Conversaciones con Luis Buñuel (Confluencias) | por Juan Jiménez García

Luis Buñuel | Conversaciones con Luis Buñuel

Sobre Luis Buñuel se ha escrito mucho. Y hablado. Y él también habló y hasta escribió de sí mismo. Hemos querido ver al hombre detrás de cada película del director de cine, por mucho que insistiera una y otra vez en que no era así. Como si su obra fuera una invitación a psicoanalizarle y todos nosotros, cualquiera, psicoanalistas aficionados. Se ha intentado desentrañar cada símbolo, buscarle un significado a cada imagen. Y él, una y otra vez, ha tenido que decir que no, que nunca quiso decir nada. Pocas figuras han necesitado tanto contarse en contraposición a todos los que querían contarle. Por eso la oportunidad que nos da ahora Confluencias de acercarnos a una selección de sus entrevistas, es todo un acontecimiento.

La selección abarca varios años y multiplicidad de épocas. Para un cineasta como Buñuel, es un detalle importante, dado que los periodos en su cine se sucedían con no pocas diferencias aunque estuviera siempre él para atravesar esas épocas como un hilo conductor. De España no recuerda mucho y su vida empieza en Francia, con sus entrecruzamientos con el surrealismo, que nunca abandonó como actitud, pero que tampoco acabó de abrazar con mucho entusiasmo como movimiento. Aunque les aportara sus obras cinematográficas más conseguidas, con el tiempo acabó abofeteando a Dali, del mismo modo que pensaba que el Breton de los años veinte hubiera abofeteado al Breton de los años cincuenta. El cine de vanguardia no tenía nada que aportar al cine comercial y en realidad no llevaba a ningún sitio, acabando en su propia representación.

Para Buñuel, en todo caso, desde el principio tuvo claro que el cine era a su época lo que la construcción de catedrales a la Edad Media. Le daba a su tiempo las necesidades espirituales que su tiempo requería. El cine le interesaba como oficio pero no mucho como espectador y no deja de ser curioso que en tiempos de nuevas olas a él la película que realmente le interesó fuera Hiroshima mon amour, siendo Alain Resnais una figura tan solitaria como la suya. Tan propia.

Le horrorizaba definirse y, dada su sordera, tampoco era muy propenso a las entrevistas. Para contar ¿qué? Defender su cine de las interpretaciones, hablar de su época mexicana y todo aquel cine confuso y a veces conseguido, pensar en sus intentos frustrados pero poner por encima de todo una libertad, que aun adaptándose a las circunstancias, a las necesidades de todo tipo, tenía ese gesto insobornable. No hay una sola entrevista de las que se incluyen en las que no se respire esa necesidad primero de hacer cine, después de no significar nada, más tarde de vivir y seguir haciendo cine.

Y por si alguno tenía dudas entre el hombre y el director, como entre ser sádico o sadiano, está esa dulzura de niño (de niño amante de las armas de fuego) para contrarrestar a ese otro, provocador, destructivo. Un hombre que, después de todo, lejos de pretender la presencia constante, el halago empalagoso o una mal entendida inmortalidad, le confesaba a Derek Prouse, de Sight and Sound: «Quiero que me quemen y me arrojen a los cuatro vientos. Quiero desaparecer completamente, sin dejar rastro».

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