No seas tú mismo. Apuntes sobre una generación fatigada, de Eudald Espluga (Paidós) | por Óscar Brox

Eudald Espluga | No seas tú mismo. Apuntes sobre una generación fatigada

En el tercer volumen de K-Punk, los escritos reunidos de Mark Fisher, hay una línea de pensamiento sobre la que no dejo de volver una y otra vez: “debemos analizar cuidadosamente toda la maquinaria que desplegó el capital para transformar la confianza en abatimiento. Entender cómo funcionó este proceso de deflación de la conciencia es el primer paso para revertirlo”. Deflación, abatimiento, impotencia, fatiga… hay una palabra asociada para cada una de las numerosas ramificaciones (económicas, ideológicas, psicológicas, etc.) de la cuestión. Y cada una de ellas converge en varios diagnósticos: de un lado, que las tecnologías sociales larvadas al calor del capitalismo saben cómo exacerbar y bloquear según qué pulsiones; y del otro, que resulta perentorio escarbar un poco más allá del asunto de la autoexplotación y el rendimiento para conseguir que la discusión avance hacia nuevas direcciones.

Hay varias cosas que me gustan del ensayo de Eudald Espluga. La primera es que huye de ese circuito cerrado en el que se ha instalado cierta crítica cultural, abanderada por autores cada vez más agotados como Byung-chul Han, que hace de cada texto, con sus eslóganes filosóficos y lugares más o menos comunes, una invitación a no atreverse a pensar. No cae en el victimismo ni en la saturación de un discurso que apesta a tierra quemada (basta con pensar en las secuelas que ha traído el entusiasmo). En su lugar, Espluga nos ofrece unos apuntes, que son bastante más que eso, narrados desde la perspectiva de quien pertenece a esta generación fatigada. Otra cosa a destacar es su finura a la hora de reflexionar sobre determinados temas, empezando por la condición millennial. Antes de cualquier diagnóstico precipitado, Espluga se detiene a ver primero qué es esa caja de resonancia que comprende lo millennial y hasta qué punto se utiliza la palabra, y su campo semántico, con propiedad o con la misma ligereza con la que se escribe un texto carne de clickbait.

Por así decirlo, en No seas tú mismo tienen tanto peso las novelas de Sally Rooney u Ottessa Moshfegh como los textos de Nick Srnicek y las viñetas de cómic que recopila @bajonasso. Unos y otros reflexionan sobre la fatiga, el capitalismo voraz y la posibilidad de subvertirlo. Escapar al culto de la autosuperación personal, el perfeccionamiento, la proactividad y la producción continua. La obligación a dejar una huella, un rastro, un indicio de activa por más insignificante que sea la cosa. Escarbar en el capitalismo de plataformas y en el mantra de la economía colaborativa. En todos los inventos que las tecnologías sociales tienen para llevar a cabo un retrato robot de nuestra subjetividad. Pensar la biopolítica más allá de Foucault (acaso, ahora mismo, el filósofo más actual del Siglo pasado, con perdón de Wittgenstein) y el comunismo más allá de la dupla Hardt/Negri. Pensar en qué puede consistir la resistencia frente a la metodología del neoliberalismo y si en verdad el agotamiento nos puede ofrecer un vocabulario poscapitalista. Así, son muchos los temas que figuran en las páginas del ensayo de Eudald y su enfoque, además de fresco, directo y bien elaborado, abre no pocas ideas interesantes a madurar acabada la lectura.

De entre todos, me interesa mucho el último capítulo, Hacia una fatiga afirmativa, y las ideas que pone sobre la mesa. En concreto, siguiendo a Martí Peran, la cuestión de la fatiga como una negatividad radical “que no pueda ser reaprovechada por el capital como #destrucción creativa# ni pueda ser ejercida a título individual”. Utilizar los afectos negativos para combatir la cultura de la autoayuda (Halberstam, Ahmed), por mucho que haya una serie de precisiones que realizar a este respecto. “Podemos reconocer el fracaso como una forma de negarse a aceptar las lógicas dominantes y la disciplina, como una forma de crítica”. Si bien estas son tentativas que, a menudo, lo único que consiguen es paralizar momentáneamente la situación, no detienen esa deflación de la conciencia que señala varios párrafos atrás. De ahí que para Espluga sean hilos o cabos de los que tirar, pero no un terreno lo suficientemente sólido como para arrojar conclusiones u ofrecer argumentos a modo de cortafuegos. En su lugar, diría que está más preocupado por sacudir el polvo, las telarañas y la sobreadjetivación a otras situaciones que podrían ser más valiosas. Por ejemplo: dejar de patologizar el malestar laboral como si se tratase de una enfermedad psíquica; o dejar de dirigir todos las críticas y esfuerzos intelectuales hacia tal o cual algoritmo y tal o cual Red para comprender que lo importante radica en la tecnología social comunicativa que lo pone en funcionamiento o la plataforma, la economía y el modelo que vela por su mantenimiento y estudia los datos que le proporciona. Porque lo que importa es saber si se puede tramar algún tipo de estrategia para reapropiarnos de todo esto o imprimir un giro discursivo que haga de negarse a ser uno mismo, alegremente autoexplotado e hiperproductor 24/7, algo más que un gesto retórico vacío. Mark Fisher hablaba de hackeo metafísico, algo que podía cifrar en la exposición política del actor Russell Brand frente al establishment británico o en el huracanado homenaje al grime que Kanye West llevó a cabo en los Brit Awards. Algo así como la articulación, ni que sea fugaz, de un espíritu con el que hacer frente a las embestidas del capitalismo.

En Magma, la brillante novela de Lars Iyer, hay una parte que captura un poco el espíritu de todo esto: “W. encuentra la expresión vórtice de impotencia particularmente motivadora de pensamiento, dice. Describe toda mi existencia: acción e ineficacia, movimiento y parálisis; esa extraña combinación de desesperación y frenesí”. Quizá algún día Mr. Wonderful haga tazas a partir de ese mensaje. O una Tote Bag (eso probablemente ya existe). Cualquier cosa que sirva para monetizar la ansiedad. Eudald Espluga, mientras tanto, ha escrito el relato más certero de esta época y, sobre todo, de esta generación. Su análisis, su voluntad de trazar estrategias y de pensar por encima de los tópicos y los lugares comunes de la crítica (y de la academia), constituyen esa primera duda que nos permita salir de nosotros mismos. Es una llamada a pensar, a seguir pensando, que otras redes, otros activismos culturales, pueden crecer. Abrirse paso en la guarida gris. Ese es el espíritu.

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