Fantasmas, de Pablo Remón (La uña rota) | por Óscar Brox

Pablo Remón | Fantasmas

“Y me pareció entender lo que Lorca estaba haciendo: estaba recordando. Recordando su infancia. A las mujeres de su infancia. Y eso tenía que hacer yo.

Entendí que la obra no va sobre la honra o sobre la condición de la mujer a principios de siglo, no va sobre si Rosita lleva mangas de jamón o sombrero. Va sobre el tiempo. Sobre lo que el tiempo hace a las personas. Y eso, como todos los que estamos aquí, sí sé lo que es.”

Llego a Fantasmas, de Pablo Remón, tras leer Literatura, de su hermano Daniel. Dos piezas de teatro y una novela que funcionan como vasos comunicantes, que exploran desde la ficción una serie de elementos comunes: la madre, el padre, la forma de un relato, la añoranza, el confinamiento o el tiempo como construcción y, casi, juguete narrativo. Las dos son contemporáneas sin, por ello, resultar urgentes, que es la manera educada para decir olvidables; probablemente, porque lo que cuentan, y cómo lo cuentan, venía de lejos. Porque esa forma de utilizar a un narrador ya está desde el principio en el teatro de Remón, como también lo está su aprecio por un acervo cultural castizo, de una España de sol y sombra que, se quiera o no, sigue presente en nuestros días. Lo que cambia, lo que ha cambiado, es la soltura de Remón para afianzar esa voz, para conseguir que la cosa más pequeña, la anécdota más insignificante, suene a teatro. Sea teatro.

Doña rosita, anotada podría ser una relectura de Lorca. Un cambio de aceite o una puesta a punto, que con Lorca parece que no haga falta más. Pero en realidad es algo más. Una caja de resonancia, digamos. Una historia de fantasmas. Porque Remón acude a sus páginas con ciertas reservas, como a quien le piden restaurar un cuadro y no sabe qué es lo primero que debe tocar. Pero, en el proceso, se percata de esa fuerza que desprende Rosita y el grupo de mujeres a su alrededor; la forma tan tierna, tan personal y prácticamente única, con la que Lorca pone sobre la hoja a todas ellas. Y eso, de alguna manera, es una invitación a recordar. A escribir unas cuantas notas al margen que propongan otras tantas lecturas paralelas. A situarse en el lugar, en las coordenadas emocionales exactas, y componer una miniatura alrededor de los recuerdos familiares. De esa madre ausente a la que Remón convierte en ficción, a la que trae de vuelta (como a sus tías) para dar cuenta, para intentar superponer en escena, sus coordenadas emocionales. Como dice el propio autor: escribir es dar testimonio de lo que está pasando, para que, de alguna forma, no se olvide. Así, también, el teatro.

Al poco de irrumpir la pandemia en nuestra realidad (qué frase tan rara esta, por cierto), Remón acompaña a Israel Elejalde al Teatro Pavón Kamikaze, entonces cerrado. Queda el escenario de Traición, la versión de la obra de Harold Pinter cancelada por la emergencia sanitaria. Y Elejalde paseando por las ruinas del decorado, que a Remón le lleva a recordar a su padre frente a una higuera en un viaje que hicieron a Grecia. Eso, también, es teatro. La facilidad con la que surge la ficción, la necesidad de representar, ante cualquier cosa. Y esa otra necesidad, la de contarnos, la de contar nuestros alrededores, cuando no nos queda otra que permanecer encerrados en nuestras casas. De ahí nace el otro texto que integra Fantasmas: El autor y su incertidumbre. Aquí, si acaso, aún más desnudo de accesorios, con la voz del narrador como único elemento (casi) para tratar de dar una respuesta escénica a esa pregunta que el año pasado compartimos todos: ¿y ahora qué hacemos con todo este tiempo?

En el teatro de Pablo Remón siempre ha estado presente lo familiar (pienso en La abducción de Luis Guzmán) o lo fantasmagórico (en esa miniatura que es Barbados, etcétera), y también la España que nos gustaría que no existiese y que, pese a todo, deja su huella en esta (40 años de paz). Como la pandemia. Lo que sorprende de su acercamiento a Lorca es cómo logra incorporar sus elementos propios sin transgredir los fundamentos. Es una identificación de lo familiar, del microcosmos que construimos alrededor, de lo tierno y de lo mágico que brota desde el costumbrismo. Y, también, de ese momento, en forma de bellísima coda, en el que Remón plasma esa idea haciendo que el personaje de su madrea sea directamente un personaje lorquiano. Sea, asimismo, teatro.

Hay en El autor y la incertidumbre otro momento clave: esas últimas palabras del padre en la habitación del hospital. Palabras normales y corrientes. Todo muy prosaico. Y la identificación de Remón con la fuerza (o su carencia) de ese momento. Con la duda que le traslada a la hora de escribir una ficción sobre el confinamiento, porque no parece que haya demasiadas palabras para darle, digamos, otro vuelo. Otro envoltorio. Un traje más ajustado a la ficción, en definitiva. Y eso, precisamente, es lo que resulta más emocionante. Esa incertidumbre, la sensación de caminar continuamente por un terreno inestable o de estar componiendo algo que en cualquier momento se va a venir abajo. No importa demasiado, en realidad. Lo básico, lo fundamental, es que es un vehículo para recordar, para seguir contando, para no dejar de escribir. Para dar cuenta del tiempo, el pasado y el que queda. Y aquí cada cual tiene su método, como el de esta reseña. Para caminar por ruinas, recoger higos o dibujar un buqué de flores como si se tratase de un archivo de la memoria. Son formas, son palabras, son recuerdos. Y, en definitiva, son teatro.

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