Número seis

El desencanto: fantasmas, historia y memoria, por Núria Molines

Jaime Chávarri | El desencanto

Yo nunca había leído ni un poema de Panero padre. (Ni tampoco ahora). Sinceramente, nunca vi el momento. ¿Por qué mis ojos se quedaban sin embargo fijos en aquella casa, en aquellos rostros ajenos? A veces, cuando pienso en El desencanto, solo recuerdo el viento. El viento que visita esa casa que ya vemos medio abandonada, con cristales rotos que dejan pasar las ráfagas cargadas de polvo, tierra, hojas y tiempo. El viento mece los fotogramas de este viejo álbum familiar, despega las caras de las fotografías con sonrisas de pose, las hace volar por la ventana que alguien olvidó cerrar.

Este texto, más que análisis fílmico o cosas por el estilo, es, más bien, el relato de las horas que he invertido pasando las páginas polvorientas de una historia que no era la mía, de una historia que no viví, pero que, de alguna manera, necesité que me contaran, una historia de fantasmas. Al fin y al cabo, El desencanto es una especie de búsqueda de la historia y de la memoria, el intento de una familia de recuperar y definir lo que es y lo que fue cada uno de ellos. Un intento por pintar el retrato familiar (como sutura, como posibilidad). Lo que nos dejan sus imágenes son diferentes voces (pinceladas o brochazos) que se superponen, se anulan y reafirman entre sí, hacen de un cuadro -que empieza siendo realista-, uno impresionista, que termina sentenciado con la dureza expresionista de la palabra que sabe del dolor. Así empieza esta historia hecha de fantasmas y memoria.

 

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Número seis
Bande à part
Imágenes: Francisca Pageo

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Literaturas

Elizabeth Taylor. Elogio del amor, por Óscar Brox

El juego del amor, de Elizabeth Taylor (Ático de los libros) Traducción de Claudia Casanova | por Óscar Brox

Elizabeth Taylor | El juego del amor

La clase media/alta ha protagonizado no pocas de las grandes obras de las letras británicas, desde el teatro de Terence Rattigan hasta la novela según Elizabeth Taylor. No en vano, hay una poderosa reflexión moral sobre ese estrato social construido desde férreas rutinas, sólidos valores y fuertes amonestaciones. Un ambiente estancado, aburrido por naturaleza, que respira a través de esas tentaciones que nunca sabe hasta qué punto debe poner en práctica; decisiones que implican un vuelco sobre la realidad, una insólita renuncia a su posición social y el abrazo, casi instintivo, de unas emociones expresadas desde una mirada bisoña que apenas sabe cómo vivirlas. Precisamente Taylor, de quien Ático de los libros ha rescatado algunos de sus trabajos, dibuja en El juego del amor un magnífico drama sobre las relaciones humanas y sus esfuerzos para sobrevivir ante los envites del tiempo y del corazón.

El tiempo es, en sí mismo, un enemigo del amor; es quien dicta cuándo es demasiado pronto para algo y cuándo demasiado tarde, quien pesa cada sentimiento y lucha con los enamorados para convertir esa expresión en una sensación efímera, fugitiva e inalcanzable. Taylor nos sumerge en la historia de Harriet y Vesey desde su misma adolescencia, consciente de los saltos que llevará a cabo durante el relato hasta atisbar la plena madurez de sus personajes. A su manera, ese prólogo que parece instalado en un perpetuo verano supone el único episodio libre, vivo y palpitante, en el que los dos niños juegan a encontrarse y esconderse mientras las briznas de un pequeño y tierno amor brotan en su interior. Un amor y, casi, una dependencia, que nos recordará más adelante el tiempo que ha pasado sin que ninguno de los dos consiguiese sellarlo, definirlo y darle forma de relación. Durante esa adolescencia, los roces, las caricias furtivas y la necesidad de encontrarse con la menor excusa describen el cariño que une a Harriet y Vesey.

Taylor narra con destreza eso que, a menudo, exige demasiadas explicaciones: los años que pasan y la conciencia (el sentido común) que atesoramos. Cuando el verano termina, Harriet ya ha crecido y ha cambiado su escenario natural por una tienda en la que trabaja junto a otras mujeres. Esa época tan indeseable, donde la ingenuidad se confunde con la urgencia, precipita aún mayor ardor en el deseo por conquistar el amor de Vesey; un nombre que se repite de una página a la siguiente, aunque apenas aparezca junto a la línea de diálogo, que Taylor maneja con la eficacia de un conjuro. De un hechizo contra la mediocridad o la vida difícil que absorbe a Harriet en un nuevo microcosmos de carencias y obligaciones. Lo que antes era un coqueteo infantil, ahora es, prácticamente, un salvoconducto para escapar del asfixiante entorno que clasifica nuestro porvenir según la pertenencia a una clase.

Como en la vida, Harriet elige la comodidad antes que el riesgo, y sella su matrimonio junto a Charles en una escena brillantemente narrada por Taylor: reflejado en un cristal, su futuro marido aparece como una figura indefinible, tan opaco como obtuso. Dos cualidades que su autora explotará dramáticamente, hasta bordear el patetismo, cuando el clima de seguridad y confort estalle ante el regreso de Vesey. En un giro impropio de su clase, o quizá en un gesto que revela que nunca encajó en ella, Harriet no abandona la idea de reunirse con aquel hombre de su infancia, amor perdido que todavía habita en alguna parte secreta de su corazón. La decisión no puede ser más dramática, pues ninguno de los dos se mantiene como hace años; ambos han cambiado, la madurez les ha traído esa tristeza tan típica de quien no ha sabido resistir al tiempo y ha claudicado ante una de sus embestidas. Ahora el amor convive con la compasión, con la mirada entrañable hacia una criatura lastimera, alguien de otra época que se resiste a asumir su paso efímero por nuestros sentimientos.

