Basura, de Sylvia Aguilar Zéleny (Tránsito) | por Gema Monlleó

Sylvia Aguilar Zéleny | Basura

“Lo que unos dejan a medias acá nos completa”

Tres personajes, tres mujeres, tres vidas. Y un protagonista central: el vertedero municipal de Ciudad Juárez. Tres voces de tres mujeres dando vida a las voces de tantas otras mujeres, tantas otras vidas, tantas otras muertes. Y la basura como entorno, la basura como espejo, la basura como nido, la basura que esconde “tesoros” y que los sepulta, la basura como metáfora de todo el desarraigo emocional de las protagonistas.

Es Basura (Tránsito, 2022), de Sylvia Aguilar Zéleny, una novela hablada, una novela con vocación oral, una novela en la que las tres mujeres monologan en busca de un interlocutor válido. Es Basura un altavoz de denuncia de las violencias explícitas y de las interiorizadas, un libro fronterizo en forma y localización geográfica (Ciudad Juárez vs El Paso), un cuestionamiento a las diversas formas de maternidad y un nudo desatándose en los deshechos más turbios de la institución familiar. 

Alicia, hija adoptada, huérfana por duplicado (“Vivíamos de los otros. Sí señor, ya desde entonces vivía yo de los restos de otros. Yo misma era un resto de otros”), abusada por su padrastro ocasional, abandona la casa de los abandonos y se instala en la “confortabilidad” del vertedero: “Me aburría, comencé a venir a diario al basurero, ya no sólo porque tenía hambre, sino por eso, porque me aburría. Un día me cayó la noche y me dio flojera caminar hasta la casa. Me quedé durmiendo como había visto a tantos otros hacerlo: encima de unos cartones, hecha bolita tapada por unas bolsas. No sé si tuve miedo, sólo sé que dormí profundamente, como si el calor de la basura bajo tierra me calentara”.

Alicia, pepenadora de intuición taumatúrgica, con su catálogo de pérdidas bien asumidas (“los perros sin nombre son mi única familia”) y que, con el paso del tiempo, y a pesar de su juventud, se convierte en mater de los (y sobre todo las) parias que llegan al basurero buscando una nueva vida.

Gris, también huérfana, doctora, investigadora, utópica, familia bien, un pie en El Paso (en su holgada realidad) y otro en Juárez (en su conciencia). Gris, que con su equipo realiza una investigación en el vertedero sobre la violencia como consecuencia del espacio, una investigación financiada por médico-inversionistas, la cara RSC del “capitalismo sanitario”. Gris que entrevista a Alicia: “el aire aquí mezcla todo, fruta, verdura, tripas, químicos, yo digo que es un olor que repugna sólo al que viene por primera vez, al que viene y no vuelve. Porque al que llega y se queda, al que vive aquí, al que no conoce otra cosa, ese olor le da igual, ese olor es suyo. Mío”.

Gris, volcada en los demás y olvidada de su propia vida, tal como aprendió por imitación de su tía, ahora enferma con demencia, y a quien, junto con su hermana, debe cuidar. Gris, en aprendizaje permanente: “debo dejar de rascar en los basureros familiares y asumir lo perdido”.

Y Reyna. Reyna mamá-transexual en su casa burdel. Reyna que fue rey sin trono: “mira, mija, es que se podría decir que yo ya viví el famoso sueño americano, pero resulta que ese no era el mío y se estaba volviendo pesadilla. Y de las pesadillas hay que escapar”. Reyna que cuida y acoge y aconseja: “este, apréndelo bien, es un empleo de por mientritas. Este negocio tiene que ser una fase de tu vida, algo pasajero, algo que te ayudó a salir adelante y nada más”.  Reyna que todavía recuerda a su único amor mujer y a su familia muerta. Reyna que huyó, pero se encontró, e hizo de su pasado el trampolín para ser quien es ahora. 

Reyna con su verborrea interminable en los suburbios de Juárez, con clientes diputados (de los que lanzan -u ordenan lanzar- pedazos de gente al vertedero) y con un deseo como meta “quiero irme a Ecatepec, que me entierren al lado de mi mamá y de mi nanita, debajo de los cerros, bajo ese cielo lleno de nubes, eso quiero, sí. Ya llegará el momento de dejar este desierto que te gasta la vida, te empolva el sentido, te amenaza con tragarte a cada rato”.

Novela polifónica, novela de vidas cruzadas, novela con pistola de Chejov, novela vertebrada desde y a través del vertedero. Novela en la que la violencia estalla de a poquito, con la contundencia de la cotidianeidad, y no sólo en lo más explícito (abusos, palizas, muertes) sino también en lo sutil, en lo interno, en el adentrarse en secretos ajenos por la ansiedad de saber. Novela de fronteras arquetípicas, de opuestos en un baile en continuum:  bien vs mal, hombre vs mujer, saber vs no saber, sobrevivir vs morir, cuidar vs abandonar. Los temas tótem interseccionándose en la basura.

Convive la poética de Sylvia Aguilar con las de Fernanda Melchor, Cristina Rivera Garza, Marina Closs o Lorena Salazar, todas ellas activistas literarias y abocadas en las escrituras del apego, la culpa, la violencia, las maternidades o el abandono. Y resuenan en Basura el Desierto sonoro de Valeria Luiselli (otro libro fronterizo, los niños del basurero vs los niños de La Bestia) y el Tengo miedo torero de Pedro Lemebel (¡ese hablar de Reyna tan lemebeliano!).  

En Basura la sociedad es observada a través del vertedero (“hombres y mujeres que hacen su vida en tierra destinada para el desecho. Y no cualquier desecho sino ese generado por dos ciudades. A fin de cuentas, esas montañas de desperdicios vienen de Ciudad Juárez y de El Paso. Separar basura, reciclar basura, vivir de y por la basura”) pero ese entorno de pobreza, marginalidad y violencia no es óbice para que la novela termine erigiéndose en un monumento a las decisiones personales valientes (en ocasiones cuasi heroicas) y a la sororidad.

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