El Bloque, de Jérôme Leroy (Hoja de Lata) Traducción de José Antonio Soriano Marco | por Gema Monlleó

Jérôme Leroy | El Bloque

“Es propio de la historia de la naturaleza humana que todo acto ejecutado, una vez e inscrito en los anales de la humanidad, siga siendo una posibilidad mucho después de que su actualización haya pasado a formar parte de la historia.” 

Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal, Hannah Arendt 

A veces sucede el milagro y un libro llega en el momento preciso. Este es el caso de El bloque, la novela del escritor de novela negra Jérôme Leroy (Ruan, 1964) que anticipa el ascenso de la ultraderecha al poder en Francia. Escrita en 2011 resulta escalofriante la profecía autocumplida que narra si miramos la situación política en Europa y si aplicamos una vista microscópica a la realidad española actual unas semanas antes de unas nuevas elecciones generales. No he podido evitar leer El bloque diciéndome constantemente “no, no, no…” ante el “libro de estilo político” que refleja, ante el repugnante savoir fare que temo pueda llegar a reconocer en nuestras instituciones: “Las instrucciones del Bloque son claras: nada de triunfalismo. Perfil bajo. Cogemos los ministerios. Ejeremos el poder. Nos hacemos respetables. Competencia. Estrategia del último recurso.” Un escalofrío recorre Europa y Hoja de Lata nos regala el microscopio para verlo en detalle. Gracias. 

La reseña. El libro. La ficción. Ahí voy.  

El Bloque Patriótico es un partido de extrema derecha al que le ha llegado el momento de tocar (y gestionar) el poder. Tras semanas de disturbios incontrolados por toda Francia el Bloque gestiona su entrada en el gobierno (de derechas, of course) de la nación. Es el momento de la limpieza y la primera mirada es hacia dentro. Después de años de “servicio ejemplar” como responsable del servicio de seguridad del partido, Stanko debe morir. Sabe demasiado, ha servido demasiado bien a los intereses del Bloque, ya no es necesario. El pulgar hacia abajo, la condena, le llega de parte de Antoine (más por omisión que por acción), su “hermano” y mentor, esposo de Agnès, la líder del partido que lleva a cabo las negociaciones para formar el gobierno. 

Stanko, el perseguido. Antoine, por vía interpuesta, el perseguidor.  

Las calles ardiendo en París, el telón de fondo.  

La noche de las negociaciones, el lapso temporal.  

El pasado rememorado por ambos, el hilo conductor.  

Y el cinismo, el “sinescrupulismo”, el maquillaje, las venganzas-plato-frío, la violencia per se… los aderezos que todo ello requiere. 

Antoine espera a Agnès en su ático de lujo en la rue La Boétie, guarda bolsitas de coca en un busto de Mussolini, bebe Absolut con limón, mira Chaîne Info en bucle hipnotizado por el contador de muertos en los disturbios que no deja de crecer (725, cuatro meses de lo que hoy ya parece una guerra civil: “en todo el país hay casi un alivio suicida”). Antoine, intelectualoide fallido, antiguo profesor, escritor de éxito en círculos adscritos a la extrema derecha y despreciado por “los voceros de la izquierda pijicultureta” (“¿cómo iba a escribir buenos libros un fascista?”), que prefiere la Nouvelle Vague y la comedia italiana a las películas de Leni Riefenstahl, y que está a punto de convertirse en Secretario de Estado. Antoine, corpulento y con “un halo de brutalidad”,el niño insomne al que diagnosticaron una capacidad potencial de gran violencia hacia los demás y hacia sí mismo, el buen alumno temido por la familia (“un monstruo que hacía trabajos impecables”), el nieto del comunista resistente torturado que abjuró del Partido convirtiéndose en un solitario, el joven autodenominado “fascista surrealista”, el que saciaba a su bestia interior violenta con el placer y el apaciguamiento del sexo. Antoine, cinismo, hastío y dandismo mal entendido, el que se hizo fascista “por el coño de una chica” y el que se considera a sí mismo “un Ulises sin Ítaca, fascinado únicamente por los riesgos del viaje”. 

Ella, la del coño que convirtió a Antoine en fascista (Leroy, tenemos una conversación pendiente sobre por qué detrás de los porqués más difíciles de defender siempre hay una mujer), es Agnès Dorgelles, hija del mítico dirigente ultraderechista fundador del partido (ex mercenario, guante negro que amaga una no-mano -cosas de la guerra, podría ser también tuerto…-, superviviente de varios ametrallamientos en su coche y explosivos en su rellano, carisma de último mohicano de occidente). Ella, Agnès Dorgelles (no Le Pen…), la lideresa del Bloque patriótico vía herencia genética, la cabeza visible de una extrema derecha que aspira a convertir Francia en la nueva Esparta: adiós moros, adiós negros, adiós judíos, hola nuevos ilotas, hola desposeídos. Agnès, la “que va a convertirse en la mujer más temida de Francia después de haber sido la más odiada”. 

