El árbol de agua, de Tonino Guerra (Pepitas)  Traducción de Juan Vicente Piqueras Salinas. Ilustraciones de Carlos Baonza | por Juan Jiménez García

Tonino Guerra | El árbol de agua

Hace unos años, Pepitas publicó, como uno de esos milagros de la edición, La miel, de Tonino Guerra. El milagro no era publicar a Tonino Guerra, que también, sino publicar su poesía dialectal. Y ahora, como si aquello no hubiera sido suficiente, vuelve sobre La miel, pero esta vez el poemario no está solo, sino que lo siguen El viaje y El libro de las iglesias abandonadas, mientras en sus páginas crecen las imágenes, los litograbados, de Carlos Baonza. Porque los poemas de Tonino Guerra, crecen, surgen de la tierra, del cielo, del agua, y crecen, mientras las ilustraciones surgen de las páginas en blanco, del aire que rodea las palabras. Todo ello, junto la traducción y prólogo de Juan Vicente Piqueras, conforma este El árbol de agua, bajo el prometedor subtítulo de Poesía reunida, uno. Un libro de palabras antiguas, de viejas sonoridades, sacadas del más profundo pozo del tiempo pasado.

Tonino Guerra, por citar algunos apuntes sobre él, es el guionista de buena parte de las películas más importantes del cine europeo, del siglo pasado. Escribió para Federico Fellini (Amarcord no son los recuerdos de infancia del director italiano, sino los suyos, y esto se entiende perfectamente leyendo precisamente su poesía), Michelangelo Antonioni, Andrei Tarkovski, Theo Angelopoulos, Francesco Rosi o los hermanos Taviani, entre otros. Y un día, decidió que debía acabar con todo eso, que debía abandonarlo todo y regresar a los lugares de su infancia. Y eso hizo. volviendo al valle del Marecchia (ese árbol de agua), viviendo allí, entre los pocos habitantes de lo que ahora llamaríamos Italia vaciada o mundo vaciado. Y así, regresaba todo: infancia, paisajes y lengua, el dialecto romañolo. También, seguramente el tiempo, que es algo que ahora solo sabemos que existe por los relojes y es una unidad de medida para calcular lo perdido, rara vez lo encontrado.

En ese acto liberador, Tonino Guerra encontró un mundo hecho a mano, construido poco a poco, según las estaciones se suceden y los hombres se suceden. Un mundo antiguo en el que recuperar esas palabras antiguas. Una voz que se pierde en la noche de los orígenes y va encontrando las luces del día. Que rara vez es deslumbrante, por el exceso de luz acaba por igualar las cosas, desapareciendo los matices, las sombras. En sus poemas, la vida se mueve entre claroscuros. Así es para esos dos hermanos y su vida transformada en cantos (La miel), bien para esos dos viejos que no han visto nunca el mar y parten en su búsqueda (El viaje) o esas iglesias que van desapareciendo como desaparecen tantas cosas, tragadas por aquellas tierras olvidadas (El libro de las iglesias abandonadas). En Tonino Guerra no hay una nostalgia impostada, porque no echa nada de menos. El pasado está ahí, el presente está ahí y el futuro estará ahí, como en una sucesión natural de lo vivido y lo por vivir. Sus poemas rezuman humor y todo respira a pleno pulmón, entre personajes inolvidables. Para ver solo hay que saber mirar. Los sentidos abiertos, la mirada que encuentra horizontes abiertos. Tonino Guerra volvió a encontrarse consigo mismo.

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