Recuerdos de un proscrito, de Zo d’Axa (El Nadir) Traducción de René Parra | por Juan Jiménez García

Zo d’Axa | Recuerdos de un proscrito

Ay, esos viejos tiempos del pasado, cuando aún quedaban revolucionarios. No es cuestión de añorar lanzar bombas, tirotear o asesinar presidentes o reyes, tiempos de anarquistas de acción y Estados actuando a cara descubierta. Tiempos sin complejos, diríamos. El bullicio de una época en la que aún se podía pensar que algo podía ser cambiado, que algo debía ser cambiado, desatando pasiones. Recuerdos de un proscrito acaba por ser un libro de aventuras (y ahora veo que se califica a Zo d’Axa como aventurero… huir de la justicia como otra forma de viajar y ver mundo). Zo d’Axa era hijo de un burgués (en aquella época, si sabía leer y escribir ¿qué otra cosa podía ser?). Nace en 1864 y esa transición entre siglo y siglo le pilla enfrascado en una vida de libertario, tras algunas confusiones de juventud y aventuras amorosas, de acá para allá. Funda un diario anarquista, Endehors, y ahí empiezan (mejor, prosiguen) sus problemas con la justicia. Zo d’Axa era ligero de palabras y quien se crea ahora atrevido por decir cuatro cosas en el anonimato (aún con nombre) de las redes sociales debería leer este libro, que ayuda a colocar las cosas en perspectiva. Su pelo endemoniado, su barba y bigotes endemoniados, casaban bien con sus endemoniados pensamientos. Todo esto, ni que decir tiene, acaba por llevarle a la cárcel, afianzando su amistad con jueces y policías, esbirros todos.

Está tan solicitado que le esperan a la puerta de la cárcel para volverlo a llevar a la cárcel, lo cual le lleva a pensar que lo mejor será poner tierra de por medio. Así, lo que empieza como un libro político, una obra que podría haber escrito Dario Fo, pero cuyo protagonista es de carne, huesos y lengua viperina, acaba convertido en un libro de aventuras, que lleva a nuestro protagonista de París a Jerusalén, objetivo último que tiene, aunque casi siempre de forma involuntaria. Cuando no se tiene ni un duro ni nada de nada, atravesar países es una cuestión de inspiración y azares del momento. Y así quién está en Italia acaba en Grecia, y ya que está uno en Grecia no se va a quedar con una anunciación del oriente teniendo ese oriente al lado. Acabas en Turquía y piensas en Jerusalén, vía el Líbano. Y allí que va nuestro esteta, perseguido por la madre patria  y los jenízaros. Como dirá un pintoresco cónsul francés con problemas con el idioma, tú gran malo. Y esa frase resumiría todo, vida política y viajera.

La cuidada edición de El Nadir incluye un iluminador prólogo de su editor y traductor y abundantes ilustraciones a través de las revistas libertarias que dirigió y fotografías varias, que nos permiten trazar el recorrido de esta figura tan peculiar, que, cómo no podía ser de otro modo, acabó en el más completo de los olvidos, pegándose un tiro en 1930. Después de todo, como él mismo dijo, más que amor por los explotados sentía desprecio por aquellas élites que los explotaban, que no eran más que otro tipo de esclavos. Zo d’Axa no pretendía ser querido o vitoreado, sino consecuente con aquello que pensaba y en lo que creía, de una manera u otra. Un espíritu libre, poco amigo de los grupos de más de una persona, uno de esos anarquistas individualistas enfrentados a todo lo demás. Tan alocado que el libro nos hace a menudo sonreír, aunque las dinámicas del poder no tengan nada de gracioso.

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