En la niebla, de Richard Harding Davis (Ardicia) Traducción de Julián Gea | por Juan Jiménez García

Richard Harding Davis | En la niebla

Aunque el divertimento es una forma asociada a la música, lo cierto es que, como muy bien señala la Real Academia, también es una obra artística o literaria de carácter ligero, cuyo fin es solo divertir. Qué propósito tan bello, podríamos decir, dado que ahora todo parece tener un sentido, aunque solo sea marearnos. Y, cuando ya habíamos hasta olvidado que existían los divertimentos y hasta la ligereza, Ardicia edita En la niebla, libro que reclama, con todo derecho, esa palabra para sí mismo. Un libro que no pesa, cuyas palabras parecen deslizarse entre nuestras manos, y que, un rato después, nos deja con una sonrisa, ni mejores ni peores, solo algo más felices.

Como buen divertimento, esta novelita detectivesca sin detectives, parte de poca cosa. Un selecto club social en el que se encuentran cuatro desconocidos y sir Andrew. Sir Andrew es un político que debe acudir a la Cámara de los Comunes esa tarde para defender un importante proyecto de compra de unos barcos para la Armada, pero al que le pierde su gusto por la novela de misterio. Le absorbe completamente y le impide ir más allá de cualquier cosa. Cuando llega el momento de marcharse, uno de los presentes empieza a contar una historia que le pasó el día anterior, un día de una niebla como nunca se había visto, tan espesa que era imposible ver absolutamente nada a dos pasos. Y en esa niebla, ese hombre, norteamericano, agregado naval en San Petersburgo, se encuentra con un hombre que sale, una puerta abierta, un criado ruso durmiendo y, claro, un par de cadáveres.

Solo falta el asesino, pero ni tan siquiera parece muy complicado saber quién es. Pero no, no puede ser tan fácil. Un divertimento es algo ligero, pero no algo fácil. Al contrario. El caso es que todos los presentes tienen algo que decir, una historia que contar, porque cada uno ha asistido a una pieza de ese rompecabezas y tiene una parte de la historia, una luz con la que iluminar la niebla de ese día y de esas muertes. Y Sir Andrew que no puede moverse de ahí. Y nosotros tampoco. Una vez que hemos empezado debemos seguir el hilo sin descanso hasta el final. Es lo justo y es lo suyo.

Richard Harding Davis fue fundamentalmente periodista (quién sabe si fue eso lo que le dotó de este estilo cristalino, perfectamente hilado, lejos de efectos rebuscados). Como corresponsal de guerra estuvo en unas cuantas, y habló de muchos temas, incluso de los que no se solía hablar. Eso le creó una fama, aunque tal vez todo eso escondiese su lado literario. Por eso En la niebla es una rareza. Y ya no solo un fantástico divertimento para grupo de cámara y día otoñal, sino (saquemos del cajón esa palabra que tenemos para las grandes ocasiones) una delicia. Palabras pensadas para la comida, pensadas para la música, cuando en realidad son una forma más de apelar a los sentidos. Unos sentidos tantas veces olvidados en la escritura. Pero no: hay novelas en las que se escucha el gotear de la niebla, o el sabor dulce del vino en las conversaciones, o una orquesta húngara que suena de fondo, o el ruido que hacen cientos de policías persiguiendo a una princesa rusa. Y eso es En la niebla.

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