Literaturas

Mircea Cãrtãrescu. Fervor de Rumanía, por Óscar Brox

El levante, de Mircea Cãrtãrescu (Impedimenta). Traducción de Marián Ochoa de Eribe | por Óscar Brox

Mircea Cãrtãrescu | El levante

Realidad y fantasía. Parece difícil reunirlas en un mismo cuerpo; aún más utilizarlas, como en una transfusión, para que la una nos lleve a la otra. A través de las calles sombrías de Bucarest o de las olas bravías del Mar negro. Desde una cocina modesta en la que un profesor de secundaria redacta su ambicioso manuscrito hasta la cima del monte Athos, al sur de Grecia. Sin embargo, la escritura de Mircea Cãrtãrescu nos ha acostumbrado a esa clase de viaje literario en el que se entremezcla el sórdido reflejo de una época aplastada por la dictadura con la fuga simbolista en busca de otra realidad. La prosa clara con la imaginación desbordada. El apunte biográfico con la reproducción esquiva, bajo capas y capas de ficción, de esa historia personal. El autor íntimo de Lulu con el escritor casi satírico de Las bellas extranjeras.

Concebido como poema en 7.000 versos, El levante es, ante todo, una epopeya. Ambientada en algún punto del Siglo XIX, el único lo suficientemente fértil como para permitir el triunfo (o, simplemente, el nacimiento) de algunas revoluciones, sigue los pasos de su protagonista, el poeta Manoil, en su viaje hacia la reconquista de una Valaquia, más que perdida, añorada. Pura tramoya posmoderna que Cãrtãrescu, como narrador y eventual personaje agregado en los últimos cantos del libro, dispone para tomar el pulso a su tiempo, como hicieron Fellini con Petronio o Pasolini con Boccaccio. Así, repartido cada canto entre párrafos y versos, voces, olores y texturas, Cãrtãrescu construye un altar para el Levante y el Mediterráneo, una ruta de la seda literaria que recoge los sentimientos de un fragmento de Europa triturado por su historia reciente. Una evocación que encuentra en su hálito poético los ojos para invitar al lector a mirar otro mundo posible. Mundo de piratas, bandidos, princesas y globos aerostáticos con forma de vejiga, de mares argentinos y cielos en los que se puede divisar a un ensimismado Barón Münchausen. Mundo cercano, aventurero e infantil, todavía por construir, ya sea con una cita del Che Guevara o un verso del acervo cultural rumano.

Tal y como hiciera Claudio Magris con el Danubio, Cãrtãrescu nos propone remontar ese otro río que conduce hasta el Danubio azul del socialismo. Entre dátiles y ambrosía que un profesor de lengua y literatura teclea estoicamente en la mesa de la cocina. Como si, todavía lejos el derrocamiento de Ceaucescu, esas pocas páginas manuscritas constituyesen una Ítaca soñada a la que huir de la realidad, con la que reconquistar la realidad, la política y las sensaciones humanas secuestradas por el politburó. Con esa mirada, entre sarcástica y enternecedora, con la que su autor narra una epopeya de aventuras como diario íntimo, cuaderno de bitácora de un tiempo que ha perdido las palabras para describirlo. Por tanto, que requiere de la imaginación para palpar esa realidad que escapa entre sus dedos. No en vano, El levante es también una fábula sobre el poder, la corrupción y la integridad, la relación con nuestro tiempo y el esfuerzo que exigimos a la literatura para que dé cuenta como testaferro. Una epopeya escrita con la métrica de un clásico y el espíritu de un agitador, liviana como una ensoñación fantasiosa y negra como la cruda Rumanía de los 80.

Quien se acerque a El levante encontrará al Cãrtãrescu más peleón (el retratista de Bucarest y su peculiar atmósfera vital) y, también, al más simbolista. He ahí los párrafos alucinados en los que narra el encuentro de Manoil con la diosa Hyacint, pura escritura musical que nos conduce de un tramo al siguiente como en un hechizo, sin ser del todo conscientes de lo que leemos mientras avanzamos línea tras línea. He ahí, también, ese viaje en globo hasta la vieja Rumanía, vigilado por el ojo omnisciente de su autor, que abre un agujerito en el firmamento para cuidar a sus criaturas durante la travesía. He ahí, en fin, esa estrafalaria coalición de turcos, valacos, griegos, franceses y arrumanos que, unidos por una hermandad más sentimental que territorial, marchan hacia Rumanía para derrocar al tirano. Reflejo de una reconquista imposible que Cãrtãrescu trata de capturar con la intensidad de una revolución que nunca llega, que parece flotar en el ambiente sin concretarse en un momento. Fruto de la frustración, semilla de la rebelión. Contar, contar y contar, como en un relato de 1.000 noches, la ansiada persecución de esa Rumanía que se escabulle, se pierde y tanto se añora que se tiene que fantasear.

Como Danilo Kiš con su Circo familiar, El levante es en sí un ejercicio de fuerza autobiográfica, lectura posmoderna para disfrazar las tribulaciones de un autor comprometido con su tiempo, que destila entre los Cantos la historia de la literatura rumana y el sentimiento de arraigo sobre una patria robada y desprotegida. Patria literaria que echa a volar con el simbolismo y patria emocional que se refugia junto al hornillo de la cocina. Delicada epopeya que imagina a un Ulises ingenioso en busca de una solución para recuperar su hogar. Libro que, como la temporada de Gica Hagi en el Steaua de 1989 o el documental de 1992 de Farocki y Ujica sobre el fervor revolucionario rumano, solo puede calificarse de obra maestra.

