Una chica en invierno, de Philip Larkin (Impedimenta) Traducción de Marcelo Cohen | por Almudena Muñoz

Philip Larkin | Una chica en invierno

Hay una esfera dorada y traslúcida en un montículo de nieve. Brilla con tanta suavidad pero persistencia que quien la ve por casualidad, de camino a alguna tarea corriente, no puede dejar de pensar que si arrima los guantes a ella sentirá la aureola de su calor. Sólo que no emite calor, y al tacto más bien resulta fría a ese modo templado, que no es sentimiento fuerte sino indiferencia.

Cuando Ian McEwan fue acusado de plagio por Expiación (2001), hubiese sido otro curioso punto de análisis el parentesco de aquella novela con Una chica en invierno, escrita en 1947. Un muchacho llamado Robin/Robbie, esas trifulcas suaves entre hermanos amodorrados por las vacaciones en casa de los padres, el paréntesis del verano, que más que registrado queda evocado a modo de ilusión perdida; el reencuentro de una pareja que tal vez no se conocía tanto como creía en esos años agrietados por el melodrama inglés de la Segunda Guerra Mundial. Con independencia de la sinceridad de las inspiraciones de McEwan y de las bondades de su libro, la verdad es que Philip Larkin jugaba en otra liga, de manera que las coincidencias, de origen pícaro o fruto de la simple estrechez del cajón de los argumentos literarios, se convierten en un tema insulso y aparte.

Así pues, Una chica en invierno se definiría mejor como la novela ambicionada por McEwan y que en realidad es puesta en imágenes por Terence Davies. Ese pequeño planeta de luz hace las veces de astro solar en la historia de Katherine Lind, quien vive un sábado de invierno fundamentado en las tres semanas de un verano de adolescencia, que ya apenas recuerda con propiedad y que el narrador se encarga de mostrar en el núcleo de su obra. Se trata de la carga ligera sustentada por los pilares que el tiempo afianza: la certeza en la madurez acerca de las esperanzas que pierden su lustre y, por encima de todo, cualquier sentido de búsqueda. El invierno se impone, sí, como algo más verídico que una metáfora. Se acostumbra el alma juvenil a los ciclos, a esa repetición constante entre la helada y el deshielo, y vuelta a empezar. La época en que deja de aliviar una visita al dentista porque el hueco sano de la muela enferma ya será ocupado por los pinchazos de algún otro problema.

A pesar del rechazo que pueda suscitar esa sensación, Una chica en invierno no es una novela deprimente; no en el sentido actual que tiende a usar de forma indistinta y equivocada los términos depresión y tristeza. Philip Larkin describe un día muy triste, en parte porque los inviernos -los anuales, los bélicos, los vitales- imponen cierto entumecimiento, y él lo sabe, y en vez de combatirlo se dedica a la humilde tarea de asistirlo, como la mano de un enfermo que se recuperará pronto, aunque no por ello algún día haya de dejar de morir. Es entonces cuando el bagaje poético de Larkin se nota con creces en su enfoque de la prosa. Como un danzarín profesional que, metido de pronto en coreografías de espadachines, es consciente de que las cabriolas están fuera de sitio, Larkin no sobrecarga el lenguaje ni se enreda en el apartado de las descripciones, tan fácilmente asociadas a lo lírico. Su visión es la del paseante que atisba las cosas asomadas a los antepechos de las ventanas, y cómo en cada personaje aparecen también lo que ellos seleccionan en sus propios antepechos, cuando se hablan a sí mismos y cuando se comunican con los otros. Por ello no aparecen en su relato esas largamente documentadas recreaciones de lo que todos sabemos que sucedió, ni de aquellos eventos íntimos que cualquier lector decente puede llegar a respetar como lagunas misteriosas y eficaces en un ser ajeno, enseguida vulgar y al minuto siguiente fascinante.

Mientras Katherine, francesa fiel pero no orgullosa, se pasea por las provincias de Inglaterra en diversos medios de transporte, se diría que sus silenciosos tacones llevan la poesía allí donde la industrialización ha alterado el paisaje del sentido común por el sentido de la supervivencia. Del mismo modo, las vivencias pasadas, escritas en papel de cartas, se transforman en fruslerías ante la llegada de las noticias de prensa, y los adolescentes que se leyeron como acertijos se contemplan ahora como telegramas y entradas de agenda. Larkin rompe esa inercia, que es también común en la narrativa acerca de la guerra, tan consciente siempre de sí misma, tan preocupada por ser comprometida, por denunciar las humedades de los edificios, la escasez de las verduras, la rasposidad de la ropa y lo aguada que sabe la cerveza, sin detenerse a considerar que aquello fue la vida corriente de muchas personas, y que la vida corriente sabe ganarse sus detalles acogedores y su belleza. Despojados del drama grandilocuente y de las revelaciones que se llevan la mano al corazón, quedan relumbres entre la nieve, o en ventanas que se mueven cuando uno quería estudiar el avance la nevada. Son las caricias, quedas, familiares, de novelas sencillas y arrebatadoras como esta, a veces liberadas de su escarcha como el cuento en un féretro de cristal que nunca debería haberse echado a dormir.

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