Los vecinos de enfrente, de Georges Simenon (Acantilado) Traducción de Carlos Pujol | por Juan Jiménez García

Georges Simenon | Los vecinos de enfrente

En 1933 Georges Simenon realiza un viaje a la Unión Soviética. Siguiendo el Mar Negro, permanece ocho días en Odessa, lo cual le permite obtener un impresión bastante precisa de la situación en aquel momento (y mas a resultas de los problemas de su guía con las autoridades). A su regreso, publica por entregas aquella experiencia y también escribe una novela. Esa novela serán Los vecinos de enfrente, una novela que acaba siendo algo más que eso. Una toma de postura, un retrato nada complaciente con la situación de la vida bajo el estalinismo. Pero vayamos por partes.

Adil Bey es el nuevo cónsul de Turquía en la pequeña ciudad soviética de Batum, cercana a la frontera con su país. La comunidad diplomática no puede decirse que sea muy extensa. Está el cónsul italiano y su mujer, y el cónsul persa, con una mujer.  Los primeros no parecen preocupados por nada más que dejar pasar los días en las mejores condiciones posibles, entre bromas e indiferencia. Al segundo solo le interesa el tráfico de objetos comprados a precios irrisorios y sacados de contrabando. La vida allí para Adil Bey no empieza muy bien. Intuye que el cónsul anterior murió envenenado, su asistenta ha desaparecido y algunos muebles también. La suciedad y la dejadez es lo único que permanece. Y su secretaria, Sonia, una joven misteriosa, que vive con su hermano y su cuñada justo enfrente, en la casa que puede ver desde su ventana.

La novela de Simenon será, fundamentalmente, un retrato de esa soledad, pero también del mundo que le rodea y contra el que constantemente choca su protagonista: los funcionarios que nunca consiguen nada, los puestos que venden pescado podrido pese a ser una ciudad portuaria, los fusilamientos, la sospecha constante, la sensación de que será asesinado, como cree que lo fue su predecesor, la desconfianza frente a todos. Simenon, que había quedado impresionado por la pobreza en su viaje a la Unión Soviética, hará de ella el motivo de fondo de la novela, ese factor inquietante, hasta convertirse en un personaje más, el más decisivo de todos en un mundo de personajes fantasmagóricos. Ese mundo falsificado burdamente que rodea al cónsul y que es constantemente negado por su secretaria (el escritor tomó su nombre de la guía que tuvo en aquel entonces), para la que lo que ocurre allí no es más de lo que ocurre en otras partes.

Los vecinos de enfrente será la descripción de una existencia, la del joven cónsul turco, a la deriva. Camina de aquí para allá, recibe gente que le resulta incomprensible, mira a través de la ventana, deja los días pasar, todo le es desconocido, todo encierra un misterio. Como un niño con un montón de piezas que no encajan pensando que todo responde a un oscuro propósito. Pero no, quizás es simplemente él esa pieza suelta que hace que el puzle no encuentre su sentido. Inútil, oscilará entre el miedo y la esperanza. Un Georges Simenon en estado de gracia (el mismo año escribió Les fiançailles de M. Hire, al siguiente L’homme de Londres, entre muchas otras) completaba así un viaje a través de la condición humana, de la pobreza, de la miseria, de los espejismos y sobre la precariedad de la mentira.

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