Cartas desde el manicomio, de Dario Džamonja (Sajalín) Traducción de Marc Casals | por Gema Monlleó

Dario Džamonja | Cartas desde el manicomio

“Escribía silencios, noches, anotaba lo inexpresable. 
Fijaba vértigos.”
Una temporada en el infierno, Arthur Rimbaud  

¿Relatos, cartas, poemas? ¿Autoficción, autobiografía, ficción pura? Es difícil escoger una etiqueta para Cartas desde el manicomio, el último libro de Dario Džamonja (Sarajevo, 1955-2001), escritor al que el adjetivo de maldito se le queda pequeño. Es difícil también, en este caso, leer los textos de este libro sin tener en cuenta las circunstancias vitales del autor, ya que estas impregnan cada una de sus palabras. 

Contexto: ¿quién era Dario Džamonja? En palabras de Marc Casals, traductor y prologuista, “un maldito nostálgico de Sarajevo” que se exilió a Estados Unidos durante la guerra de Bosnia y que con la pérdida de su ciudad perdió también sus referentes. Con una infancia marcada por suicidios familiares, abocado al lumpen, se introdujo en los círculos bohemios y literarios de la ciudad y encontró en la escritura el lugar desde el que narrarse. Profundamente inspirado por cuentistas consagrados (Fante, Carver, Hemingway, Gógol, Chéjov, Shólojov) puso su literatura al servicio de su ciudad, convirtiendo sus relatos en espejos del Sarajevo de una época (calles, barrios, bares). Tras sufrir graves heridas por el estallido de una bomba durante la guerra, Daco se trasladó a Estados Unidos con su mujer y su hija con la esperanza (vana) de recuperar la paz vital y cierta calma matrimonial. Ni lo uno ni lo otro, la precariedad laboral y la bebida lastraron sus años estadounidenses y regresó a Sarajevo donde encontró una ciudad que ya no era la suya. Escritura y alcoholismo fueron sus ejes vitales, tal vez ambos como asidero escapista. Murió de cirrosis a los 46 años agrandando su leyenda tanto en la literatura yugoslava como en la mitología de su ciudad. 

Con estos mimbres, ¿puede haber un personaje mejor para los relatos de Džamonja que él mismo?  

Desarraigo, soledad, nostalgia, alcohol, y cierta locura abrazándose a la inmadurez y al peterpanismo. Todo ello está en estas Cartas desde el manicomio, escritas en la época que pasó refugiado en Estados Unidos y tras su regreso a su añorada ciudad. Las cartas, los relatos, los poemas (porque muchos de esos textos los he leído como poemas narrativos), son el espejo de la infelicidad (“tristeza turbia”) del autor aderezados con un ácido sentido del humor sin lugar a dudas salvífico.  

El personaje Džamonja se debate entre el bukowskismo y la inconformidad beat. De Hank hereda no sólo el alcoholismo (“me he bebido el equivalente al lago Michigan en alcohol”) sino también un abanico de trabajos diversos (cocinero, paleta, bedel de un manicomio -de ahí el título-, o cortador de espinas para las rosas de San Valentín -por favor, ¡que alguien le escriba un relato o poema homenaje bajo esta bandera!-) y de los beats, además de la identificación literal (“beat” significa abatido, con toda la polisemia de la palabra), el nomadismo (en su caso no querido), el rechazo a unos valores (que previamente le habían rechazado a él), y su evidente contraculturalidad. Sus textos rozan en muchas ocasiones el nihilismo (“mañana será otra vez el mismo día: no me traerá nada”), basculan entre la confesión y el deseo de expiación (“todas las decisiones que he tomado en la vida me han llenado de remordimiento”), se abandonan a su querencia por las malas decisiones (“porque sé que ya estoy borracho y hoy tampoco iré a ver a mi niña”), y retratan el paternalismo social americano que aplaca las conciencias (“al principio los yanquis nos cuidaron: todo lo que antes habrían tirado a la basura nos lo encasquetaban”).  

La guerra de Bosnia es la radio que se escucha de fondo en los relatos, está sin estar, es la presencia invisible y también en muchos casos innombrable (“eso”, “el tema”…), es el origen y la conclusión, el estallido de una no-vida en la vida (“¿Cuándo fue que mi vida, hasta entonces más o menos despreocupada, se convirtió en una pesadilla? ¿Cuándo se redujo a un simple perdurar, a la existencia muda de un animal o incluso una planta?”), la disección última en una emocionalidad maltrecha. La guerra es también la imposibilidad de los encuentros (escalofriante el relato Un puente llamado deseo), la cara de la muerte en los amigos que no emigraron y la pérdida de todos los valores (“y entonces caímos en una cloaca de odio, prejuicios, brutalidad y delirio religioso”). 

La guerra expulsa a Džamonja de Sarajevo y cuando regresa no le deja volver porque el regreso ya no es a aquel lugar ni el que regresa es quien se fue (“ahora ya no estoy seguro de existir y ni siquiera de haber existido”). La guerra y el exilio lastran vida y escritura (“quizás no consigo escribir, pero de leer no me he olvidado”) y la literatura, familia putativa, cobijo, se le revela insuficiente (como evidencia la insatisfacción de Daco tras recitar un poema en Dodgeville: “Sé que ha sido una poesía muy bien interpretada. Pero… ¿y la vida? ¿Y la vida?”).  

Cartas desde el manicomio es “el libro del desasosiego” de Džamonja (“se hace de día y me arrastro calle abajo como un perro sarnoso, de vuelta a mi soledad segura e insoportable”), textos que son la herida permanentemente abierta del no-lugar desde la hostilidad del entorno. Relatos, cartas, poemas (insisto, algunos textos por más que estén escritos “en líneas corridas” son narrativa poética, a la manera de Rimbaud, a la manera de los versos bolañianos) para rezar y ofrecer a un dios que nunca es magnánimo, que va robándole la vida a sus siervos, a Daco, de a poquito (“No gritaba por haber perdido el dinero, que me importaba una mierda; sino porque de nuevo, por enésima vez, esa chispita de esperanza, que despuntaba en mi interior había sido aplastada”).  

Empática con los malditos y los perdedores, termino la lectura y la reseña con los Indexi de fondo (el grupo de rock sarajevita favorito de Džamonja), agradeciendo a la literatura que esta sí sea un lugar-hogar-refugio para obras que a partir del filtro de la vivencia personal devienen mitología de culto universal. 

“Intento curarme. Sin éxito. Llevo ya cinco años fuera de Sarajevo y, si me hubiese pasado la vida entera chutándome heroína, a estas alturas ya me habría quitado. Pero de Sarajevo no puedo, ni aunque me maten. A veces creo que ya no la llevo dentro, que me he librado de ella, pero basta cualquier nimiedad para que vuelva a agitarse en mi interior. Entonces me vuelvo loco de deseo por… por… por… ni yo mismo sabría explicarlo.” 

Coda: Milomir Kovačević, fotógrafo, es el autor de la imagen de la cubierta del libro. La obra de Kovačević (bosnio, exiliado en París) establece un díptico con los textos de Džamonja, cronistas ambos de un mundo (su mundo) en descomposición. 


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