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Literaturas

Mijaíl Artsybáshev. Melancolía y locura, por Juan Jiménez García

Los millones, de Mijaíl Artsybáshev (Ardicia). Traducción de Enrique Moya Carrión | por Juan Jiménez García

Mijaíl Artsybáshev | Los millones

Fiódor Ivánovich Mizhúyev lo tiene todo en la vida. Una mujer extraordinaria y millones, muchos millones, e incluso el aprecio de la gente, siempre dispuesto a ayudar, aun con una vida no muy discreta. Podemos pensar: eso no es todo, pero bueno, es bastante. Sin embargo, no es suficiente para él. No es suficiente porque en su cabeza todo eso es nada. Es nada porque todo se lo debe a sus millones. Su mujer, que abandonó a un hombre bueno por él (no: por su dinero), las amistades, que son amigos en la medida que pueden conseguir algo de él,… Mizhúyev vive siempre en la sospecha permanente de que en realidad vale lo que valen sus millones. ¿Y si se desprendiera de ellos? Sería absurdo. Ocupar un lugar que no puede ocupar, una pobreza que no puede asumir simplemente porque ha sido rico. No ha vuelta atrás.

Sorprendente libro este de Mijaíl Artsybáshev, escritor desconocido para nosotros, nueva revelación de Ardicia. Leyéndolo pensaba en Él, de Luis Buñuel. Después de todo, Los millones es un libro sobre la locura. Sobre la enfermedad. Aunque nunca se nombre, aunque nunca se utilice como recurso (y tal vez ahí esté lo sorprendente). Esa enfermedad será simplemente un modo de ser, un descenso abismal absorto en las sospechas, en la desconfianza. Una vida inútil desde el momento en que no se puede confiar en nada, en que nada es cierto. Artsybáshev no ridiculiza a su personaje, no hay ninguna sátira, ninguna ironía, ninguna broma. Al contrario: compartimos su destino y hasta sus dudas nos parecen razonables, aun como castillos de naipes.

El libro será ese descenso, paso a paso, capítulo a capítulo. Será el anverso y su reverso, que tendrá algo de perversidad. Cada pensamiento y su contrario. Cada persona atravesada por la sospecha. Cada acción condenada al fracaso. En esa sucesión de encuentros, de fríos encuentros, de encuentros heladores, la comida con los escritores será uno de esos instantes mágicos de la escritura. Un escritor enfermo, un escritor de cierta fama (admirado por Mizhúyev) que no deja de despreciarle (o compadecerle), desde el momento en que cada gesto está condenado, un escritor fracasado que no esquiva aprovecharse de él,… Cada uno de ellos será una aguja clavada, un algo que le atraviesa hasta destruirle. ¿Cómo explicar que él es uno más? ¿Cómo explicarle que él no puede ser uno más?

Pero Mizhúyev no puede vivir sin otras personas. Necesita creer en los demás como cree en sí mismo, incapaz de trasladar sus verdaderos sentimientos a los otros (o sus inquietudes). Todo nace y muere en su cabeza, pero en ese proceso, la vida se va descomponiendo a su paso. En su deriva, como él mismo dirá, cada paso que da no es nada más que un eslabón de su melancolía, y quizás sea esa la enfermedad que padece, aquella que acabará por destruirle. Sí, quizás solo sea esto. Una historia de la melancolía. De la melancolía de tener un montón de millones, de ser el hombre más rico, de temerle a todo, de pensar que vales lo que valen esos millones y que nunca nadie será capaz de ver más allá, de encontrar ese otro. Y perder, perderlo todo. El sentido. Todo.

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Literaturas, Negro sobre negro

Fabio Nahuel Lezcano. La verdad, la corrupción y el olvido, por Óscar Brox

Crímenes apropiados, de Fabio Nahuel Lezcano (Cosecha roja / JMP) | por Óscar Brox

Fabio Nahuel Lezcano | Crímenes apropiados

El mejor aliado de la corrupción es el olvido. El tiempo pasa, los delitos amplían su radio de impacto y los criminales quedan impunes. Lo comprobamos cada día, cada vez que acudimos a la hemeroteca para intentar demostrarnos que todo esto no sucedía antes, cuando una nueva fechoría amenaza con rebasar nuestro umbral de tolerancia. Cuando sentimos la frustración de no poder revolvernos contra ciertos poderes, cuando nos obligamos a creer que, en efecto, la corrupción es inherente al ser humano. Con resentimiento, sin alternativa. Como un circuito cerrado.

Crímenes apropiados cuenta una historia puramente argentina que, sin embargo, resulta comprensible para un lector español. Basta con mirar atrás para encontrar una dictadura y un ejército a su servicio, una policía fascista, el robo y la venta de bebés y, ahora en clave contemporánea, la concentración de poder que se ha generado alrededor de varios medios de comunicación. La diferencia fundamental estriba en que los argentinos, y en general Latinoamérica, no han perdido esa intensidad política sobre la realidad en la que viven. Algo que en España, pese a todo, sí se echa de menos. Así que Fabio Lezcano encara el material de partida con la precisión de un documentalista, como un escritor que utiliza los archivos desclasificados para construir su ficción con hechos y pruebas. No en vano, en su novela pocos personajes cuentan con un nombre completo; tan solo sus iniciales. Hay un C, una K misteriosa, un JJ o un MK que devienen mártires del relato. Tan solo los villanos lucen con el orgullo de la impunidad sus apellidos: un milico, Montenegro, y Manggione Roble, un empresario de la prensa. El resto, como tantos otros desaparecidos en la dictadura, guarda un pudoroso silencio.

A Lezcano le interesa armar un andamiaje sólido en el que no se noten los préstamos de la novela negra ni tampoco las deudas contraídas con la Historia. Crímenes apropiados avanza con un único objetivo: mostrar cómo, pese al reguero de cadáveres que acompaña al relato del último medio siglo de Argentina, la única víctima de esa guerra es la verdad. Aquí su autor, transmutado en periodista, recorre las cloacas de su país en busca de aquello que ha permanecido silenciado: una huella genética, un asesinato encubierto, una deportación forzosa. Todo recurso, por pequeño que sea, que conduzca a la investigación hacia la cabeza del proceso. Una labor que abarca décadas, que ve cómo sus protagonistas maduran y envejecen, mientras el mal permanece imperturbable en su lugar privilegiado. Consciente, tal vez, de que todavía no se ha inventado algo que lo elimine, ni siquiera la muerte de sus instigadores. Si algo nos ha enseñado la Historia es que siempre nos podemos hundir un poco más.

