Ratas de Montsouris, de Léo Malet (Asteroide) Traducción de Luisa Feliu | por Juan Jiménez García

Léo Malet | Ratas de Montsouris

Los caprichos de la edición (o del destino) han hecho que nuestro reencuentro con el detective Nestor Burma haya sido muchos años después de su primera aparición en papel. Si Calle de la estación, 120 estaba escrita en 1943 (escrita y ambientada durante la ocupación alemana), el siguiente libro en castellano es de doce años después, 1955, y muchas cosas han pasado desde entonces. Ratas de Montsouris pertenece no solo a otro tiempo, sino a otro proyecto. Si bien el detective no había dejado de aparecer durante unos años, tras un prolongado parón a principios de los cincuenta, Malet lo retoma en forma de ambiciosa saga: se trata de dedicar una novela a cada uno de los veinte distritos de París. Estos Nouveaux Mystères (homenaje a aquellos Mystères de Eugène Sue) se quedarán en quince entregas, lo cual no es nada despreciable si tenemos en cuenta que las entregó en el corto periodo de cinco años.

Ratas de Monsouris sería la correspondiente al distrito XIV, en el sur, y en todo caso nos devuelve a nuestro Burma ya instalado en París, en su agencia Fiat Lux y con la adorable Hélène, su secretaria. Burma se encuentra con un viejo conocido de su paso por el Stalag, Ferrand, un delincuente como otro cualquiera, que le ofrece un asunto totalmente legal, un asunto que no llegará a conocer porque el otro sufre un percance fatal en su habitación de un edificio en estado de catástrofe. Entre las confesiones a su camarada, Ferrand le contará que forma parte de las Ratas, un grupo dedicado a aligerar las casas de los demás (con especial fijación por los sótanos). Por otro lado, un viejo juez, especializado en su día en pedir que corten cabezas, como la reina del país de las maravillas, de Alicia, le llama para encargarle un caso: alguien quiere sobornarle. Y ese alguien se llama Ferrand. Todos juntos más una mujer joven y misteriosa, la mujer del viejo juez, formarán un extraño puzle en el que las piezas parecen llamadas a encajar pero no encajan.

Pero para eso está, claro, Burma, esa especie de detective aventurero, nada llamado a la inacción, puro movimiento. De acá para allá, sin descanso y sin dejar de encontrarse con todas las piezas del rompecabezas, irá atravesando todo el barrio y dejando esa mezcla de humor, gusto por las mujeres, pensamiento rápido (él no es Sherlock Holmes, no está para deducir cosas de minucias) y puño aún más rápido. Con el no hay lugar para el aburrimiento seguramente porque él no se aburre nunca. Con el contrapunto de Hélène, alma mucho más sensible (y despistada) que él, su espíritu anárquico le llevará a dar pocas explicaciones, cuando no mentir, una de sus aficiones favoritas.

Léo Malet está igual de cerca de la novela policiaca o de detectives que de la novela de aventuras e incluso de las de misterio. Tampoco es que esté muy lejos de aquel realismo poético francés a lo Prévert, tan aficionado a los claroscuros y a los blancos y negros intensos. Burma es un detective anclado en las calles, un nuevo paseante de París, que piensa que uno debe estar allí dónde están las cosas y la gente que tienen algo que decir, o que esconder. Tirar de los hilos que van a apareciendo y buscar aquellos otros hilos que llevan a las personas a moverse de un modo y no de otro. Nestor Burma pertenece a un tiempo ya desaparecido para siempre, un tiempo, que en términos cinematográficos sería pre-nouvelle vague, un tiempo para el descaro y la acción, para el vaso de vino y la geografía, para el humor y la magia. Otro tiempo.

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