Hotel Lutetia, de Pierre Assouline (Navona) Traducción de Susana Peralta | por Óscar Brox

Pierre Assouline | Hotel Lutetia

La publicación, el pasado año, de Sigmaringen permitió al lector español penetrar en el fascinante universo de Pierre Assouline, marcado por su atracción hacia aquellos episodios en los que Francia se dejó cautivar por el Mal. También los intelectuales, estigmatizados por sus adhesiones políticas, a los que ha concedido un amplio espacio en su trabajo literario; basta recordar los nombres, y la presencia, de Brasillach, Luchaire o, sobre todo, Céline. Si Sigmaringen narraba la agonía del gobierno títere del Mariscal Pétain, arrinconado en un castillo al sur de Alemania, Hotel Lutetia reconstruye la época de la Francia ocupada desde el interior de uno de los establecimientos más famosos de París. Otra fortaleza asediada, en este caso por las tropas alemanas que invadieron el país, para disparar la reflexión que tanto preocupa a Assouline: en un tiempo que rezuma abyección, ¿todavía se puede mantener la integridad moral?

Como sucedía con el Julius Stein de Sigmaringen, Édouard Kiefer, el narrador al que presta su voz Assouline, es un personaje de identidad dividida. Marcado por sus raíces alsacianas, en una época en la que la región no se había emancipado de Alemania, Kiefer desempeña el cargo de Jefe de Seguridad del hotel. En otras palabras, son sus ojos los que escrutan cada pequeño detalle acaecido entre las paredes del Lutetia; es su voz la que describe el paisaje, los rostros que vienen y van y las rutinas que se repiten como un preciso mecanismo de relojería. Sin embargo, todo cambia cuando Pétain, Laval y su gobierno rubrican la subordinación de Francia ante Hitler. El régimen de Vichy, las primeras deportaciones en dirección a Drancy, los trenes que parten rumbo a los campos, la noche y la niebla. De pronto, el Lutetia deviene centro neurálgico del ejército nazi; sus empleados, colaboradores necesarios.

Kiefer, antiguo policía, nunca parece renunciar a sus principios, y Assouline lo refleja cada vez que debe tragar con un brindis, izar la bandera de los invasores o disfrutar de la comodidad que los deportados quizá nunca vuelvan a sentir. La importancia del elemento humano describe cada pasaje bajo el sentimiento de una entrega sin resistencia al Mal. Por mucho que en paralelo colabore con los franceses que poco a poco se unen a De Gaulle para frenar la política sumisa de Vichy. Assouline quiere plasmar ese sentimiento de cautividad, de fragilidad, que obliga a permitir que los alemanes se asienten en lugar extraño. No en vano, qué mejor metáfora puede haber que un hotel abierto a los extranjeros, como la Francia que cooperó, dócil, con el enemigo hasta convertirse en enemiga de sus principios. Como el Sr. Stein de Sigmaringen, Kiefer es una figura no tanto ambigua, sino comprometida; separada entre lo que pide su moral y lo que exige su trabajo. Testigo, en definitiva, del aplastamiento llevado a cabo por el nazismo. Sin, en fin, oponer demasiada resistencia.

Frente a la fortaleza de Sigmaringen, que solo podía devolver el eco del linaje de los Hohenzollern, el Lutetia suponía el punto de encuentro de artistas, intelectuales y nobles. Assouline hace desfilar por sus páginas al James Joyce de la época Finnegan’s, a Matisse y a Albert Cohen, a De Gaulle antes de situarse a la vanguardia de la resistencia o a personajes torvos como Wilhelm Canaris. Cada voz queda registrada en las paredes, cada historia cuenta con un párrafo para recordarla. Assouline narra el antes, el durante y el después, la historia del Lutetia ocupado por los nazis y del Lutetia expurgado y reconvertido en centro de atención para todos aquellos que volvieron del infierno. Y es en ese punto en el que la novela adquiere una intensidad especial, en ese reguero de nombres que salpican con datos, biografías y matrículas el avance del libro. En ese punto en el que su autor se viste de historiador para recomponer el doloroso trayecto de vuelta a la normalidad y devuelve la voz a los desposeídos, a los que lo perdieron todo. A los que dejaron de existir, borrados la eficacia nazi.

En muchos aspectos, Hotel Lutetia supone una meditación moral sobre los tiempos oscuros y el papel de quienes los vivieron. La claudicación, el silencio, la resistencia blanda. Eso que los empleados del hotel manifiestan en una rutina de trabajo que permanece inalterable, pase lo que pase. Sin embargo, la novela de Assouline es también la narración de esa victoria frente al terror, el regreso de todos aquellos que lo sufrieron y la reconstrucción de un país cuya herida tardaría en dejar de sangrar. Y por mucho que el autor de Sigmaringen sea de los que se sienten fascinados por las heridas y las situaciones comprometidas, hay que decir que el objetivo de esta obra es el de componer un espacio para la justicia y la reparación. Una transformación, como la del mismo hotel al liberarse del yugo alemán, que restituya lo que los años en sombra liquidó bajo múltiples complicidades. Por eso, frente a la apoteosis del gobierno de Pétain, asolado por sus propios fantasmas, Hotel Lutetia opta por el final luminoso. Por el ejercicio de memoria que unos ojos, ya cansados, describen con todo detalle. La vida de esos otros que nunca imaginaron que regresarían.

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