Agnès, la mano que mece la cuna para la ejecución de Stanko sin importar que este sea el sosias de Antoine, su casi otro yo, su amigo, su más que hermano. Agnès, el vértice que desequilibra el triángulo a favor del Bloque. 

Y Stanko, el del físico imponente, el aura fría y las ondas de violencia reprimida que hacen temblar al adversario, el que “tenía exactamente el aspecto de lo que era. Un antiguo skinhead con un tenue, pero muy tenue, barniz de civilización para cubrir un salvajismo siempre al acecho”. Stanko, miembro del comando Excalibur (tatuaje en la cabeza incluido), bregado en las palizas a los redskins y los antifascistas, “comandante” que lanzaba a sus esbirros “como los helicópteros de Apocalypse Now” con música de rock identitario francés como banda sonora. Stanko, el que sintió derrumbarse su mundo, el que sobrevivió a una guerra (familiar, de extorsión y pobreza), el que sufrió la muerte (¿suicidio?) de un padre cuasi alcohólico en paro en plena crisis de la siderurgia, el que vio a su madre ceder a los embates sexuales del árabe que la contrató en un supermercado (“vi a mi madre dejándose follar en la trastienda, entre bolsas de pasta y paquetes de pastelillos de chocolate. Bizcochitos Pepito”), el que se vengó haciendo estallar los ojos del árabe con la presión de sus dedos (“le hundí los pulgares en los ojos con una facilidad sorprendente y una enorme y rabiosa alegría. Se los hundí hasta sentir que los globos oculares cedían bajo la presión y se convertían en una pasta blanduzca, tibia y sanguinolenta”).  

Stanko, el que se inició en la violencia de pequeño, primero sufriéndola y después ejerciéndola en una espiral a la que puso orden (que no fin) el Bloque. Porque el Bloque lo formó: sí, puedes ser violento pero ordenadamente; sí, puedes ser violento pero por el bien de nuestros intereses; sí, puedes ser violento mientras eso nos ayude. Pero ahora, en la noche de las verdades, en la de las máscaras caídas, en la que la derecha da la mano a la ultraderecha para que la ayude a tomar de nuevo el control de las calles (sic), ahora, hoy, mientras Antoine espera la llamada de Agnès para confirmarle que sí, que los diez ministerios ya son suyos, el Bloque espera de Stanko que este acepte la última misión y se deje cazar por sus compañeros. Stanko, el siempre mudo y siempre leal, es visto ahora como un peligro, un riesgo demasiado alto, y desde el último peldaño antes de alcanzar la gloria el Bloque, la cima del Bloque, le exige el sacrificio final: perinde ac cadáver (obediente como un cadáver). Y él lo sabe, porque siempre hay alguien que avisa, siempre hay filtraciones en todos los bloques por herméticos que sean, y empieza a despedirse del mundo desde flashbacks constantes a momentos de su ayer y antes de ayer mientras decide, en plena huida, cómo va a ser su final (“Esta noche lo pierdo todo. El Bloque. Antoine. El Viejo, Loux, Agnès. Los GPP. Por la mañana perderé la vida. Y todo estará dicho. Tanto mejor”). 

Y es que la muerte de Stanko es sólo una pequeña prenda no tanto para alcanzar un fin como para que no se malogre el fin mismo, para asegurar que tras la consecución de los diez ministerios no habrá nada que pueda manchar la reputación del partido. Una muerte para evitar que ningún dirigente de la derecha pueda presionar al Bloque y convertir esos diez ministerios en dos o tres: “y Agnès quiere diez. Con menos, su estrategia del último recurso corre el riesgo de fracasar, nos veremos superados, porque ya no tendremos la masa crítica. Y adiós a las próximas presidenciales”. La muerte de Stanko, la muerte de Isaac, el sacrificio de Antoine, el sacrificio de Abraham, la última y definitiva lavada de cara del partido antes de asentarse en el poder. Y es que este “pequeño” asalto a las instituciones es sólo el principio, es sólo el pie que afianzará una base sobre la que tomar impulso, porque el poder es demasiado goloso para conformarse solo con una parte y el Bloque aspira a todo, porque la población, esa población que les vota y aclama e idolatra, quiere que se revierta la caída al abismo de las (sus) nadas (nada de trabajo, nada de recursos sociales, nada de bienestar) y les va a seguir votando… Porque sus promesas son tentadoras, porque sólo tenemos que recordar el pasado y mirar la Europa de entreguerras…  

