Literaturas

Milan Kundera. Después de todo, por Juan Jiménez García

La fiesta de la insignificancia, de Milan Kundera (Tusquets) Traducción de Beatriz de Moura | por Juan Jiménez García

Milan Kundera | La fiesta de la insignificancia

Para mí, volver sobre la escritura de Milan Kundera era volver sobre alguien que había leído hace mucho tiempo, que había disfrutado hace mucho tiempo, que había olvidado hace mucho tiempo. Sin razones aparentes. Quizás un poco de rencor hacia alguien que ya escribía en francés siendo checo. Como si no fuera suficiente el exilio. Sus libros checos me habían deslumbrado. Su inteligencia, su ironía, también una cierta crueldad. La crueldad de aquellos años en Checoslovaquia. El dolor. Leí alguno de aquellos nuevos libros del exilio. Lo dejé. Ahora, con La fiesta de la insignificancia, volvía a encontrarme con él. Pero ¿con quién?

Mientras leía gozosamente las páginas de este libro, breve, bello, de una belleza fugaz destinada a permanecer, me acordaba insistentemente de Alain Resnais. Alain Resnais, otro viejo llegado de un tiempo lejano. Pensaba que hubiera podido realizar una estupenda adaptación de él, simplemente porque ambos comparten (compartían) algo. Algo: una alegría de vivir, de estar vivos, una ligereza, una levedad, un gusto. Kundera parece haberse desprendido de tantas cosas… muchas. Su escritura fluye, respira, en la brevedad de las palabras. No necesita ya mucho para decir las cosas más complicadas. Como en su novela, la aparente insignificancia, la falta de ese deseo de destacar, de demostrar constantemente algo, le permiten alcanzar todo. Llevarse el premio. Una novela redonda. Un divertimento.

Kundera ni tan siquiera busca un planteamiento complicado. Para decir lo que quiere decir, solo necesita unos pocos personajes. Tres, fundamentalmente. Alain, Ramón, Charles. Tres amigos. Tampoco necesita un complicado escenario para sus divagaciones. Como si Giorgio Strehler se ocupara de la puesta en escena, el fondo no es más que un juego de luces. Nada debe perturbar el juego de manos, el juego de palabras, que el viejo artista va a realizar. También: nada es necesario. Milan Kundera, 85 años, no necesita demostrar ya ninguna cosa.

Como si su carrera fuera de lo amplio (la historia de su país, de una complicado época de su país) a lo concreto (al instante, esa unidad mínima de vida), La fiesta de la insignificancia se concentra en esos fragmentos que sirven para explicar de manera ejemplar (aunque aparentemente nada parece distinguirlos de todos los demás, más allá de la elección del escritor) un sentimiento. Una impresión (unidad también mínima, inestable, tambaleante, del pensamiento). La insignificancia. Ese ser apenas nada. Ser tan poco que uno podría pasar perfectamente desapercibido. Kundera bromea. Aquel que no nos dice nada, aquel al que no logramos recordar, aquel que se confunde con todo, que se diluye ante cualquier cosa, será quien acabará llevándose a la chica más guapa de la fiesta. Y lo hará frente a aquellos que están siempre demostrando algo, invadiendo algo, imponiéndose frente a todos. Quizás sea un poco optimista en este pensamiento y seguramente la chica más guapa de la fiesta nunca haría eso, pero uno no puede dejar de sonreír frente a su ironía, a su fino humor. Como Resnais (volvemos a ello), Kundera ha alcanzado con los años esa insignificancia. Ya ni tan siquiera entra en las quinielas para el Premio Nobel, sus libros salen cada tantos años, nadie parece preguntarle qué opina del mundo, y él tampoco parece hacerse muchas preguntas sobre nada. Simplemente se ha convertido en esa presencia insignificante que acabará escribiendo los libros más maravillosos, apartado en un rincón, un rincón de esta época.

Leer a Milan Kundera en una sucesión de lecturas es siempre un peligro. Tras él, ¿qué podemos hacer? Todo los libros nos parecerán complicados, rebuscados, enfrascados en penosas y tediosas búsquedas de algo que después de todo es muy sencillo. Es un riesgo a correr. Durante un instante, asistiremos a algo grande, y será tan breve que nos parecerá haberlo soñado. Y quizás sea ese su fin. Y su principio. La profunda levedad.

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Número seis

Con los cineastas no hay manera. Donosti 2014 | por Faustino Sánchez

Philippe Bourgne

De entre los diferentes elementos que componen los contenidos de una revista, la crónica de festival puede que sea uno de los más difíciles. Por su inmediatez, a veces directamente urgencia, la crónica parece un inventario incompleto de ideas, laboratorio de sensaciones que a veces cuajan en una reflexión y, más bien a menudo, mueren en la orilla. Por la exposición pública del evento, la crónica parece obligada a batirse el cobre con otras tantas coberturas de poblaciones; pulir mejor los pensamientos, exprimir al máximo las corazonadas. Hacer, en definitiva, todo lo posible para que un género tan poco generoso con sus practicantes conceda una pizca de identidad propia al resultado final. La mezcla perfecta entre la expresión personal y la glosa de todas las actividades que comprenden un festival.

