Los viejos creyentes, de Vasili Peskov (Impedimenta) Traducción de Marta Sánchez Nieves | por Francisca Pageo

Vasili Peskov | Los viejos creyentes

Los viejos creyentes tienen sus raíces en los tiempos de Pedro el Grande, quien debido a la gran purga que realizó hizo que estas personas huyeran con su religión tan particular allá donde otros humanos no llegaran, más allá de los ríos, los bosques y las montañas. Es menester esconderse del mundo. Es necesario que lo mundano no los ataña, los necesite. Y así, el grupo de anacoretas, de viejos creyentes, la familia de los Lipkovy vivieron sin saber nada de él durante 45 años, en un lugar apartado de toda vida humana de la Taiga rusa. Pero ellos no lo sabían, ni siquiera pudieron pensarlo: un grupo de geólogos los descubriría y su vida cambiaría pese a sus creencias, pese a todo.

En la familia de los Lypkovy quedaban pocos miembros cuando los geólogos los descubrieron, más bien rápido, la familia fue disminuyendo y sería Agafia, la más joven, quien resistiría todo. Con mucha resistencia, se dejaron ayudar por los geólogos y aceptaron cosas a las que en un principio pusieron mucha resistencia: víveres, ropa, botas para aquel lugar tan perdido y a la vez tan pedregoso. Esta familia vivía con un pequeño huerto, con los árboles frutales del bosque que los rodeaba y con un río en el que poder ir a cazar algún pez de vez en cuando; pero esto solo cuando lo veían necesario, pues los Lypkovy no comían carne. Contaron a los geólogos su historia, que podemos ver aquí narrada, contaron cómo aprendían a leer y a escribir, con los antiguos escritos sagrados que tenían, contaron cómo vivían y cómo se las apañaban en sus largos inviernos, que duraban hasta más de 6 ó 7 meses. Los geólogos aportaron lo que los Lypkovy necesitaban en cada momento, pese a que ellos rehusaban a ello. ¡La sal! Habían vivido sin sal toda su vida. ¡Animales domésticos y con los que subsistir! Nunca los habían tenido. Poco a poco, empezaron a tener gatos, a tener cabras, a comer animales. E, incluso Agafia visitaría la ciudad. ¿Cómo no sonreír cuando visita el supermercado?

“Las personas son el producto del medio en el que han crecido, como dice el refrán: cada uno donde ha nacido y útil es cada pájaro a su nido”, leeremos en el libro. Es obvio que estas personas, al nacer allí, no querían otra vida fuera de él, y vivieron hasta su final en las montañas, en los bosques. Con Los viejos creyentes asistimos a una historia de resistencia, de amor por la vida, de supervivencia y fe. Pese a todos los inconvenientes, los Lypkovy vivieron lo que querían vivir, pero tampoco conocían otra cosa. Una se pregunta qué habría pasado con ellos si no los hubieran descubierto. Posiblemente habrían seguido viviendo su vida tal y como la vivían, posiblemente Agafia no hubiese descubierto cosas que también la hacían feliz, pero era su vida. Los viejos creyentes es la valiosa vida de unas personas que vivieron conforme a sus creencias, sin importar nada más. Estamos ante un libro esencial de esa historias que suceden en los márgenes, a pesar de todos y de todo. Una familia que nosotros también deberíamos descubrir, de la que podemos aprender y de la que podemos apreciar y preguntarnos qué es lo que rige nuestra vida aquí en las ciudades, pues nos hacen ver que otras vidas son posibles, a pesar de que no sean tan fáciles como las nuestras.

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