de la barbarie, que los ojos de los extranjeros todavía no estaban preparados para transmitir. Esa sensación de caminar entre los restos de un derrumbe es lo que define la aproximación moral que lleva a cabo Stern en su libro. Humana, distante, respetuosa. Esa que sabe todo lo que se ha perdido en el fuego y nadie podrá volver a recuperar; esa que se dedica a describir, con toda la precisión del lenguaje, la barrera que el Holocausto interpuso en la experiencia humana. Terror y dolor. Ruinas.

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