Que por ti llore el Tigris, de Emilienne Malfatto (Minúscula) Traducción de Palmira Feixas | por Gema Monlleó

Emilienne Malfatto | Que por ti llore el Tigris

“Enkidu ya no abre los ojos,
Gilgamesh le palpa el corazón,
el corazón ya no late”

Poema de Gilgamesh

Me pregunto si sólo desde el amor se puede narrar el horror de la guerra. Desde el amor a una tierra, a quienes la habitan y habitaron (a sus cuidadores primigenios), no a quienes obtienen, o intentan, la conquista desde la imposición y el odio. Me pregunto si ese es el motivo por el que Emilienne Malfatto (1989, escritora, periodista y fotógrafa francesa) escoge la voz de ella, la enamorada innominada, para narrar esta durísima historia de violencia heteropatriarcal en una zona rural del Irak en guerra, a orillas del Tigris, el río que todo lo sufre y que todo lo ve.

“Mis aguas han acarreado barcos, toros alados, reyes. Desde hace varias lunas, transportan hombres. Lívidos, reventados, hinchados de mi agua. Los acompañan unas velas rojas, surcando mi oleaje.”

En Que por ti llore el Tigris la guerra es el paisaje y el tema es el honor. El honor en una sociedad fanatizada que considera el cuerpo de la mujer como un objeto de propiedad masculina que se puede usar y destruir. El honor del cuerpo de la mujer no para ella misma sino para la (su) familia en esa sociedad. El honor que avala los crímenes por honor (llamémosles feminicidios, es la denominación exacta). El asesinato que llegará pero que nunca leeremos.

Ella tiene un prometido, Mohamed. Se encuentran en la habitación verde (“Mohamed me poseyó igual que un soldado ebrio se lanza al asalto, ciego, torpe, obstinado”). Él regresa a la guerra. Ella queda embarazada. Él muere. La muerte de él es la sentencia de muerte de ella. El hermano mayor será el ejecutor. No hay deliberación posible. No hay más opción que la de la ley del honor. Y la ley del honor es también la ley del silencio. En la guerra ellos, los milicianos, luchan contra el fanatismo que los talibanes del Estado Islámico quieren imponerles. A orillas del Tigris su propio fanatismo también sabe a muerte.

La violencia contra las mujeres recorre la novela así como fluye el cauce del río Tigris. La no pertenencia del cuerpo (ni la mente, la opinión, el entendimiento) de la mujer para la mujer, no sólo en la protagonista (“nacemos con sangre, nos convertimos en mujeres con sangre, damos a luz con sangre. Y dentro de poco, sangre también”), también en Banen, la esposa de su hermano (“soy la esposa, la mujer sumisa, la mujer correcta, la que respeta las reglas, la que no las discute”), o en Latifa, su propia madre (“mi hijo va a matar a mi hija y yo no me opondré. ¿Me opondría si llegara a tiempo? Hace demasiado tiempo que acepté las reglas”). Todas ellas aceptan de manera doctrinal y sumisa la violencia-destino, el sometimiento sosegado al castigo por deshonor como algo inevitable (“La muerte está en mi interior. Ha venido con la vida. Esos golpes en mi vientre, ese desagarro de la carne, llevan consigo la muerte y la muerte está en camino”). El Tigris lo atestigua: “Soy el testigo silencioso de los juramentos y de los dramas que tienen lugar en mis márgenes. Esta historia también acabará mal. La muerte llegará a tiempo”.

La novela, narrada en primera persona por ella, la protagonista embarazada, la que rompió la norma, alterna capítulos breves con las voces de todos los miembros de la familia. Esta polifonía, como un coro griego, nos permite observar todos los matices de una violencia (sutil y explícita, social) tan instaurada de la que es imposible huir: Amir (el hermano mayor, el ejecutor): “soy el hermano, aquel a través de quien llega la muerte (…) He sobrevivido a la guerra y esta noche voy a matar. Me voy a morir un poco matando. Pero no me temblará el pulso. ¿O sí que me temblará?”; Banen (su esposa embarazada): “soy la que acepta su condición, la que no se imagina que otra vida es posible. Barro el suelo de rodillas con cañas trenzadas. Echo azúcar al té de mi marido. Todas las noches me maquillo antes de que regrese”; Mohamed (el prometido muerto): “Estoy muerto y mi muerte provocará otras. La de la mujer que quise para colmar mi placer. Mi hijo, que no nacerá. Mi gozo fue su castigo. En este país de arena y de escorpiones, las mujeres pagan por los hombres”; Hasan (el hermano pequeño): “soy el amable, el cariñoso, todavía no he interiorizado todas las reglas que me convertirán en macho (….) Soy el muchacho cuyo futuro todavía no está escrito. Soy el que, tal vez, no será un asesino”; Alí (el hermano mediano): “soy el otro hermano. El moderno, el moderado. El que no matará. (….) Soy el cobarde, el que desaprueba en silencio. Soy el que condena las reglas pero no las desafía. Soy cómplice por debilidad”; Leila (la hermana pequeña): “Soy la mujer del porvenir. Aquella por quien matan. Aquella cuyo honor hay que conservar a cualquier precio. Soy la niña, la última hija”. Y el Tigris (el río, el observador silencioso): “Soy el Tigris. Desde hace miles de lunas, atravieso el desierto, largo como una vena sagrada (….) Soy la vida y la muerte. Soy el principio y el fin.”

Ganadora del Premio Goncourt a primera novela en el año 2021, la prosa poética de Malfatto discurre por las páginas de este breve libro (casi nouvelle) como la sangre de los hombres en guerra por el río Tigris: bella y dolorosamente. Todos los personajes de esta tragedia-griega-iraquí son arquetípicos en tanto que están al servicio de una historia en la que el determinismo está trazado por siglos de antigüedad, el destino deviene ineludible en lo marcado y no hay cuestionamiento, no hay rendijas, no hay escapatoria. Los roles están tan arraigados en la posición de cada componente de la familia que discrepar, disentir, comportaría perder la doble pertenencia (familiar y a la vida). En Que por ti llore el Tigris no hay buenos, no hay malos, no hay maniqueísmo, hay sumisión a una tradición secular, hay un destino atávico no roto, hay el peso de los siglos en la voz de cada personaje. Hay el honor como guadaña, que mata muertos y vivos. Y hay el Tigris, que tampoco espera que nada cambie: “Cuando se cuenta en milenios, como yo, ya nada importa realmente”.

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