Las muchachas de Sanfrediano, de Vasco Pratolini (Impedimenta) | por Óscar Brox

Libros

En el río que ilustra la novela realista italiana, Vasco Pratolini es uno de sus más importantes afluentes. La coordinación de esfuerzos entre España y Argentina -con Losada, en los años 50, encabezando la marcha- ha permitido que aparezcan en castellano, diseminadas a lo largo de los años, algunas de sus obras fundamentales. Penetrar en el estilo de Pratolini significa sumergirnos en el pequeño microcosmos de un barrio, entre el fragor de la guerra y el tardofascismo, donde las vidas modestas buscan un lugar en el que acomodarse. Ahí está el diminuto universo de Un héroe de nuestro tiempo, donde la tragedia clásica se abraza entre gentes a las que la guerra ha dejado sin casa. En ese espacio, el autor florentino rastrea cada palmo en busca de las emociones, del retrato psicológico de esas vidas minúsculas; la virtud, el dolor, la felicidad o la agonía que surcan cada una de sus crónicas. Novelas, a veces tangencialmente biográficas, donde cada palabra, cada descripción, está al servicio del retrato delicado de sus protagonistas.

A diferencia de otros relatos, Las muchachas de Sanfrediano oscila entre lo irónico y lo trágico. En él, Pratolini narra la vida de Bob, donjuán que tiene en el barrio que da título a la novela su base de operaciones. Bob no es su verdadero nombre, sino un mote que le han encasquetado por su parecido con el galán cinematográfico Robert Taylor; una especie de letra escarlata entre la condescendencia y la admiración. También un signo de resistencia de un pueblo, tosco y vivaracho, que ha sabido cómo poner a resguardo sus raíces culturales. Bob no sería nada sin las muchachas que beben los vientos por yacer junto a él, en mitad del bosque o junto al río Arno. Uno y otras representan otro eslabón de la cadena que refleja la pervivencia de las costumbres en el pequeño Sanfrediano, su peculiar idiosincrasia sentimental.

Pratolini dibuja un bouquet de muchachas, torvas, apasionadas, inocentes o rebeldes, que sobrevuelan constantemente el camino de su héroe. Un héroe ladino y carismático, que a fuerza de creerse su arquetipo de conquistador ha hundido en el fracaso a su auténtica identidad, el modesto Aldo del barrio de Sanfrediano. Héroe y villano, dulce y déspota, que siempre tiene una caricia y un requiebro preparado para despegarse de la mujer con la que pasa una temporada. Una visión sarcástica de aquel Sandrino de Un héroe de nuestro tiempo que, devorado por la angustia del fascismo, solo podía abocarse al asesinato para liberar la pesada carga sobre sus espaldas. Bob, en cambio, observa cómo a cada paso su estrategia de seducción le apresa en su propia tela de araña, que en lugar de construir un nido de amor ha cuajado una conspiración de mujeres. Atrapado en su arquetipo de amante y caradura, apenas nota que pronto se convertirá en el sustituto del Giba -el anterior donjuán que sedujo a las madres de estas muchachas-, es decir, en otro desgraciado que malgastó su vida intentando domesticar la personalidad de las mujeres de Sanfrediano.

Lo hermoso de la novela de Pratolini consiste en su bello retrato de un pueblo y unas costumbres que explotan sus raíces a través de esta diminuta tragedia local. La pasión de las muchachas, inocente pero firme, refleja ese hogar de partisanos que se mantuvo incólume frente a las sacudidas del fascismo. El pícaro donjuán, atractivo y algo tonto, no oculta que las generaciones presentes continúan amamantadas por los mismos rasgos que ayudaron a levantar el hogar. Mientras el mundo cambia, lo viejo y lo propio permanecen inalterables en esa porción de Florencia. En su adaptación cinematográfica, Valerio Zurlini supo, aun sacrificando el escarnio y la venganza que explotan en el final del relato de Pratolini, traducir en imágenes esa idiosincrasia férrea del lugar, donde la tradición continúa vigente.

Con su magnífica edición de Las muchachas de Sanfrediano, Impedimenta brinda al lector una narración ágil de una guerra de sexos en cuyo interior late la vindicación de una identidad y su territorio. Nada ajeno a la obra de Pratolini, que hizo de la imagen del barrio la mejor cuna para destilar sus sensaciones. Bob, Tosca, Bice, Gina o Silvana son, por así decirlo, el reflejo amable de aquellos otros personajes, como Metello o el protagonista de la colosal Crónica familiar, que narran un aprendizaje de la vida, un recuerdo del pasado, allí donde a menudo ya no queda nada. El carácter aguerrido de las muchachas es, tal vez, el gesto de esa memoria activa que se resiste a dejar marchar el calor de lo familiar. Durante toda su carrera, Pratolini hizo lo posible por resguardar esa sensación, cuando su obra adquiría tintes biográficos, o acompañarla cuando se entregaba a la ficción. Esta pequeña novela es el testimonio de ese otro mundo, tosco y vivaracho, que no dejó de existir mientras la realidad se desplomaba entre las ruinas que dejó la guerra.

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