Madres, avisad a vuestras hijas, de Bonnie Jo Campbell (Dirty Works) Traducción de Tomás Cobos | por Óscar Brox

Bonnie Jo Campbell | Madres, avisad a vuestras hijas

Plantar cara. Esa sería la primera sensación que noto cada vez que me acerco a un relato de Bonnie Jo Campbell. No sé si la palabra aguerrida describe mejor a su escritura o a sus personajes femeninos. En este último caso, lo justo sería decir que todos, de una u otra manera, resisten. Al tiempo. A las heridas. Al paisaje devastado, en uno de tantos márgenes de América, y a las familias que se descomponen sin que pueda hacerse algo para evitarlo. A Campbell siempre se le ha dado de maravilla perfilar a sus personajes a través de emociones, historias, detalles, gestos… Uno llega a pensar que están ahí, en cada narración, porque cargan en sus espaldas con tantas vivencias que en algún lugar, aquí en la página en blanco, tienen que vomitarlas. Darles forma. O, mejor dicho, encontrar una forma literaria que se acomode a sus pequeños dramas.

El paisaje de Madres, avisad a vuestras hijas está surcado por las heridas de la violencia, el rencor, la enfermedad, los abusos y ese sentimiento de marginalidad que pone a muchos de los personajes femeninos de Campbell contra las cuerdas. Como si explicasen sus vidas desde una de las esquinas del ring, en algún lugar solitario en el que sus voces todavía tienen que pelear más para hacerse oír. Un ejemplo de ello, también porque es un relato extraordinario, es aquel que da título a la colección. Una madre, una esposa, una vida, una enferma y, eso siempre, una mujer a pesar de todas sus circunstancias, lleva a cabo un balance vital desde su lecho de muerte. En realidad, más que balance, son las palabras que un ictus ya no permitirá decirle a su hija. Los reproches, las confesiones, un aire infinito de dignidad, pero también de dolor. De heridas que van más allá de unas cuantas costillas rotas.

Campbell compara, sin necesidad de dejarlo a la vista del lector y subrayarlo insistentemente, a diferentes generaciones de mujeres y su, digamos, legado. La dureza y la desprotección en una época en la que los estudios de género continúan avanzando y la sensibilización social abre brecha en un paisaje dominado por la mirada masculina. Es ese poco de luz que algunos de sus personajes atisban al fondo. Ese poco de comprensión, que siempre es un asunto resbaladizo en su escritura, porque Bonnie Jo habla de auténticas bestias, de vidas minúsculas aplastadas, y rehúye ese sentimiento de piedad o esa lectura moralizante que tapen lo que de verdad importa: que sus personajes femeninos siempre sacan la cabeza, encuentran un espacio para contar sus vidas, sus penas, deudas y dolores. La violencia que han sufrido o sufren. La inevitablemente degradada estructura familiar que a cada rato se hace pedazos, especialmente si se la pone en relación con las últimas generaciones de mujeres que han logrado emanciparse de un paisaje limitado y marginal en el que las cosas pocas veces cambian.

Quedan las adicciones, a veces más fuertes cuando se trata de personas y no sustancias. Queda esa visión entre amarga y complicada del matrimonio (he ahí, por ejemplo, la miniatura titulada Mi dicha matrimonial) o la ternura de unos personajes que saben cómo imponerse a las circunstancias (en Prueba de sangre, 1999). También de otros que han descubierto que necesitan huir de la visión cortoplacista, esa que solo piensa en satisfacer a toda costa las necesidades más inmediatas, para saber cómo construir un futuro y otras opciones que no reduzcan la vida a lo que otras generaciones de mujeres han tenido que padecer (en Un lugar cálido). O esa especie de carta, monólogo interior, reclamación brutal de las vulnerabilidades y los ciclos infinitos de violencia que Campbell pone por escrito en su extraordinario A ti, como mujer.

El territorio de Madres, avisad a vuestras hijas sigue siendo el de esa América de los desclasados, la de la metanfetamina casera y las violaciones en la parte trasera del Lamplighter. Los amores difíciles y las relaciones turbias, casi siempre oscuras, que marcan una fractura entre el discurso de las madres y el de las hijas. Bonnie Jo Campbell se las apaña para elevar todos esos asuntos a una cuestión literaria. Para escribir, sin moralina, sobre dignidad e identidad, género y familia, emociones y acciones. Para plantarle cara al territorio y coleccionar unas voces femeninas, de madres, tías, sobrinas, hijas o amigas, que hacen inventario de sus verdades mientras el mundo, su mundo, continúa formando parte del orden natural de las cosas. A veces se trata de rellenar un vacío, otras es la cuestión de dejar que se expresen quienes no han tenido voz, las que han sobrevivido a los mordiscos de unas vidas enormemente difíciles. Lo que se mantiene siempre es la compasión de Campbell hacia sus criaturas, la dignidad con la que ensaya cada registro literario, cada manera de escribir, para contarnos cómo esas vidas derrotadas, prácticamente ahogadas por el peso de las cosas, están ahí, resisten, mantienen su entereza en busca de una oportunidad para explicarse. Lo único que tenemos que hacer es escucharlas.

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