Porque la noche de la novela, la noche en la que los disturbios siguen y siguen y siguen es una noche más en un contexto de desesperación y desamparo. Una generación de ya-no-tan-jóvenes obligados a trabajar de becarios de por vida, una juventud en muchos casos políticamente analfabeta y sin esperanza revolucionaria, adultos que cabalgan de la miseria al paro, del paro a la explotación, de la explotación a la pérdida de puntos de referencia, espectros enganchados a los programas de televisión de la tarde, “los que ayudan a los viejos a morir y a las amas de casa a alcoholizarse”. Una sociedad marcada por el rencor y la angustia, por el odio y el miedo: “los chinos tenían miedo de los árabes, los árabes tenían miedo de los negros, los negros, de los turcos y los turcos, de los gitanos. Todos tenían miedo, todos sentían odio. En realidad, miedo y odio los unos hacia los otros”. La guerra de todos contra todos, el estallido de las revueltas de la pobreza y las insurrecciones del hambre, el caldo de cultivo ideal para la violencia de quien no teme perder ya nada más, para los disturbios. Disturbios a la manera francesa (esa que tan bien -y también- describe Houellebecq en sus libros), disturbios pre-chalecos-amarillos, disturbios como excusa para la inevitable solución final (sí, solución final -sic-): ponga unos cuantos fascistas en su gobierno.  

El mundo cambia para todos. El mundo cambia para Antoine y Stanko, allí donde antes cabían los dos ahora sólo cabe uno. Antoine y Stanko, “el mismo animal royéndoos las entrañas, la misma pulsión, la misma pasión por la violencia, la misma necesidad de destruir, a riesgo de dejaros la vida en el intento”. Una amistad sublimada por el deseo de un padre en Stanko y por la mística del hermano mayor en Antoine. ¿Atracción sexual, amistad amorosa reprimida? No, o no lo más importante. Dos adultos infantilizados esperando a mamá (mamá Agnès -“ese amor casi inmaduro que sientes por ella, esa auténtica dependencia. Psicológica y física. La única que conoces”-) y a papá (papá Antoine, papá Dorgelles) bajo el influjo de una hipnótica y continua pulsión de muerte.  

Quiero hacer hincapié en la empatía que en algunos momentos genera Stanko, el perseguido. Y es que los perseguidores, el grupo Delta del Bloque, la crème de la crème de los casi-mercenarios del ejército patriótico del Bloque, son tan malos-malísimos que, a ratos, Stanko puede parecernos una víctima. Y lo es, sí, una víctima de su partido criminal, una víctima de la organización clandestina y semi-terrorista que él mismo creó. Pongo el foco en lo que creo que es la llaga a no perder de vista: si él llegó a ser el jefe de la rama paramilitar del Bloque es porque la violencia ya había germinado en él, la asunción de las atrocidades ya le era intrínseca tras sus comportamientos pasados. Contengo por tanto mi empatía, no puede ser para Stanko. Ni siquiera en una ficción. No, no puede ser.  

Novela negra, en tanto que la caza al “ángel malo” es el objetivo. Novela de atrocidades, en tanto que en las remembranzas de hechos anteriores estas son continuas (los pasajes de las snuff movies son aterradores). Novela de pretendida expiación, por las constantes justificaciones de las “hazañas” pasadas y actuales. Novela profético-política (2011, recuerdo), porque es imposible no leerla con los ojos puestos en la Europa de hoy (Hungría, Polonia, Suecia, Italia, ¿España?…). Y novela también de miserias, de venganzas personales, de mezquindades en los círculos de poder, de “menudeces” resueltas a golpe de Luger P08, Sten o carabinas “babygun” M1. 

El Bloque es una novela de miedo en un entorno mediático que todo lo convierte en espectáculo (That’s entertainment!), ya sea el contador de víctimas en la esquina del televisor por fallecidos por covid (¿lo recordáis?) o por muertos por disturbios. El Bloque es la visión a microscopio de una noche y una mañana en la que en Francia va a cambiar algo más que el gobierno de la República al desbaratar la, hasta entonces (al menos en las altas instituciones del estado), diabolización de la ultraderecha. El Bloque es una ficción que puede leerse a modo de aviso, un faro que ilumina una realidad que suele permanecer oculta hasta su eclosión, cuando las consecuencias, la banalidad de su mal, ya son imparables. Y es en la mirada microscópica, en los detalles del modus operandi del Bloque que Leroy relata (más allá de la persecución a Stanko), donde es posible encontrar el antídoto necesario contra la fascinación que el fascismo puede ejercer todavía (me resisto a eliminar el condicional, me resisto). 

Que educación y cultura son unas de las armas más seguras de que disponemos contra el totalitarismo lo sabe incluso Antoine, el que se hizo fascista por el coño de una chica. Termino esta reseña con un aliento de esperanza (para nosotros) en el lamento del propio Antoine, deseando que Rimbaud (que cada uno lo sustituya por su poeta de cabecera) sea la estela que no perder nunca de vista: “Y te prometiste que releerías a Rimbaud, aunque, por supuesto, luego no encontraste el momento de hacerlo. Entonces te preguntaste, como te preguntas ahora, si no será ese tu verdadero castigo por haber vendido tu alma al Bloque. No poder ni saber leer ya a Rimbaud”. 


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