Quebrada, de Mariana Travacio (Las afueras) | por Gema Monlleó

Mariana Travacio | Quebrada

He aquí un western. O una tragedia griega. He aquí una novela que oscila entre la sequía y las tormentas, entre la calma de la nada y la agitación de los hechos cuando se encadenan, entre la soledad familiar y las familias “demasía”, entre la aceptación del destino y la rebelión por convencimiento o imposición. Entre la muerte en la vida y la vida de los muertos.

Primera parte: el baile.

Lina y Relicario. Relicario y Lina. Y el hermano de Lina. Y el hijo de Relicario y Lina, Tala. 

La rebelión de Lina ante la pobreza, la aridez, la sequía, la soledad, la nada. Lina sólo tiene a su marido Relicario. Pero Lina se ahoga. Lina se ahoga en un mundo en el que ya no hay nada. Lina está seca, tan seca como la tierra que la sostiene. Lina quiere agua, quiere arroyo, río y mar. Lina quiere irse. 

Relicario quiere quedarse. Relicario honra a sus muertos. Relicario no concibe una vida en un lugar alejado de los suyos y le pesan más los/sus muertos que los/sus vivos, que la/su viva: Lina. Aunque, tal vez, Lina comenzó a morir cuando su hijo, Tala, se fue con su hermano a la selva (entiéndase selva como contrario de aridez) y nunca regresó.

“Porque acá nada crece ni casi animales hay. En eso tiene razón Lina. Nada hay acá. Salvo estas montañas que parecen recién estrenadas de tan filosas, y esos cuises que vemos pasar a la carretera, como si los persiguiera el demonio y nuestras pocas cabras, que andan rebuscando lo que pueden entre los yuyos duros que tenemos. Pero acá están nuestros muertos.”

Y Lina se va.

Y Relicario espera por si regresa. Y Lina no regresa. Y Relicario carga con sus muertos más cercanos (carga con ellos, literal), padre y madre, y va tras ella. Va tras el agua. Tras el arroyo, el río, el mar.

Toda la primera parte de la novela es un cruce de capítulos-fragmento desde la voz de ellos. De Lina y de Relicario. De Relicario y Lina.

Toda la primera parte es un baile en el que no se encuentran. Un baile sobre la tierra seca, un baile sobre el desierto, un baile con dos interlocutores externos: Feliciano, el arriero, y Jumento, el burro. Feliciano: que acompañará a Lina a la tierra fértil, al agua no del mar sino del cielo, al otro lado de la llanura, allí donde la naturaleza también será extrema por exuberante en contraposición. Y Jumento: el burro Jumento, el que acompaña a Relicario, el que carga, carreta mediante, con madre y padre –desenterrados, acomodados en un cajón nuevo-, el que adivina el camino con su intuición, Jumento “buen burro, me dieron. Muy escuchador. Y muy perseverante.”

Por el camino, road-western, las cabreras, los niños enjaulados, los desconfiados y los buenos samaritanos. Personajes-visagra que facilitan el paso de una escena a otra.

Hasta que Lina encuentra el paisaje, el verde, el agua, el cielo, la lluvia. Hasta que Lina se detiene y se retiene. Hasta que Lina toma un descanso antes de seguir hasta el mar. Hasta que Lina conoce a los Loprete. 

“Doña Ofelia tuvo nueve hijos. La mitad le salieron sanos y la otra mitad le salieron malos. A los que le salieron malos los llaman los Furia. Se fueron enloqueciendo, uno por uno, a medida que cumplían los catorce años, como si estuvieran predestinados.”

Los Loprete. Los Loprete de Como si existiese el perdón, la anterior novela de Travacio. 

Y es entonces cuando el foco se amplía. Es entonces cuando ya no estamos leyendo sólo una novela, sino dos. Estamos aquí, en el momento presente, en Quebrada. Pero recordamos Como si existiese el perdón. O no. No sabemos nada de ella y decidimos que iremos a ella (vayan, se lo recomiendo, vayan).

Y aquí, en la llanura, el mundo es otro. Ya no hay silencio, ni austeridad, ni soledad, ni aridez. Ya no hay días eternos para pensar en una huida de un mundo que no se soporta. “Se me amontonaban los días, allá, todos iguales, pero acá se llenan de novedades y todo urge y me voy a dormir con la cabeza enmarañada.” Aquí hay trabajo, cansancio, palabras, meteorología en danza constante, y gente, mucha gente. La familia, los peones, la bruja Iris (“Esa mujer tenía algo en los ojos. Eran ojos de mirar muy adentro.”), los del pueblo. Aquí, en la tierra fértil, pasan cosas. Aquí hay posibilidades.

Aquí hay reencuentros. 

Segunda parte: el monólogo. 

El yo que habla ya no es el de Lina y Relicario, el de Relicario y Lina. El yo que habla es alguien de fuera (Rulfino). Alguien de fuera de la familia pero que narra la historia desde dentro. El yo que habla es otro yo doliente porque al poner voz a la tragedia pone voz a su tragedia. A todas las tragedias que convergen en Quebrada.

“Acá las familias se arman y desarman a capricho del viento, con la misma facilidad con que el cielo se compone o descompone con nuestras tormentas. Se habla mucho, acá, pro se dice poco.”

Las tragedias. Las tragedias y los muertos. Los muertos enterrados. Los muertos enterrados y desenterrados y secuestrados y rescatados. Los muertos con sus historias pasadas, los muertos como sombra determinista de  historias futuras, de tragedias futuras. Y el precio. El precio de los secretos, el precio del silencio ante todo lo que todos callan y todos saben, el alto precio del pasado como peso que se posa y oprime un poco más y un poco más y un poco más (“y acá los grillos aturden, pero los perros no ladran”).

Lina, Relicario, Tala, Ramos, Hermelinda, Anselmo, los Sosa, los Loprete. Demasiada vida. Demasiada muerte.

Penúltima página: “Me llamo Rulfino Romano y no es verdad que yo me quemara por el afán de acercarme a la luz de esas llamas; me quemé, y me acuerdo bien, porque ese fuego se estaba tragando a mi padre y yo quise salvarlo.”

Inicio de Pedro Páramo: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera”.

Rulfino. Rulfo. Evocación y homenaje. No sólo en este párrafo, también en la novela. No sólo en la novela, también en la portada. “Nada de esto es un sueño. Arrieros en un camino”, la fotografía de Juan Rulfo que la ilustra. 

Quebrada, tierra quebrada. 

Lectora quebrada por la historia.

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