Diario de un viejo loco, de Junichiro Tanizaki (Satori) Traducción de Ana Megumi Pias Suzuki | por Juan Jiménez García

Junichiro Tanizaki | Diario de un viejo loco

¿Dónde nos habíamos quedado? Ah, sí. El último libro que había publicado de Junichiro Tanizaki Satori, había sido Arenas movedizas, una historia de sometimiento y sumisión (escribía entonces… y extendía estos términos a buena parte de la obra del escritor japonés). Y si nos vamos tan solo un libro más atrás, a las penúltimas cosas, estaba también El amor de un idiota (y yo, de nuevo, escribía entonces:  el deseo y el mal, la perversidad, las relaciones fatales, las mujeres aún más fatales, el masoquismo, de pensamiento y obra). Si me cito a mí mismo, si vuelvo hacia atrás, es por la certeza de que estamos ante un todo, el conjunto de una obra, de unos temas que atraviesan a sus protagonistas, que saltan de un libro a otro y que, siguiendo el prólogo a esta edición de Diario de un viejo loco, no están muy alejados del propio escritor, hasta el punto de que este último podría contener más de un apunte autobiográfico. Lo cierto es que fue su última novela, y que él mismo ya era un viejo, loco o no. Y allí iban a parar de nuevo todas aquellas obsesiones, a ese personaje obsesionado.

El señor Utsugi pasa sus últimos años entre dolores, medicinas de todo tipo y una atracción fatal por su nuera, que vive, junto con su hijo Jokichi, en la mansión familiar. Satsuko (ese es el hombre ella) es una joven caprichosa que antes había sido bailarina, y que sabe jugar perfectamente sus cartas con ese suegro cuyos deseos son siempre más amplios que sus posibilidades (pero no por ello renuncia a nada). Él está dispuesto a satisfacer todos esos caprichos, aun en contra de su propia mujer e hijas, siempre con el pensamiento puesto en alguna posterior satisfacción. El señor Utsugi, a decir de sus médicos, padece de unos deseos sexuales desproporcionados. Él, por su parte, lleno de achaques, con una enfermera al lado suyo permanentemente, se conforma con pequeños avances y siento una poco velada satisfacción en las humillaciones de Satsuko, que no deja de darle alguna migaja que el saborea con poco disimulada satisfacción. Así pasa los días, pasa la vida, piensa en el placer, piensa en la muerte, sufre sus dolores, planea próximos acercamientos y futuras sumisiones. Si físicamente se trata de una sucesión de dolores y medicamentos, en su cabeza dan vueltas parecidas cosas, solo que alrededor de algo superior a todo lo demás, también a sí mismo: el deseo.

Estamos en 1961 y ni que decir tiene que Tanizaki, una vez más, era decididamente moderno en sus temas (aunque hay que decir que la modernidad, hoy en día, puede que esté muy lejos, para peor, del escritor). Como si fuera redoblando sus apuestas (o descubriendo sus cartas y poniéndose decididamente él delante, sin personajes interpuestos) trasladar a la vejez temas que no dejan de ser consustanciales a su obra, redoblan su provocación. Es difícil ver aquí la humillación de otras novelas: es una relación de sumisión, un juego consentido, pese al abismo de la edad y la relación familiar. El señor Utsugi le da igual todo porque entiende que solo se debe a él. Y en esa derrota aparente frente a Satsuko, él gana, dado que está dispuesto a darlo todo por encontrar un solo instante de ese gozo, entre todo ese dolor. En su aparente locura (la locura como una percepción de los demás) él es el único cuerdo, desde el momento que solo responde a sus razones. Y con él está Tanizaki, en una novela llena de humor, alegría de vivir, y medicamentos, sin juicios ni prejuicios.

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