Los cerros de la muerte, de Chris Offutt (Sajalín) Traducción de Javier Lucini | por Óscar Brox

Chris Offutt | Los cerros de la muerte

En poco tiempo, Chris Offutt se ha convertido en una noticia editorial cada vez más frecuente. Tras dos libros de relatos, dos novelas y una obra autobiográfica parece el momento oportuno para preguntarse qué le ha convertido en un indispensable de la literatura a caballo entre lo negro y lo rural. Así, de entrada, uno se deja llevar por las abundantes descripciones de los entornos boscosos de Kentucky, el peculiar Yokpanatawpha de Offutt. De hecho, probablemente no haya mejor personaje para guiarnos por su geografía que ese Sr. Tucker con el que da comienzo Los cerros de la muerte, recogiendo ginseng mientras a pocos metros se halla la escena de un crimen. Offutt, digámoslo así, es un escritor preciso en lo descriptivo. No hay adornos, florituras ni excesos regionalistas que ahoguen su prosa. Dibuja el lugar, el espacio, y le concede la importancia justa; no en vano, todos sus personajes son ellos mismos espacio. Lugar. Escenario. Pertenecen a esos pueblos, bosques o montañas que el autor de Kentucky seco apenas quiere diferenciarlos. En ello descansa el aspecto rural de su escritura: no solo trata de describir los márgenes de la sociedad norteamericana, sino también de mantenerlos con vida en cada una de sus historias.

Todos los personajes de Offutt pertenecen a ese grupo humano que se caracteriza por lo recio. Aguantan. Van tirando. Hacen lo que pueden para no acabar devorados por el tiempo, con sus numerosas transformaciones, o por las pesadas cargas familiares que arrastran. De una u otra manera, todos son conocidos de todos, y eso siempre es una buena herramienta para poner por escrito unos cuantos conflictos morales y unas cuantas cuestiones sobre los finísimos límites de la justicia. En el interior hay un tipo de justicia, que corre pareja a la sangre de cada familia, y que desde luego es bastante diferente a la que se aplica ante una corte.

Los cerros de la muerte arranca con un posible asesinato, tras la aparición del cadáver de una mujer conocida de la zona. Es, casi, una excusa para que Offutt capture a su protagonista principal, Mick Harding, y le obligue a regresar a casa. A enfrentarse a sus demonios y observar, por el camino, hasta qué punto las cosas han cambiado o no. El Kentucky que retrata no cae demasiado en la nostalgia. Está, por un lado, la sensación de que un progreso imparable se abate contra todo, que su autor expresa en cómo el pueblo se ha visto engullido los cambios arquitectónicos, urbanos y geográficos hasta verse reducido a la nada. Por el otro, el rosario de personajes secundarios que dibujan toda una ristra de clanes familiares prácticamente impenetrables, con sus formas de ver y aplicar la justicia, la venganza o el perdón. Es en ese punto donde la novela se mueve por una zona, digamos, gris. Da la sensación de que la presencia de Harding remueve, más que resuelve, los problemas. Sí, ata cabos, liga una pista tras otra, sabe cómo adelantarse a las claves acompañando al lector en los capítulos. Y, sin embargo, de nada sirve todo eso. Los buenos o los malos matan, ocultan pruebas, cometen delitos y las cosas se mantienen en el justo equilibrio para evitar que salten por los aires. Es la clase de relato negro que se mantiene al margen, subordinado al lugar, al espacio.

Ante el carácter indómito de sus criaturas, a las que Offutt no parece necesitar inyectarles grandes dosis de ficción, el lector siente cómo avanza una gran corriente de empatía. La suficiente como para creer que está leyendo una suerte de tragedia rural, réquiem por una gente al borde del abandono que trata de abrirse espacio como puede, a tiros o a empellones. Lo vemos, por ejemplo, en el personaje de Peggy, la mujer de Mick. Offutt entremezcla los vagos sueños de la estancia europea junto a su marido, bañados por la sensualidad de la costa amalfitana, con la mediocridad de ese día a día en el que se repiten las mismas caras, las mismas palabras. Las mismas cosas. No hay huida para esa carga moral, que el autor cifra en un embarazo no deseado, porque cualquier otro escenario ha acabado devorado por sus ensoñaciones. De hecho, el propio Mick es alguien atrapado por su trabajo, acechado por ese deber militar que le impide buscarse una nueva vida. Regresar a casa, a su hogar, no supone algo en verdad diferente. Tan solo un paréntesis que la pesquisa criminal en la que se ve sumergido convierte en un pequeño estímulo.

A través de esa geografía rural, cartografiada a lo largo y ancho de Kentucky, Chris Offutt ha elaborado una constelación de lugares, personajes, tradiciones y gestos que palpitan en cada uno de sus escritos. Da lo mismo si se trata de un relato, una novela o un texto autobiográfico. Como el señor Tucker, en su forma de escribir tiene tanto peso la raíz de Ginseng como el Colt pegado al cinto, la botella de Ale-8 o de Dr. Pepper y los huevos revueltos y requemados en el último bar del pueblo. Offutt es el gran narrador de esa América que no deja de observar su ocaso, en perpetuo repliegue interior por miedo a su transformación o, peor aún, a su desaparición. Y en verdad poco importa si sus novelas son rurales o criminales. En ellas siempre encontramos un pedazo de tierra y a esos pocos hombres, todavía en pie, listos para contar su Historia.

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