Ante la jubilación; Minetti; Ritter, Dene, Voss, de Thomas Bernhard (Hiru) Traducción de Miguel Sáenz | por Juan Jiménez García

Thomas Bernhard | Ante la jubilación; Minetti; Ritter, Dene, Voss

He llegado tarde a tantas cosas… Thomas Bernhard es tal vez una de ellas. O quizás solo sea una cuestión de tiempos, de tiempos incluso exactos, por los que uno se encuentra con quién tiene que encontrarse a la hora exacta, algo importante para un amante de la puntualidad que no conoció a otros. Bernhard llegó tarde, y el teatro estuvo ahí siempre. Solo hacía falta poner orden. En los últimos años, he podido ver mucho teatro, e incluso alguna obra realmente importante, pero hay un momento en el que todo fue silencio, y se produjo, con una intensidad brutal, esa comunión con la obra, entendida la obra como un todo. Y ese momento fue en la Abadía, con Ante la jubilación y la puesta en escena de Kristian Lupa. Allí convergieron tiempo y espacio. Y ahí sigue, en mi cabeza. Pero escribamos un poco no solo de Ante la jubilación, sino también de Minetti y de Ritter, Dene, Voss, que incluso han tenido mejor consideración crítica, y que forman parte de la edición de Hiru.

En Ante la jubilación, Thomas Bernhard parte de un caso real: la historia del primer ministro de Baden-Wurtemberg, Hans Filbinger, que tuvo que dimitir cuando se descubrió su relación con el nazismo, como juez. El escritor austriaco (conocido por su afán destructivo, de Austria, pero, a la manera de Céline, en realidad de todo) construye una obra alrededor precisamente de un juez, que en su momento estuvo en las SS, en Auschwitz, y que se ocultó, como tantos otros, para luego volver libre de cualquier responsabilidad. También de culpa. Porque lo que celebran en este día, como cada año, Rudolf Höller y sus dos hermanas, es el cumpleaños de Goebbels. Sus dos hermanas son Clara y Vera. Vera siente una verdadera devoción por su hermano: hasta el incesto. Clara, paralítica a causa de los últimos bombardeos aliados al final de la guerra, es la oveja negra, entregada a sus periódicos y un silencio culpabilizador. Los tres se han consagrado, de una u otra manera, su vida. Y ahí están, entregados a esa ceremonia asfixiante. Para Bernhard no es que los nazis estuvieran entre ellos, sino que estaban dentro de ellos. Esta comedia del alma alemana, como la llamó, se convierte en una lenta pero minuciosa extracción del oxigeno de nuestros cuerpos, hasta el último aliento, frase a frase, gesto a gesto. El amor desenfrenado de Vera por Rudolf, el de Rudolf por Himmler, la ausencia presente de Clara. Y ese álbum de fotos capaz de detener el tiempo, también el nuestro.

Actor favorito de Thomas Bernhard (y ya es algo, teniendo en cuenta que no los apreciaba en especial), Bernhard Minetti tenía ya 76 años cuando el dramaturgo escribió esta obra para él. No sobre él, sino para él. En realidad no lo conocía personalmente mucho, pero ya había interpretado sus obras bajo la dirección del inevitable Claus Peymann. Minetti, obra, nos cuenta la historia de un actor retirado hace ya años (por las circunstancias), que se cree convocado a Ostende para representar al rey Lear. Y allí, en el hotel, espera la aparición del director, que le escribió, y allí ve no su vida pasar, sino su presente, mientras alrededor suyo están las máscaras de fin de año, igual que el guarda la del personaje de Shakespeare. Mientras pasa el presente también pasa esa profesión de actor, vista a través del escritor. Hay una frase sobre la que tal vez bascula la obra (al menos en mi cabeza): los artistas tienen todos miedo. Y otra, sobre la que bascula la obra del escritor austriaco: el mundo quiere que lo entretengan, pero hay que perturbarlo.

Ritter, Dene, Voss está considerada una de las mejores obras de Bernhard. Como en Minetti,  el título en realidad es el nombre de los tres actores para quienes la escribió: Ilse Ritter, Kirsten Dene (que había hecho de Clara en Ante la jubilación) y Gerd Voss. Como en Ante la jubilación, nos encontramos con un triángulo muy parecido. Tremendamente parecido. Un hermano y dos hermanas, con un primer acto en el que el hermano está ausente, una hermana entregada y otra más escéptica. Pero aquí el trasfondo no es el nazismo, sino los hermanos Wittgenstein, Ludwig, el filósofo, y Paul, el loco, un tanto confundidos en el personaje de Voss, vuelto del sanatorio y enfrentado a su realidad presente. Se en una echaban de menos la música, en esta echan de menos el teatro, y con todo volvemos a tener un retrato del tiempo perdido, entregado. Para Voss, se encuentran en una tumba, una tumba en la que sirven comidas agradables, pero una tumba. Y él, revolviéndose contra su propia realidad se convierte en ese elemento destructor, que no pasará de algún gesto, de un lamento.

Todos están condenados a entenderse y, pese a sus lamentos, sabemos que esas ceremonias fúnebres se repetirán año tras año y que serán una manera más de ahogarse. Es su manera de aniquilarse. Y algo así también ocurre con Bernhard, que necesitaba a aquella sociedad envenenada para poder seguir viviendo. Escribir para recordarles sus inmundicias, y  también a los hombre sus límites, que son tantos. Lejos de ser un mundo llegando a su final, aún sentimos el eco de las cosas. Bernhard el perturbador.

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