Parapetado tras el periodista C, su autor cuenta el relato de dos hijos bastardos del poder criados para convertirse en brazos ejecutores. No estamos en tiempos de dictaduras ni juntas militares, de luchas intestinas entre ideologías, pero eso no es óbice para que los vencedores extiendan sus tentáculos para terminar de estrangular a los vencidos. Y la victoria, en el presente, pasa por el monopolio de la información. Eso que va de una pequeña, pero sustanciosa, manipulación política hasta la necesidad de corregir la historia oficial. La verdad, hoy tan relativa que cualquier tertuliano puede esgrimirla en un mísero debate como argumento de autoridad. Ahí es donde Crímenes apropiados se crece, donde su carga de angustia, literal y existencial, oprime cada capítulo repartido entre la pesquisa del periodista y los pensamientos secretos de uno de los bastardos. Bajo ese manto de auténtica mierda que salpica en todas direcciones y mantiene desprotegidos a sus principales actores. Personajes, todos ellos, marcados por un destino ineluctable, contra el que se puede oponer resistencia aunque de nada sirva. Mérito de Lezcano es trasladar esas sensaciones, la agonía y el desamparo, a un contexto en el que la violencia aparece intermitentemente en forma de ejecuciones sumarias y agujeros de bala todavía humeantes.

Siempre negamos, qué remedio, la sensación de que hemos perdido la confianza en las bondades de papá Estado. Quizá la desconfianza es el segundo mejor aliado de la corrupción, el que nos hace creer que la rebelión es posible y una multitud puede ganar a un grupo de elegidos. Lo que Crímenes apropiados pone de manifiesto es el miedo, el terror primario que se apodera de cada personaje envuelto en la conspiración política. El miedo a escuchar demasiado o a callar mucho, el miedo que se azuza desde arriba para disuadir cualquier alternativa de poder. El miedo a perder definitivamente el valor de la verdad. En la novela de Lezcano hay pocos héroes, algunos mártires, que soportan la tortura pero se desinflan víctimas de la tortura del tiempo: con esos procesos judiciales que nunca llegan y con esas investigaciones periodísticas que quedan por concluir. Algunos lo solucionan con una bala en la cabeza y otros se abandonan a la jubilación, quién sabe si con la esperanza de que el relevo generacional encontrará solución para esos problemas.

Como Daeninckx, Izzo o Manchette, Lezcano mira a la novela negra con ojos políticos. Se esfuerza en crear escenas violentas, tiroteos o persecuciones entre Uruguay y la Argentina, y construir diálogos que aguanten el peso de la investigación. Pero, al final, todo lo que su enfoque tiene de combativo no puede eludir la amarga derrota que impone el enfrentamiento con el poder omnímodo. Que nunca se puede ganar, y que la mejor victoria es no salir muy mal parado del envite. Por eso Crímenes apropiados es la clase de libro cuyo final debe leerse con puntos suspensivos, abierto a esa enésima revuelta contra el olvido de la corrupción y las heridas actuales de la Historia pasada. Solo así puede entenderse la dimensión del relato que su autor pone por escrito. Un relato en el que las víctimas no somos nosotros, sino la verdad. Y sin ella, para qué negarlo, estamos perdidos.

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Literaturas

Rafael Azcona. Reconstrucciones, por Juan Jiménez García

¿Son de alguna utilidad los cuñados?, de Rafael Azcona (Pepitas de calabaza & Fulgencio Pimentel) | por Juan Jiménez García

Rafael Azcona | ¿Son de alguna utilidad los cuñados?

Tras ¿Por qué nos gustan las guapas?, la siguiente pertinente pregunta es: ¿Son de alguna utilidad los cuñados? Es decir, tras los primeros años de Rafael Azcona en La Codorniz, Pepitas de Calabaza y Fulgencio Pimentel nos acercan a los últimos años (quedaría su obra gráfica: próximamente). Es decir: si en aquella primera obra asistíamos a los primeros y conseguidos intentos del escritor de desmontar ese país autista, ensimismado, satisfecho de no ser especialmente nada (dado que tampoco tenía uno muy claro qué era lo que se perdía), ha llegado el momento para Azcona de construir, sobre esos restos, ese mismo país. Todo desde el signo de la necesidad. Es decir, para entender algo hay que devolver una imagen fiel. Tan fiel que es inapelable y que no puede ser negada, pero que reflejada en el espejo del humor solo puede devolvernos el más terrible de los mundos. Azcona acaba de encontrar, simplemente, una manera de ordenar el mundo, su mundo. Con este segundo volumen nace algo más que un escritor consciente del poder de de la ironía y el absurdo: nace el guionista.

En la forma, Azcona no se aleja demasiado de sus anteriores textos. Quiero decir: sigue usando los mismos recursos, pero todo se vuelve más negro. Los caballos hablan y llevan una vida muy humana, los viejos ya no se conforman, como Don Herminio, con aplicar una cierta bondad del mundo a palos, sino que se vuelven agresivos frente a nietos que no acaban de entender la sociedad de clases. Los manuales para afrontar el día a día se vuelven agresivos. La sociedad no es un lugar plácido, y hay que ser capaz de liarse a bofetadas para respetar el (des)orden existente. Las grandes preocupaciones son evidentes: conseguir un piso, ser paralítico para que te entreguen una silla de ruedas, pobre para que te pongan a una mesa y te den la correspondiente limosna,… En fin, sí, empieza a aparecer toda esa galería interminable de españolitos que poblarán el cine de Berlanga y más allá.

Lo importante, después de todo, es que cada uno debe hacer aquello para lo que ha sido nominado. Los ricos para ser ricos, los pobres para ser pobres. Si uno tiene claro su lugar en el mundo, todo es más fácil y menos sonrojante para los ricos, que bastante tienen con administrar ingentes cantidades de dinero como para tener que preocuparse de aquellos otros, sean (vergonzosos) parientes o gente tirada por las esquinas. Azcona no se preocupa del franquismo. Es decir, no se preocupa de la política. Lo suyo son las personas. Y al ir hacia ellas, al confrontarse a su día a día, a sus grisuras, es cuando nos devuelve una imagen más fiel de la que hubiera conseguido buscando las cosquillas al régimen. Una clase dirigente podrida, pero limitada, y un dictador enano, ¿podían ofrecer un visión más real de este país que la de un puñado de millones de gente corriente, incluso vulgar?

