Del electrón el ámbar, de Víctor Bermúdez (Ediciones Franz) | por Andrea Reyes

Víctor Bermúdez | Del electrón el ámbar

Hay en las piedras de esta isla un amor infinito que sólo sientes cuando las tocas. Una diminuta revelación de absoluto, una certeza, que por largo tiempo ha permanecido bajo llave y que ahora, quizá, atesoren manos nuevas. Su superficie es fría, irregular, matemática; pero algo en lo humano sabe comunicarse con los signos herméticos del granito. Pues del mismo modo que la calidez brotó un día en el hombre, así éste, mediante la poesía y la luz, puede otorgar vida a lo que respira bajo la carcasa de las rocas. Alcanzar su corazón. «Millones de células esperan el contacto con lo antiguo». Y volverlas poemas.

Les rodea un horizonte lunar, de vegetación primitiva, bóveda de cristal y pájaros adiestrados por los ángulos del paisaje que sortean. El suelo es rocoso, al cielo lo acaricia siempre la niebla. Su universo es un equilibrio entre lo sólido, lo estable, y lo etéreo, y en medio de esa danza segura, desde lo alto él estudia y escribe el origen.

«Yo busco el espacio del idioma, me convoca
ese hombre que no tiene ciudades, el verso
que no pertenece a ningún poemario,
el electrón que se aparta del átomo
y no será nunca intensidad de corriente —».

Del electrón el ámbar es un soplo de aire de la isla que habita Víctor Bermúdez (Mexicali, 1986). Un libro que llega sin aviso, sin campana, trompeta o canto, casi tímido, humilde pese a su poder. Sin hacerse notar, envuelto en el misterio, con el aroma a aprendida espera aún en las costuras. Llega mucho tiempo después de su inicio, de la primera letra, nerviosa y triangular, que se propuso definir el rumor de las montañas. «Al lugar donde transita el sonido / ¿por qué lo llamáis nada?». Calma inquieta, sensibilidad eléctrica. Llega, ha llegado, como una invitación discreta, casi secreta, a su continente suspendido.

A su imaginario silencioso, cauto, inaccesible sin su permiso. Desde lejos su poética —con la que escribe y con la que mira— parece lenguaje extranjero, encriptado, nacido de los minerales que cuidan sus orillas. Pero todo idioma tiene unas reglas, un encaje perfecto, y el suyo también se deja aprehender: si tu interior recuerda el camino a la Poesía, y tu aliento comparte letras de su alfabeto, tal vez la ambigüedad de sus árboles se vuelva claro en el bosque y halles la profunda belleza de sus ojos. Negrura que ya no será muro, sino puerta: «El ruido agrieta el cuerpo y se inaugura / un sitio en donde mandan los acordes / que abren la caricia».

Andrea Reyes | Pájaro sobre ámbar

Recorrer este poemario es como adentrarse en un santuario: caminar de puntillas al comienzo, por miedo a que en un aliento contenido el ciervo huya, presentido el extraño en su territorio. Con paciencia y tacto volverse grácil, animal también, planta, esqueje, sustancia, célula. Mimetizarse con lo que él sabe, alinearse con su voz acuosa. Página a página adaptar con naturalidad la respiración a la suya, a su ritmo pausado y metódico. Acoger el susurro luego de la ausencia, calmar lo frágil al otro lado de la fortaleza. Aprender cómo habla la lengua de la naturaleza («El mar lleva tatuadas las rutas de los vientos», «Bajo el bisturí del viento / temblor es como llaman al miedo de las aves»), cómo lanza como trompos preguntas al cosmos («Dime, Dios / ¿dónde guarda su ira el crisantemo?») o cómo traduce a lo tangible el amor («Yo que te sé solar     te ansío nocturna», «Te escucho abrir los ojos y sé que ha terminado», «Algo dentro de ti desaparece – / así se delimitan en mi cuerpo / regiones de silencio»).

Los versos de Víctor, inspirados por el arte, la arquitectura, el erotismo o las galaxias, son pequeñas piezas geométricas que esculpe con tiento en su refugio de madera. Leer Del electrón el ámbar es imitar su viaje al núcleo, desenterrar la escultura que surge tras el meticuloso trabajo del artesano: merodear largo tiempo una esquina del mundo; un anhelo, un vacío, una pregunta, un recuerdo. O cómo surge de la nada una brizna nueva en la hierba. Observar el acontecer de las cosas, su forma, sus límites, sentir dónde duele, intuir dónde aguarda el futuro. Permanecer cara a cara con su verdad, el ámbar oculto, la esencia, para comprenderla. Para saberse respecto a ella, y así después moldearla, definirla con las palabras. Con sus palabras precisas, exactas, pues nada sobra, falta o descoloca en su lenguaje. Mecerse con la música que inaugura cada poema, admitir que algo sólo se conoce realmente cuando se ha accedido a su principio con todos los sentidos. «Es la serenidad del ruido incandescente / descifrando en tu piel los códigos del aire». Caer de rodillas frente a lo inevitable, y en un solo movimiento capturar la luz.

Víctor Bermúdez | Bidi música

Recibir al fin el calor ascendente de la piedra, vislumbrarse parte del todo, y que al cerrar el libro, aunque te alejes de la isla de ámbar o ella se aleje de ti, su amor permanezca todavía en la punta de los dedos.

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