Serguéi Dovlátov. Escribir o vivir, por Óscar Brox

Oficio, de Serguéi Dovlátov (Fulgencio Pimentel) Traducción de Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea | por Óscar Brox

Serguéi Dovlátov | Oficio

Entre telones de acero y purgas ideológicas, la Unión Soviética ahorró poco en cadenas que contuviesen el espíritu de libertad de sus intelectuales más molestos. Algo que, en la época más cruda, podía equivaler a casi cualquier persona que tuviese alguna queja contra los aparatos de la URSS. Para un escritor, la coyuntura era aún más difícil. Tocaba elegir entre escribir o vivir. O entre pensar o vivir. Pero ¿cómo podían separarse ambas cosas si la una era la expresión fundamental de la otra? A Serguéi Dovlátov le costó unos cuantos años y una amarga experiencia en el exilio percatarse de la imposibilidad práctica que suponía ser escritor en la Rusia soviética. Unos cuantos años y, también, numerosos textos, relatos y libros que no pasaban el corte en alguno de los infinitos comités que revisaban hasta la última coma del manuscrito antes de aprobar su publicación. La ironía, el sarcasmo, la visión de otro mundo, la constatación brutal de las miserias de un régimen… cualquiera de todos esos motivos podía ser suficiente para orillar su obra. Para condenarle a trabajos de poca monta, a un desempleo crónico, al alcoholismo o a la nostalgia de otro lugar, otro momento, en el que la vida todavía podía enderezar su camino.

Tras la publicación de Retiro, Fulgencio Pimentel edita Oficio, y con ella regresamos a un terreno más autobiográfico, en el que la memoria de su autor serpentea por cada uno de los episodios mientras explica los últimos años en la Unión Soviética y los primeros en suelo estadounidense. Como sucede en prácticamente todas sus novelas, Dovlátov saca músculo a la hora de plasmar, incluso en sus minucias, las vidas de ese coro que le acompaña durante su accidentado periplo. Tanto da si se trata de un funcionario que lee con manifiesto desinterés uno de sus relatos o de uno de los colegas que formarán parte, ya en el exilio, del fugaz semanario ruso parido en tierras yanquis. La habilidad del autor de La maleta radica en su forma de dejar que hablen sus personajes, que impregnen cada página con sus pequeñas miserias y sus breves alegrías. De manera que, si acercamos el oído al papel, prácticamente podamos escuchar esa melopea de voces que se apelotonan en una redacción clandestina mientras ponen en marcha el primer consejo del semanario. A aquel grupo de desclasados que se cuece en la barra de cualquier bar mientras piensa qué será del futuro, qué pasará con sus vidas.

Dovlátov hace uso de la sátira como la herramienta más eficaz para revelar la sinrazón de una Rusia fracturada en demasiados bandos. Perseguida por las ideologías extremas, capaces de volver del revés un mismo argumento para utilizarlo en la situación más oportuna. De ahí, pues, que ni siquiera en suelo americano los inmigrantes soviéticos obtengan un mínimo de comprensión y piedad por parte del brazo fuerte de los exiliados, que intuye en ese pequeño grupúsculo a un competidor peligroso. Algo, en definitiva, peor que un enemigo ideológico; alguien que piensa, que busca esa perspectiva humana en las cosas que, para qué engañarnos, todo el mundo ha preferido aparcar. Lo que hace de Dovlátov y los suyos unos marginados, outcasts en el país de las oportunidades. Por mucho que su autor comience a publicar sus relatos en el New Yorker y sus libros, olvidados entre gabinetes burocráticos en Rusia, descansen en la mesa de un editor. Al final, de una u otra manera, siempre queda la dicotomía entre escribir y vivir.

Por eso, resulta significativo que Oficio, más que de la labor periodística de Dovlátov, verse sobre sus infinitos percances para ejercer esa labor. Una crónica sobre el trabajo que cuesta poder trabajar. Y, claro, los sacrificios que conlleva. La nostalgia inacabable, el sentimiento de desplazamiento, esa tristeza que la mayor de las socarronerías no puede camuflar completamente… El factor humano, en definitiva, que es lo que lleva a Dovlátov a contar hasta el último detalle de su extraño viaje. Los años de mierda, el tiempo de dar tumbos para conseguir algo de dinero, la belleza de aquellas pequeñas cosas que reanimaban una vida interior alicaída, la guasa con la que comunica un cierto sentimiento de compañía entre los miembros del periódico. Todo aquello que respira en las páginas del libro, a veces entrecortadamente, fatigado por el esfuerzo para contarlo, a veces en pleno ímpetu. De ahí que leer a Dovlátov sea como leer una vida. Lo más parecido a la felicidad literaria. Y el oficio al que alude el título del libro, su mandato para proporcionar un poco de aire, de respiración asistida, a ese crisol de personajes y situaciones que, pese a todo, no se dejaron triturar bajo el peso del telón de acero.

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Détour

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