De entre los numerosos personajes que aparecen en El juego del amor, sin duda Charles, el esposo de Harriet, representa el papel más doloroso: el marido dócil, de actitud indolente, cuya existencia mental es inversamente proporcional a la pausa que imprime en cada una de sus acciones. Charles, cuyo temor radica en la ausencia de su mujer, en la sensación de que todo a su alrededor se tambalee si cualquiera de las piezas fija de su vida desaparece. Qué patética resulta su figura, y con qué respeto la narra Taylor, convencida de que es un pobre enfermo embriagado de otra idea de amor: el amor de la clase alta, marcado por responsabilidades y amonestaciones; previsible, enemigo de la espontaneidad, que solo atiende al dictado de la rutina. Ese amor que embalsama, que canibaliza cualquier pequeña muestra de ternura, que vislumbra la decisión de su mujer de abandonarle con cautela, con el secreto deseo de que continúe a su alrededor, como esa bolsa de agua que le da calor durante las noches de frío.

Amigos enamorados, esa incómoda relación. No hay nada más doloroso que reencontrarse en el tiempo, conscientes de todos esos capítulos de sus respectivas biografías que solo han protagonizado en forma de recuerdos, de fantasmas cuya presencia tantas veces desearon. Y, sin embargo, qué hermoso resulta el retrato de esa relación que, pese a todo, no puede agotarse en la bruma del futuro. Como si, tantos años después, Harriet y Vesey no pudiesen abandonar el mundo sin haberlo consumido, juntos, frente a los numerosos desencuentros, hasta el último aliento. Como una promesa a salvo de la realidad que los envuelve. Ese amor inmarcesible al que Taylor entrega algunas de las páginas más bellas de la literatura inglesa.

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Literaturas

Mohamed Chukri. Personas que encontramos, por Juan Jiménez García

Rostros, amores, maldiciones, de Mohamed Chukri (Cabaret Voltaire) Traducción de Housein Bouzalmate, Malika Embarek | por Juan Jiménez García

Mohamed Chukri | Rostros, amores, maldiciones

Rostros, amores y maldiciones es la última entrega de esa trilogía que recorre la vida de Mohamed Chukri desde sus primeros recuerdos hasta los últimos, escritos varios años antes de morirse, pero en los que hay algo así como la tentación de pensar que todo realmente está ya terminado y ahora es solo cuestión de esperar. Y en esa espera, recoger precisamente eso, algunos rostros, unos pocos amores, alguna maldición que pesó siempre sobre nosotros.

Para Chukri, tras Tiempo de errores, la historia parece haberse detenido. Ya no hay nada que contar, ya no hay ninguna sucesión de hechos, ninguna aventura. Solo quedan las migajas. Tánger ya no es Tánger, sus calles ya no son sus calles, sus habitantes ya no son sus habitantes. De este naufragio como ciudad (y del suyo, consecuentemente, como persona), solo quedan algunas cosas que llegaron dulcemente a la orilla, ya sean trozos de madera o mensajes embotellados del más allá. Colección de postales, álbum descolorido de fotografías, su libro nos llevará en un falso desorden a través de aquello que merece ser recordado y siempre, como algo inevitable, bajo la necesidad de la escritura, bajo la urgencia de escribir.

Estarán las mujeres. Esos amores del título, pero que son también esos rostros y esas maldiciones. Lo son todo y a la vez nada a lo que aferrarse. Chukri solo busca los amores pasajeros de las putas y algún deseo ocasional. Tan solo Véronique y sus diecinueve años, le acercarán a algo estable (dentro de la inestabilidad de su propia relación). Y tal vez Fati, cuya historia irá punteando el libro. La historia de los dos, pero también la historia de ella. Y de su madre adoptiva, Lalla Chafika, a la que algunas madres abandonaban a sus hijas, con vanas promesas de recogerlas a la vuelta. Fati, prostituta, no quiere acostarse con él. Quiere mantener una amistad que vaya más allá de lo físico, una complicidad que no se vea alterada por ese deseo común a esos otros hombres que vienen a buscarla y a los que ella se entrega. Fati será ese amor platónico que solo el futuro, las vueltas de la vida y la melancolía consumarán, cuando ya no importe. Magda, Magdalena, Um Eljer, otra prostituta envejecida, otra relación en la que el deseo no consumado dejará lugar a una consumación tardía y triste, completarán un extraño tríptico, algo desencantado, un retrato de escritor que solo quiere ser escritor, con mujeres al fondo. Lejanas.

Entre las mujeres, los hombres. Ellos sí, solo rostros. Presencias. Fantasmas del pasado que, como él, han quedado atrapados en un Tánger que tan solo existe en sus cabezas. Por ejemplo, Ricardo, que no logra abandonar la ciudad, siempre incapaz de coger ese barco que le alejará de ella. Como Chukri, pegados con el pegamento de la nostalgia. O Baba Daddy, exboxeador que montó un bar en Burdeos, Bar Tánger, y volvió a la ciudad, viejo, enorme, pesado, para regentar el Bar Burdeos. Como el escritor, son hombres que recorren el final del trayecto, agotados, como la ciudad. Como Hamadi, que apostaba a todo, a cualquier cosa, sin importarle ganar o perder. Eso es la vida. O Jalil, un pintor que no quería vender sus cuadros y que cuando le pregunta cuál es su destino en el arte, responde: la desaparición.

