Prit Pärn | Hotel E

Había interrumpido mi viaje por la animación y sus complejas relaciones con el poder político en una fecha muy determinada, el final de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, a pesar de su carácter de cisura histórica, esa fecha sólo supuso el fin de las hostilidades y la violencia en Europa occidental. En otras regiones del mundo la guerra y la destrucción continuaron durante largos años, fuera en forma de toma violenta del poder, posteriores purgas, deportaciones de población, guerras civiles o insurrecciones anticoloniales. De hecho se podría decir que la Segunda Guerra Mundial no terminó hasta 1975, cuando finalizó la larga guerra de Vietnam, ya que su chispa había prendido en 1945, año en que el ocupante japonés elimina todo resto de administración francesa en la Indochina ocupada, creando así un vacío de poder que permitió la ascensión del Viet-Minh y su líder Ho Chi Min.

Sin embargo, aparte de estos unfinished business, lo que caracterizó al mundo durante cuatro largas décadas fue el enfrentamiento, similar al de los dos cowboys que se observan en la calle mayor de un pueblo del oeste antes de desenfundar, entre las dos superpotencias ganadoras de la Segunda Guerra Mundial: los EEUU y la URSS. Si ese enfrentamiento no llegó a un conflicto abierto, sino que derivó en impasse sin salida, fue debido primero al agotamiento de los antiguos aliados tras el conflicto con Alemania y Japón, continuado luego por la presencia de la bomba por antonomasia, artefacto militar que, en cantidades suficientes, bastaba para convertir toda victoria militar en derrota para el vencedor.

La segunda mitad del siglo XX se convirtió así en una larga partida de ajedrez donde cada contrincante buscaba minar la posición del adversario, pero sin amenazar directamente sus piezas principales. La idea era evitar una situación de crisis irreversible que causase ese ataque nuclear definitivo que diera término a la partida, mientras que al mismo tiempo se confiaba que eliminando suficientes peones y piezas secundarias, el enemigo acabase por hundirse por sí solo. Así, sin necesidad de guerra ni sufrimiento, el vencedor tendría vía libre para establecer su sistema político sobre el resto de la humanidad, que por esa misma razón acabaría viéndolo como el único justo, posible y humano. Así ocurrió, como saben, pero por error fatal de uno de los jugadores, la URSS, que creyó poder hacer realidad los ideales que propugnaba y propagaba, pero terminó siendo arrastrado por las esperanzas incontenibles e irrenunciables que estos suscitaron.

¿Y la animación? En este contexto de combate ideológico, esta forma cinematográfica siguió siendo utilizada como arma política, tal y como lo fue en la Segunda Guerra Mundial, ma non troppo. En realidad, frente a la exuberancia del periodo bélico, las primeras décadas de la posguerra son un tiempo de contracción para la animación, tanto por verse afectada por la desmovilización bélica, como por ser definitivamente encasillada como forma menor. En los EEUU, la animación queda restringida a los grandes estudios, principalmente la Disney y la Warner, que van a continuar manufacturando las mismas consabidas fórmulas que conocemos como el estilo Disney y el Warner, respectivamente. Será sólo en 1950 con la irrupción de la UPA (United Productions of America) cuando se produzca una renovación, abriendo la puerta a la utilización en la animación de los logros de las vanguardias artísticas europeas.

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Número siete
Bande à part
Imágenes: Juan Jiménez García

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