Volver al padre, de Abel Azcona (Pepitas, Los aciertos, Cultural Rioja) | por Gema Monlleó

Abel Azcona | Volver al padre

“Nací sobreviviente y sobreviviré
la vida para mí escrita sobreviviré
la vida tejida en piel y el destino grabado en piedra
a los que llorando sobreviviré.”

Las crías cantaron al hambre, Abel Azcona

Leo Volver al padre completamente virgen. No sé quién es Abel Azcona. No conozco su obra. Sé poco de performances (más allá de las de Marina Abramovic). El mundo del arte contemporáneo es un abismo que me atrae pero en el que me pierdo en su inmensidad. Leo Volver al padre tras descubrirlo en la web de Pepitas de calabaza, atraída por el “argumento” y por el carácter híbrido del libro. Leo Volver al padre sin saber que me va a dejar en shock, rota por la realidad. Leo Volver al padre vampirizada por el desarraigo, empática con los desheredados. Leo Volver al padre despacio primero, estupefacta después, rechazando lo leído y a la vez ávida de seguir leyendo. Leo Volver al padre en una noche tórrida y con el escalofrío de la vida tiritándome el cuerpo. Leo Volver al padre desde dentro del libro, soy fuente odile negra, cucaracha en líneas, vómito y morbo. Leo Volver al padre niña y madre, aferrándome a aquella inocencia pretérita y más protectora de mis ya adultos paridos que nunca. Leo Volver al padre insomne, pasando una y otra vez las páginas de las fotografías, escrutando detalles, queriendo ver más que lo mostrado, espectral entre las ruinas y los campos. Leo Volver al padre y dejo de leer, todo duele, también la asepsia. Dejo de leer y vuelvo a Volver al padre: no es el desenlace quien me llama, es el recorrido lo que me mantiene hipnótica.

“La rebeldía habita mi obra. Me he rebelado a odiar, estigmatizar y revictimizar a mi madre. Me he colocado en su lugar de desamparo y precariedad. He caminado las calles, he vendido mi cuerpo, me han usado. El asunto es que aquí no hay víctima, lo que se hace visible es que -desde la resistencia- intento desmontar los escenarios (para los que ya habita un discurso) que condicionan las circunstancias de cualquier persona. No escribo desde la ira, de eso ya he tenido toda una vida de lucha infinita e inextinguible. Soy batalla constante.”

Abel, el niño Abel, el niño Abel-David, el niño David. Abel, el adulto Abel en regresión, el adulto Abel buscando la mano del niño Abel en la cocina blanca, del niño Abel-David en el armario con las bolsas de basura, del niño David en el colegio católico del que es expulsado a los trece años. Abel, el adulto Abel volviendo a la madre desde el anonimato, el adulto Abel volviendo al padre-no-padre para saber, para entender, para compartir, para rendirse, para abandonar.

Contexto. Abel Azcona (Madrid, 1988, aunque navarro). Artista, poeta, performer. Ora et labora con su yo, cuerpo, vida, presencia, deseos. De lo autobiográfico a lo global-universal mediante instalaciones, esculturas, videos, pintura y escritura. Manifiesta manifiestos de desobedencias contra la desigualdad, la religión, las injusticias sociales, el terrorismo o a favor de los derechos humanos. Su experiencia vital de abandono, violencia, maltrato, enfermedad mental, prostitución o privación de libertad vertebran su mundo creativo (su mundo, sin adjetivos). Tiene unas alas como las de la trapecista Marion tatuadas en la espalda.

“Entiendo el arte y más la performance como un acantilado, en el borde se aprende, se muestra y se arriesga como en ninguna otra parte.”

Contexto objetivo. Volver al padre. El 27 de abril de 1991, Abel-David fue secuestrado por su padre-no-padre. El viaje: Pamplona, Madrid, Villar de Rena (Extremadura). Las consecuencias: seis meses de huida, abusos, desnutrición. 

Contexto objetivo previo a Volver al padre. Abel nació el 1 de abril de 1988, feto pequeño y con síndrome de abstinencia, en Madrid. Su madre, prostituta y toxicómana, le abandona en la maternidad a los dos días de nacer. Manuel, la esporádica pareja de ella, el no-padre de Abel, afirma su paternidad en el hospital, lo recoge y lo lleva a Pamplona, su tierra natal. 

“El 29 de abril, aquel hombre menudo con cierta herencia gitana, ojos de color marrón un poco achinados, media melena más larga por detrás que por delante y manos huesudas, recogió un paquete perdido, que nadie quería, en la maternidad del Hospital Niño Jesús. Y como si de una cigüeña se tratara se dirigió con él a la estación de tren.”

Allí vive entre la casa de la abuela María (matriarca de una familia desestructurada vinculada al tráfico de drogas y a la delincuencia, hijos saliendo y entrando de la cárcel, entre cuatro y doce nietos en la casa) y el piso de la puerta negra de la calle Descalzos con su padre-no-padre y su adolescente pareja de entonces. Alcohólicos, toxicómanos, y prostituta ella, vivirá sus primeros años expuesto a todo tipo de violencias (agresiones físicas, abusos sexuales, narcotización con drogas y alcohol, abandono durante semanas). 

