Vacación hindú, de J.R. Ackerley (Pre-Textos) Traducción de César Aira | por Juan Jiménez García

J.R. Ackerley | Vacación hindú

Tengo una cierta debilidad por los ambientes colonialistas en literatura. Solo ahí y no siempre ahí. El exotismo de esas novelas al que no se sustrae ni Marguerite Duras. Debería pensar un poco en el tema, pero ahora mismo… En el revoltijo de mis pensamientos, creo que lo que más me atrae es ese constante cruce de culturas, aunque una sea la del opresor y la otra la del oprimido, aunque haya una dinámica de señoritos y sirvientes. Esas comidas que recogen influencias de una vastedad de mundos, y que nos sacan de nuestras siempre pobres fronteras, personales y nacionales. El colonialismo dejó muerte, saqueos y, entre los escombros de todo eso, formas de entenderse y de repelerse. Y desde entonces hasta ahora. Caen los imperios, desaparecen incluso las ruinas, pero sobreviven odios y viejas historias. Me gustaría pensar que hay otros mundos (aunque me temo que solo hay este), y, de alguna manera, esa literatura colonial me abre a un mundo de aventuras, como antes eran las novelas de Robert Louis Stevenson. ¿Se seguirán escribiendo novelas de aventuras? En todo caso, como casi todo, tendrá otro sabor, insípido, porque antes creíamos en el misterio y en aquello por conocer y ahora parecemos saberlo todo. Y si no lo sabemos, lo averiguamos en unos minutos. Con todo, Vacación hindú nos trae a Kipling. Pero tal vez solo porque hablan de lo mismo, de un mismo tiempo en todo caso, pero tal vez no lo hacen de la misma manera. Seguro que no. En J.R. Ackerley hay un intento de entender y dejar constancia de a qué responde ese exotismo hindú. También algunos pasajes cuanto menos desconcertantes. Desconcertantes no por lo que cuenta, sino por contarlo y hacerlo entre la ambigüedad y el hedonismo (esas relaciones íntimas entre unos y otros, esa homosexualidad latente). Y todo en un amplio fresco de personajes, que conforman un paisaje con figuras, lleno de humor y contradicciones. 

Pero empecemos por el principio. E.M. Forster le propone a Ackerley un trabajo en la India. Algo así como preceptor cuando llegue a la edad el hijo del Maharajah de Chhatarpur, un tipo curioso con conocimientos y pasiones occidentales, que aspira hasta a reproducir construcciones romanas. Es decir, así como estaban los occidentales orientalizados (con ese Oriente siempre mal entendido), también estaban los orientales occidentalizados (que tampoco sabían más). Pero el Maharajah quiere entender, y en ese proceso lo que ocurre es que Ackerley también intenta comprender, dentro de los límites que imponen los palacios y las salidas puntuales, esa India que los ingleses ocupan y tutelan. Ya no es solo el sistema de castas, en aquel momento esencial, aunque ya permeable, sino, por ejemplo, el papel de la mujer, que en el libro es una ausencia clamorosa (no por omisión sino por incomparecencia), porque hasta la princesa no está, está en otro palacio, y en realidad las mujeres se ocultaban y bastante que ya no se tuvieran que quemar con el marido difunto. Tampoco estamos ante un disimulado tratado etnográfico, sino ante un escritor, un hombre que escucha, un espécimen, ahora como siempre, en vías de extinción. Hay que decir, que, escrito en forma de diario, en realidad el escritor tardó diez años en escribirlo, que parece ser el tiempo medio de sus libros. 

También está el humor, esa ironía inglesa que no perdona (en primer lugar) ni a uno mismo ni a esos ingleses que representan (las apariciones de estos son casi tan delirantes como las de los nativos). El Maharajah de Chhatarpur y sus temores, que son tantos, su seguimiento a ratos escrupuloso de lo que significa ser él, a ratos laxo de lo que significa ser él, y su rara inteligencia, en un mundo lleno de reglas, rituales y pasiones primarias. Los personajes que hacen funcionar el mundo, como el Dewan o Babaji Rao, el secretario personal de Su Alteza. O Ahmed, musulmán, al que solo le interesa hacer funcionar el suyo, y que es el personaje más hilarante en su descaro, sus disparatadas argumentaciones y su gusto por no respetar nada más allá de sus intereses, legítimos, desde el momento que estos son comer un poco mejor. Y luego están los jóvenes sirvientes y ese juego de alcobas y hasta de hijos ni tan siquiera dudosos. En definitiva, un mundo que siempre será el de un observador distante, pero contando con una proximidad que busca comprender y respetar. Esas palabras del castellano antiguo y en desuso.


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