Cuando una acaba de recorrer las mil páginas, cuidadosamente recogidas por Víctor Sáenz-Diez, José Ignacio Foronda y Julián Lacalle (quinientas allá, quinientas acá), tenemos la sensación de haber conocido aquel país de los años cincuenta mejor de lo que lo hubiéramos hecho a través de los libros de historia. Tal vez porque la primera pregunta que uno debería hacerse es quién escribe la historia. Sí, claro, siempre son los grandes, los grandes dirigentes, las grandes personas, aquellos que hacen las grandes cosas, y que tan a menudo joden a las pequeñas personas. Pero no es menos cierto que siempre nos dirá más cosas sobre nuestras vidas un viejo recalcitrante, un caballo que actúa como un humano, el hombre de la calle que debe recorrer cientos de kilómetros para encontrar a uno de esos mendigos que le han escondido (y sentirse bien… por lo que le pueda pasar a él en el futuro), o incluso el rico preocupado por los saludos del pariente pobre. Todos tienen sus razones y son esas razones las que dibujan una sociedad terrible pero cierta, en la que nos queda una cierta sospecha: no tenemos salvación, porque todo depende de nosotros. Y, como decía Nanni Moretti, si depende de nosotros estamos perdidos.

Qué hubiera escrito Rafael Azcona sobre nuestro tiempo. No lo sabremos. La gran tragedia de estos años es que hemos perdido a tanta gente capaz de arrojar un poco de luz entre todo este ruido que nos oscurece, que difícilmente seremos capaces de entender nada. No solo se ha empobrecido nuestra escritura sino que también se ha empobrecido nuestro discurso. Quizás las que se han empobrecido son nuestras cabezas. ¿Cómo podemos encontrar más respuestas sobre aquello que nos rodea en artículos escritos en los años cincuenta que en la prensa de hoy en día? Esa es nuestra tragedia. Y Azcona ya no está aquí. Ni los caballos hablan.

 

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Número seis

Reflexiones sobre el sonido en el cine, por Isabel Arquero

Isabel Arquero | Reflexiones sobre el sonido en el cine

El cine nunca fue silencioso.

Existen ya a principios del siglo XX testimonios que analizan la calidad de los sonidos utilizados en la salas de proyección. Su “realismo”. Su sincronización con la imagen. La procedencia de estos sonidos era diversa: un narrador leyendo intertítulos o brindando aclaraciones sobre las imágenes. Un piano. Una pequeña banda de música. En grandes ciudades, orquestas. Incluso, compañías especializadas en la “sincronización” en vivo de las imágenes a través de atrezzo u órganos de sonido que imitaban bocinas de automóviles y campanas, y actores situados detrás de la pantalla que declamaban lo articulado por las bocas de quienes eran proyectados en ella.

Las raíces de estas prácticas se encontraban en el teatro y la ópera del siglo XIX, y en los espectáculos de linterna mágica. En dichos ámbitos, la música, los movimientos y los sonidos quedaban acotados a un escenario material concreto. Se buscaba por tanto reproducir en el cine experiencias escénicas, sin comprender que este nuevo entretenimiento, más tarde arte, era algo completamente diferente, un hijo bastardo del desarrollo industrial y científico, de una nueva era.

Un tiempo revolucionario, con cambios difíciles de aprehender en el momento.  Kandinsky describe su primera reacción ante las nuevas teorías físicas de Planck: “La desintegración del átomo representó para mí lo mismo que la desintegración del mundo. Muros impenetrables hasta entonces se derrumbaron. Todo se volvió inseguro, tambaleante, lábil. No me habría asombrado ver una piedra confundiéndose  con el aire y desvaneciéndose”. No cuesta demasiado imaginar esta imagen que conjuró Kandinsky plasmada en una pantalla de cine ante un público desconcertado, boquiabierto. Aunque ya existía la de un tren avanzando hacia ellos, escupida por la amalgama de hierros y engranajes que componía a su vez el primitivo cinematógrafo.

leer en détour

 

 

Número seis
Pa(i)sajes: Un cine para los sentidos

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Literaturas

Joseph Campbell. El mito y la felicidad, por Francisca Pageo

En busca de la felicidad, de Joseph Campbell (Kairós) Traducción de Fernando Mora | por Francisca Pageo

Joseph Campbell | En busca de la felicidad

Si en Las imágenes interiores del espacio exterior hablábamos de metáforas, En busca de la felicidad nos conducirá, a través de la mitología y la Historia, hacia un lugar en el que el hombre puede alcanzar su máxima felicidad, éxito y culmen. Joseph Campbell, su autor, se atreve a desvelarnos qué puntos y qué mitos nos proveen de cierta armonía en torno a nuestro ser y lo que nos rodea. Para ello, se vale de las imágenes mitológicas, las cuales nos proporcionan modelos a seguir. La mitología, entonces, apunta hacia lo trascendente, a lo que nos eleva, subyuga y atrapa; nos aporta juegos a los que jugar, roles que nos hacen sentir identificados con el modelo de vida que tenemos y podemos llegar a ser.

Campbell concede un papel relevante a la teoría de los arquetipos de Carl Jung y cómo estos se relacionan intrínsecamente con la mitología. Cada arquetipo comprende un mito, y cada mito comprende un estado de vida, un escalón hacia la felicidad. En el libro se da cuestión  a lo relativamente importante que es el desarrollo del individuo -lo que Jung llamaría individuación-, y cómo este puede alcanzar la vida plena y armoniosa de una manera que, según Campbell, nos atrevemos a ser en nuestra cotidianeidad. De este modo, el autor muestra los diferentes tipos de mitos y sociedades que hemos tenido a lo largo de la Historia. Mitos religiosos que se han implantado gracias a sus respectivos rituales y mitos psicológicos, así como también mitos sociales. En los largos ejemplos que Campbell nos ofrece observamos cómo pueden llegar a relacionarse entre sí, pues todos ellos apuntan hacia una cierta búsqueda de la felicidad; muestran maneras de  conseguirla así como de vivirla.