“Ella ejercía la prostitución a diario, incluso incluyendo mi cuerpo. Consumía delante de mí, ejercía todo tipo de abusos contra mí, se vengaba conmigo de Manuel y sus ausencias, me arrojaba objetos, me tiraba del pene, me arrastraba desnudo por la habitación, o me penetraba con objetos pequeños por pura diversión… y cuando se cansaba, me encerraba en un armario durante horas o me dejaba solo y sin comida en casa durante días enteros. ¿Dónde estaba Manuel? Posiblemente, borracho.”

Cuando su padre-no-padre ingresa en la cárcel por hurto conoce a Isabel, una voluntaria de Cáritas Católica. Esta, al saber de la situación del niño Abel, sobrecogida por la misma, solicita de mutuo acuerdo con Manuel un proceso de acogimiento familiar a favor de su familia (ultracatólica). 

“De este modo, las dos familias, con las que yo no mantenía ninguna relación biológica, alternaban mis cuidados; unos con desastre, drogas y maltratos, otros con caridad católica y clasismo hacia la familia de mierda que la vida, o una decisión rápida de Manuel asumiendo mi paternidad, me había otorgado.”

El 27 de abril de 1991, tras uno de los permisos de visitas pactadas con su padre-no-padre, el niño Abel-David no es devuelto a su nueva “familia”. 

Contexto objetivo. Volver al padre es un tríptico con tres estaciones: la recreación exacta del viaje del secuestro junto a su padre-no-padre treinta años después, la performance (una hora de instalación corporal con Abel y Manuel, el padre-no-padre, en silencio, las manos unidas y la mirada al frente) en la Sala Amós Salvador de Logroño y la exposición documental de todo el proceso. Volver al padre libro incluye los textos de Abel Azcona (desgarradora la “Carta al no padre”), fotografías del viaje y la performance (11 de noviembre de 2021) y un epílogo del filósofo Fernando Castro Flórez (“pone el cuerpo consciente de que su fragilidad es también el signo de una extrema resistencia”).

Contexto emocional. Volver al padre no es un libro, ni un viaje, ni una carta, ni un interrogatorio (“abandonar la minoría de edad y preguntar con voz propia, dudar, diferir”), ni una performance. Volver al padre es la necesidad de expiación (propia y ajena). La regresión a un vínculo primigenio roto, la certidumbre de ahondar en la herida primaria para sanarla o restablecer(se), la certificación forénsica del proceso de aceptación de una vida incompre(h)ensible, una vida apenas soportable leída y objetivamente insoportable vivida. Volver al padre es el regreso a un padre-no-padre monstruoso, accidental y dañino, es la voz múltiple reconstruyendo las violencias: el acto performativo de escuchar para sanar. Construcción y deconstrucción, Abel y Manuel, reencuentro, viaje y fragilidad-vs-entereza-vs-grieta. Volver al padre es corporalidad, corporeidad, materialización en cuerpo, el mismo cuerpo humillado de entonces (una infancia que tal vez no termine nunca), el cuerpo en marcha, el cuerpo doliente de violencias y orfandad. Volver al padre es, según las afirmaciones de Abel Azcona, abrazar el fuego del saber, la llaga y el ardor de la posibilidad de lo imposible. Volver al padre es deshabitar el silencio, desobedecer el impulso de muerte marcado por la obligatoriedad de su propio nacimiento (tres veces intentó abortar su madre sin conseguirlo –“el mayor acto de amor y protección que alguien ha llevado a cabo por mí”-). Volver al padre es el deseo de un nacer controlado, de un no nacer abandonado, de un nacer demandante de respuestas a un padre-no-padre que intenta, “instala”, pero no es capaz.

“Volver al padre no es volver a ser padre, ni buscar a un padre, ni localizar a mi padre biológico, ni una idea metafórica o ficticia. Volver al padre es volver a ti, Manuel. A lo que tú representas en mi historia, en mi experiencia vital (…) Fuiste el detonante de mi modo de vivir (…) Vuelvo a ti en esta obra, llorando, gritando, porque lo único que deseo en esta vida es no ser tú. Volvería a dejar que me violaran mil veces con tal de no convertirme en alguien como tú. Volver al padre significa que lo puedo hacer con la cabeza alta porque no me he convertido en ti (…) Ven a la performance y dame la mano, pero luego lee lo que eres y sal corriendo cómo hiciste, como harás. Vuelvo a ti pero no voy a quedarme. Voy a soltarte la mano para que te precipites. Vuelvo a ti para que sepas que no soy ni seré como tú. Vuelvo al padre, pero sé consciente de que aquí no tienes un hijo.”

Esto no es una reseña. Esto es un arrebato perturbado tras leer, ver, entender, horrorizarme, empatizar, y tal vez querer no haber sabido. Esto es el inicio de un viaje por la obra de Abel Azcona (desde ya, fan) que ojalá termine en la Sala Amós Salvador de Logroño para ver la exposición Volver al padre.

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