Verraco, de Pinckney Benedict (Dirty Works) Traducción de Javier Lucini | por Óscar Brox

Pinckney Benedict | Verraco

Un lenguaje manejado como un arma. Podría ser una buena descripción para los relatos de Pinckney Benedict. Y eso que en sus historias abundan las armas, desde la tajamata de Kenny en Verraco, el cuchillo de filetear con el que Brunty mata a Paxco nada más comenzar Foso o esa pala de cavar que terminará con el zahorí en el relato homónimo. Violencia y defensa. Protección frente a un mundo que, como esa naturaleza indómita que rodea a los personajes, no deja de desbordarse. De superarlos. De exigir esa pizca de energía a unas vidas completamente agotadas. En Verraco, por ejemplo, un cerdo Duroc se convierte, casi, en la versión porcina de Moby Dick. A lo largo de unas escasas veinte páginas de puro músculo narrativo, Benedict nos sumerge en una epopeya en la que la caza de Booze, una criatura más mitológica que real, dibuja la decadencia de una vida de granja ahogada, como el mundo alrededor, por el paso del tiempo. Auténtica basura, como la que Tobe Fogus utiliza para alimentar a sus gorrinos. Como la perspectiva que se derrama de unas vidas, de unas personas, incapaces de dejar de hacerse daño.

Pinckney Benedict publicó su primera colección de historias con apenas 22 años, con el recuerdo todavía fresco de su vida de granjero y la experiencia de una educación en el internado aún intacta. Y eso es algo que se deja notar en los relatos de varias maneras: gran parte de sus personajes son infantiles o acaban, como aquel que dice, de pisar el terreno de la vida adulta; el hogar, por muy precario y terrible que sea, siempre es el marco de referencia; y luego está ese instinto, de supervivencia o de otra cosa, que es el que desata en la mayoría de ocasiones la violencia. En Zahorí, por ejemplo, no parece del todo claro qué impulsa a su protagonista a terminar a paladas con el indigente que le ha prometido encontrar agua en su finca: puede ser el temor al extraño -el padre de familia defendiendo lo suyo-, la afrenta por haber sido engañado o, simplemente, la realidad que arroja ese secarral. Por mucho que lo intentes, de ahí no va a salir ni una gota de agua. Es el fatum. Y, pese a todo, las criaturas de Benedict nunca dejan de intentarlo, ya sea encontrar agua o evitar a los sicarios de Paxco en Foso, otro ejemplo de la escritura de su autor: pocas páginas, una huida frenética que se inicia, prácticamente, en el primer párrafo y la sensación de observar un tren que inevitablemente descarrilará… pero que no dejamos de leer casi saltando entre líneas. A la misma velocidad con la que Brunty busca refugio en su caza al hombre.

En Verraco hay relatos de acción e historias que giran hacia un cierto costumbrismo del interior de Norteamérica. La fresquera Sutton, por ejemplo, podría ser un primer análisis de la lucha de clases en la América más deprimida; Hackberry, en cambio, un estudio más que robusto de la imposibilidad de mantener un hogar, siempre asfixiado por una violencia, por una dependencia, por la necesidad. Cigarrillos, el último relato, tiene más de un detalle brillante: su protagonista, otro crío, descubre en el transcurso de su bajada al pueblo que ha perdido el sentimiento de hogar. O, mejor dicho, que ya no puede soportar la imagen de su hogar que divisa allá en lo alto. Es la clase de cuento en el que concurren muchos factores -la naturaleza abriéndose paso, los matones adolescentes amedrentando al personaje principal-, pero en el que lo importante es ese proceso de reducción al absurdo de su protagonista, que termina el relato desnudo, casi inerme, con la convicción de que después del pequeño viaje hasta la tienda lo ha perdido todo, empezando por la poca inocencia que le quedase.

Los personajes de Benedict parece que no se cansan de luchar, entre ellos mismos o contra esa abstracción a la que llaman destino. Poco importa, en realidad, se trata del mecanismo preferido por el escritor para revelarlos en sus páginas. Para descubrírnoslos. Para compartir con nosotros ese pedazo de terruño, de sangre y de mierda fresca, que lleva oliendo desde la infancia y necesita trasladar como sea a la hoja en blanco. Un mundo en declive, pero menudo mundo. Unos personajes consumidos -algunos, como la mujer de Fogus, devorados por los cerdos-, pero aún así preparados para la última embestida. Nada mejor que esa imagen de Kenny en Verraco, frente a frente con el viejo marrano, preparado para hundirle la tajamata hasta que escuche su último aliento. Ese es el espíritu. Esa, también, la grandeza de un autor mostrándonos lo excepcional de su mundo.


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