Teatro, de Fernando Fernán Gómez (Galaxia Gutenberg) | por Juan Jiménez García

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La muerte de Fernando Fernán Gómez nos dejó sin tantas cosas… Sin el actor, sin el director de cine, sin el guionista, sin el novelista, sin sus palabras, sin sus gestos o actos, pero, sobre todo, nos dejó sin aquello que tal vez hubiera elegido para definirle. Lo más humilde: sin el cómico. Con su muerte había acabado, pues, aquel vieja a ninguna parte. Esos ochenta y seis años vividos intensamente nos habían dejado un personaje único y artista imprescindible para entendernos y entender ese siglo pasado. Y aunque no ha transcurrido mucho tiempo desde que se fue, el polvo va cayendo sobre todas sus cosas, que son las nuestras. Clásico entre clásicos, como cómico, el teatro fue el hijo tonto pero muy querido. El que no daba dinero pero si satisfacciones. Tal vez por eso, un lugar íntimo en el que construir, precisamente, obras íntimas. En relación con sus recuerdos pero también con escritores y escritos universales sobre los que el volvía. Cervantes, Don Quijote, Sancho Panza, Molière y Tartufo, pícaros,… Todo lo que le gustó, todo lo que amó profundamente.

Por eso, la aparición de su Teatro, en edición de Helena de Llanos y Manuel Barrera Benítez, es un acontecimiento de primer orden. La posibilidad de ir más a allá de Las bicicletas son para el verano (obra incluida, la más conocida y exitosa suya) y de llegar a los cajones más profundos, literalmente. Porque parte de lo que aquí se recoge, ni tan siquiera era conocido, empezando por alguna obrita ya no de juventud, sino poco menos que de infancia. Obras para títeres, en las que ya encontramos al cómico. Porque, hay que decirlo, El guiñol de Papá Dick o El secreto de la poesía (Farsa imaginaria en cinco cuadros) es de 1938, cuando contaba con diecisiete años y unas primeras impresiones sobre la Commedia dell’Arte italiana. Pareja para la eternidad, aún dentro de sus primeros encuentros con el teatro, ya le pilla más maduro pero lo suficientemente joven. Pirandello anda por algún lado y la experimentación, en cierta medida, también. En todo caso, lo que permanece, lo que ya será algo que atravesará toda su vida, es su gusto por el teatro, también como una manera de llegar a otras obsesiones.

La coartada, obra más elaborada, presentada al premio Lope de Vega en el año 75, con un Fernán Gómez con cincuenta y cuatro años (voy señalando las edades porque es significativo como mantiene ese interés por el teatro a través de décadas, aunque sea en un segundo plano, superado por otras facetas de su carrera). La obra trata del intento de asesinato de Lorenzo de Medicis a manos de un grupo organizado, que acaba no con él, sino con su hermano Julián, y no a manos del asesino original, impresionado por el lugar del crimen, la iglesia, sino a manos de un cura. Una obra sobre la duda, sobre las razones que nos damos y sobre la conciencia, ese límite. En todo ello ya encontramos una ambición dramática que se cristalizará, y de qué modo, un par de años después, cuando llegue Las bicicletas son para el verano.

Las bicicletas son para el verano no solo se convierte en la piedra angular sobre la que bascula su obra dramática (e incluso podríamos decir, al hilo de sus palabras, cinematográfica), sino en una de las obra más importantes del teatro contemporáneo (si extendemos este término un siglo). El fantasma de la Guerra Civil, la Guerra Civil, el final de la Guerra Civil, la vida en aquel Madrid asediado, el final de las ilusiones, la derrota, los perdedores. El tiempo que escapa de tantas maneras diferentes, aplastado por las bombas. El tiempo de la infancia, de la juventud, de las esperanzas. Sabe Dios cuando habrá otro verano le dice el padre al hijo mientras pasea. Y pasaron cuarenta años tras los que llegó esta obra, para devolvernos el hilo de nuestros pensamientos, presentes o no.

Lejos de seguir el camino trazado por esta obra y su éxito de crítica y público, Fernán Gómez decide seguir sus propias inquietudes. No es una casualidad que su próxima obra, Los domingos, bacanal, esté dedicada a Luis García Berlanga. Y no por el humor o por la visión que comparten de aquellos años, sino por el erotómano que este era. Y es que con esta obra, entre cuyas protagonistas estaba su compañera inseparable, Emma Cohen, el cómico cambia completamente de registro, sin que sea nada sorprendente en alguien con tantos. Cambia es un decir, porque ya había trabajado en ella con anterioridad a la otra. Retrato cruel, a menudo disparatado, de la sociedad española a través de unos burgueses y sus juegos eróticos, con los criados al fondo, todo dentro de búsquedas formales e intelectuales. Como no podía ser de otro modo, fracasó.