Tal y como señalábamos a propósito de la teoría de los arquetipos de Jung, cabe destacar el sí-mismo, el mito del héroe, el mito personal. Gracias a estos, que aunque diferentes tienen un gran acuerdo entre sí, vemos el mito como esa manera de llegar a lo que queremos ser. Campbell anota la importancia que tiene la psicología profunda en nuestra manera de comprender no solo la mitología, sino la vida. Es gracias a ese viaje interior en el que nos hallamos inmersos a lo largo de nuestra vida que podemos entender a qué jugamos y qué rol debemos desempeñar para conseguir aquello que queremos. De este modo, en el libro se señalan las diferentes similitudes y contrapuntos que tienen las sociedades en su manera de entenderlos, comprenderlos y vivirlos. Una vida basada en rituales del budismo poco se asemeja con una vida basada en el ateísmo o el catolicismo. Sin embargo, desde un punto de vista trascendental y psicológico sí que puede llegar a ser lo mismo, ya que de esta manera podemos ver y ser partícipes, tomando como ejemplo los sentimientos, emociones y pensamientos universales a los que nos vemos abocados. Así, cabe destacar la importancia de la simbología y nuestra manera de entenderla, ya que es gracias a ella que la mitología ejerce su magia. De este modo, los símbolos (bien religiosos, sociales o artísticos) nos muestran una manera de acceder simple y directa al mito, a su importancia y a su vivencia.

En una segunda y más pequeña parte, el libro nos propone diversos diálogos que Campbell mantuvo durante años. En ellos muestra sus propios mitos, ejemplos personales, así como otros que cita, ejemplos que aportaron al propio autor un camino hacia su felicidad. Y qué mejor manera de mostrarnos Campbell el gran ejemplo de lo que habla su libro, que contándonos sus propias vivencias y experiencias. Sin duda, un hermoso colofón para un libro que todo interesado en la mitología y la psicología debe leer, pues nos aporta una grata lectura de una gran comparativa entre el mito y la vida. Nuestra vida.

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Literaturas

Rafael Azcona. Deconstrucciones, por Juan Jiménez García

¿Por qué nos gustan las guapas?, de Rafael Azcona (Pepitas de calabaza & Fulgencio Pimentel) | por Juan Jiménez García

Rafael Azcona | ¿Por qué nos gustan las guapas?

Si tuviéramos que hacer caso de cierta enciclopedias de nuestro tiempo (y de nuestra modernidad “en línea”), Rafael Azcona sería poca cosa. Media hoja e incluso menos. Si tuviéramos que hacer caso a nuestra propia vida, Azcona sería algo más. Pongamos media vida. O no pongamos nada, porque tampoco es cuestión de estar cuantificando siempre los afectos, ni tan siquiera en esta generación tan dada a las estadísticas y a numerar las cosas. Y no lo deberíamos hacer fundamentalmente porque encima el escritor español representa el triunfo de la palabra sobre todas las cosas. O el gozo de escribir (que automáticamente es el gozo de leer). Porque lo primero que nos descubre un libro-recopilación como Por qué nos gustan las guapas (larga vida a Pepitas de calabaza y Fulgencio Pimentel) es que tras él ha estado un hombre que ha escrito mucho, sí, y que se ha divertido más aún haciéndolo. Y que ser divertido cuesta mucho más trabajo que hacer llorar (una patada bien dada, o un dedo metido en el ojo apropiadamente,…). Y, si es con clase, aún más.

Rafael Azcona pasa su juventud en Logroño, un lugar nada bohemio. A eso pone remedio marchándose a Madrid y frecuentando ciertos cafés, que le pondrán en contacto con el mundo literario (él, escritor de poesía, es decir, poeta). Pero sin duda, el encuentro que marcará aquellos años y su vida será el de La Codorniz, aquella revista que ya leía en sus años provincianos, y en la que entrará en 1952 (en este primer tomo, los textos llegarán desde allá hasta 1955). La revista más audaz para el lector más inteligente reunía a buena parte de los talentos humorísticos de la época (o épocas, porque desde su fundación en 1941 por Miguel Mihura atravesó no pocas), y alguien con el fino humor de Azcona y, sobre todo, su capacidad observadora, no podía ir a parar a otro sitio en aquellos años nada divertidos.

El caso es que ahí se asentó él y, poco a poco, empezó a encontrar su lugar y también sus personajes, además de un tono, una manera de ver la vida, si se quiere. Manera que atrajo la atención de Marco Ferreri, llegado el momento, y a partir de ahí, empezará un capítulo de la historia del cine en España y más allá. Un capítulo muy importante, que dejará obras mayúsculas. Pero aquí estamos escribiendo sobre sus artículos para el semanario, luego sigamos.

Tras un estupendo y extenso prólogo de Bernardo Sánchez, entramos en materia. O mejor, entra Azcona. O uno de sus múltiples seudónimos. Hay que decir que el escritor tuvo que encontrar su sitio (son sus años de aprendizaje) y que seguramente nos será más reconocible en el segundo tomo (que recoge el resto de sus artículos y que ha sido publicado de forma reciente). En estos primeros años, no obstante, empezará no solo a dejar caer sus primeras chinitas (que en el segundo serán pedradas) sino a ir probando cosas. Cosas como el personaje del abuelo recalcitrante, siempre con delirantes consejos (humanos, muy humanos), como Don Herminio, o sus estudios (ensayos muy poco serios sobre nuestro día a día), además de nada sesudos artículos que buscan respuestas a temas que nos oprimen (¿por qué nos gustan las guapas?, ¿sabemos decir olé?, ¿cómo librarse de los acreedores?). Pero sin duda, allí donde surge el Azcona más pleno, allí donde lo encontramos respirando a pleno pulmón, es en su análisis entre el absurdo y la ironía, del día a día, en el que cualquier argumento, desarrollado escrupulosamente bajo su pluma-lápiz, ofrece una imagen reveladora de una sociedad nada brillante y de un país más que mísero, miserable.

