El diablo en las colinas, de Cesare Pavese (Stirner) Traducción de Víctor Olcina | por Juan Jiménez García

Cesare Pavese | El diablo en las colinas

El azar de los encuentros ha querido que Pavese estuviera presente menos de lo deseado pero si lo suficiente como para permitirme seguir, ligeramente, el curso de su escritura. La lectura de Antes de que cante el gallo, su relectura, el deseo de otras lecturas, ha marcado mi última relación con él, una relación que viene muy de lejos, desde, cómo no podía ser de otro modo, los escarceos juveniles con El oficio de vivir (y digo escarceos, porque se quedaron en intentos, asustado por las consecuencias que el libro podía tener en mi). El caso es que fue uno de esos autores que pude haber leído de principio a fin y no hice, y ahora, años después, descubro. Y como pienso que cada autor tiene su momento y que ese momento es personal y raramente transferible, todo está bien. Stirner publicando El diablo en las colinas, me ha devuelto precisamente ahí, a las colinas donde me quedé y donde se quedó aquella casa pavesiana que recogía todos los anhelos y esperanzas, claro está, defraudados (digo claro está porque ese es el movimiento permanente, autodestructivo, del turinés). Este libro es anterior al otro, y los dos se suceden.

Es interesante la relación que establece El diablo en las colinas con La casa en las colinas. Los dos fueron escritos el mismo año, el cuarenta y ocho. En La casa en las colinas encontramos una intensidad de la escritura palabra por palabra, línea a línea, párrafo a párrafo. Está la guerra. No es un asunto del diablo, que se ha instalado en casa, sino que el infierno está por todas partes. En esta, esa misma guerra está lejos y nos encontramos con unos jóvenes descubriendo otro mundo, no con alguien que ve desaparecer el suyo, y también la escritura se acomoda a ello, toma aire, respira, lejos de aquellos miedos. Formando un tríptico con el Bello verano y Entre mujeres solas, El diablo en las colinas cuenta la historia de tres muchachos en un verano que va hacia su final. Hay en ellos una idealización de la vida en el campo, en contraposición a aquella en la ciudad, una necesaria vuelta a lo primitivo, entendido lo primitivo como algo real, tangible, lleno de colores, de olores, de sabores. Algo querido al escritor. El deseo de un mundo al que no puede pertenecer, aunque a veces parezca estar ahí, tan próximo. No se puede pertenecer porque siempre hay algo que nos aleja de él, que nos lanza de nuevo a nuestras vidas, las de siempre, otras.

En esa búsqueda están cuando se encuentran con Poli, hijo de papá, en Turín. Un turbio acontecimiento con su amante acaba en el suicidio de ella. Y todo parece quedar ahí, como un momento desafortunado. Pero un día, en aquel retiro idílico, vuelven a encontrarse con él. Vive en una casa propia en lo alto de la colina con su mujer, Gabriella. Con ella mantiene una compleja relación y con ella intenta recuperarse de aquella muerte. Pasaran los días con ellos, alejados de ese mundo campesino que deseaban alcanzable, en su combate contra el aburrimiento, esa vida de inútiles. Una vida de inútiles que ahora, allá reproducirán, junto con las visitas ocasionales de otros vitelloni. Una sola frase de Poli resume este sentido (o sinsentido de la vida): vivir es fácil cuando uno sabe liberarse de las ilusiones. Ese Poli al que el propio Pavese conoció (y ahí, de nuevo, su vida se confunde con su obra).

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