El monstruo y otras obras, de Agota Kristof (Sitara) Traducción de José Ovejero | por Óscar Brox

Agota Kristof | El monstruo y otras obras

En La analfabeta, suerte de relato autobiográfico, Agota Kristof narraba con su estilo seco uno de los instantes más devastadores de su vida, cuando se vio obligada a cruzar la frontera con Austria con su hija recién nacida sobre sus rodillas. Esa imagen me persigue durante una visita al Museo Judío de Berlín, cuando accedo al Jardín del exilio y trato de cruzar los 49 pilares que lo componen. Prácticamente una instalación, la inclinación del suelo y los pilares provoca una intensa sensación de mareo y desorientación que traslada al visitante lo que podía suceder a cada uno de los exiliados forzosos cuando ponían pie en un lugar desconocido, en plena noche y sin nada a lo que poder agarrarse. Algo así es la escritura de Kristof: seca, justa, vaciada de todo hasta llegar al tuétano. A lo elemental. A la forma en la que confrontamos nuestras heridas interiores. Al duelo prolongado por esa lengua materna que el exilio se ha encargado de esterilizar, privándonos de esa porción de mundo, o de identidad, que el tiempo borrará implacablemente.

La obra de Kristof no versa tanto sobre la memoria, sino más bien sobre la experiencia de un mundo herido. Cada vez que la autora evoca un pasaje biográfico, lo que queda es la ausencia. La constatación del olvido. El instante fatal -las muertes de todos aquellos paisanos que trataron de regresar a Hungría, solo para percatarse de que aquella patria había desaparecido-, potenciado por una escritura siempre en el filo de las cosas. Tan, en apariencia, sencilla, que su lectura nos deja inermes. Cuerpo a cuerpo con las cicatrices que esta lengua adquirida no deja de señalar en cada lugar, en cada personaje, en cada palabra.

Tal vez por eso, la lectura del teatro de Agota Kristof resulte aún más reveladora, en tanto que aquí, si cabe, la escritura queda aún más concentrada. Reducida. Casi disparada a través de unos personajes que se valen de la farsa grotesca para explicitar las zonas más oscuras de la condición humana. La aflicción. El horror. La necesidad de expiar las culpas. La ausencia de sentimientos religiosos que puedan protegernos de nuestros sentimientos. Kristof escribe sobre monstruos, como el de su obra de 1974. En ella, un monstruo cae en una trampa; la victoria, sin embargo, es aparente. La presencia del monstruo crea una dependencia psicológica con el pueblo protagonista, que se reparte entre la fascinación y el horror. La única posibilidad de acabar con todo ello, paradójicamente, no pasa por matar al monstruo. Si algo parece constatar la obra de Kristof es que ese sustrato del mal es, casi, invencible. No, la mejor opción es debilitarle acabando con su fuente de alimento: las personas. O lo que es lo mismo: señalando cuán fácil resulta pasar a ese otro lado, el de la monstruosidad, cuando no constatar que nunca lo hemos abandonado. Algo así le sucede al personaje central cuando toma conciencia de la atrocidad que ha llevado a cabo. Cuando se percata de que es imposible escapar de su naturaleza.

El horror, la inquietud, se expanden en la obra de Kristof con gestos aparentemente banales. Apenas hay nombres, a veces solo pequeñas descripciones, ocupaciones que nos sirven para detectar cuándo habla un personaje. Y ni eso, la propia autora es capaz de alternarlos, como en La epidemia, confundiendo al lector a medida que avanza la obra. En este texto, quizá el más grotesco de los cuatro que componen el volumen, una epidemia de locura lleva al pueblo a acabar con sus vidas. Toda vez que una lengua pierde su sentido, también el sentido del mundo se debilita. El galimatías de argumentos circulares y palabras que se desdibujan durante la obra, refuerza ese sentimiento de soledad y absurdo, de profundo terror frente a un mundo en el que no encontramos nada a lo que poder asirnos. Como en esa carretera infinita que protagoniza otra de sus obras, alegoría del no-lugar y experiencia radical de ese exilio que ha condicionado su experiencia del mundo.

La expiación, que podría ser un texto de Thomas Bernhard, es la única obra que nos sitúa en un contexto más o menos actual. Aquí Kristof no necesita de la fuerza de la alegoría o de la farsa de la ficción para situarnos en ese delicado episodio en el que la culpa moral nos obliga a reevaluar nuestras acciones, nuestro pasado, ese Yo que proyectamos sobre la sociedad. Hay tanto pathos en la forma de describir a ese ciego que se ha privado de la vista para tratar de borrar todo el horror que ha perpetrado que la escritura de Kristof se transforma, por momentos, en puro dolor. En una lectura que nos precipita hacia lo más tortuoso de la condición humana, a ese momento de conciencia en el que enfrentamos nuestras acciones con las consecuencias que han provocado. Y, sobre todo, cuando ese choque moral nos deja, casi, sin palabras. Desnudos. Inermes. Expulsados de un mundo, como los protagonistas de la pieza, en el que no encuentran ya un sentimiento de arraigo y pertenencia. Solo una patria devastada. Deshecha. Destruida.

Kristof pesa cada palabra, cada descripción, ahorra y rehúye el efectismo, de modo que ese francés adquirido nos traslade hasta un mundo de carencias, de huecos vacíos y de experiencias que se han aprendido sobre la marcha. También, de una madurez que su autora vive de manera paradójica, en tanto que la renuncia a su hogar la convierte en una analfabeta en su patria de adopción, cada vez que descubre que esa lengua conectada a su forma de ver el mundo, a su identidad y sus pensamientos, no tiene valor en una sociedad en la que se habla de otra manera. En otra lengua. Con otras palabras, que suenan y tienen un peso cultural diferentes a aquellas con las que ha construido su mundo. En su obra uno encuentra brevedad y dureza, la cercanía con las heridas abiertas de su autora y la severidad con la que el lenguaje nos catapulta a un microcosmos de carencias y sentimientos marcados por la experiencia del exilio. Por la falta de arraigo y la sensación de resentimiento ante una sociedad en la que le ha costado encontrar reconocimiento. O lo que es lo mismo, encontrarse a sí misma.

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