Al filo de la razón, de Miroslav Krleža (Xórdica) Traducción de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek | por Juan Jiménez García

Miroslav Krleža | Al filo de la razón

Entonces leí a Miroslav Krleža. Y ahora, tras Al filo de la razón, uno siente la absoluta necesidad de leer toda su obra. En España, Minúscula editó ya en su momento El retorno de Filip Latinovicz, pero aquel 2007 queda muy lejano. En el mundo editorial es como si hubieran pasado los siglos. Ahora Xórdica nos da una nueva oportunidad con una de sus obras mayores, tal vez la mayor, y ahí está el escritor croata, deslumbrante, hasta el último aliento. Una escritura abrasadora, que nos deja exhaustos y que, en lo terrible que plantea, en ese absurdo en el que se mueve (desde Kafka a Kundera), no podemos más que experimentar una cierta felicidad, porque tampoco renuncia al humor, una ironía demoledora sobre una sociedad que salía de la Primera Guerra Mundial con poco aprendido. Nada, en realidad. Caen las naciones, caen los imperios, pero sobreviven los idiotas y la estupidez humana. Organismos indestructibles, que parecen adherirse entre sí en caso de necesidad, formando una masa irreductible. Bien sea por una cuestión de supervivencia o de servilidad.

El protagonista de Al filo de la razón es abogado. Una noche, en una cena organizada por su jefe, el director general Domaćinski, mientras este se jacta una vez más de haber matado a cinco campesinos en un trágico incidente (que él considera justo y apropiado), no puede evitar echarle en cara, delante de todos los invitados, su repulsa moral, provocando su furia y dando comienzo a una pesadilla que asume con no poca dignidad. Excesiva, a juicio de sus conciudadanos. Porque lo único que espera de él es un arrepentimiento sincero. Una sinceridad que es ajena a la realidad de los hechos, y es que Domaćinski es un turbio personaje sobre el que no hay que hacerse excesivas preguntas ni mucho menos rascar su superficie, a riesgo de dar con la basura y la vergüenza ajena. Así, nuestro protagonista es abandonado por su mujer, declarado oficialmente cornudo e incluso más que dudoso padre de sus tres hijas, sin trabajo y denunciado por calumnias, nada de lo cual parece preocuparle mucho. Y ese es el peor de sus crímenes. La indiferencia. Una indiferencia que ese mismo provincialismo logrará resquebrajar, lanzándolo gloriosamente a un precipicio. Pero ni en la caída le dejarán tranquilo.

Al filo de la razón se convierte en un río desbordado que arrasa todo a su paso, en esa ciudad de provincia y a través de los juicios y pensamientos de su protagonista sin nombre, mientras que este, a su vez, es arrasado por los actos de todo tipo de personajes pequeños, miserables y estúpidos. O grandes, poderosos pero igualmente estúpidos. Porque la novela de Miroslav Krleža no deja de ser eso, un tratado sobre la estupidez humana y su servilidad. Un brutal recorrido, una pequeña historia, de la degradación, incluido el recuerdo de esa guerra que acaba de terminar y que también se nos muestra en toda su crudeza, en todo su absurdo, digno de un Švejk fatigado y derrotado, con poca gana de bromas. Sí, nos reímos, como las novelas de Kafka eran comedias, según su propio autor. Pero cómo no sentir esa inquietud, que va más allá de épocas y acontecimientos…

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