Y la desaparición será el signo de este libro. La desaparición del amor, de los hombres, de Tánger, del escritor. Así, en su visita a París querrá recorrer los cementerios de la ciudad. Irá atravesando tumbas, ramos de flores, destinos y nombres. Escritores casi siempre, como él. Los cambios del color de las hojas. También el color del papel cambia. En un último capítulo, Chukri trazará su vida a través de las estaciones, pero estas serán solo tres. No hay invierno. El final de todo será el otoño. Como una premonición, tuvo una muerte otoñal, a mediados de noviembre. Rostros, amores y maldiciones es pues esa obra llena de manos caídas, como el poema de Apollinaire. Una obra no en la que acecha la muerte, sino en la que va quedando atrás la vida y las cosas. Sin falsas esperanzas. Sin gritos. Sin lamentaciones. En silencio. Con palabras.

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Literaturas, Negro sobre negro

Martín Olmos. Creced y exterminaos, por Juan Jiménez García

Escrito sobre negro, de Martín Olmos (Pepitas de calabaza) | por Juan Jiménez García

Martín Olmos | Escrito en negro

Desde que el hombre fue hombre y se pudo poner en pie, una de sus principales preocupaciones fue cómo acabar con algún que otro semejante. Podemos escudarnos en que es simplemente nuestro instinto animal, pero más que instinto, si nos atenemos a libro de Martín Olmos que nos trae Pepitas de calabaza, es vocación. Esa sensación de que los medios de destrucción siempre avanzaron más deprisa que los medios de construcción, y además, como señala acertadamente su autor, no nos confundamos, no hace falta ser un genio para matar a otro. Es más, cualquier idiota vale. De hecho de eso está llena la historia universal de la eliminación física del otro: de idiotas.

Así, Escrito en negro se convertirá en un fabuloso (monstruoso) catálogo de asesinos. Asesinos y asesinatos. Pero no una simple sucesión de monstruosidades, sino un irónico viaje por la estupidez humana. Martín Olmos se entrega a un hipnótico ejercicio de escritura. Como si entendiera que un criminal no es nada sacado de su entorno (que no de su medio social), que no es nada alejado de su paisaje, de ese escenario que aparece rodeándole en las fotografías de época, el escritor reconstruye algo que también forma parte de esa escenografía del crimen: el lenguaje. En un trabajo de orfebre entregado, cada asesino tendrá su propia lengua. Su idioma.

Una vez establecidas las reglas del juego, solo hay que dejar saltar al campo a esta selección de desgraciados, entre los que no todos fueron asesinos. Incluso contamos, en un emocionado homenaje, con una víctima, la ramera Polly Nichols, a la que Jack el destripador fijó a puñaladas en el devenir de la historia, honrándola con un primer lugar, primer número de una sucesión. No todos son asesinos, y los asesinos también lo son en distinta manera, porque en este mundo el clasismo existe desde siempre. Así, tenemos a asesinos que no mataron a nadie, pero después de todo mataron a muchos: en papel. James Ellroy, por ejemplo. Luego los que mataron a uno o una y de mala manera. Y los que enviaban a los demás a matar, como ese hombre hecho a retales, que se llamaba José Millán Astray y que, entre otras cosas, fundó la legión, que tanto nos ameniza los desfiles militares. También el general Leopoldo Galtieri, que le dio por jugar a la guerra con una señora que vivía en el quinto pino pero tenía una isla que le interesaba, porque le servía de alfombra esconde miserias. La señora era Margaret Thatcher, que, pese a los mejores deseos de Morrissey, no murió guillotinada, pero que condujo a alguno que otro a perder la cabeza y el resto del cuerpo por su voluntad. A gran escala, tenemos al enano Paquito y al chulo Benito, cada uno en su país y con sus posibles, con la excepción que uno murió en la cama y otro en circunstancias nada favorables. Ah, y en el otro lado el ring, el padrecito Stalin. En el campo opuesto (es decir, todos contra uno) tenemos a la masa de asesinos linchadores, americanos en este caso.

Lo cierto es que uno tiende a relacionar el crimen con personajes solitarios, muy suyos, y claro, de esos tenemos unos cuantos, desde nuestros quinquis nacionales, elevados a los altares por el cine y la canciones de Los Chichos, hasta póngase uno de esos nombres que todos tenemos en la cabeza (hay tantos…). Tenemos nacionales (la dulce Neus, Monchito,…), históricos (Al Capone,…), aburridos (tipo Crimen y castigo, versión siglo XX),… Y ni tan siquiera necesitamos que sea un crimen para morir asesinado (aunque sea por uno mismo): Yukio Mishima, Urtain,… Es más, ni tan siquiera tienen que ser unos pobres desgraciados: tenemos al pésimo Guillermo Tell de William Burroughs o la mano demasiado larga y suelta de Norman Mailer. Ah, y El Lute, ese pionero del “derecho al olvido”, tan de moda a fecha de hoy.

En fin, el catálogo es aún más amplio. El tema da para llenar unos cuantos libros, pero de momento Martín Olmos solo ha completado uno, eso sí, excelente. Irónico catálogo de brutalidades y condiciones humanas (lo de humanas es un decir), juguetón tratado-museo de los horrores, novela negra por entregas, por capas. Paisaje sonoro-idiomático de nuestras miserias, sucia historia de la humanidad, comedia de peligrosas costumbres. Obra para teatro de marionetas. Dirige Antonin Artaud.

