María República, de Agustín Gómez Arcos (Cabaret Voltaire) Traducción de Adoración Elvira Rodríguez | por Juan Jiménez García

María República | Agustín Gómez Arcos

Insistir en que Agustín Gómez Arcos es un escritor demasiado desconocido es volver sobre una verdad cierta. Demasiado desconocido aquí, en España (aunque Cabaret Voltaire, libro a libro, piedra a piedra, está realizando un trabajo inmenso). En Francia lo tuvo todo. O casi. Pero hay algo en el exilio que te esconde para tu propio país. Para siempre. Aun con el regreso, aun cuando ya no hay nada que te impida regresar. Así ha ocurrido con tantos escritores que se marcharon. Pensamos en Max Aub, pero pensamos más en aquellos de los que lo desconocemos todo.

En este proceso de recuperación del escritor almeriense, ahora le ha llegado el turno a María República, que formaría parte junto con El cordero caníbal y Ana no una suerte de trilogía de la posguerra. Por situarnos: María República es el nombre de la hija de un matrimonio fusilado por pegarle fuego a una iglesia. Tras su muerte, siendo aún una cría, sobrevive junto con su hermano pequeño, Modesto, bajo la atenta vigilancia de su tía fascista, doña Eloísa, que tiene una cadena de tiendas de alimentación, un marido cornudo, un juez de paz como amante y mucho, mucho dinero. Primero María pierde a su hermano, arrebatado por su tía cuando cae enfermo, convertido en cura. Luego, se pierde ella misma, convertida en puta. Sifilítica, además. Su vida dará un cambio cuando una ley viene a prohibir los prostíbulos. Solo le queda ingresar en un convento. Un convento un poco especial.

Conociendo un poco lo que conocemos (que no es mucho), nos viene una ligera intuición: que para hablar de una cierta España es necesario hacerlo desde lo grotesco, desde esa suma de humor y horror que nos da la distancia necesaria para apreciar un cierto periodo de nuestra historia. En María República, Agustín Gómez Arcos así pareció entenderlo. La joven descarriada ingresará en un convento dirigido por una Madre Superiora proveniente de la nobleza y ella misma en avanzado estado de descomposición física y moral (también debido a la sífilis, contagiada por un disoluto marido). El Convento no deja de ser una España reducida primero a la abstracción y más tarde, en su simplicidad, llevado al absurdo, al delirio, al disparate. Si la Madre Superiora no deja de ser esa esencia de una España corrupta, dispuesta a perpetuarse en su descomposición a costa de lo que sea necesario, otras monjas vendrán a representar el resto de la podredumbre: la Madre Capitana como ejército, ocupado en mantener el estado de las cosas a sangre y fuego; la Madre Comisaria, como policía, ocupa en mantener en el lugar en un estado de sospecha permanente, alimentando un Ángel Informático de expedientes; la Madre Contable, que aplicará fielmente la máxima de que el voto de pobreza consiste en que el dinero esté en las mejores manos posibles: las suyas. Los pobres son los otros. Los castos son los otros. Los piadosos son los otros. En el Convento, cualquier espíritu cristiano pasa por los demás, y no tiene aplicación personal. ¿Cómo no pensar en la dictadura? Bueno, cómo no pensar en todo.

Y en todo eso, ¿qué lugar ocupa María República? Pues el lugar de la que vendrá a suceder, a prolongar ese estado de las cosas. Pero María República tiene otro plan. No olvida. Sí, primero se dejará querer, pero luego… Luego llegará su momento. Ese momento que dará sentido a su nombre, aquel que le pusieron sus padres, incendiarios.

Agustín Gómez Arcos construirá un mundo alucinado, lleno de una prosa desbordante, de espíritu grotesco y gusto por el absurdo, que, como suele ocurrir, acaba más cerca de la realidad que otros intentos más realistas. A ese disparatado Convento, centro de todas las perversiones (que no son más perversas, como decíamos, que las del propio país que lo contiene), se le va sucediendo la narración de la vida de aquella muchacha huérfana, entregada a sobrevivir de cualquier manera, a la sombra de una tía ejemplar a la que solo preocupa el que sea sangre de su sangre (y por tanto, motivo de deshonra). Como si a un triste mundo, a un pasado en blanco y negro, se sucediera un presente lleno de colores desbordantes y saturados, de imágenes dantescas, de fin del mundo. El futuro solo puede ser una hoja en negro. No existe. No hay. No puede haber. No se ve.


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