Fin de poema, de Juan Tallón (Alrevés) | por Óscar Brox

Juan Tallón | Fin de poema

Siempre he creído que en toda biografía hay una parte imaginada, unas páginas liberadas de las cadenas de la memoria que apuntan hacia los pequeños detalles, eso que llamaríamos lo infraordinario, como el lugar en el que se cultiva la auténtica vida del artista. Por eso me gusta que Echenoz le conceda más importancia a la manía de Ravel de no salir de casa sin comprobar que ha cerrado la llave del gas en vez empantanarse  narrando sus divergencias creativas con Toscanini. O la Fleur Jaeggy que escribe con lengua de hielo el frustrado viaje de Marcel Schwob en busca de la tumba de Robert Louis Stevenson. Es esa gama de matices la que permite captar una dimensión diferente en la vida de los biografiados, un lenguaje secreto. Los relámpagos creativos que se manifiestan en cualquier momento, casi por sorpresa, y que conforman el vasto paisaje en el que se enmarcan sus obras. La cuna que les proporciona un cobijo.

Fin de poema abarca los últimos momentos de cuatro figuras literarias unidas por el suicidio: Pavese, Pizarnik, Sexton y Ferrater. Su autor, Juan Tallón, escribe con la misma intención biográfica que en el caso de Echenoz; atento al detalle, a lo infraordinario, a la remembranza y a la manera de atravesar el mundo de esos autores. Conocemos a Pavese como si también él surgiese de las páginas de El bello verano, observando desde la ventana cómo se derriten las calles y con ellas su realidad. Su mundo. Un mundo que ya no vive en las palabras, tan solo en el silencio que perseguirá a Pavese hasta incrustarse en su interior. Como si se dejase absorber, con ese gesto de cansancio por los rostros que se han perdido en el tiempo, las voces que han dejado de sonar y los sentimientos que su corazón marchito ya no puede reanimar. Porque en el Pavese que describe Tallón todo parece transcurrir en el corazón, cada vez que Cesare intenta entrar en contacto con alguna de las mujeres de su pasado mientras siente el dolor ante un mundo cada vez más lejano. Una oquedad. Un silencio.

Tallón compone a Pavese desde sus escritos, que a menudo comparten espacio entre los párrafos, quizá para transmitir esa soledad que absorbe las palabras del autor de El oficio de vivir. Como si se tratase de una biografía con la boca cerrada, un retrato del confuso mapa sentimental que estallaba en su pecho. Con Pizarnik, en cambio, la escritura parece abordar desde la ternura sus últimos momentos. Perdida en su habitación tras recibir el alta del hospital donde ha estado ingresada, Alejandra siempre regresa a otro tiempo, a otro lugar y otra memoria. Al recuerdo de París, de sus primeros poemas, de la escritura de Cortázar, la poderosa impresión que le provocó Oliverio Girondo, la escasa tolerancia al alcohol de Octavio Paz y ese extraño sentimiento de felicidad que la vida todavía conjuraba. Como en Pavese, aquí Tallón apuntala el retrato con los versos, con las palabras que llenan los espacios vacíos. Pero el acercamiento es otro, menos hermético y más comprensivo. Con la oreja puesta para escuchar el viaje inmóvil de su protagonista en busca de aquellos pedacitos de memoria en los que sentirse cómoda; de aquellos lugares en los que su poesía encontraba tierra para cultivar palabras. Para cultivar recuerdos. Para vivir.

Es curioso, en este sentido, cómo con Anne Sexton parece suceder lo contrario: la poeta suicida americana no se deja asir, no nos permite leer lo que siente. Búsquenme en mis versos. Y es que Tallón no escatima pasajes para narrar lo infraordinario, las pequeñas vivencias sin importancia, la marca de tabaco que fumaba compulsivamente, el copazo de vodka o el tipo de coche que conducía Sexton. Pero definitivamente no puede ser narrador de su desgracia, no se reconoce en ese papel; tal vez sí en el de terapeuta. En la figura que atiende la última llamada, la que escucha su anécdota de aquel viaje que hizo con Sylvia Plath para ver la habitación en la que Emily Dickinson pasó la mayor parte de su vida. En el que ambas sellaron un pacto para suicidarse. Sexton es demasiado esquiva, como si hubiese pasado al otro lado del espejo. Y la sensación que proyecta su autor es similar a la de ese momento en el que, ante el primer brote, dejó de reconocer a su marido, su hija y su perro. La eterna desconocida. La poeta que se cansa de escribir. La mujer que se precipita con sus palabras al interior de su coche, como un animal que decide que ya ha sido suficiente, que basta de forcejear para liberar la pata atrapada en la trampa. Que, bien visto, quizá ese último momento antes del final sea el único en el que ha vuelto a sentirse con vida. En silencio. Ella.

Sin conocer el proceso de escritura de Fin de poema, uno tiene la sensación de que Tallón dibuja a Gabriel Ferrater como un amigo de la familia. No tanto porque se trate de un relato que busca en algunas anécdotas (como las del viaje a Túnez, la habitación donde se hospedaba o la biblioteca y el libro de Musil traducido al italiano) construir el perfil de Ferrater, porque eso realmente también lo hace con Pizarnik, sino porque se acerca desde una calidez, o una familiaridad, que por ejemplo no están en el relato de Pavese y su hermana. Como si Ferrater sí le permitiese hablar con esas palabras. De ahí, en parte, ese devastador sentimiento de humanidad que inunda hasta el gesto más diminuto. Ya sea la marca de alcohol, la noticia de la muerte de otro poeta en el más absoluto silencio o el andar titubeante de Ferrater hacia una vejez que huele, que transforma, que nos arrebata ese sentimiento de propiedad a la hora de fijar los límites por los que queremos conducir nuestras vidas.

Probablemente, lo más hermoso del libro es que cada retrato evoca o indaga en un concepto. Con Pavese está el silencio (cuántas veces sobrevuela ese sentimiento de que será la última vez que oiga la voz del otro, la suya propia, etc.), con Pizarnik la lentitud… Ese aspecto está muy perfilado en cada uno de ellos, al margen de que Tallón se haya preocupado por acercarse a sus respectivos imaginarios y arrancar cada relato como si se tratase de una extensión de aquellos. También la sensación de que estos artistas con obra preferirían haber sido bartlebys literarios. No en vano, Fin de poema comparte una reflexión de fondo sobre la dificultad de hallar un punto de encuentro, en el arte o en el proceso de una ficción literaria sobre unos hechos reales, que nos comunique con el interior, con el mundo, entre el arte y lo humano. O entre el arte y la soledad. Y es inevitable pensar que esa es la búsqueda que insufla el aliento necesario al libro de Tallón. El deseo de arrancar a sus criaturas de la soledad. Del silencio. De escribir un lugar en la literatura en el que puedan vivir.

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