El valor desconocido, de Hermann Broch (Sexto Piso) Traducción de Isabel García Adánez | por Juan Jiménez García

Hermann Broch | El valor desconocido

Quién sabe si el auxiliar de investigación (más tarde, doctor) Richard Hieck no será un sonámbulo más, el cuarto. Un sonámbulo marcado por la lógica, por la convicción de que el mundo puede responder a sus necesidades mentales (las físicas son algo lejano, innecesario). No solo puede: debe. Qué otro sentido podrían tener las cosas. Hermann Broch escribió El valor desconocido en 1933, terminada, un año antes, la trilogía de Los sonámbulos, sobre la que descansa una cierta literatura alemana. Él mismo, como el protagonista de esta, había estudiado matemáticas y física, además de filosofía, compartiendo la vida intelectual vienesa y, en esos años, los temores del nazismo, tras la República fallida (muerta por asesinato) de Weimar. Como se demostró, Alemania no estaba lejos de Austria. Nunca lo suficiente. Pero escribía sobre Richard Hieck. Debe tener algo más de treinta años. Vive con su madre (su padre murió), su hermano Otto (que solo aspira a poder vivir como corresponde a sus veintiún años y sus aspiraciones de pintor bohemio) y su hermana Suzanne, que entregada a Dios y atrapada en su habitación-capilla, solo espera el momento de entrar en el convento. Hay dos hermanos más, lejanos, pero su mundo son ellos, estos, esta. Y el viejo doctor Weitprecht. También el cínico, y no tan viejo, doctor Kapperbrunn, y su idea de la vida y las matemáticas, demasiado cierta. Fuera de eso, no hay mucho más, porque Hieck tampoco quiere nada más.

La convicción de sus necesidades no evita que envidie a sus hermanos, alegres a su manera, a la espera una suspensión del mundo exterior que le permita quedarse en su interior. Mientras para Otto el mundo tiene dimensiones humanas, mientras sus deseos son bien mundanos (y aún así difíciles de alcanzar), mientras que para Suzanne está su relación con Dios, que vive con un completo gozo y suficiencia, para Hieck no dejará de faltar algo (o, mejor, de sobrar todo). Aún reconociendo, en su mundo no carente de contradicciones, que su hermano tal vez sea el único que lleva una verdadera vida. E incluso tiene una explicación para ello: es la resignación la que nos vuelve alegres y la espera, la búsqueda de una totalidad, las que nos aleja de esta alegría y nos vuelve amargos. Mientras tanto, su vida no deja de ser una cuestión de apariencias, una vida que tal vez ni tan siquiera exista. Sí, irán llegando señales de otro mundo, que le devolverán a esa realidad que le incomoda y de la que huye, como la decrepitud del doctor Weitprecht, hecha evidencia tras aquel viaje veraniego. Y, en ese mismo verano, esas mujeres. La inquietante Erna Magnus, que podría ser esa fuerza capaz de cambiar las cómodas, acogedoras, inercias. Y la nada inquietante Ilse Nydhalm, con la que se siente capaz de mantener una relación, porque nada en ella podría alterar sus propósitos (pero…).

El horror de la libertad, el fantasma del mediodía, eso fue lo que les rozó. La luz, rompiendo los ruidos de la soledad. La escritura de Hermann Broch, cruzando el hielo, rompiendo la coraza del doctor Richard Hieck con una afilada cuchilla. Aquella afirmación de Nanni Moretti sobre la importancia de las palabras, toma todo su sentido con el escritor vienés. Ver como un mundo se abre ante nosotros a través de los actos, de los gestos, de pensamientos fugaces (pero sostenidos por siglos de vacilaciones y certezas), para intentar atrapar, si acaso por un instante, esa incógnita, ese valor que desconocemos, pero sobre él que parece sustentarse no solo una vida sino todas. Porque hay algo en los personajes de Broch que nos hace sentirnos ellos, aún no compartiendo nada. Que nos hace enfrentarnos a sus dudas como si fueran nuestras, aunque las nuestras sean otras. Y es en esa contradicción que nos plantea, en aquellos decisivos años treinta en los que escribía, en la que reside un sentido de la vida, por el que esas respuestas que buscamos pueden encontrarse en las preguntas de los demás. Necesidad de Hermann Broch.

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