Es inevitable encontrar aquí y allá los personajes que luego poblarán sus guiones, sus frases, sus conversaciones, como algo natural. Más blanco en este primer tomo (pero con mucha mala leche), más negro en el segundo, en lo que más que soltura parece atrevimiento, convicción. El dominio de Azcona del lenguaje es total, y eso le permite jugar con la poesía (no olvidemos esa faceta primera de poeta que tuvo) y hasta con la zarzuela, sin dejar nunca esa sonrisa que imaginamos infantil, de niño que ha cometido una gamberrada, una travesura. Todo es válido para desmontar un país y volverlo a montar desde el humor, retrato de una sociedad triste, dormida, enredada en los hilos de régimen, y, por ello, risible.

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Fotografía, Fotolibros, Ventanas

Andrés Medina. París revisitado, por Francisca Pageo

L’autre Paris, de Andrés Medina (Andrés Medina) | por Francisca Pageo

L’autre Paris es el último trabajo que nos ofrece el fotógrafo Andrés Medina. En él encontramos un pequeño libro autoeditado, desplegable, que se convierte en objeto único y nos conduce hasta el París que el propio autor ha experimentado. Con solo 13 fotografías, que reflejan la mirada que Medina se atrevió a ver y a observar; que permiten que el autor sea capaz de embaucarnos y mostrar un París atemporal, con guiños a recovecos y al halo gótico que la ciudad nos ofrece. Las imágenes hablan entre ellas, se hacen compañía y suscitan la impresión de una ciudad llena de vida e historia. Nos envolvemos con ellas y nos adentramos en la reminiscencia de un lugar que, para los que aún no hemos ido, podemos sentir, y que los que ya han ido pueden recordar. En estas fotos, el diálogo se hace fructífero, cada imagen se intercala con otra revelando un nuevo París, el París que Medina quiere que contemplemos.

El libro, así, se convierte en un bestiario poético visual, pues gracias a la forma en la que está compuesto podemos intercambiar imágenes y permitir que la narración se convierta en una especie de juego, en una especie de vivir nuestra propia aventura. O, mejor dicho, vivir nuestro propio París. Cada imagen desprende un cierto romanticismo, así como también un clasicismo. La edición, tan única como especial, se convierte en recuerdo, en un pequeño souvenir de papel que nos hace soñar con el París que algunos somos capaces de atrevemos a sentir; el París que Andrés Medina ha sabido revelarnos. Y es que el autor logra hacernos partícipes de su viaje y de su estancia, de sus momentos íntimos y sus momentos clave.

Andrés Medina | L'autre Paris

Andrés Medina | L'autre Paris

Andrés Medina | L'autre Paris

Andrés Medina | L'autre Paris

Andrés Medina | L'autre Paris

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Literaturas

Joachim Meyerhoff. Añoranzas, por Óscar Brox

Que todo sea como nunca fue, de Joachim Meyerhoff (Seix Barral) Traducción de Christian Martí-Menzel | por Óscar Brox

Joachim Meyerhoff | Que todo sea como nunca fue

De entre todos los inventos humanos, la añoranza es quizá el que con más fuerza sacude nuestra madurez. A poco que bajamos la guardia, una oleada de recuerdos azota la orilla de nuestra memoria como si apenas mediase una distancia importante con el pasado. Para eso, se dice, se inventan las ficciones; para asegurarnos de que ese vínculo con otro tiempo, a veces demasiado débil, permanece intacto. Contamos y volvemos a contar, fantaseamos y reagrupamos experiencias en las que lo ficticio no resta un ápice de verosimilitud al hecho. Cualquier táctica vale si conseguimos abordar ese pasado paralizado, herido o enterrado, que parpadea en todo aquello que vivimos en nuestro presente. De ahí, en definitiva, que en ocasiones una biografía se transforme en una colección de personajes, paisajes y emociones que, más que pintar a un sujeto y sus incoherencias, se dedican a combatir la añoranza por una época extinguida por los cambios.

Como le sucedió a Patrick McGrath, el autor de Locura, Joachim Meyerhoff se crió junto a una institución mental. Su padre, de hecho, fue durante años el director. Que todo sea como nunca fue, en parte, es un relato de aquella época. Precisamente, de una infancia en la que hasta el más mínimo detalle queda embalsamado como un recuerdo importante. Y, sin embargo, ya desde el comienzo del libro, hay un elemento en las palabras de su autor que no pasa desapercibido: esa energía creativa que abarca con un fulgor especial el cuento de una vida. Desde ese capítulo inaugural en el que el hallazgo de un cadáver, el de un hombre caído víctima de un infarto, desvela las florecientes habilidades para fabular de su protagonista; para darle una vuelta de tuerca a lo sucedido y meterse en el bolsillo a su público. Como si la ficción nos permitiese llegar hasta la verdad por otro camino diferente.

A Meyerhoff, pensamos, le preocupa reconquistar aquellas parcelas abandonadas de su pasado. En un mundo en el que no existen segundas oportunidades, por mucho que nos lo hagan creer, la literatura es el salvoconducto ideal para profundizar en aquello que, tal vez, conocimos demasiado poco. Un padre, una época o una familia. De ahí que, pese a seguir escrupulosamente un recorrido biográfico de manual, su autor incline poco a poco la fuerza del relato hacia esas figuras que acompañaron durante años su imagen en el portarretratos. Por añoranza, no tanto por aprendizaje. Para poder escribir esas palabras que nunca se dijeron, que se mantuvieron a resguardo en la punta de la lengua o en lo más profundo de su interior. Palabras para describir a una madre deprimida e inestable; a dos hermanos que buscaban cualquier medio para impedir que viese una película de Robert Mitchum en horario nocturno; a los internos del hospital con sus peculiares enfermedades; y a un padre que, en su acogedora calidez, fue la figura más distante del paisaje familiar.