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Literaturas

William Gerhardie. Y nadie escuchaba, por Almudena Muñoz

Los políglotas, de William Gerhardie (Impedimenta) Traducción de Martín Schifino | por Almudena Muñoz

William Gerhardie | Los políglotas

Feliz viaje. Huānyíng. Welcome aboard. Schastlivoy poezdki. Las pisadas de cientos de pasajeros comban la plancha de acceso al barco. El madrugador, el impaciente o el miembro de la tripulación observa a las matronas con sus sombrillas enredándose en las faldas anchas, las botas de caña alta de los generales, los niños que avanzan y retroceden por la pasarela, como si sospecharan que hay algo incierto en el mar y que es más segura la tierra. ¿Cuántas veces hemos empezado una historia así, salvando una pequeña cuesta de madera, resoplando ante una presentación tan común y lanzando miradas de tedio alrededor, a los otros compañeros de un futuro destino que, de pronto, parece vacío de sorpresas? Enséñeme su pasaporte, se escucha; el gesto altanero que tiende el documento podría revelar la imagen de Amory Blane o Christopher Tietjens. Pero no, zut alors!, segodnha uzhasny den’, la tez muy pálida es la de un Rupert Brook que se cree menos cansado, que ya sólo siente un entumecimiento en las cicatrices obtenidas en países ajenos. Y ahí van a parar los souvenirs de tierras de paso, al fondo de los estantes, hasta olvidar las travesías y recordar únicamente el principio y el final: qué terror antes de embarcar, qué rápido eché de menos algo para volver atrás, between the Devil and the deep blue sea.

Ese porte, a medio camino entre la melancolía y la histeria, corresponde a Georges Hamlet Alexander Diabologh. El oficial levanta las cejas; sí, suena a chiste pero es un nombre auténtico y el joven ya está analizando la línea de una costa invisible, decidiendo qué comedia o tragedia se ajusta mejor a su estrafalario bautismo. Copan la función, entonces, la indecisión de Georges y el caos de una familia que sería prima lejana de los Sycamore de Vive como quieras (1938) si no cargasen ese tono típico de los exiliados, de los rusos y de Nabokov, que hacen de la nimiedad un drama operístico y de la ofensa un monedero con calderilla. Pero Gerhardie mueve las fichas por detrás, a velocidad de trilero. Enreda los hilos de su vida con la farsa de la ficción, la distancia humorística con recuerdos que deben doler más que heridas mal curadas en campamentos sin recursos de una guerra adelantada a la Humanidad. Es cierto que hay algo demasiado sofisticado (un tanque, una ciudad milenaria preparada para los neones, una niña con lazos en el cabello), detalles que van a enfermar de inmediato en manos de seres mediocres y brutos. Excepto las finas falanges de Gerhardie, quien pulsa teclas como un pianista arrebatado: escucha la melodía y no intentes seguir los dedos; si te mareas, fija la vista en el horizonte.

¿Y qué hay allí que lo hace calmado y estático? Se trata de la misma incógnita que persigue a individuos desubicados en el tiempo y el espacio. La diagonal a la que van a parar quienes ya no pertenecen a ninguna parte porque han habitado demasiados países y dominan muchos idiomas, todos el suyo, ninguno para expresar lo que son y sienten. Who am I, gde ya?, watashi, watashitachi. Un potaje de estas características es digerible porque Gerhardie ha probado todo aquello que menciona: la Europa carcomida por la plaga de la vergüenza, la Rusia bolchevique que cuece habas en medio de suntuosos palacios abandonados, el Japón y la China que miran a Occidente con sonrisa ancha, de metal y terracota. Hace bien en leílse de nosotlos, sensei, polque ustedes guesultan tan guidículos guecostados en el diván con un vaso de bgandy aguado, three sheets to the wind! La bufonería de Gerhardie al transcribir esos torpes fonemas del francés y las lenguas orientales se contrapone al fatalismo que emborrasca las citas en ruso y las falsas promesas de futuro de un inglés que ya es pasado. Esa nacionalidad distintiva que Georges defiende, la cuna en la que uno desearía haber nacido y seguir meciéndose, el ideal circunscrito a ninguna parte, o a un Oxford universitario, regado de hojas rubíes, donde será abril por siempre.

Y es que el tiempo es un dispositivo erróneo para Gerhardie, quien acaba soltándose el manto satírico de un Bulgakov y revelando aceradas dialécticas con Dios, a la usanza de su admirador Graham Greene. El alegre bailoteo del barco podía ser también un naufragio en ciernes, y la tierra firme siempre está tan lejos, fuera de alcance, porque la imaginación y los sueños viajan por delante y porque la administración y la diplomacia llegan siempre los primeros. Por ese motivo es siempre abril, cuando los políglotas nacen, se suicidan sin motivo, mueren con aún menos razones, se enamoran y se traicionan, llegan y se marchan, emprenden la vuelta al mundo, el gran crucero oriental y europeo, mientras el reloj de sus mentes ha dado una simple vuelta. It is time that I should hoist the blue Peter, owakare, proschai, bon courage.

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Literaturas

Kjell Askildsen. Naturaleza muerta, por Óscar Brox

Cuentos, de Kjell Askildsen (Lengua de trapo) Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo | por Óscar Brox

Kjell Askildsen | Cuentos

Decía Fogwill en su presentación que Kjell Askildsen es un artista del narrar, capaz de crear con lo mínimo un mundo de enorme resonancia moral. Lo cierto es que cada relato de este autor noruego es como una heridita en el nacimiento de la boca; algo que no duele, pero que nunca consigues evitar que moleste. Un golpe bajo contado de manera delicada, casi elegante. Pero un golpe, al fin y al cabo. Un puñetazo que nos saca de cualquier clase de oasis narcisista en el que nos hayamos parapetado para mostrarnos la insignificancia de todo aquello que conforma nuestra realidad. Un lamento, a veces también un frío inventario, sobre las cosas que hace tiempo que dejaron de funcionar pero a las que todavía acudimos como si se tratasen de un recurso de primera mano. Una radiografía en crudo de la vida, tanto en la juventud como en la vejez, en solitario o en compañía, que más que desnudar nuestras miserias las diseca a golpe de reflexiones tan brillantes como, en fin, despiadadas.

