Abecedario de pólvora, de Yordán Radíchkov (Automática) Traducción de Viktoria Leftérova y Enrique Gil-Delgado | por Juan Jiménez García.

Yordán Radíchkov | Abecedario de pólvora

Sin duda una de las cosas que hemos perdido es nuestra necesidad de contar y de ser contados. Y también de escuchar esas historias. En estos tiempos en los que todo es inmediato (al menos la mentira), ya nada debe ser transmitido de persona a persona, sino que nos conformamos con la fabricación de las noticias y, por lo tanto, de la historia. También la pequeña historia. Si ya solo quedaban las conversaciones de patio de vecinos, ahora esos patios de vecinos son redes virtuales, de fantasma a fantasmas. Y entonces, un libro como este de Yordán Radíchkov que ahora edita Automática, este Abecedario de pólvora, se convierte en algo tan exótico que fue necesario hasta que viniera García Márquez para que pudieran ponerle la etiqueta-cruz del realismo mágico, cuando en realidad solo hacía algo tan viejo, tan remoto, como contar. Contar siguiendo esa cadena de transmisión deformante del boca a boca, contar siguiendo tradiciones ancestrales, contar un mundo en el que todo era igual y tenía la misma importancia, hombres, animales, piedras o seres fantásticos. Y, sobre todo, un mundo en el que todos sufrían las mismas cosas. O la misma cosa. En esos años del Abecedario, la guerra.

Yordán Radíchkov era búlgaro. Cuando escribe parece escribir sobre sí mismo, sobre algún rincón de su infancia o juventud, sobre las cosas que escuchaba en algún pueblo perdido del norte, entre montañas. Esto puede ser real o no, pero lo cierto es que es posible. Y sería posible aunque fuera imposible, en la manera en que, después de todo, a un determinado nivel no importa donde uno esté: los hombres son los mismos, los días son los mismos, la historia es la misma. En la primera mitad de este libro, en todos sus relatos, los personajes están conectados entre sí. Porque han vivido el mismo hecho o, simplemente, porque se han cruzado. La historia no es algo que le pasa a uno: es algo que le pasa a todos. Ese egoísmo tradicional de la narración, que se apega a un único punto de vista, se diluye frente a un destino común. O peor: frente a una falta de destino. Porque para los protagonistas de estos relatos, héroes o no de la historia, realmente su resistencia a los tiempos es algo que debe ser así, y resisten como se levantan cada mañana o dan de comer a las gallinas o a los cerdos.

La historia de una capa puede ser tan importante como el destino de un pueblo cuando se tiene frío. Soñar con hornear un pan gigantesco que alimentará durante días a todo un pueblo, puede ser una causa mucho más noble que conquistar el país de al lado. Matar a un caballo o cómo se mata a un caballo, más transcendental que morir por una patria de la que solo se ven campos pobres y montañas interminables. Cuando no tienes nada que defender, ¿de qué sirve defenderlo? Y sin embargo, esos pobres campesinos, panaderos, artesanos o lo que sea, son verdaderamente los héroes de nuestro tiempo. Bien, de su tiempo (ahora el heroísmo es otra cosa). Un tiempo pobre pero bello, hacia el que Radíchkov demuestra una infinita ternura. Y nosotros con él. Aunque tal vez solo sea porque somos viejos, nacimos en una aldea y montañas no veíamos pero si escuchábamos esas historias deformadas, que no eran mágicas simplemente por el mismo motivo por el que animales y personas (como en su libro) eran consideradas iguales.

Abecedario de pólvora es un libro magnífico, de otro tiempo. Cualquier historia despide un cariño por aquellos tiernos bárbaros, instalándose en una tradición centroeuropea entre lo triste y lo bello, entre el humor y la historia arrojada como piedras. La imposibilidad de hablar de la realidad que le rodea lo único que viene a demostrar es que los hombres son hombres en cualquier época y que los tiranos son tiranos igualmente. Como mucho, se nos puede reconocer la capacidad para disfrazarnos, pero difícilmente cambiar. Entre todo, igual solo hemos perdido la capacidad de ser inocentes. De ser inocentes con esa inocencia de primeros pobladores de la tierra, primitivos y primarios.

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