En Détour siempre nos hemos acercado a los festivales con la idea de ofrecer algo más, no solo un repaso escrupuloso de los días y las películas. Parapetados tras las posibilidades que nos ofrecían nuestro diseño y, sobre todo, las ideas de nuestros redactores. Para Faustino Sánchez, cada nueva edición del Festival de San Sebastián ha sido una oportunidad para llevar la escritura cinematográfica unos cuantos pasos más allá. Primero fue una tierna evocación de Georges Perec, más tarde una historia de fantasmas cinéfilos. En ambos casos, el deseo de construir la experiencia cinematográfica como un juego, un diálogo entre cine y diversión, en el que la lectura no estaba reñida con la alegría. Este año nos sorprende con otro desafío apasionante en el que la crónica de Donosti parece escrita por un heterónimo de Thomas Pynchon bajo la simpática ironía de Boris Vian. Un juego, un repaso exhaustivo y una escritura que, ante todo, busca hablar de cine de otra manera. Así empieza Con los cineastas no hay manera.

 

leer en détour

Número seis
Las penúltimas cosas
Ilustración: Philippe Bourgne | Imágenes: Francisca Pageo, Juan Jiménez García

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Literaturas

Yasunari Kawabata. Reconstrucción, por Juan Jiménez García

La pandilla de Asakusa, de Yasunari Kawabata (Seix Barral) Traducción de Mariano Dupont | por Juan Jiménez García

Yasunari Kawabata | La pandilla de Asakusa

Hay lugares que nunca existieron (o tal vez sí). Por ejemplo, aquella Alexanderplatz de Döblin. Quizás nunca fue de esa manera, pero ahora, destruida, fijada en las páginas de aquel libro, ya nunca más podrá ser otra cosa. Algo así ocurre también con el Asakusa de Yasunari Kawabata. Arrasado por terremotos, guerras, bombas, reconstruido tantas veces, permanecerá inalterable en las páginas de este libro. Como Kannon, la Diosa de la Misericordia alrededor de cuyo templo crece este distrito tokiota, permanecerá encerrado en su recipiente-libro. Cuenta Donald Richie (que prologa y cierra el libro en la edición de Seix Barral) que, cuando tan solo era un jovencito, conoció a un ya no tan jovencito Kawabata. Ni él sabía hablar japonés ni el otro inglés. De modo que simplemente estaban ahí, uno junto al otro, en la Torre del Metro. Desde allí, veían los terrenos destruidos por la bombardeos norteamericanos. Y el escritor japonés sonreía.

La ciudad, el distrito, es la protagonista de La pandilla de Asakusa. Lejos de ser un simple escenario, una comparsa, y siguiendo la estela de aquellos escritores contemporáneos (Döblin, como decíamos, o Joyce con su Dublín), Kawabata, en su segunda novela, se entrega a la reconstrucción de un mundo (el suyo, por otro lado), un mundo frágil eternamente destruido y vuelto a construir. Dedicado al entretenimiento (el primer cine de Japón estuvo allí) en sus acepciones más variadas (parque de atracciones, teatro, cabarets), no dejaba de ser lugar de geishas y acceso a placeres si no prohibidos, sí bien regulados y delimitados. Para alguien con los años del escritor en aquel tiempo, no podía ser más que la promesa de algo. La libertad, tal vez.

Así, la historia no deja de ser algo accesorio. Lo importante no es la vida de las personas, sino la vida de los espacios, de los que esas personas son una parte pero no un todo. Kawabata escribe furiosamente, con una energía, una vitalidad que parece reproducir la de su entorno. Todo se mueve de acá a allá, en un eterno movimiento que nada puede detener, y los personajes se dejan llevar. Umekichi, narrador narrrado; las chicas: Yumiko, Haruko,… Disfrutan sus horas, sus días, como nosotros disfrutamos de las palabras, de los juegos de manos del escritor. Para él, Asakusa es un estado de ánimo, la alegría de vivir, y eso debe, necesariamente, traducirse en la alegría de escribir. Con deleite, va recogiendo historias, lugares, espacios, va construyendo para nosotros (como si intuyera que todo estaba condenado a desaparecer, una vez más) todo el distrito. Lo sólido y lo etéreo, lo concreto y lo vago.

Kawabata es consciente de que con la destrucción de aquello que está construido (y solo es necesario el paso del tiempo para ello), no quedarán ruinas, sino un vacío que no podrá ser llenado, tan solo imaginado. Y será tarde. También que aunque todo estuviera ahí, su juventud no lo hará. Como no se puede recuperar esa juventud perdida, tampoco se podrán recuperar los lugares de esos años. Es necesario fijarlos, dejarlos detenidos en ese tiempo, atrapados en papel. Pero no como algo muerto, destinado a envejecer igualmente, bajo finas capas de polvo, sino como algo vivo, esencial. Kawabata lo entiende así y todos sus esfuerzos de escritor incipiente, todas sus ideas modernistas, toda su fuerza se entrega a ello.

