Las frías noches de la infancia, de Tezer Özlü (Errata Naturae) Traducción de Rafael Carpintero Ortega | por Gema Monlleó

Tezer Özlü | Las frías noches de la infancia

Allí donde otros exponen su obra yo sólo pretendo mostrar mi espíritu.”
Antonin Artaud

Termino de leer Las frías noches de la infancia (Tezer Özlü, 1942-1986) y las dudas martillean mi mente: ¿por qué una niña quiere matarse? ¿qué pasa cuando una niña quiere matarse? ¿cómo vivir tras superar el primer intento de suicidio (“Me obsesiona la idea de la muerte. Día y noche pienso en matarme. No tengo ninguna razón específica. Si vivo, bien; y si no, también. Es sólo una inquietud. Una inquietud que me impulsa a intentar matarme” ) ¿Qué pasa cuando, tras ese primer intento, la respuesta del padre, ofreciéndole higos a su hija, es esta?: “habiendo comida tan rica, ¿cómo puede pensar uno en morir?”. ¿Qué entender, por tanto, de la muerte y la vida cuando morir no es tan fácil y el vivir es inservible?.

Leo Las frías noches de la infancia de una sola sentada y en su cronología desordenada no dejo de ver a esa niña primera, a esa mujer-niña, a esa adulta-mujer-niña, siempre disconforme con la vida pero a la que le cuesta tanto alcanzar la muerte: ”Si las nubes se acercaran a las tejas húmedas, si lloviznara, si en la radio emitieran en directo partidos de fútbol, si a las calles llegara el eco de gente discutiendo, sólo me gustaría… irme, irme, irme, irme, irme, siempre”.

Leo Las frías noches de la infancia y cortocircuitan en mí ese cúmulo de estímulos por una educación totalmente discordante (una niña turca educada en una tierra de tradición musulmana bajo principios laicos, y escolarizada en la escuela de monjas católicas donde sus padres impartían clases), esa contradicción permanente entre el dentro y el fuera (dentro de la familia vs la calle, dentro del colegio vs la familia, dentro del matrimonio vs los amantes, dentro de los sanatorios vs el mundo exterior, dentro de ella misma vs la sociedad que la ahuyenta) llevándome al límite de la empatía con Tezer Özlü. 

No sé hasta qué punto la pulsión de muerte puede crecer como un deseo de autoconocimiento más. No sé si esa pulsión sana o insana (tal vez depende de hasta donde esté dispuesta una a llevarla) puede terminar siendo el motor de una vida. No sé por qué esa pulsión suele ser un deseo-impulso a negar y no a incorporar desde “lo sano” a esa misma existencia. En cualquier caso, Özlü no pudo hacerlo y sus deseos incumplidos fueron, repetidamente, el preludio para una vida que entraba y salía de los psiquiátricos y de sus terapias electroconvulsivas: “Una vez más estoy en manos de médicos que no conozco. ¿Qué les voy a contar? ¿Cómo vamos a empezar desde el principio? ¿Otra vez a volverme loca, otra vez a recuperar el juicio?”.

La dificultad para convivir con una persona que anhela más “de lo habitual” también queda patente en el libro: ni sus padres (“entre mi padre y mi madre no parece haber ninguna calidez, ningún cariño. Con cada gesto, mi madre deja bien claro que mi padre no le gusta nada como hombre. Al igual que todos los pequeños burgueses, sólo les unen las responsabilidades que comparten. Los días y las noches se suceden sin rastro de amor”), ni sus hermanas (tachándola de loca por su desinhibición sexual), ni su marido (con “sus depresiones, su mirada descontenta al mundo, su desesperanza”), ni muchos de sus amigos (a excepción del Fantasma, que con tan espectral nombre no acierto a asegurar si existió realmente o no), supieron entender qué había detrás de esas ansias vitales que de llevarlas al límite terminaban siendo ansias de muerte. La respuesta, el comportamiento, de todos ellos ante sus crisis me parecen un catálogo de lo no admisible: “¿me hacen hablar? / ¿estoy hablando? / no deberían hacerme esto / si yo no tengo secretos / y me he portado bien con todos cuando he estado enferma / no le he gritado a nadie / no he atacado a nadie / siempre me he tragado el sufrimiento / me muero, ¿y qué? / ¿qué ocurre si me muero?”.

La dificultad de Özlü para estar en el mundo también incluye la mirada política a su entorno. Una mirada que ella misma define como “existencialista” en la resistencia social al Gobierno. Son los convulsos años 50 que desembocarán en las protestas estudiantiles de 1960: “Crecemos sumidos en la rabia. Crecemos sintiendo rabia por el barrio, la calle, las habitaciones en que vivimos, por los muebles, por los viejos colchones de lana hundidos en el centro que a duras penas calentamos en invierno. La vida está en las calles. En las calles hay vitalidad. El mundo exterior, hermoso, real, la gente y las multitudes de la ciudad. El rumor del mundo exterior que te llega a los oídos. El rumor que desborda otros países y llega a un océano por Occidente y otro por Oriente”. 

La escritura de Tezer Özlü, con sus idas y venidas (temáticas, pervirtiendo las nociones clásicas de espacio-tiempo), parece un reflejo de las terapias a las que se vio sometida (“por un instante estoy en el interior de la muerte, de lo ignoto, de la nada. Como si (¿cómo si?) me hubieran guillotinado. La descarga ha terminado”). De manera sincopada entra en un tema y salta a otro. De manera sincopada está en un lugar y de repente en otro. De manera sincopada narra un momento concreto de su vida y acto seguido le añade detalles ajenos. Es por ello que veo Las frías noches de la infancia como un conjunto de textos-emociones-pensamientos a modo de gran cuadro. Cada detalle indica una vivencia precisa, minuciosa, ínfima pero determinante, y la visión global de todas ellas es la que nos da la medida de la frialdad de unas noches que no fueron sólo las de su infancia, sino (flores anaranjadas en el psiquiátrico mediante) las de casi toda su vida.


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