En estos Cuentos concurren personajes narcisistas, apáticos, inseguros, turbios o cansados, cuyo denominador común es su carencia afectiva ante el dolor de los demás. Como si la mejor explicación fuese un balbuceo ininteligible que molesta en lugar de preocupar. Cuesta empatizar con sus personajes extremos, engañados y pueriles, porque resulta demasiado desolador percibir esos rincones oscuros que guardamos en nuestros armarios. Askildsen saca petróleo de cualquier conflicto, por mínimo que sea, porque, lejos de enfrentarlo, lo convierte en una oportunidad para que sus personajes se proyecten sobre los otros. Para que descubran sus miserias y utilicen las palabras para regodearse en ellas; para que nos intenten convencer de ese profundo cinismo que anida hasta en el gesto más desinteresado. En definitiva, el cansancio de unas vidas que, desde luego, dan para poco.

Askildsen es un maestro de la narración, se mueve a través de las palabras con un ritmo obsesivo. Para explicar la desolación de un viudo construye un vodevil en el que, convaleciente de un accidente y fuertemente sedado, no deja de comportarse de forma caprichosa, de coquetear incestuosamente con su propia hermana y de menospreciar el dolor de su madre. Lo que viene a reflejar a un auténtico desgraciado. Sin embargo, en un hábil cambio de perspectiva, su autor convierte ese retrato robot de un verdadero bastardo en la consolación de una madre que cree haber encontrado el apoyo, la comprensión, en su hijo. Pobrecita, qué poco le conoce. Y es que la prosa de Askildsen siempre parece ensañarse sobre esa misma idea: lo poco que nos conocemos y, sobre todo, lo poco que nos gusta conocernos; lo frustrante que resulta ceder un ápice del terreno a nuestras versiones más egoístas.

Cada personaje es un egoísta en potencia, alguien que cree poder ir varios pasos por delante de los demás. Ahí está, por ejemplo, ese anciano que deja caer deliberadamente su cartera en busca de la atención de la gente. Nadie le hace caso, quizá porque lo más sencillo sería entablar una conversación desenfadada, pero Askildsen subraya el gesto: solo puede salir de esa manera. Por eso, cada diálogo que escribe es como una interferencia, un ruido de fondo que impide alcanzar los acuerdos más básicos. Una pelea de pareja es, casi, un arma de destrucción masiva, un juego mental entre el resentimiento de su protagonista, generalmente masculino, y los pensamientos que coloca en la cabeza de su amante, esposa o pareja. Un intercambio de golpes con uno mismo que, en el colmo de la mala baba, su autor suele cerrar en falso, con un “aquí no ha pasado nada” que da por terminado el relato, pero no la desidia que se ha instalado sobre ese pedacito de realidad cotidiana.

En un tiempo en el que la virtud escasea y la distancia erosiona los vínculos afectivos que establecemos entre nosotros, leer a Kjell Askildsen tiene algo de doloroso, por su brillante manera de detectar esas anomalías y asumirlas como parte del vocabulario que manejamos en nuestras relaciones. Pocas veces el retrato de la vejez, de la madurez vital o de la felicidad cortoplacista ha sido tan despiadado y sutil; pocas veces el guantazo que aguarda de una página a la siguiente se hace notar tanto sobre la mejilla. Quien se acerque a la obra de Askildsen debe estar preparado para sumergirse en un mundo sin demasiadas buenas respuestas, surcado por conflictos sin importancia y problemas imaginarios. En definitiva, por todos aquellos elementos que hemos elevado como pilares fundamentales de nuestra vida contemporánea.

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Literaturas

Tonino Benacquista. Decadencia y ascenso, por Juan Jiménez García

Saga, de Tonino Benacquista (Lengua de Trapo) Traducción de María Teresa Gallego Urrutia | por Juan Jiménez García

Tonino Benacquista | Saga

Si algo ha demostrado sobradamente en sus múltiples facetas Tonino Benacquista es que se las sabe todas. O al menos, todo lo necesario para construir una novela trepidante al ritmo de un puñado de desgraciados sin ambiciones pero con sueños. Al menos eso en lo que he leído hasta ahora, que es algo. Saga, en ese sentido, sería la máxima expresión de todo, como un Tonino dividido en cuatro para luego poder multiplicar mejor. Qué digo multiplicar… ¡elevar a la enésima potencia! Para ello se instala en un terreno propicio. Porque trata de guionistas (y él lo es) y porque se mete en un maravilloso terreno para destruirlo todo a golpes de humor: la televisión.

Cojamos a cuatro escritores fracasados: un viejo guionista en horas bajas, un joven guionista sin experiencia, un guionista al que le robaron su obra para hacer un blockbuster hollywoodiano que ha dado mucho dinero y una escritora de novelas rosa y un puñado de seudónimos, joven, guapa, pero caída en desgracia frente al editor-amante-chulo. Nadie espera nada de ellos, y cuando los llama el director de una importante cadena para que cubran con una serie las horas muertas de la madrugada (y la cuota de pantalla) es eso lo que les piden: nada. Es decir, cualquier cosa.