Toda biografía tiene un punto de invención, sin por ello caer en lo hagiográfico. De alguna manera hemos de dar cuenta de nuestras inconsistencias, de la riqueza emocional de momentos, por otro lado, devastadores como una muerte en la familia. Meyerhoff refleja aquel tiempo suyo con trazos descaradamente gruesos: la fiesta de cumpleaños del padre y su frustrado regalo; la pantagruélica comida con la que se atiborran; esa vida laboral narrada en clave de juego infantil, junto a los enfermos que se apiñan en las diferentes alas del recinto; el interno que se cree Tarzán, el que aparenta ser un agente secreto, la que apelotona las palabras como ráfagas de ametralladora o el que cada vez que entra en casa desea acariciar a la perra… aunque luego note un miedo atroz. Pero también el divorcio de sus padres, la marcha de la madre a Italia, la muerte en accidente de coche del hermano mediano o aquella vez en la que por unos pocos marcos se deslomaron mientras desmontaban una atracción de feria. Detalles, episodios y sensaciones que sazonan la vida de Meyerhoff, que añaden pimienta sobre las heridas y esa dulzura casi infantil sobre los momentos hermosos que, tanto tiempo después, regresan a la memoria. Esa memoria que nunca deja de invocar al padre, en su plenitud y en su enfermedad final, con la sabiduría casi instintiva que todo hijo le concede y con esos arranques de estupidez (como comprarse un barco que aborrecerá) que ayudan a poner las cosas en su sitio.

Probablemente Meyerhoff no habría podido explicar su historia sin narrar la vida de su padre, y viceversa. En Que todo sea como nunca fue no flota un aire de reconciliación ni de desdén, un postrero reproche o una merecida elegía. Al contrario, su autor aprovecha los mimbres que le proporciona la ficción para entregarse a eso a lo que la edad adulta nos aboca: a intentar paliar la distancia con el tiempo pasado, la añoranza de otra vida que forzosamente tenía que pasar. Y en ese camino es la figura del padre, con sus rotundas dimensiones, la que desborda los límites del relato. Como si en la ruta que traza la ficción aún hubiese lugar para revivir aquello que se nos quedó en la punta de la lengua. En un ejercicio de reconquista en el que su autor construye la biografía de un lugar, de una familia, un hermano y, sobre todo, un hijo. En una novela cuya fuerza y, también, cuya flaqueza descansan en la vehemencia con la que Meyerhoff despierta los recuerdos de aquella vida. Sin el sabor de una magdalena, con el cosquilleo de un electroshock. Con esa inusual sinceridad que nos concede la ficción cada vez que inventamos estrategias para mantener con vida aquello que siempre quisimos que no acabase.

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Literaturas, Negro sobre negro

Israel Zangwill. La alegría de leer, por Juan Jiménez García

El gran misterio de Bow, de Israel Zangwill (Ardicia). Traducción de Ana Lorenzo | por Juan Jiménez García

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Israel Zangwill forma parte de esos nombres a los que la historia no les sentó muy bien. Quiero decir que tuvieron toda la fama en vida y luego, bueno, los lectores, la posteridad, se olvidaron de ellos. Puede ser que fuera una cuestión de ser un hombre muy de su tiempo, y bien, eso no es necesariamente malo, pero es que ni tan siquiera era así. Sea como fuere, Zangwill esperó su momento, y su momento llega ahora de la mano de Ardicia. Y encontrarse con él es una de esas cosas por las que vale la pena tener una fría tarde de invierno, una manta y un libro en la mano. El libro es El gran misterio de Bow, claro. El conjunto, algo parecido a la felicidad.

Zangwill no engaña a nadie. Es más, esta será su premisa: una especie de honesta novela policial en el que moverá las cartas frente a nosotros sin intentar ningún truco extraño (vamos, no es Agatha Christie). Para empezar, no oculta que parte de Edgar Allan Poe y su misterio del cuarto cerrado en el que se ha cometido un crimen inexplicable. Eso sí: aquí no hay ningún mono (y nos echamos unas risas con ello, leyendo esta novela). El gran misterio de Bow, si hemos de hacer caso a sus palabras, se fue escribiendo no solo por entregas sino a medida que la gente las iba leyendo, buscando el crimen perfecto y, por tanto, librando a todos los culpables que el lector iba encontrando. ¿Entonces? Entonces se la lee uno.

Como buena novela policiaca inglesa, Bow, distrito en el este de Londres, se convierte en un microcosmos en el que es tan importante la muerte como aquello que la rodea, aunque aquello que la rodea poco tenga que ver. Las cosas no ocurren apartadas de su realidad y su realidad está formada por un sinnúmero de personajes más o menos pintorescos en busca de su lugar. Su lugar. Un día la señora Drabdump, viuda que arrienda un par de habitaciones a gente respetable para hacer más llevaderos sus días, llama a la habitación de uno de sus huéspedes, el señor Constant. Pero no obtiene respuesta. El señor Constant es un emergente político laborista, pero su emergencia topa con un inesperado obstáculo: es asesinado. Así lo descubren la viuda y un viejo policía retirado, al que esta llama en su auxilio, el señor Grodman. Pero ¿cómo demonios han podido asesinar a ese pobre muchacho si la habitación está completamente cerrada y él, por lo tanto, inaccesible? Descartado el suicidio queda el gran misterio. Y las miradas se dirigen al otro inquilino, otro laborista, aunque este más beligerante: Tom Mortlake, el héroe de las cien huelgas.

Pero… hasta aquí hemos llegado. En nuestra explicación, claro, porque la novela empieza a desplegar su mundo de calles y negocios, de discusiones y conversaciones, de trazos irónicos de esa sociedad inglesa tan dada a meterse allí dónde no le han llamado, como un pasatiempo más. Zangwill aprovecha para reírse (amablemente) de todo: de la gente que escribe a los periódicos resolviendo enigmas, de la política, de la policía, del ser humano,… Ya sabemos cómo son los ingleses… aquellos que nos gustaban. Porque El gran misterio… nos devuelve una literatura plácida, placentera, divertida, un gusto por la lectura trepidante, que no se pierde en ningún momento, avanzando alegremente entre bosquecillos de palabras o, en este caso, casas ordenadamente alineadas, debidamente separadas del mundo, como decía Karel Čapek.