El resultado es deslumbrante. Seguramente sorprendente para los lectores de sus posteriores libros. Es otra cosa. Ya no se trata de lo bello y lo triste, sino de la velocidad, el ordenado caos de un mundo que avanza hacia un futuro difícil de imaginar. La sed frente al agua que cae, suavemente, a través del tronco de bambú que se inclina, con un sonoro clac. Las ganas de tocarlo todo con las manos, frente a dejar las cosas ser. El niño frente al viejo. El joven frente al adulto. El instante fatal de los veinte años. Y su escritura.

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Literaturas

Inger Christensen. Percibir el mundo, por Óscar Brox

Alfabeto, de Inger Christensen (Sexto Piso) Traducción de Francisco J. Uriz | por Óscar Brox

Inger Christensen | Alfabeto

Pese a su relieve dentro de la poesía escandinava, la obra de Inger Christensen continúa siendo una relativa desconocida para el lector español. Alfabeto, el libro que publica Sexto Piso en su línea de poesía, puede ser una buena manera de romper ese silencio y acercarse hacia una escritura que hace de la percepción su punto de encuentro con el mundo. Con ese universo de pequeñas cosas que funciona como revestimiento de nuestra realidad, que esconde una imparable cadena de transformaciones y un río de emociones morales que describen la fuerza de esa naturaleza en la que nos cobijamos. Un combate eterno entre lo que amamos y lo que tememos, entre la celebración entusiasta de una vida que crece por doquier y el temblor de una muerte que pone todo su empeño en afirmar su presencia.

Alfabeto es un poema construido según la secuencia de números de Fibonacci -cada verso es la suma de los dos precedentes- y según el orden de las propias letras del abecedario -que nombran las palabras, de la a a la n, con las que Christensen desarrolla su personal visión del mundo. La presencia de la regla, sin embargo, no altera la vivacidad de su narración; cada verso cae como el fruto de una pura energía primigenia que, palmo a palmo, concede sentido a las palabras que definen nuestra realidad. Como un balbuceo o un primer sonido inarticulado, como un silabeo infantil que a base de repetir las palabras accede a esa realidad que construyen. Christensen recorre todo aquello que abarca su mirada con una ternura desbordante, con la confianza de que los elementos de la poesía nos permiten abrigarnos con el manto de la noche, palpar los nervios de un árbol milenario o componer música con el viento que mece las hierbas altas del jardín.

Las palabras facilitan un camino, conceden un sentido a aquello que nos rodea. Acortan la distancia entre la mesa de trabajo que es testigo de la creación de un poema y el albaricoquero en flor que cuela su fragancia a través de la ventana de la habitación. Las palabras facilitan un uso del mundo, nos enseñan a entremezclarnos con él, a crear esa comunicación primitiva en la que los ritmos naturales describen las emociones de los hombres. De ahí el esfuerzo de Christensen por dedicar cada verso a un átomo del mundo, a un pajarillo o a un delta, al rincón de una cafetería o a un paisaje apartado de los sonidos de la ciudad. En su Alfabeto late la necesidad de percibir, de alargar la mano, y con ella nuestros sentidos, hasta palpar y hundir nuestros dedos en esa naturaleza desconocida que acompaña cada pasos.

Frente a esa visión dichosa, casi inmortal, Christensen evoca la finitud que despliega la bomba atómica. La tarde soleada que precedió a la catástrofe de Hiroshima, apenas unos segundos que liquidaron todo horizonte moral, que frenaron cualquier palabra, cualquier voz, para transformarla en un grito. Precisamente, lo que engrandece a esa visión de la vida es el sentimiento de su finitud; la sensación de que la noche en la que encontramos el camino de la ternura es un milagro que nos recuerda esa fragilidad tan propia de la condición humana. Ese sentimiento de vulnerabilidad que nos aleja, interponiendo una barrera, de las cosas sensibles. Como una bomba de detonación silenciosa cuyos efectos percibimos en nuestra incapacidad para evocar aquellos lugares en los que la vida se abría camino.

Inger Christensen apela a una naturaleza que no solo se plasma en esa realidad cotidiana que nos envuelve, también a la de esa sensibilidad que, oculta en nuestras entrañas, nos enseña a mirar. A percibir, como si se tratase de la primera vez, con esa mezcla de inocencia y terror infantil ante un mundo que se despliega, con el que establecemos nuestros primeros vínculos. Apreciar las pequeñas cosas, la belleza discreta de nuestro paisaje, la secreta emoción que nos provoca entrar en contacto con esas partes menos desarrolladas de nuestra intimidad. Acercar la mano al tronco de un albaricoquero, vigilar el vuelo tardío de una bandada de estorninos, contar las olas que rompen antes de llegar a la orilla. Alfabeto es un largo poema cuyo propósito es fundar un sentido, como si se iniciase con un balbuceo y concluyese con esa primera palabra que identificará nuestro mundo, desde el origen -la semilla de un árbol- hasta la noche. En un bellísimo plano secuencia con el que Christensen nos invita a compartir la visión privilegiada de nuestra vida. Como si la realidad encontrase su respiración en cada verso.

