Illa Devon, de Anna Albaladejo (Sala Carme Teatre, del 10 al 20 de febrero)  | por Óscar Brox

Antes de que empiece la obra, en lo que vendría a ser el calentamiento, los cuerpos de los actores se amontonan en un rincón del escenario. Con apenas un hilo de luz, casi en penumbra, escuchamos sus voces. El canto filtrado a través de un embudo. La creación de una atmósfera, de un espacio y unos personajes. En lo que tarda en arrancar la pieza descubrimos a un hombre sin recursos tapado por una manta en mitad de la nada, a dos miembros del personal sanitario que lo atienden entre ráfagas de linternas y a una muchacha que, casi sin darse cuenta, observa lo rápido que se resquebraja su realidad cuando se da de bruces con los muros del psiquiátrico. Angustia. Soledad. Vacío. Pocas palabras más frágiles para acompañar ese sentimiento de no pertenecer a un lugar. De no tener otro horizonte más que el que proyectan los barrotes de la ventana de la habitación.

En Illa Devon, las transiciones, más que sucederse, se precipitan. Nos recuerdan ese hilo tan precario que conecta a Esther, la protagonista, con el mundo; mejor dicho, con un mundo. Con el anhelo de alcanzarlo, de volver a poseerlo. De regresar, como si lo que viésemos fuese a un fantasma que va recuperando progresivamente su carne y sus huesos. Junto a su equipo artístico, Anna Albaladejo lleva a cabo un minucioso trabajo para trasladarnos una sensación desamparo que fluctúa, según el momento, entre el delirio, la fantasía y el dolor. A todos sus personajes se les ha privado de voz, se les ha excluido de la realidad, de modo que nos topamos con ellos en un espacio que podría ser el de un sueño. El de los recuerdos exagerados por una sobredosis de melancolía, de medicación o de miedo. O de tristeza. Y por eso no resulta sorprendente que arrope de esa manera a sus criaturas, que las proteja y les proporcione un espacio para explorar sus intimidades.

La exploración del deseo y la intimidad, que abanderaban las dos piezas anteriores de Albaladejo, tiene en esta última algún que otro punto de contacto. No solo porque su protagonista, ella misma un cuerpo transparente para una sociedad marcada por la indiferencia, expone sus interioridades al espectador, sino porque la propia obra se interroga sobre cómo darles forma. Cómo hacer un discurso con una identidad descompuesta por tantos factores externos (la sociedad, la clínica, la familia, etc.). Y en verdad resulta muy interesante observar cómo directora y equipo utilizan prácticamente cualquier herramienta escénica para dar cuerpo a toda esa incertidumbre. Cómo habitan el espacio, sus luces y sus oscuridades, cómo construyen muros con escaleras metálicas y alambradas con luces proyectadas sobre la pared, cómo traman fugas imposibles y dibujan imágenes de gran belleza. Por ejemplo, la de esa Esther ya anciana que visita las ruinas del hospital mientras deja que la memoria reviva con sus pasos cada uno de los episodios que la han acompañado durante su vida. O ese camino trazado con sal que serpentea el escenario como un jeroglífico, un dibujo o el mapa de calor de un cuerpo, de una persona, que tiene en el movimiento continuo, de aquí para allá, la única forma de reclamar su existencia frente al mundo.

Es este un teatro pequeño, pero estupendamente trabajado. Los personajes vienen y van con la textura del sueño o el delirio, con patrones repetitivos y gestos que sirven como ancla, que los convierten más en un lugar que en una persona. En una frontera o en un espacio dentro del escenario. Hay, también, un interés por mostrar, por entender y dignificar a unas figuras que no cuentan para nadie. Que se mueven en otra frecuencia, la misma que sintoniza Anna Albaladejo a partir del trabajo corporal de sus actores, exprimiendo cada pedazo de ellos en busca de un sentimiento. De pertenencia. De intimidad. De propiedad. ¿De qué? De saber que sus personajes pueden recuperar sus vidas o, si acaso, dejar que fluyan por ese otro canal que los acerca misteriosamente hacia la isla Devon. Sueño de libertad, de reacción y de amor por una vida que no les dejan vivir.

Illa Devon es, como el recientemente publicado Nueve nombres de María Huertas, un libro que habla de la enfermedad mental y de una comunidad silenciosa. Que construye la palabra a través de las herramientas del teatro y la escenifica entre los aullidos de sus actores y los recuerdos que cruzan a toda velocidad el escenario. Que palpitan. Que gritan. Con el ansia de que llegue ese momento en el que volver a percibir que están vivos. Su obra es algo así como una historia de fantasmas, en efecto, sin cadenas ni sábanas, pero es justo señalar que cuanto más la pensamos más se sienten los muros invisibles que impiden a sus protagonistas reivindicar eso que a priori debería ser tan fácil: su derecho a una existencia emocional. Sus vidas. Sus interioridades. Ellos mismos. Cuerpos transparentes en el más oscuro de los escenarios.

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