El precio del triunfo, de Ota Pavel (Sajalín) Traducción de Eduardo Fernández Couceiro | por Juan Jiménez García

Ota Pavel | Cómo llegué a conocer a los peces

Qué será de nosotros… Es necesario pensar en Ota Pavel, porque él, precisamente él, realizó ese viaje y no una vez, sino muchas, hasta el final. Encontrar el sentido de un mundo que se le escapaba en todas las cosas que merecían la pena. Peces, ciclistas, atletas, padre, madre. En todas las cosas. Se puede no compartir nada con él, tener otros gustos, y, sin embargo, encontrar en él un igual. Un hombre frágil que escribía sobre la fragilidad de la belleza y cómo buscar nuestro lugar, algún lugar, pedaleando, corriendo, dando patadas a un balón, amando a los peces o las personas. Compartimos la ocupación alemana, la vida del padre, el amor por la naturaleza y ahora compartimos su pasión por el deporte. Porque El precio del triunfo es eso. Todo lo que perdemos para encontrar algo. Y todo lo que volvimos a perder al perder ese algo. Pero entre medias habremos vivido. Y eso no es poco.

Ota Pavel fue periodista deportivo y fue precisamente en unos Juegos Olímpicos de Invierno, en Innsbruck, donde tuvo su primer encuentro con la enfermedad mental. Era 1964 y en esa última década de su vida se encontró también con la escritura, una escritura que le ayudó a volver sobre todo lo que había querido, en forma de relatos o narraciones, como las de Cómo llegué a conocer a los peces o Carpas para la Wehrmatch, libros capaces de reconciliarte con el mundo, que es triste pero bello, como diría Bohumil Hrabal. El precio del triunfo no está tan lejano de sus relatos, aunque sean la vida y la obra de unos cuantos deportistas checos, en diferentes disciplinas. El mismo humor, la misma melancolía por algo que desaparece (y es que lo que desaparecía, poco a poco, era él mismo). Ahí tenemos a Veselý, ciclista, al que empezaron llamando Monzík o Honzícek y acabaron llamando camarada, porque tuvo la desfachatez de retirarse en una Carrera de la Paz, lo cual era una traición a la clase obrera. Un relato corrosivo sobre aquella Checoslovaquia de apariencias.

Aunque poco importa que conozcamos o no a sus protagonistas, como a Emil Zátopek, que no fue cualquier cosa. Amigos personales, Pavel le dedica un relato que lo muestra como un héroe humano, tan humano, en un mundo de seres humanos. Aún cuando nos cuente aquella gesta única de haber ganado los 5.000, los 10.000 y una maratón que no había corrido nunca y no sabía ni tan siquiera muy bien cómo iba. Allí en Helsinki desembocó una vida de extrañas intuiciones, bajo el grito apasionado de los finlandeses, que, por algún misterio, lo amaban ya desde antes. La Historia luego consiguió lo que no consiguieron muchos, alcanzarle, y a la primavera le sucedió el invierno, como para tantos otros checos. Épica de los instantes, como cuando Eva Bosáková logró realizar un salto mortal hacia atrás perfecto, aunque siempre había sido incapaz de atreverse ni tan siquiera a intentarlo. O Bláha y su avioneta Akrobat, cayendo en barrena, la barrena de la muerte, y volviendo de no se sabe dónde.

Podríamos recorrer una a una todas las historias pero el protagonista, después de todo, es siempre Ota Pavel. Está en todo, con esa alegría de vivir que transmitía su escritura, cuando la vida era desfavorable, para él y para sus protagonistas. El entusiasmo por los instantes, buenos y malos, porque no se pueden entender unos sin otros ni esperar una vida llena de pétalos de flores lanzados al aire. Trabajar cansa, decía Pavese, y vivir también. Tanto. Deportistas o no, en unos países u otros, hay algo que acaba por igualarnos a todos. De vez en cuando, algo sucede. Llegar el primero, ganar, retirarse, encontrarse con un hermano, recibir un disco de hockey en plena cara, romperse, reconstruirse, caer en gracia, en desgracia, gritos, aplausos, reproches. Qué bien capta Pavel el misterio último de la espera, de intentar llegar,… ¿A dónde? Qué importa…

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