Las desapariciones, de Hilario J. Rodríguez (Newcastle) | por Gema Monlleó

Hilario J. Rodríguez | Las desapariciones

“Lentamente, el hombre gastado hacía su camino, dándose cuenta perfectamente de que en otro tiempo se había echado a perder.”
Robert Walser

Inclasificable es un adjetivo gastado. Voy a buscar sinónimos, como una exploradora del diccionario: insólito, raro, singular, extraño, infrecuente, distinto, inusitado, pintoresco, anómalo. Las desapariciones (Hilario J. Rodríguez) es un libro insólito. Las desapariciones es un libro raro. Las desapariciones es un libro singular. Las desapariciones es un libro extraño. Las desapariciones es un libro infrecuente. Las desapariciones es un libro distinto. Las desapariciones es un libro inusitado. Las desapariciones es un libro pintoresco. Las desapariciones es un libro anómalo. Que cada uno escoja el adjetivo que le guste más. Yo me quedo con raro porque (en los libros y en la vida) soy pro-raros

Retomo la escritura con la definición con adjetivo calificativo (en positivo): Las desapariciones es un libro raro. Tan raro como algunos de los libros de Enrique Vila-Matas, de Georges Perec o de Agustín Fernández Mallo. Ese es el universo de raros en el que, tras la lectura, guardaré el recuerdo de este libro inclasificable, quiero decir: raro.

¿Qué es Las desapariciones además de un libro raro? ¿Un ensayo? ¿Un texto de no-ficción especulativa? ¿Un libro de fronteras? ¿Una crónica personalísima de espacios, ausencias, huecos, grietas (literales y metafóricos)? ¿Un micromundo (tamaño bolsillo de americana, ideal) de espacios en tinta sobre espacios en blanco? ¿Una reformulación artística ajena a los cánones? Rodríguez, a modo de Marty-flâneur-McFly, viaja del pasado a lo contemporáneo, hace mixturas entre hechos históricos y momentos autobiográficos, traza líneas eruditas desde la divagación aparente, y encuentra la intersección entre hechos tan diversos como los de las páginas de cultura y los de las páginas de sucesos.

Sobre Martial Bourdin (anarquista francés que murió tras la explosión de una bomba que transportaba) “quería destruir uno de los edificios más emblemáticos de un imperio (el Royal Observatory de Greenwich), desde donde la sociedad británica había decidido dividir el mundo, marcando así su hegemonía cartográfica, para establecer líneas divisorias”. Desapariciones y fronteras.

Sobre el Museo de Arte Contemporáneo de Teherán, que guarda ocultos en sus sótanos obras de Warhol (los Maos que China no quiso exhibir), David Hockney, Roy Lichtenstein, Edvard Munch, René Magritte o Francis Bacon. Ausencias y el velo de la censura.

Sobre la serie Homeland y la “ingeniería paranoica” de su protagonista cuyas alucinaciones “suben de intensidad cuando pretende solucionar lo que funciona defectuosa o peligrosamente en el mundo”. Grietas y el raciocinio extremo multiplicado por la casi-locura.

Sobre el “poema de Mallarmé donde un cisne queda atrapado en la superficie congelada de un lago, envuelto -seguramente- por uno de esos paisajes invernales de postal, tan bonitos que no se pueden describir sin caer en la cursilería”. Acromatismo y la mirada incandescentemente blanca.

Sobre Henry Darger (escritor, pintor, quizás asesino), capaz de pintar “una bacanal de sangre donde nada parecía doler demasiado. Unos y otros morían sin trámites, inexpresivos. La sangre manaba de las heridas pero nadie se quejaba, no había dolor en las expresiones”. El hueco del horror en un campo de batalla y muerte.

Sobre la desaparición de la Mona Lisa del Louvre en 1911: “Ya no es un cuadro. Es un abismo. Y el abismo sigue ahí. Cientos de miles de personas, desde finales de agosto de 1911, se asomaron a él, empujados no por una imagen sino por su ausencia”. Espacio vacío para la contemplación de la nada.

Estos son sólo algunos ejemplos del cocktail-literario-lisérgico que elabora Rodríguez. En mi  mente construyo un addenda, una estela de desaparecidos y desapariciones que bien podrían ser protagonistas de un improbable volumen 2: el falso secuestro de Michel Houellebecq, las mujeres estoy-no-estoy de Francesca Woodman, el corazón de Percy B. Shelley que falta en su tumba del cementerio de los ingleses en Roma, el final de la eternidad en Only lovers left alive, las fotografías borrosas e imperfectas de Miroslav Tichy, el hundimiento por banquisa del Endurance, ¿la caída? en el Pacífico de Amelia Earhart. Empatía houdiniana al servicio de lo intangible.

En Las desapariciones Rodriguez se erige en el alquimista de los evanescentes en voz propia (Salinger, Pynchon, el “preferiría no hacerlo” Bartlebyano, Picasso y sus no-manchas, Levrero y sus dobles espacios) o en voz y ejecución ajena (del niño James Bulger, salvajemente asesinado, a los “Have you seen me?” escritos bajo una fotografía en un cartón de leche de un supermercado en Virginia Occidental). Hibridación en una torre de Babel de hechos que se hilvanan a mayor gloria de los campeones de las ausencias, como si de unas olimpiadas de la desaparición se tratase. Puntos ciegos, casi inexistencias, incógnitas reinterpretadas, espacios mudos, una gran cromosíntesis extractiva, un enorme fundido en blanco. 

Y una inmensa sensación de felicidad, como lectora, al cerrar este libro raro.

Coda: el libro está profusamente ilustrado por fotografías que acentúan, matizan o abren nuevas ventanas al texto. No hay créditos. Y no es un error editorial. Es, seguro, una omisión voluntaria. Me pregunto quién hay detrás de esa desaparición.

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