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Literaturas

Pierre Assouline. Arriba y abajo, por Óscar Brox

Sigmaringen, de Pierre Assouline (Navona) Traducción de Manuel Serrat Crespo | por Óscar Brox

Pierre Assouline | Sigmaringen

Tras el desembarco de Normandía en 1944, que marcó el inicio de la capitulación y crisis de la Francia de Vichy, la historia de aquella época de colaboracionismo con los nazis aún tuvo tiempo de escribir un último relato. Arrinconado por el avance de los aliados, el gobierno títere de Pétain huyó en dirección Este, de París a Belfort, para acabar sus días en un castillo-ciudad situado en Alemania del Sur: Sigmaringen. Cuna de nobles y aristócratas, Sigmaringen alojó los restos de la política que había llevado a Francia a la ocupación, en un simulacro de Estado sin Estado que vivió sus postreros y agónicos meses antes de que las tropas estadounidenses tomaran el castillo.

A Pierre Assouline siempre le han fascinado los intelectuales corrompidos por el mal, víctimas de sus burdas palabras, estigmatizados en los anaqueles de la cultura francesa tras el periodo de guerra. Brasillach, Luchaire o Céline son solo tres nombres que comprenden la labor literaria de este periodista, biógrafo y escritor. Sigmaringen, la novela que publica Navona por primera vez en castellano, es un ejercicio de zoom in hacia esa maldad moral que necesitaba concentrarse en el tiempo y, sobre todo, en el espacio; esos años oscuros en los que el final de una época alumbraba la decadencia de los hombres que la forjaron. Así, parapetado tras lo que supo (por boca de su propio padre, brigadier durante varias campañas bélicas), lo que investigó y lo que fantasea, Assouline recrea en su novela el crepúsculo de una historia que existió y debía ser contada.

En Sigmaringen lo real convive en el mismo plano con lo inventado. Assouline cede su voz a Julius Stein, jefe de los mayordomos de la los príncipes de Hohenzollern obligado a prestar sus servicios al gobierno evacuado del Mariscal Pétain. El castillo es un lugar donde la maquinaria propagandística no descansa, como si las soflamas y la información sesgada tuviese aún efecto sobre una multitud francesa que avanza a paso firme tras el empuje gaullista. No importa, en esa fortaleza se concentra la sedición, el mal y la sensación de que hay que continuar con la pantomima hasta que las bombas alcancen su objetivo. Presa de la caprichosa organización de sus nuevos inquilinos, el Sr. Stein se dedica a distribuir el servicio con la misma eficacia con que lo hizo para los príncipes. Sin embargo, su discreción captura las confidencias y encuentros privados, la corrupción y la decadencia de un grupo humano al borde del colapso, incapaz de saltar del barco porque eso solo implicaría la muerte. En un castillo que rezuma abyección, se pregunta Julius, ¿todavía se puede mantener la integridad moral?

La estructura de la novela, construida con los mimbres de escritores como Kazuo Ishiguro y seriales como Arriba y abajo, muestra la evolución de las costumbres a medida que sus protagonistas atisban el final de la huida. En un universo de secretos y medias verdades, de juegos y dobles caras, Assouline refleja en la mirada de su personaje las contradicciones de una época: la obligación y el deber de la servidumbre, la ternura y la conmiseración hacia figuras tan complejas como la de Louis-Ferdinand Céline -probablemente, el único que sale bien parado en la descripción de su autor; profeta y ángel caído, loco lúcido cuyas palabras no ocultaban la bondad de muchos de sus actos- y el odio visceral hacia ese gobierno títere corroído por dentro. Sigmaringen es, en buena medida, la historia de una corrupción y de los esfuerzos para evitar que sus actos nos salpicasen. O cómo pudo ser para un alemán al servicio de la realeza, es decir, emancipado de cualquier argumento de raza y purificación, enclaustrado en su labor de servidumbre, experimentar la afrenta de vivir como un personaje secundario el rodillo con el que su país trituraba los fundamentos de la condición humana.

Pocas veces en nuestra historia reciente el horror ha sido tan material, concreto y contagioso, un aire de muerte que se llevó por delante a millones de vidas. Desde el castillo, Stein solo puede entrar en contacto con la versión reducida de todo eso, a través de cambalaches y charadas, desde el amor que siente por su homóloga francesa en la intendencia, la señorita Wolfermann, y desde la tristeza de descubrir a los lobos donde creía que se trataba de corderos. Como si de un clavo ardiendo se tratase, Assouline se agarra a esa confianza entre los personajes, que poco a poco elimina las distancias íntimas, para marcar una zona libre en mitad del eje del mal; como si tras esa bondad que intuimos en Stein nos ofreciese un argumento para creer en algo, para combatir esa corrupción, para confiar en que, incluso en el episodio más abyecto, se podía defender el bien.

