La ópera de los caricatos, de Raúl Cortés (Pepitas) | por Juan Jiménez García

Raúl Cortés | La ópera de los caricatos

Los últimos días de la humanidad, los últimos días de la humanidad… En realidad, desde que Karl Kraus pusiera este nombre a aquella obra suya, e incluso antes, mucho antes, tal vez desde siempre, hemos estado viviendo los últimos días de la humanidad. Ahora mismo nos parece estar en ellos, y mañana, también. Dentro de un año, lo mismo. De cien, de mil. Hasta que una vez entre todas estas sea cierto; pero no, esto no se acaba nunca, si es que consideramos que la humanidad no se acabó hace ya mucho, mucho tiempo. Karl Kraus escribió su obra para ser representada durante trece jornadas y en Marte. Marte parece estar más cerca, pero dedicarle trece jornadas a ver una obra de teatro… Entonces hizo una versión más corta, para que pudiera ser representada, pero esta sigue siendo irrepresentable, ahora por una cuestión de medios. Raúl Cortés hizo una versión aún más breve, mucho más breve, siguiendo el hilo, y esta ya es más que posible, pero me da que no, aun no. Lo más gracioso de todo, si es que nos podemos reír de estas cosas, es que el escritor austriaco escribió sobre la Primera Guerra Mundial, de la que ya hace lo suyo se conmemoró el centenario, pero sigue vigente. Como siguen vigentes obras sobre la Alemania de Weimar o el ascenso del nazismo o el surgimiento de los fascismos o hasta el mismo soldado Švejk. En resumen, como sigue vigente la estupidez humana. Porque la humanidad puede estar viviendo su otoño, quizás invierno, pero la estupidez está siempre como en sus primeros días, joven y radiante. 

La ópera de los caricatos es, pues, una obra escrita al hilo de la de Karl Kraus. Recoge ecos de escenas y espíritu. Al recoger el espíritu, se trae la época. Al traerse la época, tratándose de teatro, es inevitable encontrarse con Bertolt Brecht, ya en el título. Madre Coraje, esa mujer ruin que los espectadores hicieron entrañable, sigue vendiendo y especulando por ahí y, de cuando en cuando, buscando a su hijo, el último que le queda. Tenemos periodistas vendidos, tenemos militares a muchos kilómetros del frente, un jefe de estado incapaz ya no de ordenar sus pensamientos, sino sus frases, patriotas (pero a ratos) y no faltan camareros. No, no estoy hablando del ahora, sino el Imperio Austrohúngaro y Alemania, que, como reza otro de los títulos de Raúl Cortés, solo les faltaba caer. La Historia, con esa hache mayúscula para no confundirla con nuestras nimiedades, es una sucesión de desastres, como si se tratara de un telediario. 

El teatro de Raúl Cortés podría encontrarse en los propios títulos de sus obras: desaliento, pureza, carnaval de sombras. En las tapas de sus libros, se habla de un Manifiesto del teatro de la decepción. Con esos pocos términos, podemos encontrar la riqueza de sus planteamientos. Pero también en los lugares en los que discurren. En Contadoras de garbanzos, es el circo, ese circo terminal, final del mundo. Desde La Zaranda (una compañía que es un ascendente en su obra), desde Los que ríen los últimos, no puedo dejar de ver el circo como ese lugar en el que, allí sí y en definitiva, la humanidad, lo humano, vive sus últimos días. La repetición, la espera, la necesidad de marcharse. La crueldad, también la crueldad. Un teatro pobre para acercarse a la gente aún más pobre. En No es la lluvia, es el viento…, tercera obra de la Trilogía de la decepción, encontramos precisamente eso, espera, esperanza y decepción. Pero ni tan siquiera la decepción de Roma, que espera a las grullas y al hombre que la sacará de ese pozo sin fondo, sino la de la existencia. No, no había entonces, muchas razones para reírse. La oscuridad (un elemento importante en esa primera dramaturgia), cuando se presenta, es más evidente que la luz, más justa, más real. No he visto representadas las obras de Raúl Cortés. Cristo se paró en Éboli, y Valencia está algo más allá de Éboli. A veces pienso que en ninguna parte y, como los oasis, somos el espejismo de otros o aquello que uno encuentra cuando se pierde. Entonces, todo lo que escribo es desde su literatura dramática, desde pequeños fragmentos dispersos de grabaciones y desde la intuición. El teatro está en otra parte, que le pertenece. En sus primeras obras, como dice Eusebio Calonge en el prólogo de la Trilogía, Raúl Cortés se asomaba a lo más hondo, ahí era donde habían caído sus personajes y de donde salían sus palabras y decepciones. Desde el fondo, desde las profundidades. 