No es fácil escribir cualquier cosa. Es más. Es endiabladamente complicado. El hombre no está acostumbrado a la libertad, esa cosa que siempre estamos pidiendo pero que no sabemos muy bien cómo funciona. De modo que todo está al menos en cogerse una estructura conocida. Dos familias que son vecinas, mujer e hijos, padre e hijos. Belacquista escribió esto en el 97, y ya daba risa ver que ese era el argumento. En el 2014 aún podemos seguir riéndonos. O el espectador no ha ido muy lejos en sus ambiciones o los guionistas nunca dieron mucho de sí. Vamos a tachar las dos casillas, por si acaso.

El caso es que bajo esa estructura y cada uno con sus manías, se dedican a hacer lo que les han pedido, y el resultado es una colección de personajes delirantes, que hacen cosas delirantes y de los que solo se cabe esperar eso: el delirio. El caso es que como hay gente para todo, eso sí, la serie encuentra su público, ya sea en abuelos insomnes, noctámbulos (obligados o no) y demás, y el rumor se extiende. Saga, que ese es el nombre también de la emisión, está más próxima de la realidad que todo lo visto con anterioridad. Y es que es más fácil encontrarse con un monstruo a la puerta de casa que con uno de esos vecinos que supuestamente tenemos todos, según se empeñan en decirnos las televisiones, con una convicción y homogeneidad notables.

Así, ocurre lo increíble. El sueño americano versión televisión. La magia. La audiencia sube y sube, va cambiado de hora, ve amanecer, luego se acerca a la hora de las comidas, luego al prime time nocturno. Saga ya es una serie histórica. Lo más grande nunca visto, un fenómeno sociológico para estudiar en universidades de verano, en sesudas tertulias telecinqueras. ¿Y nuestros guionistas? Esos hombrecillos sacados del cubo de basura con el único objetivo de realizar algo barato, nulo, cero a la izquierda. Pues cada uno se enfrenta a sus propias circunstancias, desde la venganza a la vuelta a una grandeza perdida. Hasta que descubren que pese a todo siguen sin ser nadie. Ahora bien, cuando durante unos días, unos meses, has logrado creértelo, ¿dejarás que te vuelvan a ningunear sin ofrecer resistencia? La respuesta es no. No, claro que no. Quedará un último saludo en el escenario.

Saga suponía un cambio de registro en Tonino Benacquista (eso dicen las crónicas). Un abandono de la novela negra (género que frecuentó, como poco, de una forma muy peculiar). Pero en realidad no se ha ido muy lejos. Dibujo animado de una sociedad a través de sus márgenes humanos (esos marginados, excluidos, devorados), ofrece de nuevo una retrato mucho más preciso del que sería una crónica desde el interior de esos otros seres inhumanos. A Benacquista le gusta confrontar la prosaica realidad de nuestros días a aquellos que no acaban de entenderse ni de entenderla. Cruzados inesperadamente con ella, sus personajes responden con una mezcla de inocencia, ignorancia y dejarse llevar. Metidos en los engranajes del sistema, piezas raras como son, solo pueden acabar estropeando la maquinaria. Para nuestro gozo.

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Número seis

Librando guerras mediante intermediarios: cine, guerra fría y memoria, por David Flórez

Peter Davis | Hearts and minds

Decía Jean Améry en su prólogo a la 2ª edición de Más allá de la culpa y de la expiación que, más de dos décadas después del Holocausto, las agresiones contra la humanidad no habían dejado de proliferar. Si acaso, sí se habían vuelto más habituales, toleradas por regímenes y situaciones políticas que defenestraban cualquier intento por subvertirlas. Porque tenían un lenguaje propio o, simplemente, como recuerda Rithy Panh en su libro La eliminación, porque desgastaban el nuestro hasta inutilizarlo. Malos tiempos que se han expandido, hasta infestarlo, por el mundo. Y malos tiempos que el cine, en ocasiones, ha exorcizado bajo falsas premisas espectaculares, sin atender a las aristas y matices que sus delicadas problemáticas sacaban a la luz. Lo hemos visto con la experiencia de los campos de concentración nazis, y ese impacto nos recorre de nuevo cuando lo observamos trasladado a Camboya e Indonesia, bajo la mirada impasible de unos torturados que, en este caso, se han encargado de escribir la Historia librando guerras mediante intermediarios: el arte, el cine y su manera de contener la memoria.

Estudiar -y recordar- la Guerra Fría es más necesario que nunca, para reconocer el horror que infligimos a otros bajo el disfraz de mentiras convenientes, de palabras tornadas huecas a base de repetirlas: libertad, justicia, prosperidad, que solo servían para justificar la muerte y destrucción, tanto mayores cuanto más tecnificada y avanzada era la potencia que las causaba. De manera imperfecta y fragmentaria, esto es lo que propone David Flórez en este artículo, Librando guerras mediante intermediarios: cine, guerra fría y memoria. Estudiar tres documentales sobre este periodo, dos recientes, uno estrictamente coetáneo a los hechos, para revelar la abyección moral de ese tiempo, del cual algunos fuimos testigos, pero todos somos hijos. Y también para señalar cómo la memoria y su compañero el olvido, modifican, deterioran y deforman una realidad que quizás no existió más que en la mente de sus participantes, pero que es necesario, mantener, limpiar y restaurar. Aunque solo sea para que no continúen engañándonos.

