La buena vida o la serenidad ante el horror, de Fred Wander (Pre-Textos) Traducción de Richard Gross | por Juan Jiménez García

Fred Wander | La buena vida

La serenidad ante el horror… Vivir. Vivir tras el Holocausto, vivir tras la experiencia de los campos de exterminio, tras ese grado cero del ser humano, ese descenso al abismo, ese ir hasta dónde pensábamos que nada existía, que no podía existir. Un más allá, un infierno en la tierra. Las memorias de Fred Wander, que huyendo del nazismo acabó en sus manos con la colaboración de esa Francia olvidadiza, y que, evitando volver a aquella Austria de ecos bernhardianos, acaba en la República Democrática Alemana, con todas sus contradicciones y esperanzas defraudadas. Vivir, sobrevivir. Wander podría haber escrito un libro sobre su experiencia como judío, pero, tras algunas páginas, pocas, prefiere hablar de lo que sucedió después. Del regreso al mundo de los vivos y como todo lo pasado se quedó ahí, siempre ahí. Como allí se quedaron sus padres y su hermana. Pero hay que seguir, como una elección más. Cita a Gorki: es un hombre de aquellos que están siempre en camino, sin llegar a ninguna parte. Y ahí, en esas palabras, queda encerrado el sentido de todos los años que llegarán y que son estas memorias. Vivir significa comenzar de nuevo una y otra vez, de la forma más sencilla, dice.

En La buena vida está contenido, en buena medida, el fracaso de la civilización que supuso el siglo veinte. No sólo ese comienzo de guerras y barbarie, sino todo lo que llegó después, aquello que se vino en llamar la guerra fría y que en realidad escondía temas más complicados que Wander afronta con esa serenidad del subtítulo. El horror no fueron solo los campos de exterminio, sino también esa Europa de la que venían (una Europa civilizada, una Alemania cuna de tantas cosas) y aquella otra que surgió después, en la que todo sobrevivió, también el nazismo, y los muertos quedaron detrás, lejos, siempre lejos. El escritor austriaco se marcha de su país con el Anschluss, la anexión consentida de Austria por la Alemania nazi. Sabe que nada hay de forzado en ello y decide marcharse a Francia, pero la cosa no será fácil. Francia, ese país inexpugnable, es ridículamente frágil, abrazado a una gloria pasada que no tarda en convertirse en la inmundicia de Vichy y un colaboracionismo demasiado evidente que el mutismo impuesto durante años sobre el tema, solo convertía en un ruido ensordecedor. Wander acabará en el campo francés de Drancy y de ahí a Auschwitz, como tantos otros, hasta ser liberado en Buchenwald.

Regresa a Austria y busca ganarse la vida como periodista y reportero, pero hay algo que le inquieta desde el primer momento, y es esa sensación (a menudo certeza) de que nada ha cambiado y el nazismo sigue ahí. Porque el nazismo no fue excrecencia, sino algo perfectamente orgánico que conectaba con el sentir de una población a la que la destrucción, infligida y recibida, no había cambiado en exceso. La amenaza del comunismo (a cuyo partido se había afiliado) contribuye a limpiar conciencias y aquellos antiguos nazis no tardan en volver a ocupar posiciones de poder, con el beneplácito de todos. Wander acaba por marcharse a la RDA, donde sus libros tienen un cierto éxito (al menos le permiten vivir) junto con su mujer, Maxie, con la que compartirá una vida nada fácil (que incluye la desafortunadamente muerte de una hija), atravesada por las contradicciones de la Historia.

Pero entonces, ¿qué es esa buena vida del título? Para Wander, la vida reducida al mínimo común denominador, que en realidad es el máximo. Tras sobrevivir al horror, tras ver como todo cambiaba para seguir igual, tras experimentar las derrotas del comunismo, tras la certeza de que aquello no hacía mejor las derrotas del capitalismo, quedaba algo, una fina línea que seguir. Maxie, sus hijos, la escritura, los reportajes, aquellos lugares que recorrieron, los amigos. Todo eso que parece poco y sin embargo es todo. Tal vez todo, en un mundo de derrotas, de grandes y pequeñas pérdidas.

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