Los ojos de Stein, como las palabras de Céline en De un castillo a otro, testimonian el episodio más oscuro de la Francia de Vichy, su éxtasis y su destrucción. Assouline, fascinado por esa pantomima interpretada por los políticos títeres, crea una ficción en la que cada personaje (político, espía o asesino) se ahorca con su propia cuerda, se encierra con sus propias cadenas. Las cenas pierden el lujo y el zafarrancho elimina las buenas costumbres, cada uno va a lo suyo y el turbio Mariscal se transforma en un anciano enfermo recluido en su lujosa habitación. Tras esa radiografía, los estertores finales de un régimen patético que sacó lo peor del hombre. Tras la mirada de Stein, lo poco que el hombre pudo conservar sin que el mal lo consumiera. Sigmaringen, en definitiva, fue el punto omega de Francia, su relato oculto, la afrenta que nadie quiere enfrentar, y Assouline acude a su encuentro desde el encanto que siente hacia el mal y la piedad que esgrime ante los hombres que supieron combatirlo. El retrato de aquel país que vivió unos cuantos años dividido entre lo que sucedía arriba y quienes resistían abajo. De un castillo perdido a un tren hacia otra parte.

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Literaturas

Oskar Panizza. Del cielo, por Juan Jiménez García

El concilio del amor, de Oskar Panizza (Pepitas de calabaza) Traducción de Luis Andrés Bredlow | por Juan Jiménez García

Oskar Panizza | El concilio del amor

Sin duda hay que conocer a Oskar Panizza. Pepitas de calabaza parece empeñada en ello, y es una buena noticia, porque sus libros habían sido publicados seguramente de la misma manera que él vivió hace cien años: a la aventura. Es cierto que Panizza siempre ha estado ahí, multiforme, a través de sus relatos, sus provocadores ensayos o su teatro, pero parecía que su mayor defensa no era su valor como escritor, sino el valor que como escritor provocador le daba André Breton. Breton lo incluyó en su antología del humor negro y, como solo ser habitual en él, lo colocó en el pequeño, extraño y perturbador panteón de las referencias surrealistas. Sin embargo, todo sea dicho, seguramente Panizza se hubiera sentido más a gusto en las filas del dadaísmo, porque a él lo que le gustaba no era soñar, sino más bien provocar, y sus sueños eran bien reales y pasaban por destruir todo un estado de cosas (el estado de cosas que le rodeaba). Pero el escritor alemán nació en el momento equivocado (aunque visto lo visto tendría que haber nacido dentro de unos cien años, a ver si hay más fortuna), y lo que en entreguerras te valía el título de provocador y vanguardista, a finales del XIX, por muy cerca que estuviera el siglo XX, te valía la cárcel, el psiquiátrico o las dos cosas.

Pero Panizza formaba parte de esa extraña raza de hombres empeñados, pese a todo, en acabar con lo que le rodeaba. Y podemos pensar que es de una tremenda ingenuidad pretender acabar con algo desde la escritura, pero si tenemos en cuenta el esfuerzo que se hizo por destruirle y las continuas prohibiciones que han sufrido sus obras hasta en nuestros días (como aquel que dice), pues no podemos menos que sonreír. Tristemente, pero sonreír. Y quizás a estas alturas uno se estará preguntando qué le daba por escribir a este hombre. ¿Era un Sade de tipo alemán? No, ciertamente no. ¿Un peligroso revolucionario empeñado en destruir el régimen de turno? Pues no, tampoco. Panizza apuntaba a un lugar más peligroso, ciertamente: la religión.

Más allá de sus reflexiones contra el poder, contra sus perversiones, contra la injusticia o la misma sociedad nada inocente (que podía recorrer sus relatos o libros como Psicopatología criminal o Diario de un perro), será recordado por dos obras singulares. La primera sería La inmaculada concepción de los papas. En ella se entregaba eruditamente y no sin poca ironía a demostrar que los papas también disfrutaban de esa propiedad mariana. Para ello aportaba ciento una razones, que no son pocas, y todo eso le sirvió para que el libro fuera secuestrado. Con la Iglesia hemos topado… Pero lejos de salir amedrentado por esto, al año siguiente volverá a tocar a las puertas (y las narices) de la institución (o las instituciones, que entonces todas se confundían… como ahora), con, precisamente, el libro que ahora nos ocupa. Es decir, El concilio del amor.

El concilio del amor (Una tragedia celestial en cinco actos) es una obra de teatro para tropecientos actores (no se puede negar la ambición de su autor), protagonizada en sus principales papeles por Dios, la Virgen, Jesucristo, el Diablo, la familia Borgia y un montón de ángeles, arcángeles y otros seres de aquellos lares. Solo con ver la lista de personajes, el sudor frío debió recorrer la espalda de no poca gente. Pero claro, Panizza no se conformaba con eso. Así, Dios es un viejo achacoso y destruido que está en las últimas pero sabe que no morirá nunca. La Virgen, una intrigante coqueta más preocupada por su aspecto que por las cosas mundanas. Jesucristo pasaría por un yonqui sin mayor problema, escuálido y enfermizo, por no hablar de sus indecisiones. Y el Diablo está allí para salvarlos a todos (y de paso ganar alguna comodidad material, como alguna mejora en sus instalaciones, tipo las escaleras que descienden al infierno). El problema de todos es el mundo, claro está. Napoles, para ser exactos. Las tropas francesas entran en la ciudad y todo el mundo se entrega al desenfreno, a la lujuria, a los placeres carnales. Si por Dios fuera los destruiría con un simple gesto, pero eso no sería una buena publicidad para la causa. Es importante seguir vendiendo su producto más valioso: el perdón de los pecados.