Es entonces cuando su teatro se encuentra con su gusto por la literatura, por las fuentes de la literatura. También por unas raíces, que le lleva hasta la Edad Media. El rey Ordás y su infamia llega hasta el romancero. E, incluido en el libro, hay que leer su conferencia Edad Media y modernidad. La experiencia teatral, para entender ese gusto que le impulsará desde ahí en adelante. Contar, contar historias, romances de ciego, historias populares. Un gusto por la ironía y por tratar otros temas y, sobre todo, otras formas, como haría en Ojos de bosque, que dejó el público descolocado, algo que le debía importar poco o nada. Una pausa: Relámpagos. O no, porque la obra no está datada. La obra, la reunión de obritas, que le llevan hasta obras anteriores en su gusto por la experimentación y que vuelven a dar fe de cómo el teatro era para él un lugar en el que encontrarse con muchos de los referentes que recorren su obra también como cineasta y escritor.

La reducción de Lazarillo a un solo personaje (que interpretaría el Brujo durante años y todavía debe estar en ello) abre una relación que se mantendrá estable con los clásicos. En especial con pícaros y menos pícaros, como Sancho, acompañando al Quijote. Reducciones de las obras o versiones (como en el caso del Tartufo de Molière, otro pícaro de salón). Todo el amor por esos personajes, todo su amor como lector, como conocedor, como cómico, se despliega en este desfile de seres e historias, que nos lleva hasta las raíces de una manera de ser que parece habérsenos metido hasta los huesos, con mayor o menor fortuna. Lazarillo, El pícaro. Aventuras y desventuras de Lucas Maraña (en la que imita la novela picaresca del siglo XVII), Defensa de Sancho Panza (a la que llama neoplagio), Morir cuerdo y vivir loco, tragicomedia sobre las últimas horas del Quijote, ahondan en su amor profundo por un tiempo, unos tipos y la palabra, el lenguaje. Y ahí estaría también El mundo de Arniches, es homenaje desenfadado al dramaturgo.

Qué intento tan loco intentar dar cuenta de tantos años de teatro y amor por el teatro en un par de páginas, que no voy a decir apresuradas porque llevaron un año escribir. Demostración de la persistencia de Fernán Gómez y la inconstancia de uno mismo. Dar argumentos para leer su teatro no deja de ser un valiente atrevimiento. ¡Qué argumentos puede necesitar una obra como la suya, una figura como él! Si estuviera tan seguro de esto que exclamo. En la Fundación March se puede encontrar una conferencia que dio sobre El actor y los demás. Si fuera necesario explicarle me remitiría ahí. Si fuera necesario provocar la urgencia de su lectura, insistiría en la urgencia de escucharle. Tengo la sensación de que este hombre estuvo siempre presente en mi vida, y me gustaría colocar una primera piedra en algún momento de esta. Entonces elijo cuando el colegio me llevó a ver el Lazarillo. Entonces supe que el teatro estaría presente siempre en mi vida. Y ahí sigue. También el gusto por todo aquello que intentó transmitir una y otra vez, la fuerza de sus convicciones. De cuantos autores podremos decir lo mismo, atribuirles ya no vidas cambiadas, sino un amor por tantas cosas,…

Nota. Hace un año que leí este libro. Hace un año que está sobre mi mesa, un año en el que cada semana pensaba que tenía que escribir sobre él. Sería fácil, como con todos los libros que hemos amado. Acabó aquel último invierno, y luego esa primera primavera del apocalipsis. Empezaron las muertes, también las de seres muy queridos. Y Fernán Gómez seguía ahí. Nos quedamos encerrados, extraviados, perdidos, abandonados,… El libro seguía ahí. Pensaba en la urgencia de escribir, pero la urgencia de escribir se moría entre mis manos por la urgencia de vivir. Los teatros estaban cerrados, las librerías estaban cerradas. Pasó. Llegamos a una falsa nueva normalidad, que en nada mejoraba la anterior. No, no fuimos mejores. Volvió, todo volvió. La muerte, la distancia, la enfermedad. Leí una frase de Eusebio Calonge, dramaturgo él también, que resume años de pensamientos: Una deja de tener miedo a la muerte cuando mueren aquellos que quería más que a sí misma… Temer la muerte de los otros, no la de uno mismo. Muerte, muerte, muerte. Entonces empecé a escribir sobre este Teatro. Han pasado de nuevo semanas, solo que ahora las hojas estaban ahí, y la escritura salía poco a poco, lentamente. Y es justo. Todo pasará, también nosotros, y el teatro de Fernando Fernán Gómez, toda su obra, permanecerá ahí, constante, porque nos habla de algo que está más allá de todo esto. Y entonces recuerdo la frase de Las bicicletas son para el verano, que escribí líneas atrás (pero semanas atrás): Sabe Dios cuando habrá otro verano.

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