Shintaro Ishihara | El eclipse de Yukio Mishima, de Shintaro Ishihara (Gallo Nero) Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés | por Juan Jiménez García.

Shintaro Ishihara | El eclipse de Yukio Mishima

Shintaro Ishihara conoció a Yukio Mishima bien joven. Acababa de escribir La estación del sol (igualmente editado por Gallo Nero) y, de la noche a la mañana, estaba en boca de todos. La novela causó una conmoción generacional notable. Por primera vez en aquellos días parecía que un escritor había sintonizado con los jóvenes (a los que él, por otra parte pertenecía). Yukio Mishima ya era un escritor reconocido. También un escritor que se había quedado en una posición ciertamente incómoda. Su maestro, Yasunari Kawabata, acababa de recibir el Premio Nobel, y eso venía a significar que él difícilmente lo recibiría. No es poca cosa teniendo en cuenta las aspiraciones de Mishima y, por qué no decirlo, su acusado narcisismo.

Se hicieron amigos. Ishihara admiraba su obra y el otro lo veía como alguien a quien aleccionar, aconsejar. En fin, eso. En las tres entrevistas que incluye este El eclipse de Yukio Mishima podemos ver la evolución de sus relaciones. Pasamos desde una cierta admiración en la primera a algún ataque inesperado en la segunda, para ya pasar a un roce considerable en la última (que podía haber acabado con la cabeza partida en dos de Ishihara literalmente, cuando a Mishima, que practicaba el arte de la espada, se le ocurrió hacer una exhibición en aquella habitación… una providencial viga de madera le salvó).

El final de Mishima es más o menos conocido. Un día se le ocurre ir con algunos de los miembros de su ejército privado a un acuartelamiento, secuestran al comandante, da un discurso a la tropa y pide que se subleven (no, no era un peligroso revolucionario… de hecho aquella cosa por la que daría su vida eran los tres tesoros del emperador, suerte de símbolos de su poder inmemorial). La cosa no acaba de salir bien (en realidad, es un completo desastre) y él decide hacerse seppuku (muerte ritual). Para concluir, el kaishakunin (es decir, el encargado de cortarle la cabeza… sí, el seppuku acaba así) es incapaz de hacerlo y decide hacerse el seppuku también, siendo sus cabezas cortadas por un tercero. Fin.

Pero la pregunta que nos lleva hasta el libro, una vez llegados aquí, es: ¿y qué tenía Ishihara con Mishima, del que por otro lado admiraba (casi) toda su obra? Pues si hemos de hacer caso a sus propias palabras, su desmesurado culto por el cuerpo, que le llevó hasta la locura final. Veamos.

Mishima, que no había logrado que lo cogieran en el ejército para su desesperación (era, obvio es decirlo, profundamente militarista), se dedicó a desarrollar su cuerpo (hoy pasaría bastante desapercibido), convertido en una obsesión. Frente al sentido del deporte de Ishihara (muy importante para él, hasta el punto de hacer depender su escritura de esa sensación de plenitud y superación que este le provocaba), no entiende la actitud hueca, vacía, de Mishima. Mishima lo probó todo, desde el kendo al iaido, pasando por el boxeo, pero no parece que fuera muy bueno en nada, aunque alcanzó grados notables (comprándolos o por su fama… Ishihara no se priva de insistir sobre este punto y cómo no era más que un triste, ridículo aprendiz). Las anécdotas se suceden y cada una es como una patada más en la espinilla del muerto (cuando no es un puñetazo en la jeta). La habilidad de su amigo pequeño para dejarlo en evidencia es casi infernal. Cualquier elogio es mera casualidad y no anuncia nada bueno.

Eso le sirve para arrojar toda una teoría de la decadencia a través de las patochadas de Mishima (que no son pocas, todo sea dicho). Y aunque en sus propias palabras parece como si pudiéramos entender algo, pero en realidad no es así, eso no le impide analizar una por una las hazañas de esa máscara, que incluían cosas (para dar una cierta medida del horror) como tomar el sol solo de frente porque total la espalda no se ve. Todo esto sin dejar de lamentarse de la suerte de su amigo y de que nadie le ayudara a escapar de ese círculo infernal. Una carrera alocada que acabó primero con su obra (no evita repasar la mediocridad de sus últimos libros) y luego con su vida. Disgregación es el término que usa el escritor.

Y así, entregado Mishima al fango de la historia, Ishihara (que practicaba el culto a sí mismo) no deja de ponerse en valor, reservándonos aún un hermoso momento final, cuando, sobre el cadáver del dos veces muerto amigo mayor, esboza unas leves palabras de admiración, que el viento no tarda en llevarse, para dejar paso a aquello que tan extensamente prologan: las tres entrevistas que mantuvieron entre ellos, tres instantes de una vida. Y en ellas, como en una venganza post mórtem, Yukio Mishima, que ciertamente tenía la cabeza bien llena de pájaros (o pajarracos), nos ofrece no pocos instantes de lucidez, convertido en una metáfora de su país: la metáfora de un mundo (su cabeza) destruido por el militarismo, por las patrias, los dioses, los emperadores, las banderas, miserias de las que nunca parecemos librarnos. Y pasan los años. Y los escritores.

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