En algún momento la literatura negra (si una novela tan luminosa como esta puede soportar ese negro) perdió una cierta alegría de vivir. Tal vez son los tiempos los que han perdido la alegría de vivir. Y también la noción de puzle, de juego, de pasatiempo que debemos resolver. Y todo eso es la novela de Israel Zangwill, que, además, nos regala una solución (son palabras de Borges, y debemos darle la razón) brillante para un enigma complicado. Disfrutemos, pues, del momento.

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Literaturas

Martin Amis. Bits para una revolución, por Óscar Brox

La invasión de los marcianitos, de Martin Amis (Malpaso) Traducción de Ramón de España | por Óscar Brox

Martin Amis | La invasión de los marcianitos

Hace años que guardo, con su caja y sus cartuchos, mi Atari 7800. Aquella fue, de hecho, la primera consola que tuve y la única que ha sobrevivido al tiempo y a las sucesivas mudanzas. La única, tal vez, que siempre he sabido que echaría de menos; de la que nunca podría olvidar su Asteroids ni tampoco aquella versión bastarda del Mario Bros. Aunque, quién sabe, nunca vuelva a jugar y la conserve como un fetiche de la infancia con el que guardo un apego bastante estrecho.

A la familia Amis le gustaban las listas y las guías. Si el padre, Kingsley, publicó una a propósito del arte del beber, Martin escribió su propia guía sobre un fenómeno que se extendía a principios de los 80: los salones de máquinas recreativas. Y de esa lista-guía-retrato de una generación nació, precisamente, La invasión de los marcianitos, el libro que, como el Sobrebeber de Amis Sr., edita Malpaso. Rebobinemos treinta años, probablemente más, en el tiempo e imaginamos a un galés de Swansea perdido en los recreativos de un barrio de Nueva York. Allí, entre una máquina y su compañera, con el fulgor de la pantalla, toma notas mientras rebusca en el bolsillo la calderilla suficiente para otra partida. Amis es un curioso, un sociólogo, un etnógrafo y, por encima de todo, un videoadicto. De ahí que esta breve glosa del primitivo mundo de los videojuegos reparta sus fuerzas entre el embeleso de un mundo electrónico que comenzaba a avanzar con pasos de gigante y la crítica, mitad irónica y mitad severa, hacia esa nueva sociedad que se arracimaba en torno a las máquinas.

Para cualquier lector que se haya criado entre revistas de videojuegos, La invasión de los marcianitos es, prácticamente, una carta de presentación y jugabilidad de las novedades del momento, de Pac-Man o Donkey Kong, todas ellas filtradas por la prosa aguda de un Amis que analiza en detalle cada uno de ellos. Como su padre, mientras explica qué combinación es más pertinente según la cita o el momento del día. Amis, hijo, no repara en extensión para dejarse llevar por una mezcla de fervor y análisis, de juerga e ironía, cada vez que se pone frente a un juego. Con ese raro moralismo que no duda en enjuiciar a la máquina mientras castiga el placer que siente al ponerse a los mandos. Mitad jugador, mitad sociólogo de la incipiente cultura tecnológica.

Amis describe los salones y sus jugadores, en Francia, Estados Unidos o la gris Inglaterra; narra el jolgorio y el silencio en la sala, el microcosmos que se gesta alrededor de una recreativa y el vacío que rellena en vidas que parecen no ir en dirección alguna. Lo que prima es el rictus concentrado, los hombros caídos y la cabeza a un palmo de la pantalla, el cuelo prieto y las piernas ligeramente arqueadas, el movimiento diestro y el callo entre el índice y el pulgar. Toda esa coreografía que su autor captura, quizá también representa, y que abandera una cultura, una minoría cada vez más ruidosa, que ha encontrado en el juego electrónico un campo abierto para la expresión personal. Ese mismo campo que el escritor abona con gotitas de sociología, de la juventud que evapora cualquier signo en favor de la máquina; de los centavos, peniques y monedas pequeñas que ya no se piden para una sopa, sino para una nueva partida. En fin, de ese culto que detonará tan pronto los juegos conquisten el horizonte del mercado doméstico y penetren de tal forma en el tejido familiar que se conviertan en un elemento indispensable para componer su retrato.

Con todo, Amis es más romántico que crítico. La invasión de los marcianitos es, fundamentalmente, un informe desde el ojo del huracán, escrito con verbo ágil y mirada fascinada, en el que su autor deja por escrito esa revolución larvada al calor del capitalismo. Eso que películas como Tron, el guerrero electrónico convertirían en sueño húmedo. Esa felicidad, éxtasis y euforia que, más que una adicción, aspirará a ser un estado de ánimo. Una futura conexión, en red y en comunidad, con otros jugadores. Toda una cultura, en aquel momento en proceso de construcción, que se desprende del informe que efectúa su autor. Sin la mordiente de un Ballard, sin llevar unos pasos más allá el diagnóstico y encontrar en él las coordenadas de un futuro en el presente, de otra condición humana y de una psicopatología que ha hallado un espacio en el que moverse con libertad.

La invasión de los marcianitos es, como las primeras máquinas recreativas, un esbozo del actual homo digitalis; el informe, entre tierno y escéptico, de un universo electrónico en el momento en el que comenzaba a asomar su cabeza en todo el mundo. Un retrato y una guía donde el sarcasmo convive con el apunte sociológico, el videoadicto con el observador atento, la calderilla con los acuerdos millonarios que implementan una nueva fase del negocio, el niño con el desarrollador de Silicon Valley. Toda esa pequeña gran historia que se cruza entre bits, centavos, máquinas y cartuchos, cuyos vestigios, como una vieja Atari 7800, son las huellas del éxito de aquella invasión. El testimonio de una revolución que no ha acabado.

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