 

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Número seis
Nuestro tiempo
Imágenes: Juan Jiménez García

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Literaturas

Dag Solstad. La vida insignificante, por Óscar Brox

Novela once, obra dieciocho, de Dag Solstad (Lengua de trapo) Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo | por Óscar Brox

Dag Solstad | Novela once, obra dieciocho

A menudo pensamos en el sentido de la vida como si se tratase de un manual de instrucciones, pocas veces como algo que fabricamos con nuestras acciones. Quizá es que no nos fiamos demasiado de nuestros instintos o, ciertamente, necesitamos investir de relevancia cada decisión tomada. Y, sin embargo, cuánto nos cuesta aceptar que, a veces, las cosas, y la realidad que las envuelve, son simplemente insignificantes; que también hay un poco de belleza y verdad en los aspectos más banales de nuestras costumbres y, quién sabe, tal vez no hay otro horizonte más allá de esos gestos cotidianos tan aburridos. Novela once, obra dieciocho, de Dag Solstad, toma algunas de estas sensaciones como punto de partida. El tedio, el fracaso personal y el trato que nos damos a nosotros mismos conforman el escenario de su obra, el largo monólogo de un hombre insignificante en busca de sentido.

Bjørn Hansen no es un tipo listo, sí acomodado. Tras su divorcio, tras perseguir a otra mujer, cambia su vida en Oslo por un puesto de trabajo como recaudador en una localidad noruega. Sin embargo, las cosas funcionan igual. La misma cantidad de amigos, idéntica proporción de estímulos sociales, similar falta de definición en los objetivos vitales. Sin darse cuenta, Bjørn quiere más de lo que puede conseguir. Con su grupo de teatro representa anualmente una función popular, una comedia de bajos vuelos para arrancar las sonrisas del público. Así año tras año. Y está bien, piensan Bjørn y Solstad, pero tal vez estaría mejor cambiar las pretensiones, pasar de la comedia a Henrik Ibsen. Porque Ibsen es otra cosa, más densa y profunda, que refleja unas preocupaciones superlativas frente a ese estilo de vida monótono. Un autor que exige a sus criaturas, que les proporciona otro horizonte desde el que pensar sus problemas.

Dag Solstad se pregunta si a menudo no buscamos ese mismo objetivo: una vida densa, otro horizonte desde el que pensar los problemas. No en vano, quien se conforma con las minucias, con poca cosa, es que tiene un porvenir insignificante. Eso no cala, hombre; de ahí no hay mucho que exprimir. Por eso su Bjørn parece un mal corredor de fondo, siempre atrapado por el corto alcance de su realidad, un fracasado que no sabe cómo fracasar. Abandona a su mujer y su hijo, abandona a su nueva pareja, cambia la comodidad de su piso por otro algo más modesto. Pero todo sigue igual, como en una secuencia de acontecimientos que repite su dinámica diaria.

Probablemente gastamos demasiada energía cada vez que pensamos en los demás, cuando creemos que podemos meternos en su cabeza y advertir de qué manera nos juzgan. En una sociedad donde el reproche tiene más peso que la virtud, no es de extrañar que de una forma o de otra nos proyectemos en los demás. Bjørn Hansen no deja de hacerlo, y Solstad lo anota en sus páginas con un gesto tan, a ratos, cruel como compasivo. Lo hace cuando recibe a su hijo en casa y siente que aquel le percibe más como un casero que como un padre, sin ese matiz cariñoso en sus relaciones; lo hace cuando evalúa a sus escasas amistades; y lo hace, en fin, cuando atiende a sus propios problemas, tan pequeños y tan poco importantes que adquieren una dimensión descomunal. Porque, sí, no hay peor enemigo, no hay herida más abierta, que la falta de motivos, que el desapego con el que nos movemos por una sociedad con la que no mantenemos deudas.

Novela once, obra dieciocho se enrolla alrededor de cada descripción de su personaje, se atornilla en cada palabra y cada gesto de indiferencia. Como sucede con Thomas Bernhard, Solstad se asoma a la vida de un individuo cuyas tribulaciones nunca parecen agotarse, como en un interminable intercambio de golpes consigo mismo y con la sociedad que lo cobija. Porque la Noruega que dibuja su autor es un país apático y bobalicón, acomodado y unidimensional, encantado en su insignificancia y preocupado por problemas imaginarios. De ahí que la brutal manera de combatirlo sea, precisamente, crear un problema imaginario que nos saque de esa vida anónima a la que nos entregamos dócilmente.

Cansado de su insatisfacción, Bjørn simula haber sufrido un accidente a consecuencia del cual ha quedado en silla de ruedas. Hecha la farsa, hecha la trampa. El soborno que ha pagado por el silencio del médico solo le sirve para permanecer atrapado en su mentira, en ese nuevo horizonte de pobre hombre maduro al que toda la gente mira con la ternura hacia un desvalido. Ya no hay lugar para el milagro, solo para la conmiseración. Solstad refleja la decisión de su personaje desde el humor más sombrío, producto de ese fracaso que no queremos asumir: el de no aceptar que la vida puede ser insignificante y no hay más sentido que el puro instinto para continuarla. Sí, ahora la realidad se ve desde otra perspectiva, pero nada ha dejado de ser igual. El hijo de Bjørn sigue siendo un amargado que no sabe tratarle como padre, sus amigos unas buenas personas sin capacidad autrocrítica, y el público sigue riendo las graciosas obras del teatro popular. Y quizá es que simplemente todo eso debe ser así, banal y a veces también bello. Quizá ahí radica la gravedad de las cosas, su sentido último y esa especie de frustración al no ser capaz de aprehenderlo. Como esos problemas cuya respuesta, tan obvia, nos negamos a aceptar. Daríamos cualquier cosa por creerla más profunda, menos insignificante. Como si necesitáramos investir de relevancia cada decisión tomada en un mundo que siempre elige la comedia en lugar de a Ibsen. La vida, con todos sus matices, en lugar del simulacro.