¿Y el Papa? Pues entonces estaba muy ocupado. Y no precisamente persiguiendo pecadores, sino más bien mujeres y bienes terrenales. Rodrigo Borgia, es decir, Alejandro VI, estaba más preocupado por salvarse él que por salvar a alguien, y su única ambición era esconder bien el oro, asesinar a los enemigos y pasar buenos ratos (sexuales). Entendido esto, Dios piensa que realmente si por algún sitio hay que empezar el extermino, los Borgia no serían mala idea. El caso es que le encomiendan la misión, cómo no, a un experto en la materia: el ya citado Diablo. Y él encontrará un astuto plan para acabar con esta situación.

Conclusión: Oskar Panizza acabó en la cárcel. De ahí a morir era cuestión de tiempo.

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Literaturas

William Grill. El polo opuesto, por Almudena Muñoz

El viaje de Shackleton, de William Grill (Impedimenta) Traducción de Pilar Adón | por Almudena Muñoz

William Grill | El viaje de Shackleton

Durante unas vacaciones de verano de mi infancia, pude escoger en una tiendecita, a modo de recuerdo, un libro anillado con forma de barco crucero. Sus páginas de cartón, gruesas e inabarcables para mis manos, se superponían añadiendo y revelando los niveles de mando, supervivencia y convivencia dentro del navío, con sus diferentes modos de reacción ante los episodios salteados que revela el mar: la tarde de borrasca, la noche de cena de etiqueta, las mañanas dormitando contra el palo de las escobas que friegan la cubierta. El mosaico circular que decora el comienzo de El viaje de Shackelton reactivó ese recuerdo medio enterrado como todos los cachivaches de rueda y manilla que nos retrotraen a descubrimientos de los que nos hemos olvidado seguir aprendiendo. Esos azulones, y ese tacto agradecido del álbum bien hecho con la categoría de lo esmaltado, el papel firme y la tela, podrían decorar el suelo del mausoleo consagrado a la aventura; un señuelo sutil para este órdago caníbal de cobardes.

Años más tarde, aquel libraco que permitía la vivisección del buque panzudo y misterioso como una ballena ártica se transformó en el Belafonte de Steve Zissou. Sobre el lomo de la embarcación se había efectuado un corte limpio que, de nuevo, facilitaba la tentación de observar y evaluar, como las casas de muñecas y sus fachadas de bisagras o el tacto con que los chefs parten hojaldres alambicados para comprobar la calidad del relleno. En el gesto de adentrarse en las estrecheces de un barco conviven la mirada de Dios desde los nubarrones y la del marinero dejado en tierra y que se despide, pequeñísimo, en el puerto. Esta es otra forma de encaramarse al carrusel de las maravillas para las que no somos héroes adecuados. Los perros que colaboran con los hombres, la tripulación que caza aves y pingüinos, que se compenetra con el mar deslizándose en barcas que imitan la ergonomía de las orcas; en el centro de esas jerarquías naturales, la estrella, el alma de la hazaña, la idea: Ernest Shackleton.

En un mundo mejor, que quizá exista pero que aquí nos impiden y nos impedimos construir, los niños acudirían a su primer día de escuela con libros como el de William Grill bajo el brazo. Grandes, inabarcables para sus manitas; álbumes ilustrados que hacen destellar la Historia y las historias de las que ellos en un futuro podrían formar parte. Una estupenda guía visual para las minucias y los datos generalmente constreñidos en tablas y feas páginas de tipografía apretujada, coronadas por un roñoso retrato en blanco y negro del protagonista. Mediante sus dibujos, infantiles y de trazos precipitados, con la consciencia de que los niños y los lectores voraces tiemblan de brazos y rodillas para avanzar hacia el siguiente episodio, Grill dota de cotidianidad a los viajes hoy calificados de locuras más románticas que científicas. Hoy, que la prisa, el petróleo y la traición son los tesoros menos probables en un mundo yermo y blanco que exige una convivencia amistosa, el viaje de Shackelton confirma que la ignorancia benévola, el pensamiento creativo y la inexistencia de fronteras territoriales y cartográficas pueden espolear lo mejor de nosotros.