En Los satisfechos, un cura que igual no es cura ni nada, y otros dos muertos de hambre más (que eso sí que lo son todos) reflexionan sobre comerse un plato de sangre frita, con ajo y aceite… y tomate, que ha aparecido vete a saber de dónde. Beckett no está lejos y Godot está tan lejos como estaba, es decir, muy muy lejos o en ninguna parte. En el epílogo de Eugenio Barba, este escribe sobre aquello que ha constituido su aprendizaje: disidencia, resistencia y exilio. Ahí está buena parte del teatro que me interesa, que me conmueve. Pensamos en el exilio como algo exterior, abandonar países, pero está ese exilio interior que es precisamente disidencia y resistencia, una consecuencia de estos actos. Ahí está este teatro, La Zaranda, Tadeusz Kantor, Samuel Beckett, tantos (pero tan pocos) nombres instalados en ese curso de otro tiempo que discurre paralelo y evita las líneas rectas, pero también los atajos. En Muerte, resurrección y muerte y La mujer barbuda (que forman el Retablo Incompleto de la Pureza). Lo monstruoso se hace visible en lo físico para mostrar la crueldad, que es uno de los pilares de la construcción de eso que hemos llamado, paradójicamente, humanidad. Cuando la liberación es el paso de un circo, es que el fin del mundo está cercano. Donde antes estaba la libertad, ahora está el pasado de armarios cerrados hace tiempo, de ropas apolilladas, de insectos acudiendo a luces deslavazadas. 

Decía: está la literatura dramática y luego está el teatro. El teatro es aquello que le da vida, que entrega el texto a los actores, que añade a esa palabra el gesto, que construye el misterio, arropa el silencio. En la literatura dramática de Raúl Cortés, encontramos también la poesía en los espacios vacíos. Sus acotaciones van más allá de la mera indicación. Es el dialogo del creador con sus criaturas, del escritor con sus palabras, del hombre con el tiempo y los seres. Habitar los silencios. Aquello que no podrá estar en el teatro, en la representación, sino como sensaciones, como soplo de aire, como aliento.  

En las dos obras de Viejo carnaval de sombras, Los brazos contra el cielo y Solo queda caer, hay un paso sustancial. La desesperación, el desaliento, producen una reacción crítica, a través de una mayor presencia de un humor con voluntad de agitación. En la primera, una revuelta y una gallina robada son representaciones del poder, de su confusión y una forma más de despeñarse por los barrancos de la Historia, en su acepción pequeñita. Una hache no mayúscula pero tampoco minúscula. Esos instantes que están en medio de la nada, como lo estaba los personajes de Cuarteles de invierno, de Osvaldo Soriano. Cuando crees que no estás en ninguna parte, que nadie se acuerda de ti, que eres lo último entre las últimas cosas, el curso de los días te alcanza y te convierte en cenizas. Solo queda caer, podría ser la versión amable, risible, de todo esto aplicada al mundo de la cultura. Tres personajes son propuestos para el mismo puesto de dirección cultural, eso sí, vestidos de faralaes, penitente y torero (esto ya no hace tanta gracia aquí, en estos días), incluyendo una demostración práctica de cómo hay que tratar a los titiriteros, que eso, lo somos todos en este mundo (inframundo). Vuelvo a La Zaranda y como en su teatro también surgió desde hace unos años una preocupación en la que va permeando la realidad de nuestros días, como permeará también en La ópera de los caricatos, aunque su referencia, como decía, esté cien años atrás (o adelante). El teatro pobre va dejando lugar al pobre teatro, pobre destino. El tiempo de los enanos por el tiempo de los bufones. Se me dirá: igual es lo mismo, pero los enanos escapan de su condición de monstruos, de seres al margen de la sociedad, para revelar la desnudez de emperadores y no emperadores. No es que la miseria deje paso al humor, sino que esta busca nuevas formas de mostrarse, de hacerse ver, de ser presencia, pero, sobre todo, de incomodar, en la insensibilidad del ahora. 

Ahí está La ópera de los caricatos. El bufón, ese (otra vez) Švejk, que nos confronta a la absurdidad de lo absoluto. A la connivencia de los poderosos, la ignorancia de las clases que se creen medias, los falsos mensajes, las falsas realidades, la fatalidad de esta rueda que nos hacen mover, girar, la imposibilidad del círculo, la muerte por la muerte, ese alimentar la maquinaria de triturar hombres. Ahora nos hemos vuelvo más sofisticados, no sé quién lo decía. El capitalismo ya no necesita de guerras. Sometidos todos a sus dictados, gobernados por cosas que ni comprendemos ni elegimos, ciegos, sordos, mudos, como esos tres monitos, solo pocas cosas nos pueden dar, qué menos, la sensación de ser libres, libres al menos de espíritu. Mirar la maquinaria que nos mueve desde sus engranajes, mostrar un mundo en descomposición, como lo mostraban los cuadros y grabados de Georg Grosz. Karl Kraus como ahora Raúl Cortés. Decir esto es así y no de otro modo; el bufón salta, tintinean los cascabeles, señala la estupidez, que carcome los pilares sobre los que se sostiene el mundo. Carcome, devora a grandes bocados. Recuerdo a Dario Fo. Otro gran bufón. Recuerdo, sí, muchas cosas. Que vuelven, vuelven con la lectura de la obra. Sí, mirad, ahí está todo. Tal vez más sombras que pureza. El mismo desaliento.  

Obras de Raúl Cortés:
Trilogía del desaliento (Llaüt & Sensenom, 2010)
Los satisfechos ((Llaüt & Sensenom, 2013)
Retablo Incompleto de la Pureza (Pepitas & Llaüt, 2015)
Viejo carnaval de sombras (Hiru & Llaüt, 2019)
La ópera de los caricatos (Pepitas, 2024) 

 


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.