Wet Floor, de Beatriz Aragón (Libros de la Herida)
Rincones de ambigua geometría, de Ignacio Vleming (La Bella Varsovia) | por Gema Monlleó


“soy un margen
humano sin error posible”
Ruido de fondo, José Vidal Valicourt
Ha querido la casualidad que haya leído de manera casi consecutivas dos poemarios que transitan el cuarto de atrás de nuestra sociedad: Wet Floor, de Beatriz Aragón (Cadiz, 1986) y Ricones de ambigua geometría de Ignacio Vleming (Madrid, 1981). En ambos casos los protagonistas de los poemas son personas de a pie, personas que nos ordenan el mundo, personas que habitan nuestros espacios cotidianos y que nos los amabilizan: las camareras de hotel (las kellys) en el caso de Wet floor (“El agua sucia del cubo de la fregona / es el lago de miserias que todos llevamos dentro”) y unos trabajadores de un centro comercial en Rincones de ambigua geometría (“Falso invernadero, / cárcel de cartón, / célula cautiva, / inminente síntoma, / o erupción urbana”). A sus trabajos, en la voz de los poetas, se les suman reflexiones acerca de su alrededor inmediato que exudan un difuso existencialismo en el que todavía late la esperanza. ¿Cuántas realidades esconde la realidad? Aragón (que, en sus propias palabras, tiene el oficio de limpieza latiendo todavía en la espalda) y Vleming dan voz a dos de ellas desde un lirismo contenido que comprende una crítica al consumismo voraz (“¡Idiotas! Es la mecánica de la biología, / no la magia de las libélulas”, RdAG), a las sombras del ocio capitalista (“Contra el ojo, una larga estalactita de alumnio. / En el fondo, cristales rotos y miedo de amapola”, RdAG), a la explotación laboral tras la que apenas hay descanso o recogimiento (“Hay días en que me cuelgo al cuello el cartel de NO MOLESTAR / para atender a la huésped que me habita”, WF), a la soledad en un mundo hiperconectado (“Mi libro de familia soy yo”, WF) y a una gentrificación cada vez más tsunámica y de la que resulta imposible escapar (“somos los últimos de un mundo que se agota”, RdAG).
Aragón poetiza la realidad desde dentro (“Limpio y escribo indistintamente. / Las manos y la cabeza / son herramientas complementarias”), ofreciendo su yo lírico a unas mujeres que tienen su individualidad, sus miedos, sus emociones, más allá de los productos de limpieza de su actividad profesional (“Cansarse duele y hace un ruido oscuro / que a menudo no te deja soñar”). En la narrativa de Wet floor convergen turismo, trabajo y clase (“El verano ya no existe. / Todo el año, temporada alta”), una tríada que entronca con el ensayo de Anna Pacheco Estuve aquí y me acordé de nosotros (Anagrama, 2024). Las kellys, una nebulosa bajo la que se hermanan cuerpos dignos (“Pensaba que limpiaba de rodillas, / pero limpiaba siempre de pie”) y cuerpos deseantes (“Hacer el amor / sin que importe el tiempo / es hacer el amor”), un colectivo que, pese a su difícil sostenibilidad vital, no convierte el poemario en un texto sombrío gracias a un lúcido sentido del humor cimentado en la propia dignidad (“La sonrisa / es la única propina que nunca me ha parecido caridad”).
En los centros comerciales es común encontrar balizas amarillas con la leyenda Wet floor alertando de posibles resbalones. Como en un juego de espejos con el poemario de Aragón, Fátima “empuja el carro de la limpieza / y repasa los pomos y las barandillas” en Rincones de ambigua geometría. El poemario de Vleming es polifónico, sus personajes parecen recitar monólogos desde su flujo de conciencia y es a partir de todos ellos que el crisol de pensamientos compone la totalidad del cuadro (Fátima, la limpiadora; Andrés y Emilio, los guardias de seguridad; también una maestra y sus alumnos –“¡Qué sorpresa! / Los niños visitan el centro comercial / como si fuese un museo” – y un comisario de arte). Como si de una película de Aki Kaurismäki se tratase, los anti-héroes que protagonizan estos poemas retratan un mundo en decadencia en el que el centro comercial es una doble metáfora aspiracional de lo que ya no será (“somos los últimos de un mundo que se agota”) y de un vacío en el que la nostalgia no tiene lugar (“la temperatura idónea / para que nada perezca / ni se reproduzca / por exceso”). El autor describe un limbo plagado de sombras y regala a sus protagonistas espacios de fuga que amabilicen, desde una fina ironía poética (“floreció una guirnalda de rosas en el arco”), la invisibilidad que habitan. Este escenario, la constatación de una ilusión del progreso que ya no se sostiene, y de un apocalipsis que adviene a trompicones, es un pequeño teatro del mundo en las palabras del Vleming poeta que trasluce dramaturgia en la fusión de sus voces (no en vano ha colaborado en diversos proyectos teatrales).
Los modelos sociales que retratan ambos poemarios son el segmento doble de una extinción: la del modelo turístico anterior convertido hoy en un non-stop vertiginoso que deglute los cuerpos de su oculta cadena de montaje (“Pobre Cenicienta. / De una jaula se fue a otra / con el mismo contrato laboral”, WF) y que me permite estirar el símil de las kellys hasta casi el fordismo que mostró Charles Chaplin en Tiempos modernos (1936); y la de los centros comerciales como cementerios de elefantes más útiles para grabar películas de zombies (o documentales contestarios, recomiendo: Secret Mall Apartment, Jeremy Workman, 2024) que para dejarnos pasar la vida (“¿Dónde están los planos de la utopía? / ¿Se llevarán a cabo alguna vez? / ¿Alguien lo sabe?”, RdAG). Ted Kooser, el Patterson de Jim Jarmusch (2016), Luís García Montero, Olalla Castro, Carlos Zanón, Karmelo C. Iribarren o Pablo García Casado son algunos de los hilos que sentía tensarse al leer los poemas de Aragón y Vleming.
Wet floor y Rincones de ambigua geometría son dos metáforas líricas de la sociedad contemporánea que proponen una reflexión sobre la alienación capitalista y la despersonalización (“siguen y seguirán siendo invisibles / aunque fueran traslúcidas las paredes”, RdAG), sobre el turismo y los no-lugares de ocio y consumo (“Hay arrugas en la cama que no me pertenecen”, WF), sobre las rutinas laborales y las identidades emocionales de los no-vistos (“y ahora soy polvo sucio de luz”, RdAG), así como sobre la fragilidad de sus vínculos personales. A partir de dos imaginarios visuales complementarios ambos poemarios componen un díptico de la poesía de lo cotidiano, un díptico político del momento presente (porque político es el hecho de nombrar), un díptico de dignificación colectiva, un díptico sobre una línea del tiempo que nos alerta de un futuro próximo ya en construcción.
(*) Verso de Rincones de ambigua geometría.