Así, un barco diminuto avanza por las esquinas de las hojas brillantes, como si contempláramos la travesía a través de los hielos a escala, desde la perspectiva de un potente telescopio. Afinándolo todavía más, esa textura de cómic se transforma bajo las herramientas de lo que realmente es un poema gráfico. La poesía de los lapiceros, de las anécdotas extraídas de una gruesa enciclopedia; en definitiva, el periódico imaginario de un crío en una aburrida tarde de invierno. Los detalles ínfimos, las vituallas, los secundarios como el cocinero de a bordo y las notas coloristas, que siempre estallan en risas y compadreos que echan el pulso a los peligros, recopilan los tiempos de Hergé y los primeros atisbos de Melville y Conrad (los conflictos morales agazapados detrás de sucesos como la decisión de sacrificar a un perro), antes de que los niños crezcan y el álbum cierre su etapa nívea e inocente en otra negra y demasiado autoconsciente. La paradoja de Teseo implica que el Endurance, ese barco que pudo haber conducido a Shackleton a lo más remoto de la Antártida, se resquebraja y sigue siendo el mismo entre el puzzle de las placas afiladas como cuchillos de chef. Se abren sus costuras, estallan sus maderos; podemos aventurarnos a espiar las tripas de esa bestia que nos inspira tanto miedo: el coraje y la determinación ante empresas tachadas de costosas, temerarias y artísticas. La belleza y el aprendizaje extraídos del fracaso, ese monstruo encadenado y condenado en las mazmorras de la actualidad, que el mismísimo Amundsen, que sí tuvo éxito en el polo, habría aplaudido. Sería hermoso entregar libros como este en vez de los formularios y los pliegos rosas que nos tienden personas arrugadas y secas en ventanillas y oficinas. Quizá no cambiase nada, a fin y al cabo la Antártida se mantuvo impávida e incluso cruel ante estos hombres y los que los siguieron, pero al menos Grill lo ha intentado.

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Literaturas, Negro sobre negro

Seicho Matsumoto. Trenes perfectos, por Juan Jiménez García

El expreso de Tokio, de Seicho Matsumoto (Libros de Asteroide) Traducción de Marina Bornas | por Juan Jiménez García

Seicho Matsumoto | El expreso de Tokio

Quien conozca un poco el cine japonés (incluso el cine japonés que ha llegado a nuestro país, gotas de agua en un inmenso océano) quizás recordará el nombre de Yoshitaro Nomura. Cineasta con una extensa obra, poco nos ha llegado de él, y prácticamente todo, de un mismo género: la intriga, el policiaco. En España se llegaron a sacar dos obras suyas (seguramente lo mejor de su producción): El castillo de arena y El demonio. Ambas tenían en común, como tantas obras de este director, el estar basadas en el escritor más importante de novela policiaca de aquel país. Y ese hombre no era otro que Seicho Matsumoto, que finalmente se edita de la mano de Libros del Asteroide.

En estos tiempos en los que estamos casi abrumados por la cantidad de novela negra que aparece, en estos tiempos en los que incluso ya hemos perdido un poco el sentido y significado de lo que es una novela negra (porque todo parece serlo), encontrarse con un libro como El expreso de Tokio tiene su encanto. Precisamente porque Matsumoto es un narrador clásico, un escritor que entiende el policiaco como una pieza de orfebrería en la que, incluso por encima de la creación de un ambiente o de unos personajes, lo importante es el misterio en sí, el enigma y su resolución. Hasta el punto que hoy en día podría incluso pasar por un sofisticado ejercicio de estilo. No es difícil imaginarlo e incluso el escritor nos da una pista: para escribir una novela tan absorbente como esta, tan solo es necesario una cantidad considerable de talento, mucho oficio y… los horarios de trenes vigentes en 1947.

Veamos. Un escándalo de corrupción está saliendo a la luz, alcanzando tales proporciones que se empieza a intuir la presencia de algún pez gordo, dado que estos, los peces, van poco a poco aumentando de tamaño. Tatsuyo Yasuda es un empresario con una profunda relación con el ministerio implicado, y su centro de operaciones está, más que en su oficina, en un restaurante por el que van desfilando personajes tan importantes como anónimos. Un día aparecerán en una lejana playa dos cadáveres, víctimas de lo que parece ser un doble suicidio (algo muy popular en Japón). Ella es una de las sirvientas del restaurante. Él una pieza clave dentro del ministerio. Digamos que lo que separa lo conocido de lo que falta por conocer. No parece haber ninguna duda sobre el caso, pero una novela negra no se construye sobre certezas. Tampoco esta.

Las dudas de un viejo policía (en caso de que una pareja viaje en tren, ¿tiene sentido que él se encuentre solo en el vagón-comedor?), animan la investigación del subinspector Mihara. Y a partir de ese momento empezará una curiosa investigación en la que todo parece responder a una sucesión de hechos imposibles en la práctica. Quienes conozcan la obra de Yoshitaro Nomura (volvemos al cine), sabrán de su obsesiva afición por los trenes y, bueno, quizás ahora encontramos un motivo. El expreso de Tokio no es un libro que discurre en un tren, sino una obra sobre trenes. Trenes que se cruzan, horarios de trenes, gente que viaja en esos trenes, gente que coge esos trenes, que se despide de ellos. Y es fascinante. Más que frente a una novela puzle, podemos pensar que estamos ante una novela “cubo de rubik”. Sabemos perfectamente la imagen final. También la sabe el subinspector Mihara. Pero para dar con esa imagen final, las piezas deben de girar y girar, buscar su acomodo, encontrar su color.

