El veneno de la tarántula, de Sharadindu Bandyopadhyay (Quaterni) Traducción de Juan Jiménez Ruiz de Salazar | por Juan Jiménez García

Sharadindu Bandyopadhyay | El veneno de la tarántula

Sharadindu Bandyopadhyay seguramente no es muy conocido en nuestro país. Ni tan siquiera que una de sus obras fuera adaptada por el gran Satyajit Ray (The zoo) servirá para darle un lugar en la literatura india (si es que la literatura india, gran desconocida, tiene un lugar entre nosotros, más allá de enseñanzas espirituales y cosas parecidas). El caso es que no dejaba de ser una injusticia. Una injustica felizmente subsanada por la editorial Quaterni, que ya ha sacado dos libros de relatos del escritor. El primero, El veneno de la tarántula, ordenada aproximación al universo de uno de sus personajes más conocidos: el Inquisidor Byomkesh Bakshi.

Inquisidor como “buscador de la verdad”. Es decir, una manera sofisticada, elevada, de decir detective privado. Por eso es Bakshi. Y, además, un detective privado muy influenciado por Sherlock Holmes y la novela de detectives británica (Agatha Christie y demás), en lo que podríamos calificar de su traslación a la India, eso sí, con sus características propias. Para empezar nuestro hombre también tiene un compañero de aventuras dedicado a escribir sus crónicas. Ajit Bandyopadhyay es de su misma edad (veinteañero, luego treintañero) sin ocupación ni necesidad de ella, entregado a la escritura y a seguir a su amigo. No tiene pensado casarse y piensa consagrar su vida perfeccionando su arte.

Casualmente se encuentran en el que será el primer caso del detective buscador de la verdad, relato que abre el libro y que ya contiene buena parte de la base de las próximas historias. Un enigma en el que las piezas no parecen encajar pero que se resolverá a partir de unas magníficas dotes de observación. Entre medias, va apareciendo la sociedad india, y si tenemos en cuenta que Sharadindu Bandyopadhyay creó su personaje en 1931, este retrato no deja de ser sorprendente. Ambientados generalmente en Calcuta, los dos protagonistas se moverán en un mundo en el que las drogas están muy presentes y la ambición no menos. Tráfico de cocaína, extorsiones al más alto nivel, sofisticados asesinatos, misteriosos robos sin sentido (aparente), muertes sin sentido e incluso viejas venganzas, dibujan un paisaje algo alejado de nuestra visión occidental de aquel espacio de Oriente.

Las historias, además, pueden llegar a tener relación entre ellas, y algunos personajes irán saltando de acá para allá, y, como diferencia (no pequeña) con Sherlock Holmes, el Inquisidor llegará hasta sentir atracción por las mujeres e incluso casarse con una de ellas. Poco a poco se irá construyendo un mundo altamente dinámico (las historias no dejan espacio para lo pintoresco y apenas para la construcción de exóticos escenarios), basado en las relaciones entre los personajes y en ir resolviendo esos enigmas cotidianos que acaban por forma un gran misterio que solo una mente preclara puede resolver.

Acercarse a la literatura india es un lujo, como decíamos. Acercarse a la literatura policíaca, es un doble lujo. Los relatos de Sharadindu Bandyopadhyay tienen el sabor de aquellas cosas que nos hacían felices por un tiempo, capaces de construir otros mundos y lanzarnos por ellos, envueltos en la niebla, entre venenos, agujas mortíferas, tés y cosas robadas. Nos devuelven una infancia (no por niños, sino por sentirnos felices como ellos), una manera de entender la lectura. Nos instalan en esas tardes interminables en las que no había nada más que libros y meriendas. Un mundo para soñar con lugares lejanos, tiempos remotos, héroes humanos que basaban su fuerza en la inteligencia y no en sofisticadas transformaciones. Un mundo, en definitiva, para la inteligencia.

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