Adiós en azul, de John D. MacDonald (Libros del Asteroide) Traducción de Mauricio Bach | por Óscar Brox

John D. MacDonald | Adiós en azul

Por algún motivo, John D. MacDonald me recuerda a Léo Malet. Quizá porque ambos pertenecían a una misma generación, cada uno en una orilla distinta del Atlántico. Quizá porque Néstor Burma y Travis McGee, sus creaciones más célebres, fueron dos investigadores de vida literaria longeva, capaces de atravesar décadas y coyunturas históricas particulares. Quizá (y este promete ser el último) porque ambos personajes son expeditivos y, sobre todo, humanos. Lo que equivale a decir que sus historias son, casi, como hojas de un diario personal. Pura psicología aplicada al retrato del sabueso que sigue el rastro de cada pista. Del, llamémosle así, detective de estirpe que nunca deja de entrometerse en un lugar mientras, en paralelo, desnuda su intimidad en los momentos de flaqueza. Porque son personajes con dimensión y relieve, con instinto y (altas y bajas) pasiones, que nunca negocian con sus escrúpulos y, de una manera u otra, se asoman al borde del precipicio.

Frente a aquel París brumoso de Malet, el escenario de Adiós en azul es Lauderdale, Florida. O, más concretamente, el embarcadero del puerto en el que McGee tiene atracado su barco. Florida siempre suena a lugar de vacaciones, en el que el verano resulta interminable y cunde un moderado hedonismo. Por eso, imaginamos, los crímenes resaltan más. Tal vez allí se espera de todo el mundo que se ajuste a las reglas del juego. Decíamos del antihéroe de MacDonald que es un personaje expeditivo, de esos que atan cabos en un par de párrafos y se zambullen en la investigación sin cargo de conciencia. Y Adiós en azul, de forma prodigiosa, nos arrastra con su protagonista hasta la historia de un tesoro escondido de la Segunda Guerra Mundial, un hombre risueño que pretende hacerse con él y un séquito de mujeres devoradas por tan peculiar barba azul. Ante ese panorama, McGee solo puede hacer lo que mejor sabe: saltar de una pista a otra y conectar el mapa de puntos. Conocer a la familia de un antiguo oficial destacado durante la Guerra en Asia (como, por cierto, el propio MacDonald), trazar un perfil de aquel hombre y proteger a las mujeres que sucumbieron a sus peligrosos encantos hasta bordear la muerte.

No son pocas las ocasiones en las que el tópico del investigador solitario encabeza un relato negro. En Adiós en azul, McGee está rodeado de mujeres. Con algunas tontea, con otras mantiene relaciones de ida y vuelta, y solo con una o dos aparca su coraza de indiferencia para trabar un vínculo sentimental auténtico. MacDonald combina con maestría esa mezcla de zalamería, sofisticación y ternura, según exige el ritmo de los personajes y de las situaciones. En su novela todo tiene un propósito, nada queda al descubierto por azar. Y la sensibilidad con la que se acerca a su protagonista sirve para describir esa infrecuente humanidad que el noir, en ocasiones, prefiere camuflar tras un paisaje amoral y degradado. De ahí que, a medida que el relato avance, el compromiso con la verdad y el esclarecimiento del caso suban de nivel. No en vano, McGee ya no verá con los mismos ojos sus pesquisas por hallar a Junior Allen. Tampoco la novela juzgará de la misma forma al propio McGee. Sus gestos calculados de vanidad, la indolencia con la que parece conducir su vida privada, la falta de raíces de unas costumbres asentadas en su casa flotante…

En muchos aspectos, Adiós en azul es una novela sobre lo que significa ser investigador. Sobre los azares, las cargas morales, la responsabilidad y las deudas que se contraen en mitad de un caso. Sobre la debilidad, aquello a lo que ya no se consigue renunciar, lo que vuelve más humano a su invulnerable protagonista. Y si bien durante la obra McGee recibe unos cuantos porrazos y golpes, lo cierto es que MacDonald se las apaña para enseñarnos que lo que más duelen son las cicatrices que deja el tiempo. Los errores, las vidas que no consigue salvar, los daños con los que se tendrá que acostumbrar a vivir. Y es que Adiós en azul es, también, una historia de amor entre McGee y Lois, entre McGee y Cathy; entre McGee y todas aquellas mujeres que han quedado a merced de su torturador. Es, en fin, una historia de esos vínculos delicados que el detective prefiere no deshacer. Tal vez porque le recuerdan que todavía es de carne y hueso, que aún no ha ingresado en el panteón de los personajes mitificados por una larga lista de obras. De ahí que la de McGee sea una aventura por los recovecos del oficio, por la profesión de investigador. La narración de esos hombres que tiraban de su astucia para resolver los misterios imposibles.

No cuesta reconocer en Adiós en azul la mirada de un escritor con mucha vida a sus espaldas. La manera de concentrarse en los detalles importantes, en las respuestas emocionales, en los gestos sencillos y los aspectos más tiernos. Y todo ello, además, sin renunciar a una narración de tiralíneas, dinámica en cada uno de sus capítulos, que estira el chicle del tesoro escondido de la Guerra y el hombre risueño que lo robó hasta arrinconarlo en alta mar. En la tumba de agua. En el mismo lugar en el que conocemos por vez primera a Travis McGee. Trav para los amigos. De profesión, investigador. Esa criatura que, como su autor, como Burma y como Malet, encierra en sí misma una lección de oficio y de humanidad. De escritor de raza y personaje con cuajo. O lo que es lo mismo, de novela negra que nos enseña cada uno de los elementos que la constituyen en un clásico. Su fuerza, su intensidad y su ternura. Ese sentimiento de que en el mundo de John D. MacDonald nada pasa de moda. Quizá porque, en esencia, nunca deja de hablarnos de la vida. La única profesión de riesgo.

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1 thought on “ John D. MacDonald. De profesión, investigador, por Óscar Brox ”

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