Es complicado hablar como de un descubrimiento del escritor japonés de novela negra más importante del siglo pasado. Un hombre que no solo vendió libros como ningún otro, sino que tiene una obra inmensa en extensión, inmensa en adaptaciones cinematográficas y con amplio reconocimiento de la crítica, premios importantes incluidos. Son consecuencias de la ignorancia de un país como el nuestro de aquello que ocurre un poco más allá de aquellos lugares a los que parece limitarse nuestra mirada. Afortunadamente las editoriales pequeñas parecen estar dispuestas a demostrar que hay otros mundos más allá de aquellos, y la llegada de Seicho Matsumoto a nuestro país solo es una (afortunada) prueba más de ello. Tras eso, solo nos queda coger este tren, este expreso, y dejarnos llevar a través de este viaje, entre obsesivo y desasosegante, hacia el crimen perfecto.

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Número seis

La señora Dalloway: Instantes en suspensión, por Marta Rodríguez Iborra

Francisca Pageo | Virginia Woolf

Desde su inicio tuvimos claro que la orientación de Détour, esa constante necesidad de escribir sobre las emociones, no podía dejar de lado a la literatura. En estos últimos dos años hemos construido pacientemente, desde la actualidad y desde el gusto subjetivo de sus editores, un pequeño gran apartado dedicado íntegramente a los libros y a sus autores; pequeño, porque lo iniciamos con cierta modestia, y grande porque ha terminado marcando el ritmo de nuestra actividad semanal. Sin embargo, teníamos pendiente, como una deuda no saldada, llevar a cabo un salto de longitud y compaginar la labor que hemos desarrollado como suplemento literario con el trabajo que desempeñamos con revista. Qué mejor forma, con un número a punto de empezar, que inscribir dentro de los temas a la literatura como otro pilar básico, junto al cine, para entender lo que significa Détour. Así, a partir de ahora, tanto la una como el otro tendrán su presencia entre los artículos y temas, sin dejar de lado el suplemento semanal, como fruto de esa constante necesidad de escribir sobre las emociones.

Virginia Woolf ha sido la autora elegida para iniciar ese camino. Woolf, quien, como Jean Vigo en el artículo que publicamos, era otro de esos nombres que habían resbalado unas cuantas veces de nuestra lista de deseos. Marta Rodríguez Iborra ha escrito un texto sobre Woolf y sobre su novela La señora Dalloway; un artículo preciso, que puede alumbrar los elementos y el estilo de la escritora de Las olaspara quien no los conozca. Pero también un artículo que detiene su paso en un momento, justo en un instante, que bajo la apariencia de una bagatela se convierte en un gran homenaje a la vida cotidiana. Dejémonos llevar por las palabras de Woolf mientras, junto a la escritura de Marta Rodríguez Iborra, somos testigos de esos destellos de vida.

 

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Número seis
Las penúltimas cosas
Collages: Francisca Pageo

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Número seis

Que sea feliz en L’Atalante, por Mauricio Álvarez-Mesa

Jean Vigo | L'Atalante

Para nosotros, Jean Vigo siempre ha sido sinónimo, casi síntoma, de la felicidad. La felicidad de inventar una historia, de apresar la realidad y transformarla en un mundo; de filmar París y Niza, un rostro, el de Dita Parlo, o una chalana. La alegría, la pasión o el deseo de vivir y aprender a mirar ese universo que bulle frente a los ojos cada vez que nos colocamos frente a la lente de una cámara. Nosotros, que aún creemos en los relatos ultramarinos de Melville y Lowry, que aún recordamos aquel muelle de Le Havre junto a la Odile de Raymond Queneau, que disfrutamos escuchando hablar de cine a Michel Simon y a Jean Renoir; nosotros, decíamos, nunca dejamos de pensar que empezar una revista con un texto sobre Jean Vigo y su obra maestra, L’Atalante, tenía algo de bello y también de justo. Una oportunidad para volver a recorrer una ciudad infame y maravillosa desde la mirada más hermosa que el cine francés construyó durante la década de los 30.

La escritura de Mauricio Álvarez-Mesa invita al viaje continuo, como una voz literaria que desde la lejanía te atrae hacia ese horizonte de palabras e imágenes, de poesía y narraciones que cubren, tan sincera como elegantemente, la memoria del cine. O, mejor dicho, de las emociones del cine. Que sea feliz en L’Atalante nos conduce por aquellas noches de bruma y niebla donde los canales se hacían invisibles y la penumbra se extendía por todos los sentidos, a través de una película en la que, como en el amor y en la poesía, el espíritu se alimenta de imágenes y recuerdos. Nadie hay mejor que Mauricio para transportarnos, con su escritura evocadora, hasta aquel tiempo en el que la felicidad y el cine se escribían con las imágenes de Jean Vigo.

 

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Número seis
Bande à part
Imágenes: Francisca Pageo

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