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Literaturas

Chantal Maillard. Entre muros, por Francisca Pageo

Contra el arte y otras imposturas, de Chantal Maillard (Pre-Textos) | por Francisca Pageo

Chantal Maillard | Contra el arte y otras imposturas

Pese a su controvertido título y lo que podemos esperar de este, Contra el arte y otras imposturas, editado por Pre-Textos, reúne, además de textos sobre su lado más estético y artístico, conferencias y ensayos de Chantal Maillard sobre la India y Oriente, ninguno de los cuales nos deja indiferentes. La escritora y poeta nos invita a entrar en mundos que, aunque no conocemos bien del todo, nos enseña a entender y descubrir las posibilidades de sus culturas, tanto las occidentales como las orientales. Así, el libro nos pone ante situaciones algo límite que no estamos acostumbrados a ver. Maillard arremete contra el arte (aunque puede que no sea así), pues nos enfrenta a él y a las diversas culturas orientales de una manera objetiva, viendo qué es lo que falla en nuestro entendimiento cuando nos disponemos a leer, observar o estudiar.

Maillard escribe sobre las maneras que tiene el artista de expresarse y realizarse, así como también sobre la concepción que se tiene del arte y sus recovecos. Se pregunta a sí misma, conforme escribe, y a la vez hace que nos preguntemos: ¿dónde se encuentra el arte? ¿De qué manera se enfrenta el artista con sus obras y con su estatus ante el mundo? ¿De qué manera el artista es capaz de llevar su trabajo a la catarsis haciendo uso de su liberación? ¿Controlamos de manera abierta y sincera lo que el arte nos ofrece? La autora nos explica y nos adentra en las decisiones que el artista toma por sí mismo y de lo que la sociedad espera de él.

Siguiendo el libro, Maillard recorre los diversos muros que construimos en la cultura, y también las culturas más variopintas de las que existen en el mundo, especialmente de la India, de la que es ferviente estudiosa. La obra nos ofrece una visión espacial y vital de lo que entendemos por Dios, mística y metafísica en un entorno sobre el que podemos, si así lo queremos, poblar. Nos enfrenta a esas paredes que elevamos y no somos capaces de destruir, si no fuera por la visión que el artista en sí nos puede dar. Para Maillard, si bien el artista se adentra en el vacío para sacar de él el todo, la cultura India también nos indica en su vertiente metafísica que la Nada es el todo y el Todo es el vacío. Así, la autora es capaz de relacionar al artista con el místico y con ciertas tradiciones budistas, en donde se logra ir más allá de la unidad, de manera que se limitan el pensamiento y el sentimiento hasta lo que podemos llegar a entender y comprender, añadiendo a lo que también podemos llegar como cierta disolución lógica.

La autora nos conduce hasta el hombre teórico, quien elabora cadenas causales y expone frente al hombre práctico, que hace la realidad a la imagen procedente de la razón. Pero no nos limitemos. Maillard llega a un punto en el que el arte y la ciencia se unifican (como bien sabemos que pasa con el hombre renacentista e ilustrado). La cultura forma hilos, hilos inconclusos que nos llevan de un lado hacia otro, zigzagueando entre lo que creemos y lo que hallamos en la realidad observada. Por ello, hace hincapié en la enseñanza, en lo que la educación transfiere a los estudiantes, en el límite del qué, cómo y por qué enseñar. Enseñamos, pero a la vez construimos muros que nos impiden ver cómo el academicismo gana terreno, frente a lo sentido y único que se tiene en cierto orden metafísico. Aunque más bien, y en general, se tiene y experimenta de un modo vivencial.

Para Maillard, la creencia se convierte en privilegio, y esta vivifica lo que el hombre puede llegar a ser en su totalidad, sin dejar de lado lo enseñado. Así, escribe: «El horizonte es el límite de lo que abarca la mirada, y así era la frontera para el viajero: el límite de lo propio, esto es, de lo que ya se anduvo, la promesa por venir del trayecto». Volvemos a viajar, de un lado a otro, como el artista a la hora de realizar lo que nos llega en su obra. Observamos lo que el círculo fronterizo entre culturas puede llegar a disipar, si volvemos al concepto de ver lo múltiple en el ser humano per se.

En su libro, Maillard nos muestra todo lo que la cultura india es capaz de ofrecernos. Ellos otorgan importancia al sonido, dan valor a lo subjetivo en lo que objetivamente nosotros podríamos denominar caos. Para ellos, el caos va unido a un ir y venir en grupo sin dejar de lado su individualización. La cultura aquí va unida a un hacer y deshacer propio que iniciamos cuando nos enfocamos en y frente a ella, unida tanto desde su politeísmo hasta la importancia de las Diosas y la mujer, más la simbología y la visión erótica de esta tradición. Para Maillard, el modo de ver oriental es similar a la visión que tiene el artista o la de quien se adentra en el arte, para eliminar lo superfluo y ganar terreno en el sentimiento, la calidez y las enseñanzas, que son capaces de crear en nosotros el ir más allá de los muros y diques creados por la humanidad.

De este modo, el libro ya no sólo nos muestra la manera de ver de Maillard respecto a todos estos términos, sino que también nos acerca de un modo más empírico, a lo que ella misma ha vivido a lo largo de estos años, entre la India y Occidente. Así, Contra el arte y otras imposturas se convierte en un mano a mano entre el arte y otras culturas para hacernos ver que todo puede explicarse y, de este modo, relacionarse.

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